lunes, 16 de febrero de 2026

ESTIGMAS POSMODERNOS Y PENÚLTIMAS VERDADES (Filosofía política en la obra de Philip K. Dick)

Lo parecía, pero algo no funcionaba bien. Era un presentimiento. En lo más profundo de su ser, Hamilton notaba la presencia de la enojosa sensación de que algo fundamental se había torcido.

P. K. Dick. Ojo en el cielo (1985), p.25


Un análisis exhaustivo de la obra del brillante escritor Philip k. Dick (1928-1982) es cuanto menos complejo. Realidades superpuestas en un juego especular inundan las páginas de sus libros, donde encontrar el asidero de lo real, el botón antipánico de lo cotidiano, se convierte en una ardua tarea tanto para sus protagonistas como para los lectores. Mi objetivo en este artículo es más humilde: enmarcar gran parte de su producción literaria en un contexto filosófico determinado, el del posmodernismo, y defender brevemente la utilidad de la lectura de sus textos en el marco político actual. Probablemente Dick no estaría de acuerdo con mis conclusiones, o sí, o durante un rato, o asentiría complacido en una dimensión paralela a la nuestra, o imprecaría horrorizado en algún mundo transversal. Tal vez todo ello a la vez. 

Cuando se habla de Dick es mejor estar despejado. Una tacita de café "Ubik" permite rendir durante tres días seguidos sin limitaciones inútiles como el sueño. El fabricante no se hace responsable de los posibles efectos adversos observados en algunos consumidores (irritabilidad, paranoia y en casos muy excepcionales, muerte).

La vida del autor en gran medida transcurrió en época de la guerra Fría, momento propicio para la paranoia política y los impulsos totalitarios por parte de los dos bloques en liza. Contexto que influyó en la obra de Dick, quien percibió los peligros derivados de unos gobiernos enfrentados por la hegemonía mundial y que buscaban limitar la disensión interna, aún a costa de coartar los derechos de sus ciudadanos. Dick, quien desde 1938 vivió largo tiempo en Berkeley, foco cultural y de debate político en los Estados Unidos, desconfió desde un principio de las dos ideologías contendientes y llegó a la idea de que tanto el capitalismo como el comunismo tenían impulsos eminentemente opresores, como  para él demostraban sus efectos sociales durante la época que nos ocupa. No detallaré aquí la perspectiva más puramente política de la guerra Fría por no ser el objetivo del artículo, bastando decir que fue una etapa de desconfianza tal que dio protagonismo a personajes como McCarthy, quien “sospechaba que todos los ciudadanos (…) eran comunistas camuflados” (Carrère. 2007, pp. 32-33) Personajes así indudablemente influyeron en los textos de Dick, en los que el tema de la persecución inmisericorde al disidente o sencillamente al diferente por un poder omnímodo es un tema recurrente. Un ejemplo claro puede ser entre otros la novela Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, que llegó a considerar su propio Archipiélago gulag (Ibid. p.194). En la trama los estudiantes deben vivir recluidos en campus convertidos poco más o menos que campos de concentración, donde los controles aleatorios y constantes de la policía suelen acabar con encarcelamientos masivos de simples civiles.

Empieza el concurso de portadas locas. Los germanoparlantes descalificados en primera ronda.

Esta época tras la Segunda Guerra Mundial no sólo estuvo cerca un par de veces de convertir el planeta en un solar radiactivo, sino que vivió la eclosión definitiva de la corriente filosófica conocida como Posmodernismo y en la que me atrevo a enmarcar gran parte de la obra de nuestro querido autor. Esta formulación de pensamiento, con precedentes en estudios de lingüística como los de Ferdinand de Saussure (1857-1913), denuncia la falacia de las "metanarrativas", es decir, “las verdades supuestamente universales, absolutas o últimas utilizadas para legitimar diversos proyectos políticos o científicos” (R. Appignanesi y Chris Garratt, 2002, p. 103). Todas las ideologías afirman partir de una supuesta verdad inmutable, externa a nosotros como observadores, pero el posmodernismo desde su vertiente política denuncia que no dejan de ser construcciones artificiales basadas en la idea de "razón". Jacques Derrida, por ejemplo, la llega a calificar de “tirano que sólo puede sostenerse mediante la malicia de reprimir o excluir lo (…) diferente” (Ibid, p. 79). Según este planteamiento, cuando cualquier ideología alcanza el poder, emprende la tarea mediante elementos puramente propagandísticos de crear una realidad que presenta como verdadera y que sirve para legitimarse. Es un tema abordado por Foucault, quien afirmó que “no existe la historia, sino series múltiples, superpuestas e interactivas de historias de lo legítimo vs lo excluido” (Ibid, p. 83). Así las cosas, el tomar como idealmente verdadero algo que no deja de ser propaganda de cada una de las ideologías representadas en los diferentes "-ismos" (capitalismo, comunismo, nacionalismo, etc.) pone una convención por encima del individuo y tiene como consecuencia defiende el posmodernismo los grandes desastres sufridos en el siglo XX y XXI, en definitiva derivados de la metanarrativa: los campos de concentración nazis, los gulags soviéticos, las guerras neo-imperialistas estadounidenses, etc. En las obras de Dick se nos invita constantemente a dudar de lo que se nos presenta como real por parte del orden establecido, lo que entronca claramente con el deconstruccionismo posmoderno. Sus protagonistas por motivos diferentes suelen llegar a la conclusión de que el mundo que les rodea es ficticio, lo que invita a estar alerta acerca de la naturaleza artificial de nuestra propia cotidianeidad. A Joe Chip se le deshacen los cigarros en Ubik, Barney Mayerson ve como gente normal se transforma en otra persona en Los tres estigmas de Palmer Eldricht, o Hamilton no puede desembarazarse de la molesta sensación de que algo no encaja en Ojo en el cielo, tramas con las que Dick  señala que hay elementos inconsistentes con la realidad normativa y que demostrarán que la existencia no es como se nos dice que es. Planteamiento que hace que sea un gran complemento de Jung (o viceversa) cuando éste habla no del más famoso inconsciente colectivo,  sino del consciente colectivo. Es decir, de las convenciones mentales de la sociedad que marcan lo ideológicamente correcto y que, pese a que consideramos como ideas propias, en definitiva son impuestas (Jung, 2000, p.61).

Si crees que llevas un día raro, piensa en los protagonistas de estas historias.

Por lo tanto, cuando en los libros de Dick se nos llama a poner en duda constantemente la realidad, se nos está transmitiendo un mensaje revolucionario y de importante carga política, en tanto en cuanto nos incita a no permitir que se piense por nosotros. En palabras de Hannah Arendt, la ideología busca que “la pluralidad se funda en un hombre de dimensiones gigantescas” (Arendt, 1982, p. 601). Si no nos interrogamos acerca de lo que es real, aceptamos la realidad dada por poderes en definitiva fácticos. Dicho de otro modo, “el pensamiento ideológico (…) insiste en una realidad más verdadera (…) usando para ello la propaganda, que también sirve para emancipar el pensamiento de la experiencia y de la realidad. [De este modo] cuando los movimientos han llegado al poder, proceden a modificar la realidad conforme a sus afirmaciones ideológicas” (Ibid, p, 607). Este proceso de propaganda política puede contemplarse en varios de los textos de Dick, pero por señalar uno que todavía no he mencionado, me referiré a La penúltima verdad, en la que es bastante significativo el hecho de que los lideres de los Estados Unidos y de la Unión Soviética no existen, sino que se trata de marionetas que repiten unos discursos redactados por la élite económica del mundo. Se invita así al lector a preguntarse, cuando muchos de nuestros políticos “reales” hablan, ¿quien pone las palabras en su boca?

Una gran manera de aprender sobre política (y de tener sueños raros)

Llegados a este punto, y teniendo claro que Dick sigue la línea posmodernista de desenmascarar la realidad aparente y oficial, podemos dar el siguiente paso. Por norma general, la metanarrativa ideológica perfila un adversario, constituyéndose parte de su identidad en su oposición a él. Fácilmente se le identificará como el enemigo, el loco o el inferior por no aceptar la verdad “inmutable” defendida por la ideología (Appignanesi y Garratt, op. cit. pp. 78-83). Hablamos del extranjero en el caso nacionalista, del burgués en el caso comunista, del antisistema para el capitalismo o del hereje si nos referimos a las diferentes religiones existentes. Constantemente en la obra de Dick, el protagonista tiende a desempeñar este papel de excluido y perseguido, y en una de las obras en que se ve claramente la conformación del otro a perseguir es en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? El libro tiene en mi opinión un final un tanto fallido, y el espíritu al que me refiero tal vez este mejor desarrollado en la magnífica adaptación cinematográfica Blade Runner, pero no deja de ser una obra altamente recomendable para percibir la incómoda sospecha de que el enemigo señalado por el sistema tal vez no sea tan fácilmente identificable como nos quieren hacer creer desde los medios de comunicación y de poder. De hecho puede que sea mucho más parecido o incluso igual a nosotros. En los mejores pasajes del libro, Rick Deckard sabe que no puede seguir persiguiendo androides, pues al pensar que como él tal vez sientan o sufran, es consciente de que está asesinando a otros individuos y no “retirándolos”, eufemística expresión utilizada por el sistema para referirse a la aniquilación de los sintéticos. ¿Y acaso no usa eufemismos la estructura de poder actual cuando se refiere a la destrucción de enemigos reales o imaginados? Gran parte de la prensa en todo el mundo está llena de “daños colaterales” y de “acciones preventivas” que recuerdan inevitablemente a la “retirada” de replicantes. Un ejemplo claro puede encontrarse en el programa de drones. De hecho, varios pilotos de estos aparatos, como los soldados estadounidenses Brandon Bryant o Heather Linebaugh, de la misma forma que Rick Deckard, tomaron la decisión de abandonar su trabajo cuando el nivel de empatía con el supuesto enemigo les hizo derrumbarse emocionalmente (Power, 2013), algo que parece bastante extendido en este programa militar en el que, además las bajas civiles son  elevadas e incluso se ha denunciado que buscadas para el entrenamiento o infundir terror entre la población, como en el caso de la invasión del gobierno ruso a Ucrania (Human Rights Watch, 2025) o del ejercito israelí justificando la muerte de inocentes por la necesidad de atacar a "terroristas" (Yan, 2025). Pero la búsqueda del enemigo y disidente toma además otras formas que ya fueron advertidas por Dick. En Nuestros amigos de Frolik 8 se nos habla del “Experimento del Gran Oído”, con el que el gobierno pretende la escucha telepática de sus ciudadanos. Sobran comentarios acerca del paralelismo con las denuncias de escuchas ilegales realizadas por el ex-analista, subcontratado por la NSA, Edward Snowden o con intentos constantes de gobiernos como el ruso —entre otros para monitorizar comunicaciones privadas. Por citar un último ejemplo, otra ideología que se construye en gran parte como oposición al diferente-extranjero es, como ya señalaba, la nacionalista, y esta recibe una mordaz crítica en el relato de Dick Veterano de guerra.



En conclusión podemos afirmar que la carga política en la obra de Philip K. Dick es más que evidente y que se enmarca en la corriente de pensamiento posmoderna. Ésta denuncia la construcción de una realidad ficticia por parte de la metanarrativa dominante en cada momento histórico, la cual sirve para legitimarse a la élite gobernante y para la destrucción de todo pensamiento disidente al ser identificado como propio de un enemigo irracional. Con esto, no pretendo decir que este tipo de filosofía fuera la única influencia de Dick, ya que el esoterismo y el gnosticismo que identifica el mundo con el infierno o con una carcel son ideas que también dejaron una huella importante en sus libros (Carrère, op. cit. p. 150). Todo ello sin obviar experiencias personales como la muerte de su hermana y la importancia cultural de obras clave previas a su producción escrita y seguramente conocidas por él por estar en la órbita cultural anglosajona, como Un incidente en el puente del Río Búho (Bierce, 1890), que proponen el desmontaje de la realidad transmitida por los sentidos. Tampoco pretendo una defensa a ultranza de la doctrina posmoderna, que tiene algunos peligros evidentes, denunciados por autores como Terry Eagleton, y que se plasman en una excesiva deconstrucción del pensamiento ideológico que a su vez puede desembocar en un relativismo excesivo y en una equiparación demasiado radical de todas las ideologías. Incluso está demostrado desde hace tiempo la existencia de un posmodernismo populista que, aprovechado por líderes con tendencias totalitarias como Donald Trump o su ideólogo Roy Cohn —por cierto importante colaborador de McCarthy, se convierte en una herramienta para justificar medidas antidemocráticas (Abbasi, 2024; Tyrnauer, 2019; Meeropol, 2019; Deckard, 2025). Pero no es el debate que me ocupa en este artículo. Lo que he pretendido demostrar es que gracias a las obras de Dick y sus influencias doctrinales, derivadas del posmodernismo, podemos estar alerta ante peligros evidentes de la sociedad actual. Estos pueden ser el control político de los medios de comunicación, el fomento del pensamiento único o la represión, más o menos violenta, de la disidencia. Debido a que los peligros son reales, la denuncia de Dick de la realidad “oficial” es útil. Además divertida, porque nuestro autor suele aderezar sus obras con una acción ágil y un humor elaborado, sobre todo en los diálogos (mención especial en este caso a Ubik y Ojo en el cielo, dos de mis obras favoritas de Dick). En fin, mirad a vuestro alrededor, seguro que encontráis algo que no encaja. Como sea una moneda con la cara de vuestro jefe, malo…


El posmodernismo, al ser en una de sus facetas herramienta política, puede ser utilizado para protegerse de los abusos del poder y para que este justifique medidas antidemocráticas. Conocerlo desde una perspectiva política se hace pues imprescindible.



Los artistas como Dick alertan de verdades incómodas. Uno de los mecanismos de defensa del sistema es convertir el arte en mercadotecnia.



OBRAS CITADAS DEL AUTOR:

Blade Runner. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?; traducción de César Terrón. Barcelona: Edhasa, 1992. Colección: Pocket Edhasa; nº 95. T.O.: Do androids Dreams of Electric Sheep? (1980).

Fluyan mis lágrimas, dijo el policia; traducción de Domingo Santos. Barcelona: Acervo, 1976. Colección: Ciencia Ficción; nº 11. T.O. Flow My Tears, The Policeman Said (1974).

La penúltima verdad; traducción de Antonio Ribera. Barcelona: Martínez Roca, 1976. Colección: Super Ficción; nº2. T.O.: The Penultimate Truth (1964).

Los tres estigmas de Palmer Eldritch; traducción de Marcelo Tombetta, Barcelona: Minotauro. T.O.: The Three Stigmata of Palmer Eldritch (1964).

Nuestros amigos de Frolik 8; traducción de Miguel Giménez Sales. Barcelona: Martínez Roca, 1987. Colección Super Ficción Segunda Época; nº 103. T.O. Our Friends From Frolik 8 (1970).

Ojo en el cielo. Traducción de M. Blanco. Madrid: Orbis, 1985. Colección: Biblioteca de Ciencia Ficción; nº 22. T.O. Eye in the sky (1960).

Ubik. Traducción de Manuel Espín con actualización de David Alabort. Madrid: La Factoría de Ideas, 2000. Colección: Solaris Ficción; nº 3. T.O. Ubik (1969).

Veterano de guerra”; traducción de Norma B. de López. Inc. En La máquina preservadora. Barcelona: Edhasa, 1977. Colleción: Nebulae, nº 23. T.O.: War Veteran (1955).


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:

APPIGNANESI, R y GARRATT, C. Posmodernismo para principiantes. Buenos Aires: Era Naciente, 2002.

ARENDT, H. Los orígenes del totalitarismo. Vol. 3. Totalitarismo. Madrid: Alianza, 1982.

CARRÈRE, E. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick 1928-1982. Barcelona: Minotauro, 2007.

—DECKARD, V. Biografías para entender la sociedad: Trump y The Apprentice (Abbasi, 2024) en Blogcaliptus (26 de octubre de 2025). Disponible en línea:


EAGLETON, T. Las ilusiones del posmodernismo. Buenos Aires: Paidós, 1998.

—"Hunted From Above. Russia's Use of Drones to Attack Civilians in Kherson. Ukraine" (Informe de Human Rights Watch, 3 de junio de 2023). Disponible en línea:


JUNG, C. G. Archetyp und Unbewußtes. Zürich/Düsseldorf: Walter Verlag, 2000.

QUEYSSI, L. y MARCHESI, M. Phil. Una biografía de Philip K. Dick. Barcelona: Norma, 2019.

—POWER, M. Confessions of an American Drone Warrior. En "GQ Magazine", 22 de octubre de 2013). Disponible en línea:


—YAN, S. Israel admits killing civilians in drone strike on Lebanon en "The Telegraph" (22 de septiembre de 2025). Disponible en línea:



FILMOGRAFÍA CONSULTADA:

—TYRNAUER, M. Where's my Roy Cohn (2019).

—MEEROPOL, I. Bully, Coward, Victim: The Story  of Roy Cohn. (2019).

—ABBASI, A. El aprendiz (The Apprentice, 2024). 

   
ENLACES DE INTERÉS:

—Pódcast sobre Valis:


—Pódcast sobre La transmigración de Timothy Archer:


Traducción y análisis de la conferencia que Philip K. Dick dio en Metz, Francia (1977):



—Análisis y traducción Creative Commons del relato Un incidente en el puente del Río Búho (Bierce, 1890. Trad. Deckard, 2026):



—Trilogía de pódcast sobre ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Blade Runner:





Este artículo se acoge a licencia Creative Commons (Atribución-Compartir igual)

ESTIGMAS POSMODERNOS Y PENÚLTIMAS VERDADES (Filosofía política en la obra de Philip K. Dick) © 2026 by Víctor Deckard is licensed under CC BY-ND 4.0




miércoles, 11 de febrero de 2026

¿SUEÑA SARA MESA CON OVEJAS ELÉCTRICAS? ("UN INCENDIO INVISIBLE" Y LA CIENCIA FICCIÓN DE LA ENTROPÍA)

Un incendio invisible de la escritora Sara Mesa puede inscribirse en la Ciencia ficción de la "entropía", un concepto que sirve como distinción dentro del género apocalíptico. Si en este último nos encontramos con obras ambientadas en una sociedad ya devastada (La carretera, The Quiet Earth) hay otras que describen el proceso de declive social que puede conducir al final del ser humano (El colapso, Hijos de los hombres). En este último apartado, al igual que la icónica obra de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? está la novela de Mesa.



El Segundo principio de la termodinámica describe como en un sistema físico cerrado, la energía que ni se crea ni se destruye— tiende a pasar con el tiempo de un estado ordenado a otro disperso e inutilizable. Un ejemplo clásico es el de las fuerzas utilizadas para mover un vehículo que al frenar, disipa a través del roce de las ruedas con el suelo la energía en forma de calor. Otro, en la mayor escala conocida, es el de la expansión indefinida del universo pronosticada por algunos físicos y que conduciría a otra dispersión inútil de energía. Todo lo existente —planetas, galaxias, seres vivos— reducidos a un calor informa. Philip K. Dick, un gran cronista de nuestra realidad tal vez por estar apartado de lo normativo, describió este proceso con el concepto de "Kippel", que engloba aquello que se va acumulando si no se realiza el esfuerzo de limpiar u ordenar. Desde el envoltorio del papel de chicle al polvo. Da igual cuanto se luche contra ello, solo se puede aspirar a aplazar lo inevitable. Es una cuestión física.



En algunas historias sabemos el motivo por el que se produce la aceleración entrópica. En el libro de Dick, o en otras obras recomendables como On the Beach, el detonante es una guerra nuclear. El colapso apunta, aunque jugando con la ambigüedad, a una reacción en cadena por las contradicciones del sistema capitalista. Incluso podemos hallar causas en una enfermedad (Ensayo sobre la ceguera, Soy leyenda) o en una invasión extraterrestre como símbolo del ascenso del totalitarismo (V). Pero otras veces los autores no consideran necesario hablar de una causa concreta. Así sucede en La carretera o en Un incendio invisible. 



La novela es la primera que Mesa publicó con Anagrama,  editorial con la que más ha trabajado. Fue en 2011 y posteriormente la sometió a un proceso de revisión que dio lugar a una nueva versión en 2017. En la introducción de esta última la autora nos cuenta los cambios realizados y la idea de la que partió para escribir el texto, elementos sin duda atractivos para aquellas personas interesadas en el proceso creativo dentro de la literatura. Mesa señala que las modificaciones son mínimas, como suprimir en algunos personajes ciertos elementos físicos que utilizó para representar rasgos de personalidad. Por lo que respecta a la inspiración, cuenta que la encontró en la ciudad de Detroit, durante décadas un floreciente motor económico de los Estados Unidos vinculado a la automoción, para posteriormente quedar sumida en un declive social, vinculado a los fenómenos de deslocalización industrial así como a la precariedad laboral. Este último punto conecta la novela con el subgénero, también dentro de la Ciencia ficción, del Ciberpunk, pues una de sus obras cumbre, el Robocop de Paul Verhoeven, bebe directamente de la situación de Detroit para realizar una cruda, ácida y divertida crítica a las paradojas del capitalismo. Al respecto es relevante recordar que ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? será trasladada a la gran pantalla como Blade Runner en 1982, considerada una de las obras fundacionales del Ciberpunk, temática en la que elementos como la soledad y la pérdida de valores comunitarios, especialmente en entornos urbanos, es troncal.




Un incendio invisible se ambienta en la localidad ficticia de Vado, la cual está sufriendo un despoblamiento progresivo sin que estén claros los motivos. El protagonista es el doctor Tejada, geriatra que llega a la urbe para hacerse cargo de la dirección de la residencia de ancianos New Life que como el resto de la ciudad, está sumida en un proceso de descomposición. Los trabajadores que se han quedado no cobran, mientras que los ancianos residentes han sido, o bien retirados por sus familiares, o directamente abandonados. Tejada es un tipo cínico y escasamente empático, que se irá encontrando personajes tan carentes de escrúpulos como él (el enfermero alcohólico Catalino Fernández), o incapaces de comprender o aceptar la realidad (los ancianos, la empleada del hotel en el que se aloja, el investigador académico). Entre las excepciones está la enfermera Ariché, sinceramente preocupada por el bienestar de residentes y trabajadores de New Life, así como una niña prácticamente abandonada a su suerte pero que se preocupa del perro callejero Tifón. La administración pública, representada por un organismo inútil (OSUPEA) es incapaz de ofrecer ninguna solución práctica. La autora ha dedicado parte de su trayectoria como escritora a denunciar los fallos sistémicos de la administración. Tanto en ensayo con Silencio administrativo, como en narrativa mediante la así mismo recomendable Oposición y en Un incendio incendio invisible mediante esta subtrama.



El libro posee un ritmo ágil y sin florituras innecesarias. Como suele ser habitual en la autora se presentan situaciones que pueden resultar incómodas a algunos lectores por su crudeza, pero que no desentonan con la temática. Si hay un derrumbe social lo que ocurrirá no será agradable, algo puesto de manifiesto en las obras citadas de la narrativa de la entropía. Por otro lado, cierto desasosiego con respecto a historias de estas características tiene que ver con la falta de respuestas, así como por el carácter onírico de algunos episodios: ¿Por qué se ha producido esta situación? ¿Cuál será el destino de Vado? ¿Eventos y personas descritas son fruto de la ensoñación de los personajes? Un rechazo a estas narrativas puede ser comprensible teniendo en cuenta que el cerebro humano reacciona con desasosiego frente a la incertidumbre. Pero debemos tener en cuenta que la función del artista no es la de agradar, o la de reconfortar de manera artificial. Su labor principal está, especialmente en un género de denuncia como es en gran medida la Ciencia ficción, en alertarnos de peligros muy reales que nos acechan. Una manera efectiva de hacerlo es mostrarnos las consecuencias de no tener en cuenta esas amenazas. Dependiendo de la trama, puede que se pierda fuerza discursiva si se explicitan demasiado los detonantes de la acción. En este aspecto Un incendio invisible se puede relacionar con obras excelentes como Casa tomada o El ángel exterminador, siendo el lector o el espectador el que ha de unir las piezas para proyectar esas historias en su realidad, ya que otra función del artista es contribuir a que los individuos piensen por sí mismos. Si no conseguimos desarrollar un espíritu crítico dentro de un marco social abocado al colapso, es culpa nuestra, no del que levanta la alfombra para que veamos el Kippel bajo ella. Finalmente uno de los puntos fuertes de la novela es establecer una relación sutil entre los errores individuales y los colectivos.




En conclusión. Un incendio invisible es una obra muy válida de una autora que demuestra estar entre lo mejor del ámbito literario español. No resulta extraño al respecto que tenga una proyección internacional, pues es capaz de encontrar con un ritmo fluido y un estilo elegante, algunos de los arquetipos narrativos más útiles para los seres humanos (tensión entre creación y destrucción, entre egoísmo destructivo y cooperación, entre desorden y equilibrio). Todo ello subida, con méritos y valía propios, a la corriente literaria de la Ciencia ficción de la entropía, una de las más útiles para que no ardamos a causa de los incendios que nos rodean. Incluidos los invisibles, tal vez los más peligrosos.  



¿SUEÑA SARA MESA CON OVEJAS ELÉCTRICAS? ("UN INCENDIO INVISIBLE" Y LA CIENCIA FICCIÓN DE LA ENTROPÍA) © 2026 by Víctor Deckard is licensed under CC BY-ND 4.0


¿QUIERE SABER MÁS?

—Artículo sobre El colapso (L'Effondrement):


Película Un amor, dirigida por Isabel Coixet y basada en la novela homónima de Sara Mesa:


Reseña de Oposición en "Letras Libres":



Sobre Blade Runner y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es muy recomendable el documental Dangerous Days:



lunes, 26 de enero de 2026

UNO DE LOS RELATOS MÁS INFLUYENTES EN LA FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN: "UN INCIDENTE EN EL PUENTE DEL RÍO BÚHO" (Bierce, 1890) [Traducción y contexto]


Ambrose Bierce es uno de los escritores más relevantes de época contemporánea. Loado por personajes de la talla de Lovecraft o Borges —entre muchos otros— su influencia es clave en diversos ámbitos literarios. Entre ellos los géneros de la Fantasía y de la Ciencia ficción con su imprescindible relato Un incidente en el puente del Río Búho, publicado por vez primera en el The San Francisco Examiner en 1890 y en la colección Cuentos de soldados y civiles del año siguiente. Como sucede con otras obras fundamentales, el tiempo trascurrido desde su publicación hace que sea de Dominio Público en su original en inglés. En Podcaliptus abordamos desde hace un tiempo el proyecto de realizar traslaciones propias al castellano de textos de esta relevancia histórica, con licencia Creative Commons de modo que sean libres de compartir reconociendo la autoría y sin modificaciones—, así como renunciando al uso de Inteligencia Artificial. Más allá de cuestiones éticas se trata de una herramienta poco eficaz para captar la esencia el aura diría Walter Benjamin de una obra maestra. El traductor, pese a lo que por desgracia consideran algunas editoriales y ciertos lectores, sigue siendo imprescindible en la literatura: hace falta un cerebro humano para captar todos los matices de un relato que describe nuestras emociones. Y uno familiarizado con el tema tratado. Conocer las interacciones culturales que llegan y emanan de Un incidente sobre el río Búho es crucial para transmitir su sentido. En mi caso puedo ofrecer, como he comentado en otras ocasiones, casi cuatro décadas de amor por la Ciencia ficción y la Fantasía en diversos formatos, así como un nivel en inglés reconocido oficialmente como avanzado. Hasta el momento pueden disfrutarse en nuestro blog en el marco de esta iniciativa, tanto el relato El juego más peligroso (Connell, 1924) como la transcripción de la conferencia que Philip K. Dick dio en Metz, Francia, en 1977. Ofrecemos los enlaces, junto a otra información de interés, al final de la entrada.

  


Por otro lado y centrándonos en el relato de Bierce, es preciso realizar una serie de consideraciones previas. Para no estropear la trama a quien no la conozca, haremos varias observaciones sobre ella tras el texto. Baste decir aquí que su autor destacó en diversos ámbitos, desde el periodístico (en el que llegó a denunciar como injustas las exenciones de impuestos a grandes empresas privadas) al literario como ya hemos señalado. Así mismo recomendable es su Diccionario del diablo (a partir de una serialización entre 1881 y 1906) de carácter ficcional pero en el que no está ausente una potente carga satírica con respecto a la política, mientras que con Un habitante de Carcosa (1886) marcó el paso del escalofriante El rey de amarillo (1895) de Robert Chambers, una de las debilidades del citado Lovecraft y rastreable hasta productos tan recientes como la serie True Detective. Bierce llevó además una vida  —incluyendo su muerte por causas desconocidas tras desaparecer— que podría calificarse de apasionante, algo que permea en su producción e indudablemente en cuentos como Un incidente en el puente del Río Búho. Participó en la Guerra de secesión estadounidense del lado unionista, siendo herido en diversas ocasiones alguna de ellas de gravedad y comportándose de tal manera en el campo de batalla que algunos de los más importantes miembros del ejército sin tener relación personal con él, como el general Sherman, recomendaron su aceptación en la ilustre academia de West Point. Sin embargo Bierce nunca ofreció una imagen romantizada de la guerra y unos cuantos de sus escritos se consideran pioneras obras antibelicistas por su realismo y crudeza. Algunos testimonios de quienes lo conocieron refieren que entre las cosas que más lo irritaban estaba el escuchar, a personas que no conocían de primera mano el sufrimiento derivado de los conflictos armados, hablar de conceptos como la gloria o el honor relacionados con la guerra. Algo de eso hay en las líneas que van a encontrar seguidamente. Pero también mucho más. Sean testigos de lo que sucedió en el Puente del Río Búho, no les dejará indiferentes. Nos vemos al otro lado.

 


Nota de traducción: he intentado respetar al máximo tanto la puntuación como el vocabulario del autor, incluyendo las repeticiones. Al no tratarse de ediciones críticas no incluimos en este proyecto un listado pormenorizado de las decisiones estilísticas o cambios realizados respecto al original, pero sí enlace a la fuente para que, quien lo desee, acuda a la misma.


UN INCIDENTE EN EL PUENTE DEL RÍO BÚHO

(Bierce, 1860. Imágenes de las adaptaciones de 1929 y 1961, más detalles en las conclusiones)


I


Un hombre se erguía sobre un puente de ferrocarril al norte de Alabama, contemplando la veloz agua veinte pies por debajo. Las manos del hombre estaban tras su espalda, las muñecas atadas con una cuerda. Una soga rodeaba estrechamente su cuello. Ésta se unía a una férrea madera con forma de cruz sobre su cabeza y el tramo sin tensar de la cuerda caía hasta la altura de sus rodillas. Algunos tableros sueltos se desperdigaban entre las junturas que soportaban las vías del tren, ofreciéndole pie a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército unionista, dirigidos por un sargento que durante la vida civil podría haber sido un sheriff en activo. A una breve distancia sobre la misma pasarela temporal se encontraba un oficial con el uniforme correspondiente a su rango, armado. Era capitán. Un centinela a cada lado del puente se erguía con su rifle en la posición conocida como "apoyo", es decir, vertical frente al hombro izquierdo, con el percutor descansando en el antebrazo cruzado sobre el pecho; una postura formal y antinatural, imponiendo una posición erecta del cuerpo. No parecía ser deber de esos dos hombres saber qué ocurría en el centro del puente; solamente bloqueaban los extremos de la pasarela que lo atravesaba.




Más allá de los centinelas no se podía ver a nadie; la vía del tren discurría recta por un bosque alrededor de cien yardas y entonces, girando, desaparecía de la vista. Sin duda más allá había algún puesto de guardia. La otra orilla del río era terreno abierto, una suave pendiente coronada con una empalizada de troncos verticales, con aspilleras para rifles, solamente había una apertura amplia por la que asomaba el hocico de un cañón de bronce que dominaba el puente. A mitad de pendiente entre el puente y el fuerte estaban los espectadores, una única compañía de infantería en fila, en posición de "descanso", las culatas de sus rifles en el suelo, los cañones ligeramente apoyados en el hombro derecho, las manos cruzadas sobre la empuñadura. Un teniente estaba a la derecha de la fila, la punta de su sable en tierra, la mano derecha reposando sobre la izquierda. Exceptuando el grupo de cuatro en el centro del puente, nadie se movía. La compañía encaraba el puente, con mirada pétrea, sin emoción. Los centinelas, de cara a las orillas del río, podrían haber sido estatuas que adornaban el puente. El capitán estaba con los brazos cruzados, silencioso, observando el trabajo de sus subordinados, pero sin hacer ninguna señal. La muerte es una dignataria que cuando llega de manera anunciada es recibida con muestras formales de respeto, incluso por aquellos familiarizados con ella. En el código de etiqueta militar el silencio y la quietud son signos de deferencia.




El hombre en el proceso de ser colgado tenía aparentemente alrededor de treinta y cinco años de edad. Era civil, si uno le podía juzgar por su vestimenta, que era del estilo de un terrateniente. Sus rasgos eran atractivos: nariz recta, boca firme, amplia frente, desde la cual el pelo oscuro estaba peinado hacia atrás, cayendo detrás de sus orejas hasta el cuello de su abrigo bien ajustado. Llevaba bigote y una barba apuntada, pero no patillas; sus ojos eran grandes y de un gris oscuro, y tenía una expresión amable que uno difícilmente hubiera esperado en alguien cuyo cuello estaba en la soga. Evidentemente no era un vulgar asesino. Los liberales códigos militares proveen para el ahorcamiento a muchos tipos de personas, y los caballeros no están excluidos.


Estando completados los preparativos, los dos soldados rasos se apartaron a un lado y ambos retiraron el tablón sobre el que habían estado de pie. El sargento se volvió al capitán, saludó y se colocó inmediatamente tras este oficial, quien a cambio se desplazó un paso. Estos movimientos dejaron al hombre condenado y al sargento sobre los dos extremos del mismo tablón, que a su vez cubría tres de los travesaños del puente. El extremo sobre el que se erguía el civil casi alcanzaba, pero no del todo, un cuarto. Esta madera se había mantenido en su sitio por el peso del capitán y ahora lo hacía con el del sargento. A una señal de aquel éste se apartaría, el tablón se inclinaría y el condenado caería entre dos travesaños. El arreglo se presentaba a juicio del hombre como simple y eficaz. Su cara no había sido cubierta ni sus ojos vendados. Miró un momento a sus pies inestables, y entonces dejó a su mirada vagar por el agua arremolinada de la corriente que discurría bajo él. Un pedazo de madera a la deriva captó su atención y sus ojos la siguieron corriente abajo. ¡Cuan lentamente parecía moverse! ¡Qué corriente tan letárgica!

 


 

Cerró los ojos para ordenar sus últimos pensamientos acerca de su mujer e hijos. El agua, convertida en dorada por el sol temprano, las melancólicas brumas sobre las orillas a cierta distancia siguiendo el curso del río, el fuerte, los soldados, el pedazo de madera, todo le había distraído. Y ahora fue consciente de una nueva perturbación. Golpeando a través del pensamiento hacia sus seres queridos había un sonido que no podía ni ignorar ni comprender, una afilada, nítida percusión como el golpe de un martillo de herrero sobre el yunque; tenía la misma cualidad de timbre. Se preguntó qué era y si provenía de una inconmensurable distancia o de las cercanías, parecía ambas cosas. Su ritmo era regular, pero tan lento como el de una campana tocando a difuntos. Esperó cada nuevo tañido con impaciencia y —no sabía porqué— aprensión. Los intervalos de silencio se hicieron progresivamente más largos, los retrasos se hicieron enloquecedores. Herían su oído como la embestida de un cuchillo; temió gritar. Lo que oía era el tictac de su reloj.


Abrió los ojos y observó de nuevo el agua bajo él. «Si pudiera liberar mis manos», pensó, «podría desembarazarme de la cuerda y saltar a la corriente. Buceando podría evadir las balas y nadando vigorosamente alcanzar la orilla, llegar al bosque y volver a casa. Mi casa, gracias a Dios, está aún más allá de sus líneas; mi mujer y los pequeños están todavía fuera del avance más adelantado del invasor».


Cuando estos pensamientos, que han de ser aquí puestos en palabras, surgieron —más que fueron creados— en el cerebro del hombre condenado, el capitán asintió al sargento. El sargento se apartó. 


II


Peyton Farquhar era un terrateniente acomodado, de una antigua y respetada familia de Alabama. Siendo dueño de esclavos y como otros dueños de esclavos, un político, era por supuesto un secesionista de primera hora y ardientemente devoto de la causa sureña. Circunstancias de una naturaleza imperiosa, que no es necesario relatar aquí, le habían prevenido de prestar servicio con el galante ejército que había luchado las desastrosas campañas conducentes a la caída de Corinth, y se impacientaba ante la poco gloriosa restricción, anhelando la liberación de su ímpetu, la más grande vida de soldado, la oportunidad de distinción. Esa posibilidad sentía que llegaría, como todo llega en tiempo de guerra. Mientras tanto hizo lo que pudo. Ningún servicio era para él demasiado humilde en la ayuda al Sur, ninguna aventura demasiado peligrosa para abordarla si era consistente con el carácter de un civil que tenía corazón de soldado y que en buena fe y sin demasiada cualificación consentía con el dicho malvado de que todo vale en el amor y en la guerra.


Una tarde mientras Farquhar y su mujer estaban sentados en un rústico banco cerca de la entrada de sus propiedades, un soldado vestido de gris cabalgó hasta la verja y les pidió un poco de agua. La Sra. Farquhar fue feliz de servirle con sus propias manos blancas. Mientras ella iba a por el agua su marido se acercó al jinete polvoriento y le preguntó ansiosamente por noticias del frente.


«Los yanquis están reparando las vías de tren», dijo el hombre, «y se están preparando para otro avance. Han alcanzado el puente del río Búho, lo han arreglado y construido un fuerte en la orilla norte. El comandante ha dado una orden, que se ha colocado por todos sitios, declarando que cualquier civil al que se atrape interfiriendo con la vía, sus puentes, sus túneles, o trenes, será ejecutado sumariamente. Yo vi la orden».


«¿A qué distancia está el puente del río Búho?» preguntó Farquhar.

«A unas treinta millas».

«¿No hay fuerzas a este lado del río?»

«Sólo un puesto de guardia a media milla, en la vía, y un simple centinela en este extremo del puente».

«Imaginemos a un hombre —un civil y estudioso de ahorcamientos— que evitara el puesto y quizá arreglar al centinela», dijo Farquhar sonriendo, «¿Qué podría lograr?»

El soldado reflexionó. «Estuve ahí hace un mes», respondió. «Observé que la corriente del último invierno había acumulado una gran cantidad de leña en el pilar de madera a este lado del puente. En estos momentos está seca y ardería como una yesca».

La señora había traído ahora el agua, que el soldado bebió. Se lo agradeció ceremoniosamente, se inclinó hacia su marido y se marchó cabalgando. Una hora después, tras la caída de la noche, volvió a cruzar la plantación y fue al norte por la dirección por la que el otro había venido. Era un explorador confederado.




III


Cuando Peyton Farquhar cayó en línea recta descendente a través del puente, perdió la conciencia y quedó como alguien ya muerto. De esta situación despertó —años más tarde, le pareció— a causa del dolor de una presión aguda sobre su garganta, seguida por una sensación de ahogo. Afilados, penetrantes tormentos parecían dispararse desde su cuello hacia abajo a través de cada fibra de su cuerpo y extremidades. Estos dolores parecían surgir a lo largo de líneas de ramificación bien definidas y palpitar con una periodicidad inconcebiblemente rápida. Se asemejaban a corrientes de fuego pulsante que le calentaba hasta una temperatura intolerable. Estas sensaciones no se acompañaban de pensamiento. La parte intelectual de su naturaleza se había desvanecido; sólo tenía poder de sentir, y el sentimiento era tormento. Era consciente del movimiento. Envuelto en una nube luminosa, de la cual era ahora meramente el ardiente corazón, sin sustancia material, se balanceó a través de arcos de oscilación inimaginables, como un enorme péndulo. Entonces en un momento, con una rapidez terrible, la luz a su alrededor se alzó disparada con el sonido de un ruidoso chapoteo; un espantoso rugido estaba en sus oídos y todo era frío y oscuro. Volvió el poder del pensamiento; supo que la cuerda se había roto y había caído en la corriente. No hubo un ahogo añadido, la soga alrededor de su cuello ya lo asfixiaba y mantenía el agua fuera de sus pulmones. ¡Morir por ahorcamiento en el fondo de un río! La idea le pareció ridícula. Abrió sus ojos en la oscuridad y sobre él vio un brillo de luz, ¡pero cuan distante, cuan inaccesible! Aún estaba hundiéndose, de modo que la luz se volvió más y más apagada hasta que fue un mero destello. Entonces comenzó a crecer y ser más brillante, y fue consciente de que era él subiendo hacia la superficie. Lo supo con reparo, porque ahora estaba muy cómodo. «Ser colgado y estar ahogado», pensó, «no es tan malo; pero no quiero que me disparen; no me dispararán, no es justo».


No fue consciente de esfuerzo, pero un dolor agudo en su muñeca le indicó que intentaba liberar sus manos. Le dio a la pelea su atención como un haragán a la actuación de un artista de circo, sin interés en el resultado. ¡Qué espléndido esfuerzo! ¡Qué magnífica fuerza sobrehumana! ¡Qué noble ejercicio! ¡Bravo! La cuerda se soltó, sus brazos se abrieron y flotaron hacia arriba, las manos apenas visibles a cada lado de la luz creciente. Las contempló con un nuevo interés cuando primero una y después la otra se abalanzaron sobre la soga en su cuello. La arrancaron y la lanzaron con fuerza a un lado, sus ondulaciones recordando a las de una serpiente de agua. «¡Volvedla a colocar! ¡Volvedla a colocar!». Creyó que gritaba esas palabras a sus manos, ya que el deshacer del nudo había sido seguido por el más agudo dolor que hubiera experimentado nunca. Su cuello le dolía terriblemente, su cerebro estaba en llamas, su corazón, que había estado palpitando débilmente, dio un gran vuelco, intentando salir por su boca. ¡Todo su cuerpo estaba torturado y desgarrado por una angustia insoportable! Pero sus desobedientes manos hicieron caso omiso de la orden. Golpearon vigorosamente el agua con brazadas rápidas, hacia abajo, empujándole a la superficie. Sintió su cabeza emerger, sus ojos se cegaron por la luz del sol, su pecho se expandió convulsivamente, y con una agonía suprema y culminante, sus pulmones engulleron una enorme cantidad de aire, ¡la cual instantáneamente expulsó en un grito!


Estaba ahora en plena posesión de sus sentidos físicos. De hecho eran preternaturalmente agudos y alertas. Algo en la horrible alteración de su sistema orgánico los había alterado y refinado tanto que le hicieron sentir cosas que nunca antes había percibido. Sintió las ondulaciones del agua sobre su cara y oyó sus sonidos independientes conforme le golpeaban. Miró al bosque en la orilla del río, vio los árboles individuales, las hojas y las nervaduras en cada una, vio los numerosos insectos sobre ellas: los saltamontes, las moscas con cuerpo brillante, las arañas grises extendiendo sus telas de rama en rama. Percibió los iridiscentes colores en todas las gotas de rocío sobre un millón de briznas de césped. El zumbido de los mosquitos que bailaban sobre los remolinos de la corriente, el batido de las alas de las libélulas, los golpes de las patas de las arañas de agua, como remos que habían alzado su barco, todo ello música audible. Un pez se deslizó bajo sus ojos y oyó el rumor de su cuerpo apartando el agua.


Había salido a la superficie de cara a la corriente; en un momento el mundo visible pareció girar lentamente alrededor, él siendo el punto central, y vio el puente, el fuerte, los sodados sobre el puente, el capitán, el sargento, los dos soldados, sus verdugos. Formaban una silueta frente al cielo azul. Gritaron y gesticularon, apuntándole. El capitán desenfundó su pistola, pero no disparó, los otros estaban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles, sus formas gigantescas.


De repente escuchó una potente detonación y algo golpeó el agua a escasas pulgadas de su cabeza, rociando su cara de salpicaduras. Oyó una segunda detonación y vio a uno de los centinelas con el rifle en su hombro, una tenue nube de humo azul elevándose de la boca del cañón. El hombre en el agua vio el ojo del hombre en el puente, mirando al suyo a través de la mirilla del rifle. Observó que era un ojo gris y recordó haber leído que los ojos grises eran los más agudos y que todos los famosos tiradores los tenían. Sin embargo este había fallado.

 


 

Un cambio de corriente había alcanzado a Farquhar y le dio media vuelta; de nuevo miraba al bosque de la orilla opuesta al fuerte. El sonido claro de una voz aguda en un soniquete monótono resonó tras él y llegó a través del agua con una claridad que traspasó y apagó todos los otros sonidos, incluso el golpeteo de las olas en sus oídos. Aunque no era soldado, había frecuentado suficientes campamentos para conocer el temible significado de ese mantra consciente, pausado, aspirado; el teniente en la orilla estaba tomando parte en el trabajo de la mañana. Cuan fríamente y sin piedad —qué monótona, tranquila entonación, presagiando e imponiendo tranquilidad entre los hombres— con qué calculadamente medido intervalo cayeron esas palabras crueles:


«¡Compañía!... ¡Atención!... ¡Armas al hombro!... ¡Preparados!... ¡Apunten!... ¡Fuego!».


Farquhar buceó, buceó tan hondo como pudo. El agua bramaba en sus oídos como la voz del Niagara, aún así oyó el trueno apagado de la descarga y, alzándose de nuevo hacia la superficie, se topó con brillantes pedazos de metal, notablemente ralentizados, oscilando lentamente hacia abajo. Alguno le rozó en la cara y en las manos, para después alejarse, continuando su descenso. Uno se incrustó entre su cuello y la camisa; era de una incomodidad ardiente y lo arrancó.


Cuando alcanzó la superficie, boqueando para respirar, vio que había estado un largo tiempo bajo el agua. Se encontraba perceptiblemente alejado corriente abajo, cerca de la seguridad. Los soldados casi habían terminado de recargar. Las varillas de metal brillaron al unísono con el amanecer cuando fueron retiradas de los cañones, giradas en el aire y devueltas a sus fundas. Los dos centinelas dispararon de nuevo, por su cuenta e ineficazmente.


El perseguido vio todo esto por encima de su hombro, ahora nadaba vigorosamente a favor de la corriente. Su cerebro tenía tanta energía como sus brazos y piernas, pensó con la rapidez de la luz.


«El oficial», razonó, «no cometerá el error del amartillamiento por segunda vez. Es tan fácil evitar un solo tiro como una descarga. Seguramente ya ha dado orden de disparar a discreción. ¡Que Dios me ayude, no puedo esquivarlos a todos!».


Un atroz estruendo en el agua a un máximo de dos yardas de su posición fue seguido por un fuerte, agitado sonido, ¡como un Diminuendo, pareció viajar de vuelta a través del aire hasta el fuerte y morir en una explosión que agitó al mismo río hasta sus profundidades! ¡Una hoja de agua se elevó curvada sobre él, le cayó encima, le cegó, le aturdió! El cañón se había sumado al juego. Cuando sacudió su cabeza para liberarla de la conmoción del impacto del agua, oyó el disparo desviado silbando a través del aire por delante, y en un instante estaba destrozando y aplastando las ramas del bosque que se encontraba más allá.


«No lo harán de nuevo», pensó, «La próxima vez usarán una carga de metralla. Debo mantener la vista en el cañón; el humo me avisará. La detonación llega demasiado tarde, va tras el proyectil. Es un buen cañón».


De repente notó cómo giraba dando vueltas y vueltas, rotando como una peonza. El agua, las orillas, el bosque, el puente ahora alejado, fuerte y hombres, todo estaba mezclado y borroso. Los objetos se representaban en ese momento solo por el color. Círculos cromáticos en secuencias horizontales, era todo lo que veía. Había sido atrapado en un vórtice y era volteado con una velocidad de avance y giro que le hizo sentirse mareado y enfermo. Tras unos instantes fue arrojado sobre la gravilla a los pies de la orilla izquierda respecto a la corriente —la orilla sur— tras un saliente que lo ocultaba de sus enemigos. La repentina detención de su movimiento, la abrasión de una de sus manos sobre la grava, lo reanimaron y lloró con alivio. Hundió sus dedos en la arena, la arrojó sobre sí a puñados y la bendijo de forma audible. Parecía como hecha de diamantes, rubís, esmeraldas, no podía pensar en nada que le pareciera más bonito. Los árboles por encima de la orilla eran gigantescas plantas ornamentales, percibió un orden definido en su disposición, inhaló el aroma de sus flores. Una peculiar luz rosada brilló entre los espacios de sus troncos y el viento creó en sus ramas la música de arpas eólicas. No deseaba culminar su escapatoria, estaba satisfecho con permanecer en ese encantador lugar hasta recuperarse.




Un zumbido y el crujido de la metralla sobre las ramas en lo alto sobre su cabeza lo sacaron de su ensoñación. El desconcertado artillero le había disparado al azar una despedida. Se incorporó de un salto, se abalanzó por la orilla inclinada y se sumergió en el bosque.


Viajó todo el día, marcando su rumbo con el redondeado sol. El bosque parecía interminable; por ningún sitio descubrió una ruptura en él, ni siquiera la senda de un leñador. No había sido consciente de vivir en una región tan salvaje. Había algo extraño en esa revelación.


Al caer la noche estaba agotado, con los pies cansados, hambriento. El pensamiento sobre su mujer e hijos lo animaron. Finalmente encontró un camino que llevaba en lo que él sabía era la dirección correcta. Era tan amplio y recto como una calle de ciudad, aunque parecía desierto. No lo bordeaban cultivos, no había viviendas por ningún lugar. Nada como el ladrido de un perro sugería ocupación humana. Los cuerpos negros de los árboles conformaban un muro recto a ambos lados, confluyendo en un punto del horizonte, como un esquema en una lección de perspectiva. Por encima de la cabeza, cuando miró por encima de aquella muesca en el bosque, brillaban grandes estrellas doradas que no parecían familiares y agrupadas en extrañas constelaciones. Estaba seguro de que estaban dispuestas en algún orden que tenía un significado secreto y maligno. El bosque a cada lado estaba repleto de ruidos singulares, entre los cuales —una vez, dos, y otra vez— oyó distinguibles susurros en una lengua desconocida.


Le dolía el cuello y alzando sus manos hasta él lo encontró horriblemente inflamado. Sabía que tenía un círculo negro donde la soga lo había quemado. Sentía sus ojos congestionados, no los podía cerrar más. Su lengua estaba hinchada por la sed, alivió su ardor exponiéndola entre los dientes al aire frío. ¡Cuan suavemente el césped había cubierto la vía sin transitar, ya no podía notar el camino bajo sus pies!


Sin duda, a pesar de su sufrimiento, se quedó dormido mientras caminaba, ya que ahora ve otra escena, quizá simplemente se ha recuperado de un delirio. Está delante de su propia casa. Todo es como lo había dejado y todo es brillante y bello en el amanecer. Debe haber viajado toda la noche. Cuando abre la verja empujándola y atraviesa el amplio paseo blanco, ve prendas femeninas ondulando; su mujer, con una apariencia fresca, suave y dulce, desciende desde el porche para encontrarse con él. Al principio de los escalones permanece esperando, con una sonrisa de inefable alegría, una actitud de incomparable gracia y dignidad. ¡Ah, qué bella es! Él salta hacia adelante con los brazos extendidos. Cuando está a punto de abrazarla siente un asombroso golpe sobre la parte posterior del cuello; una cegadora luz blanca lo incendia todo en torno a él con un sonido como el de la descarga de un cañón, ¡entonces todo se vuelve oscuridad y silencio!



Peython Farquhar estaba muerto; su cuerpo, con el cuello roto, oscilaba suavemente de lado a lado entre los tablones del puente del río Búho.



FIN

----

Nos encontramos con un relato, siguiendo la exitosa clasificación del lingüista Tzvetan Todorov, del subgénero "Extraño" dentro de la narrativa fantástica. Es decir y muy a grandes rasgos, que lo ocurrido puede tener una explicación racional frente a lo "Maravilloso", en donde lo sobrenatural queda como inexplicado. Sin embargo la frontera entre ambas concepciones es difusa y en numerosas tramas, incluyendo Un incidente en el puente del Río Búho, ciertos detalles pueden caer en uno u otro lado del fiel de la balanza sin mayores problemas. Grandes autores han transcurrido por estos caminos, no pocos de ellos en la literatura en castellano: Carmen Martín Gaite, Jorge Luís Borges, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, Sara Mesa, entre muchos otros a los que podemos sumar, ampliando el foco del idioma y el soporte, grandes como Franz Kafka, Philip K. Dick o David Lynch. Citar obras individuales podría ser eterno, pero algunas como El balneario, Carretera perdida, Ubik o La isla a mediodía enseguida vienen a la mente tras conocer el relato de Bierce. Indudablemente la vanguardia artística contemporánea bebe mucho de obras como la presentada aquí y del género fantástico en general.


Desde un punto de vista filosófico, podemos señalar que Bierce se consideraba agnóstico y abrumado por la aparente insignificancia humana. Como hemos expuesto en la introducción, estaba familiarizado con la muerte y con la crueldad, siendo muy consciente de que el supuesto carácter elevado que para algunas ideologías —como ciertas religiones tiene el ser humano, posee más características de mito que la misma literatura fantástica. No pasará desapercibido a muchos lectores el hecho de que la filosofía del círculo de Lovecraft, con la notable excepción de August Derleth, encaja perfectamente con esta concepción del universo.


Para terminar, pues resulta obvio que de este tema se pueden extraer derivadas casi inabarcables, podemos detenernos brevemente en los ecos que Un incidente en el puente del Río Búho tiene en el formato audiovisual, más allá del referido Lynch, desde el nacimiento del mismo. Ha tenido diversas adaptaciones, siendo la primera una cinta muda (The Bridge, también conocida como The Spy, 1929) dirigida por Charles Vidor (GildaAdios a las armas) y pudiéndose destacar la versión francesa La Rivière du hibou (1961) que incluso ganó el Oscar de la Academia de Hollywood al mejor cortometraje en 1963. La idea del humano que no sabe que ha muerto o está en proceso de fallecer ha sido frecuente en el cine ,especialmente de terror, con ejemplos célebres (El sexto sentidoLa escalera de Jacob) y otros no tanto, incluyendo nuestro querido cine de serie B (Instituto sangriento, El arte de morir). Obviamente creadores muy familiarizados con la literatura como J. J. Abrams o Damon Lindelof, beben de autores como Bierce a la hora de armar productos de enorme fama (Lost). 




Parece lógico pensar que el desconocimiento y temor relacionado con un tema en gran medida tabú en nuestra época, la muerte presentada de forma descarnada, queda sublimado en narraciones como la que nos regaló Bierce. Demuestran que no lo sabemos todo ni podemos fiarnos completamente de lo que inocentemente creemos más veraz pero fuente de incontables engaños: la aparente realidad que nos ofrecen nuestros sentidos. Lección valiosa, pero un maestro como Bierce no se queda ahí y nos ofrece otra verdad muy a tener en cuenta: caer en los cantos de sirena de lo que se nos impone como sagrado las banderas, los líderes puede llevarnos, en un abrir de ojos, a nuestra desaparición... En el puente del Río Búho o en cualquier otro lugar.


¿QUIERE SABER MÁS?

 

—Relato El juego más peligroso (Connell, 1924). Traducción CC y contexto histórico:

 

https://blogcaliptusbonbon.blogspot.com/2025/09/uno-de-los-mas-influyentes-relatos-para.html 


—Transcripción CC de la Conferencia de Metz (1977) y análisis de su relevancia cultural:


https://blogcaliptusbonbon.blogspot.com/2025/08/la-conferencia-de-philip-k-dick-en-metz.html

 

El juego más peligroso en formato audiolibro:

 

https://www.ivoox.com/12-x-04-un-relato-clave-para-la-audios-mp3_rf_160931694_1.html 


Un incidente en el puente del Río Búho en su versión original en ingles (vía Proyecto Gutenberg):

 

https://gutenberg.org/ebooks/375 

 

—Adaptación fímica de 1929 (Charles Vidor, The Bridge):

 

https://en.wikipedia.org/wiki/File:The_Bridge_(1929).webm

 

—Adaptación fílmica de 1961 (Enrico, La rivière de hibou):

 

https://www.arte.tv/fr/videos/123857-000-A/la-riviere-du-hibou/ 


 




"Un incidente en el puente del río Búho" (Traducción por Víctor Deckard) © 2026 by Víctor Deckard is licensed under CC BY-ND 4.0