martes, 28 de abril de 2020

"Soy leyenda" de Matheson y sus versiones cinematográficas. Arte y filosofía (con chorreras) en el análisis fílmico

La comprensión total de una obra artística depende del conocimiento de su entorno social e histórico. Lo bueno es que esta afirmación funciona en el sentido contrario: gracias al arte podemos entender mejor la sociedad en la que está inscrito. Esto no quiere decir que una película o un libro no puedan ser disfrutados sin saber de historia, ni sin que pidamos algo más de ellos que entretenimiento; incluso podemos recrearnos en las anécdotas de su elaboración, que puede -y así ocurre en numerosos casos- ser de lo más curioso. Pero su comprensión absoluta depende de saber de historia, de filosofía y de política. ¿Piensas que todo eso es un rollo? Pues lo siento, pero es lo que hay. No obstante a los vaguetes del conocimiento tal vez les consuele saber que en muchos casos los estados y sus organizaciones académicas opinan como ellos. También os digo que así nos va, ya sabéis aquello del mal de muchos. Un ejemplo que me viene a la cabeza -más allá del obvio desconocimiento acerca de las materias señaladas por nuestros políticos- es que en muchos lugares se puede acabar la carrera de Historia del arte sin cursar ni una sola asignatura de Historia. ¿Saber de arte sin saber de historia? Oh, come on que diría poniéndome estupendo.

En cualquier caso no he venido aquí a hablar de mi libro, sino del de otro señor, el genial Richard Matheson (1926-2013). Escritor de novelas, relatos y guiones, fue un adelantado que -junto a otros como Asimov, Pohl o Heinlein, por señalar algunos- revolucionó el género fantástico en la Ciencia ficción en el ámbito anglosajón de los años 50, y por extensión, en gran medida mundial. Varios de sus textos han sido llevados a la pantalla grande o pequeña de una manera inolvidable: como muestras representativas entre otras, El increible hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, Jack Arnold, 1957), La leyenda de la casa del infierno (“The Legend of Hell House”, John Hough, 1973), El diablo sobre ruedas (Duel, Steven Spielberg, 1971. Sí, aquí empezó la leyenda del Midas contemporáneo, que expesión más manoseada), algunos de los mejores episodios de la televisión en series míticas como "Star Trek" (The Enemy Within) o “La dimensión desconocida” (Nightmare at 20,000 Feet); aunque también tiene textos que nunca se trasladaron en imágenes que son brillantes y muy posibles inspiraciones no reconocidas de otras obras (¡ay, “Poltergeist”!, pero eso da para otro artículo). De este hombre se podría decir mucho y bueno, pero el tema que nos ocupa hoy, que está muy relacionado precisamente con la política, la ecología, la filosofía y el arte, es el análisis de una de sus obras más conocidas: Soy leyenda, novela de 1954, y de sus versiones cinematográficas que lo gracioso es que -dependiendo cual- pueden decir una cosa y la contraria, respetando o cargándose el mensaje original de Matheson (¡ya te vale, Will Smith!).

Primera edición del libro: obras maestras a 25 centavos. ¿Alguien da más?


Soy leyenda es un libro crucial en múltiples niveles. El autor utiliza un arquetipo clásico del mundo gótico, como es el vampiro, para defender la ciencia como forma de comprensión del mundo. Lo desconocido existe, y el interrogante que nos arroja este es crucial en el avance científico. En esta trama hay vampiros, su reino es la noche, reaccionan ante el ajo, espejos e iconografía religiosa. Pero todo tiene una explicación racional: una enfermedad que provoca la transformación física de los afectados y su conversión en monstruos. La amenaza no es un ente sobrenatural. Antes al contrario, su causa y su reino está en la naturaleza, pero hasta que no se conoce como actúa, sus códigos nos devuelven a las pesadillas de una sociedad aún infantil. Es un leitmotiv que volverá con otros parámetros, también magistralmente, en su novela La casa infernal (Hell House, 1971, trasladada notablemente a la pantalla en la señalada Leyenda de la casa del infierno). Todo esto de por sí ya fue un punto de inflexión en el género. En muchas ocasiones se piensa que el momento de presentación del monstruo clásico como infectado, en este caso el zombi, aparece tan recientemente como con la aparición del remake de El amanecer de los muertos (Dawn of the Dead. Zack Snyder, 2004) y con 28 días después (28 Days Later. Danny Boyle, 2003), pero ya estamos viendo que fue muy anterior gracias al amigo Richal; “y a más a más” que se dice, el propio George A. Romero, popularizador de este tipo de bichejo con la famosísima Noche de los muertos vivientes (Night of the Dead, 1968) reconoció que una de sus inspiraciones fue Soy leyenda de Matheson. Esto es muy interesante no solo por el valor histórico cinematográfico, sino por el hecho de que aunque Romero en alguna ocasión comentó que en su película no había política, se estaba basando en una obra altamente politizada, algo que aunque sea inconscientemente permeó en su trabajo y a lo que no es inmune ningún autor: el Zeitgeist. Es decir, el “espíritu del tiempo”. Por eso es crucial en crítica artística el contexto, porque de lo contrario se corre el peligro de dejarse en el tintero elementos nucleares que en ocasiones pasan desapercibidos incluso a los propios autores.

Y aunque todo esto mola un montón, aún hay más en Soy leyenda. Los años 50 en Estados Unidos son una fachada de barrios residenciales y gente cortando el cesped, de un aparente plácido reposo del que descansar tras el trauma que supuso la Segunda Guerra Mundial. En realidad, tras esas paredes pintadas y esos jardines hay un mundo de insatisfacción personal -retratado en películas como la lynchiana Terciopelo azul o en la más desconocida pero fabulosa Revolutionary Road de Sam Mendes- y de paranoia política dirigida tanto al interior (¡sigamos con el cine, más cine, por favor!: Siete días de mayo (Frankenheimer, 1964), o The Manchurian Candidate (1962 por el mismo director) como hacia el exterior (Punto límite de Sidney Lumet en 1964, La hora final de Stanley Kramer en 1959). Fue el caldo de cultivo ideal para que autores de la sensibilidad de Matheson usaran el género de la Ciencia ficción para avisarnos de nuestra fragilidad como ser humano, de los peligros que nos acechan por nuestro comportamiento social entre nosotros y ecológico con nuestro entorno. En Soy leyenda el patógeno causante del mal se expande con más facilidad debido a las tormentas de polvo causadas por una guerra y además el superviviente protagonista puede ser sustituido por otra especie, algo en lo que no entraré en detalle por no destrozar las sorpresas de la trama. En definitiva: el ser humano no es tan importante y es más frágil de lo que piensa.

Debatiendo con una persona sobre la necesidad -en mi opinión y a la luz de la pandemia por el coronavirus- de tener un mayor equilibrio con nuestra biosfera y cambiar nuestros modelos productivos más contaminantes, mi interlocutor me llamó “ecocristiano”. En realidad, obras como Soy leyenda nos demuestran que la tradición más conservadora es aquella que pone al humano como centro de la creación, con un mundo natural enteramente a su disposición y disfrute. Habitualmente la religión, siendo un gran exponente de esto la tradición judeocristiana, ha sido la gran defensora de este concepto del hombre a imagen y semejanza de Dios; sin embargo, la razón y una parte maravillosa del arte como el representado por la obra protagonista de este artículo, están a favor del ecologismo: sin más comprensión, respeto y equilibrio hacia la biosfera, nuestra propia supervivencia está amenazada (efectos especiales de truenos, por favor).

Sabiendo todo esto, ¿cómo se trasladó este libro al cine? Pues empate en Las Gaunas, dos veces bien y dos mal, curiosamente las peores las más recientes (y una de ellas ¡maldito Will Smith! ya en el siglo XXI).


La versión primigenia del libro en el cine. Con los carteles de la época ya estabas un rato leyendo

La primera ocasión en la que el texto se llevo al cine fue en 1964 a través de un tipo clásico, de aquellos que portaban el bigote como solo sabían los galanes de antaño, con su formación en el teatro y su modulación vocal arrebatadora. Me refiero al tito Vincent Price en El último hombre sobre la Tierra (The last man on Earth, Ragona-Salkow, 1964). Nos encontramos aquí con una producción de bajo presupuesto en la que el propio Richard Matheson estuvo involucrado en el guion pero, al no quedar del todo satisfecho, firmó como Logan Swanson: -mola mucho, es como si yo en vez de Víctor Deckard firmara esto como Hector Regard-), y que inicialmente se iba a producir por la británica y mítica Hammer, compañía curiosamente famosa por reactualizar, aunque sin abandonar los parámetros sobrenaturales, los monstruos góticos clásicos... con eróticos resultados, que diría Marge. Incluso se barajó Fritz Lang como director. En cualquier caso la censura británica -bastante dura en la época, recordemos las Nasty Movies-, estuvo dando el coñazo todo el rato y al final el proyecto recayó en el productor estadounidense Robert L. Lipper, quien hizo lo que muchos han hecho en el mundo del cine y que queda reflejado perfectamentente en la tarantiniana “Once Upon a Time... in Hollywood”: pirarse a Italia a rodar para abaratar costes, che viva l'Italia, ragazzi!. Hay que reconocer que los italianos muchas veces han provocado el cabreo y la risa en el cine, sobre todo B y “más sobre todo” en la explotaition o cine de explotación (¡ay ese Terminator 2 de Bruno Mattei, canela finísima!), pero no es menos cierto que tenían buenos estudios y gente técnicamente preparada, así que la peli protagonizada por Price cumple, con un ritmo bien llevado y -aún con algunas modificaciones realizadas en la historia, incluido un final no exactamente igual- no traiciona al libro, aunque este se encuentre a años luz por delante. De hecho habitualmente se la considera la adaptación más fiel... Pero no, porque en la España de los años 60 (han oído bien) ocurrió algo aparte del gol de Marcelino...

¿Que se puede ir a la manifa del 8M, al mitin de VOX o al fútbol? Ya si eso me voy confinando.

Gracias al artículo de Alfonso Grueso en su blog “Aburrimiento vital” (se puede ver aquí), he descubierto Soy leyenda de Mario Gómez Martín, estudiante de la Escuela Oficial de Cinematografía y que nos regaló esta joya, un mediometraje de 36 minutos que es la obra fílmica más fiel a la novela de Matheson.  Con estas cosas son con las que uno se enamora del cine, pues Gómez nos demuestra no que con pocos medios, sino practicamente con ninguno, se puede llevar fielmente a imágenes una obra de la complejidad de esta, incluido su final, algo que no se ha atrevido a hacer ninguna otra de las aquí señaladas. Fuera de los circuitos comerciales, en un país oprimido por una dictadura, hubo alguien que supo hacerlo y lo hizo, aunque hayamos tenido que esperar mucho para reivindicarlo, gracias al proyecto de la Filmoteca Española “Doré en casa”, que recupera de su archivo metraje desconocido para el público. Por suerte el gobierno y la censura franquistas estaban preocupados por lo que llegaba a las salas (fundamentalmente se fijaban en las tetas) y no estuvieron encima de este trabajo de final de curso que, por otro lado, seguramente tampoco hubieran entendido. ¿Cuantos tesoros seguirán enterrados? Una verdadera delicia acercarse a esta versión, no pudiendo dejar de admirar los recursos narrativos y visuales que el director se saca de una chistera en la que no había dinero. Y es que el vil metal muchas veces no es garantía de nada, como demuestran los siguientes ejemplos. Pónganse el cinturón, que por ahí viene Charlton Heston a toda pastilla.


Fotograma de la peli española. Se le olvidó mencionar entre los desastres "La isla de las tentaciones".


Es obvio que Charlton Heston no fue el más listo de la clase. No entendió algunas de sus obras, altamente politizadas en una ideología inversa a la suya como El planeta de los simios o su secuela. Tampoco le pilló el truco a Soylent Green, y tenía claro que la peli de Vincent Price, con quien había coincidido en Los diez mandamientos, era un coñazo. Ahí faltaban tortazos y él era la solución. En realidad a The Omega Man -como se tituló esta versión,  El último hombre... vivo en España- hay que amarla por muchas cosas, basicamente por su desmadre. Aún me recuerdo de niño alucinando con el trepidante comienzo, con el Heston conduciendo a toda velocidad un descapotable rojo por un Los Ángeles desierto (en realidad es el centro comercial de la ciudad un domingo temprano, los viejos trucos son muchas veces los mejores), con un vestuario inclasificable (la ropa de andar por casa de Charlton es maravillosa, con una especie de chaqueta de terciopelo y ¡chorreras! eso es C-L-A-S-E y lo demás tontás, para vergüenza de un hipster medio) y elementos éticamente positivos, como un beso interracial que para muchos historiadores del cine fue el primero en la gran pantalla, aunque en imagenes se adelantó, la en tantas cosas pionera, "Star Trek". Sin embargo aquí ya tenemos un problema serio con el mensaje, que se imbrica claramente con la tradición conservadora del american way of life, y por extensión con el puritanismo protestante en política exterior: esos cabrones comunistas que me quieren asimilar (los vampiros) no va a poder conmigo, campeón de la libertad y que ofrezco mi sangre por la liberación del mundo (occidental, que es el libre, se sobreentiende) Y sí, damas y caballeros, las referencias bíblicas se introducen en esta peli con la sutileza de una tuneladora, sobre todo con un final que no voy a describir: véanlo y alucinen pepinillos y -posiblemente- carcajeense con ganas como me pasa a mi. Pese a las risas, las conclusiones de esta peli -a diferencia del texto de Matheson- no valen ni para limpiarse los mocos con ellas. Pero, ¿podría ser peor? ¡Claaaro! Siempre puede ser peor (Que sí, que yo te maldigo, Will Smith).

Así se acaba con las pandemias (Heston style)

Eso era estilismo. Y comodidad, en ese pelo se pueden guardar entre otras cosas, las llaves de casa, las del trastero, las de la moto, las de la taquilla del curro, las de...

Y más clase para época de cuarentena. Así voy yo por casa cuando me quito las chorreras: en pelotas y dándole al whisky (Imagen por James Vaughan en Flickr)


Efectivamente acabamos con la peor adaptación de Soy leyenda, la protagonizada por el rapero Smith (I am Legend. Francis Lawrence, 2007). Encima siendo reincidente, porque ya se había sacado la churra antes y meado sobre otra obra cumbre de la Ciencia fcción en 2004, con la ignominiosa Yo, robot de Alex Proyas (quien en esta ocasión, no en otras, se merece rimas con ese fabuloso apellido). Vamos a ver, déjenme que explique esta ira que me embarga cual banco. Yo entiendo que una adaptación no tiene porqué ser fiel a un libro; de hecho, puede ser hasta contraproducente y algunas de las mejores pelis simplemente están inspiradas por la obra original. ¿Uno de los máximos exponentes en el género que nos ocupa? Blade Runner, por citar uno representarivo. Ahora bien, lo que yo no puedo perdonar nunca es que se transmita un mensaje, ya no diferente, sino diametralmente opuesto al autor primigenio. Por ahí ya no paso, manías que tiene uno. Si Matheson nos avisaba de lo humildes que tenemos que ser para no acabar en el desastre, evitar las crisis previniéndolas y trabajando juntos como sociedad, la cosa esta del Proyas-Smith es lo de siempre: tranquis, que viene el héroe de los chascarrillos y disparito por aquí, miradita al microscopio por allá, salva el día y de paso a la humanidad. En su haber un poquito de buena atmósfera al principio, que enseguida se termina por un abuso poco realista de los efectos especiales generados por ordenador. Tampoco tengo mayor problema con las obras de entretenimiento puro y duro, pues también son necesariS. Pero cuando se usa el trabajo de los maestros para pervertirlo no está de más denunciarlo. El mundo (con esta expresión siempre nos solemos referir a  los humanos, de nuevo el antropocentrismo) solo se salvará si trabajamos en una sociedad más equilibrada en lo ecológico, como ya avisaba Matheson. Peligros reales nos acechan, como nos advierten las buenas obras artísticas y situaciones como la provocada por el Covid, así que aprendamos de ellas y no nos dejemos despistar por fuegos de artificio como los del engendro este del 2007. Y encima no hay chorreras.

Hasta el póster es artificial a más no poder. ¡Smiiiiiith!

Víctor Deckard

(todas las imágenes están con licencia Creative Commons y son de Wikipedia, salvo que se especifique lo contrario)

domingo, 26 de abril de 2020

Causa y Efecto

Se dice que un efecto es consecuencia de una causa. Ambos: causa-efecto, forman una dualidad elemental. Lo decía Platón.

La causa de hoy es el virus; los efectos muy duros: enfermedad, confinamiento, desolación, sufrimiento y muerte. En otro orden de cosas: crisis social y económica, cambio de hábitos y costumbres, control de poblaciones, limitación de libertad individual, etc. Las consecuencias económicas pueden ser dramáticas a corto plazo. Doctores tiene esa iglesia, aunque con tanto teólogo economista, casi nunca nadie sabe vaticinar nada a ciencia cierta.

El efecto de la pandemia no deja de ser también un elemento de alerta, que ha colocado el foco en el plató de una sociedad ensimismada, y quizá necesitaba una aceleración en el tiempo. ¿Saldremos de esta? Espero que sí. Pero sin duda habrá que realizar una evaluación profunda de cómo funcionan los componentes sociales, económicos y políticos. Sin duda y cuando esto pase su fase más aguda, pediremos cuentas a nuestros gobernantes. En mi opinión muchas. Pero también nos deberemos resetear a nosotros mismos.

Imagen tomada de Wikipedia ("Effect Butterfly") By User:Wikimol, User:Dschwen - Own work based on  CC BY-SA 3.0, 


En lo cercano e individual

En lo mas cercano a nuestro entorno, cambiarán cuestiones tan elementales como las formas de convivencia, de relación con los demás, de nuestros hábitos de compra de bienes y servicios, de transporte: primando el individual y ecológico -como la bicicleta, siendo consciente que éste no será la panacea, pues a todos los sitios no se puede ir en bici, pero sí considerarlo un medio ideal para moverse en las ciudades- de deporte, culturales, de ocio, etc. Las empresas y personas que se dediquen a ello tendrán que readaptarse a unas nuevas demandas.

En lo colectivo

En el plano colectivo o político-social, deberemos exigir a los gobernantes dar prioridad a la ciencia sobre la política, donde primen los criterios científicos y no al revés. También el virus ha enseñado otra forma de hacer mejor las cosas, revisando el modelo informativo público, privado, subvencionado -o ambos a la vez-, reconsiderando la famosa premisa que define el concepto de “información”: “Quién dice qué a quien” añadiendo a esa máxima la pregunta ¿Por qué? La pandemia nos ha dado una lección de cómo se puede manipular el denominado “estado de opinión” hasta la ridiculez, en función del color político y de influencia sobre algunos medios relevantes. O el juego que -para bien y para mal- dan las denominadas “redes sociales”, manipuladas con miles de cuentas de usuarios ficticios, convirtiéndose en los “mass media” de la tergiversación y el engaño, y donde se alimentan bulos estremecedores.

La respuesta que demos a esta crisis sanitaria que se ha convertido en múltiple y que, sin duda, dejará una profunda cicatriz, habrá de ser también múltiple, con cambios no solo económicos, sino también sociales y de comportamiento. El Covid19 ha dejado al aire las vergüenzas de nuestra propia fragilidad y deberemos revisarlo casi todo. Desde la dependencia productiva de China -incluso para fabricación y adquisición de los artículos de protección sanitaria mas elementales, como es una simple mascarilla-, hasta las consecuencias del movimiento de personas y mercancías, fruto de un sistema necesitado de que productos y personas, se muevan planetariamente en un constante frenesí -base del desarrollo de toda pandemia-.

Nuestros ancianos

Otra cuestión importante: La actual estructura en la que se basa la atención y cuidado en residencias para nuestros mayores debe ser revisada. Deberemos valorar la necesidad que éstas sean públicas y gestionadas por los sistemas públicos de salud. ¿Por qué no armonizar un equilibrio, entre la gestión pública de las mismas, con la aportación universal de las pensiones de sus residentes, añadiendo los factores de corrección presupuestaria y económica necesarios, aportados por el Estado, donde se prime el bienestar, la salud y la atención de sus usuarios por encima de los criterios de rentabilidad y especulación que, el actual sistema, mayoritariamente privado, conlleva?

La Unión Europea: también social

Con respecto a la Unión Europea, habrá que revisar lo necesario para evitar -una vez más- que volvamos a asistir al bochornoso espectáculo del “sálvese el que pueda”, armonizando políticas y directrices comunes, donde prime el criterio de solidaridad entre los países miembros. La UE no debe ser solo una Unión económica y de mercaderes, sino también una Unión social que vele por la salud, seguridad y bienestar de las personas de todos y cada uno de sus países miembros por igual. De no ser así, se vislumbran los viejos fantasmas nacionalistas en Europa.

Asimismo será necesario revisar nuestros sistemas de salud, haciéndolos más eficaces, dotándolos de los medios necesarios, humanos y materiales, no solo para mejorar y preservar la salud de las personas en el día a día, sino también para estar preparados y bien dotados, de cara a crisis de salud y pandemias futuras, dando respuestas rápidas y eficaces sin que tengamos que esperar semanas a que nos llegue el material necesario de Asia.

La OMS

En el plano global es necesario apoyar a la OMS -muy al contrario del estúpido planteamiento de Donald Trump- dotándola de recursos y contenidos suficientes, sobre la base de mejorar y potenciar estructuras de salud en las zonas del planeta donde más se necesite. La salud global, también es nuestra salud y por tanto el sistema de salud ha de ser un derecho incuestionable de todo ser humano. En ese sentido, las nuevas tecnologías nos pueden ayudar mucho a ello. La videomedicina, el análisis telemático del paciente, la medicina personalizada, etc, junto con una dotación farmacéutica suficiente, pero controlada, que evite el despilfarro y colapso de cualquier sistema, deberían ser las líneas por donde incidir. En la lucha contra el virus las nuevas tecnologías se han demostrado eficaces. En España, por ejemplo, la receta electrónica se ha demostrado como una herramienta eficaz. Pero hay que incidir más en ello. Las visitas médicas telemáticas evitarían posibles contagios y colapsos en la atención primaria y especializada, y los servicios médicos podrían dedicar mayor atención en el ratio tiempo/paciente en aquellos que requieran una consulta médica presencial. Son algunas cuestiones, pero sin duda serán muchas más las que habrá que revisar.

El futuro

Nadie puede predecir el futuro. Iremos viendo cómo evoluciona el día a día y el sentido común fuerza a no aventurar esa imprevisible vuelta. Hay mucho futurólogo de pasillo, se lo dejo a ellos. Lo cierto es que la vuelta a una cierta normalidad no va a ser fácil, pero una de las las lecciones que nos deja el “efecto” producido por la “causa”, es que habrá que revisar una buena parte de esa “normalidad”.

27 de abril de 2020

Manu Cuenca

jueves, 23 de abril de 2020

El derecho a la alegría (cuarta reflexión viral de una aspirante a filósofa)


Estas reflexiones virales, cuya cuarta entrega estás leyendo, nacieron ante los retos y las perplejidades del confinamiento y se iniciaron sin una estructura preconcebida, pero han ido tomando, casi de manera natural, una forma similar. En cada ocasión ponemos el foco en una falacia generalizada de nuestra manera de ver e interpretar el mundo, cuyos efectos se aprecian en el modo en que estamos encarando, individual y colectivamente, la pandemia y las restricciones impuestas para acotar su propagación. Ser conscientes de la existencia de esos prejuicios interiorizados es el primer paso para cambiar la perspectiva y afrontar el desafío ya no solo con el menor grado de sufrimiento posible, sino incluso con alegría.

Alegría, sí, también en estas circunstancias. El derecho a la alegría es un tema que me ronda por la cabeza desde el comienzo de esta situación y que confieso haber estado tentada de abandonar a medida que se iban multiplicando los afectados por la pandemia, se acumulaban las semanas de cuarentena y comenzaban a flaquear los ánimos. Pero la alegría es un derecho, no un deber. La psicología positiva a lo Mr. Wonderful, si se entiende como una obligación, contribuye a aumentar la frustración de quienes suman a las emociones que consideran negativas —aunque sean humanas, inevitables y necesarias— el sentimiento de culpa por haber incurrido en ellas.

Ante un panorama como el actual, una cierta euforia hiperactiva ha servido —sobre todo en la primera fase del estado de alarma— para intentar ocultar y ocultarse emociones lógicas dadas las circunstancias, como el miedo, el hastío o la tristeza. En esta línea se situarían el histrionismo de balcón o las agendas repletas de videoconferencias y eventos online. Por otro lado, el humor y la creatividad han confirmado su valía como instrumentos que ayudan al ser humano a sobrellevar cualquier adversidad. Sin embargo, parecería obsceno declararse individualmente feliz en una situación colectivamente difícil.

Así, la sociedad —que todos conformamos— nos revela una doble dificultad, aparentemente contradictoria, como si se tratase del síntoma de una neurosis colectiva: por un lado, nos cuesta aceptar y reconocer la existencia de algunas de las llamadas emociones negativas y, por otro, restringimos nuestro derecho a la alegría, supeditándolo al contexto de cada momento. Con respecto a lo primero, hablamos de emociones negativas porque provocan sensaciones desagradables, pero el miedo y la tristeza se consideran también, con demasiada frecuencia, socialmente negativas, dignas de vergüenza. No así la ira, emoción que sí cuenta, por desgracia, con muy buena prensa y que enrarece y crispa la convivencia. Si no estuviese bien valorada, no se explicaría que tantos hagan gala de su rabia en medios de comunicación, foros políticos y redes sociales. Pero ese es otro tema, al que tal vez dedique otra entrega.

En esta ocasión quisiera centrarme en el derecho a la alegría. A la auténtica, no a la máscara que nos ponemos para ocultarle a la galería —y, lo que es peor, a nosotros mismos— el desasosiego que nos invade. Podemos asumir las dificultades, internas y externas, emocionales y vitales, que nos provocan esta pandemia y sus consecuencias en distintos ámbitos. Y, aun con eso —o, precisamente, gracias a eso—, podemos también disfrutar de esta experiencia y recordarla, pasado el tiempo, incluso con cierto cariño o nostalgia.

Ilustración de Dugald Stewart Walker para el libro Dream Boats and Other Stories (https://www.oldbookillustrations.com/illustrations/pipe-songs/)


Soy consciente de que esta idea puede resultar políticamente incorrecta. ¿Cómo hablar de alegría habiendo gente enfermando y muriendo? ¿No es algo inmoral? Desde nuestra cultura judeocristiana —que afecta, como un inconsciente colectivo, a toda la sociedad, incluidos los sectores que se consideran más laicos— no nos permitimos ser felices mientras haya sufrimiento alrededor. Lo malo de esta premisa es que siempre va a haber seres sufriendo. Por lo tanto, nos habríamos negado de un plumazo nada menos que el derecho a la felicidad.

Ser capaz de disfrutar de la vida mientras otros sufren no implica ser indiferente, egoísta ni cruel. ¿No es mejor ayudar o acompañar desde la alegría que desde la conmiseración, la victimización y la pena? ¿No lo preferimos así cuando estamos del otro lado? Es, además, una simplificación falaz dividir a las personas o los grupos entre los que sufren y los que no sufren. Todo ser humano experimenta emociones de todo tipo, tanto en condiciones adversas como cuando todo va aparentemente sobre ruedas. Y todos hemos padecido algún tipo de ansiedad o miedo estos días, como es lógico y normal en una situación de este alcance.

La alegría no se puede ni debe imponer, pero reprimirla en etapas de crisis por un sentimiento de culpa frente a quienes lo están pasando peor no ayuda a esas personas, nos hace un flaco favor a nosotros mismos y no aporta nada al colectivo. Ya lo dijo un sabio en la Antigüedad: «Nada curo llorando y nada empeoraré si me afano en gozar de la alegría»*.

No tiene sentido cargar con el peso del sufrimiento universal sobre nuestras espaldas. Y, puestos a asumir como propio el destino global, ¿por qué no atender a la otra cara de la moneda, a toda la bondad y la belleza que se está manifestando en este mismo instante en tantos lugares que nunca alcanzaremos a conocer? Como dijo hermosamente Facundo Cabral, «que no te confundan unos pocos homicidas y suicidas, el bien es mayoría, pero no se nota porque es silencioso. Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimenta la vida». La vida es mucho más halagüeña que lo que muestran los telediarios.

Para concluir, me despido con un fragmento del poema de Carmen Martín Gaite «Mi ración de alegría», cuyas palabras hago mías:

Defiendo la alegría,
la precaria, amenazada,
difícil alegría,
al raso, limpia, en cueros,
mi ración de alegría.

No me arrastréis al pozo
de las verdes culebras.

No os arrojo a la cara mi alegría,
os la tiendo tan solo
como una débil luz, como una mano.

[…]

No me la reprochéis ni adobéis de negrura
como un reducto inmundo, segregado;
ved que no la defienden
ni pinchos ni alambradas
y que podéis pasar aquí conmigo
al sol.

En estos tiempos en los que se nos ha vetado el sol al aire libre, el del monte, la playa, las calles, las plazas, los parques y las terrazas, no nos neguemos también ese otro sol interno. Está a nuestra disposición y tiene el poder de alumbrar incluso los días más nublados.

Una podcalipster aspirante a filósofa
(Twitter: @Filoaspirante)


* Agradezco la cita a Manuel Cuenca.

lunes, 20 de abril de 2020

"Oculorum" desde una reclusión

Sus hojas aún son juveniles. Pero con una juventud desarrollada con la fuerza y el vigor de un ambiente inusitadamente limpio, que las convertirán en adultas y sanas. Crecen y se desarrollan sin prisa, pero también sin pausa. Frente a mi ventana observo cómo fluye su armonía. Las hojas de los plátanos siempre han estado ahí, casi rozando los cristales. Pero mis ojos carecían de esa necesaria sensibilidad para mirarlas. Sensibilidad que solo te da el tiempo -tu único, personal, e intransferible tiempo-. Y de repente, ese tiempo medido es un reloj que se para en seco, se relativiza y empieza a transcurrir de manera diferente, para indicarte que te asomes a esa ventana. Y te hace mirar a través de ella con las antenas desplegadas metiéndote esa visión en vena. Ese tiempo que nos manejaba a su antojo antes del obligado aislamiento, es otro “tiempo". Tiempo que siempre se manifiesta ante nosotros como un bien escaso, pero no lo vemos. O no queremos verlo, siendo esclavos de nuestra propia ceguera. El tiempo -nuestro tiempo- de repente nos enciende un fósforo y nos obliga a ver, mirar, sentir. Hace unas pocas semanas, nuestro reloj era una simple articulación de rutinas. Un conjunto de ruedas, muelles, espirales, cuerdas y pivotes, que formaban una maquinaria para lastrar una cadencia de hábitos más o menos medidos, de prácticas, usos y repeticiones en nuestra cotidianidad.

Pero esos plátanos que ahora observo, de tronco con corteza alicatada y quebradiza, en tonos verdes, grises y amarillos; con sus copas de hojas caducas, simples, alternas y palmeadas en cinco lóbulos de picos agudos e irregulares, siempre han estado ahí, tras mi ventana. Año tras año, estación tras estación. Con sus frutos de compuestos globosos y colgantes, esperando al invierno, para luego deshacerse en multitud de aquenios que favorecen su dispersión por el viento, e intentar una nueva vida, en otro lugar, en otro emplazamiento.


Más allá, entre la fila de estos frondosos árboles, como dos intrusos que reivindican su derecho a estar entre diferentes, descubro dos acacias de "tres espinas" y corteza gris, lisa y agrietada; con sus hojas ovaladas y espinas aceradas que brotan de las ramas en agresivo triunvirato y que me recuerdan mi adolescencia, cuando nos subíamos a sus ramas para cortar sus púas y fabricar el eje del corcho flotador -los pescadores modernos le llaman ahora “bobber”- para nuestras artesanales cañas de pescar en el Canal Imperial. Sus frutos, que secos del ejercicio anterior aún se mantienen, asemejan legumbres diminutas. Sus nuevas flores son de un verdoso que oposita a marrón oscuro, para cuando les llegue su inevitable madurez. En sus ramas interiores cohabitan dos aves torcaces saltarinas y juguetonas, de buen tamaño. Parecen bien comidas. No son chaveas: la mancha blanca en el cuello delata su mayoría de edad. Son grises, con pecho vinoso y banda conspicua que atraviesa sus alas. No son de las que comen por las aceras. Tienen pedigrí. Las intuyo despreocupadas. Sintiéndose dueñas y seguras de su entorno. Adaptadas al ser humano urbanita, pero con largos escarceos en campo abierto para alimentarse y beber. Se refugian en la urbe huyendo de las rapaces. Sospecho que disfrutan de la ausencia de viandantes y vehículos. Rozan sus picos con rápidos y coordinados movimientos. Cuando dejan de acariciarse, emiten una serie de frases distintivas de cuatro o cinco notas. Alguna parece acentuada: cu-CUU-cu…cu…cu. Cuando van de rama en rama, si cruzan un rayito de sol, su plumaje brilla. De pronto, lanzan un breve vuelo hacia un pequeño abedul que, sereno y firme, también tiene su sitio entre las dos acacias. Deberíamos aprender algo de la capacidad de convivencia de la flora entre diferentes especies. Me viene a la mente un poema de Robert Frost sobre los abedules: “Cuando veo abedules oscilar a derecha y a izquierda, ante una hilera de árboles más oscuros, me complace pensar que un muchacho los mece". Y yo pienso, con tristeza, en los que ya no están. Muchos, demasiados, se han ido en esta cruda primavera. Algunos muy cercanos. Muy queridos.

Observo el cielo. Las nubes han hecho un inmenso hueco, y está rabiosa e inusitadamente azul en estos días grises. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir mirando hacia abajo. Veo a una mujer sin nombre arrastrando un carro de compra que muestra su existencia ante la calle vacía. Sin cara y con guantes de látex. Desde mi portillo ahora tengo un campo visual que siempre ha existido ¿O no? ¿No eran hojas, árboles, aves como éstas las que siempre han estado ahí, esperando ser contempladas? ¿O es que eran días de ceguera y negligencia de los sentidos, durante una vida que ahora me parece tan breve como un parpadeo?

Una abeja se posa en el alféizar de la ventana, para sorber su ración en una gota de agua, brillante y azulina, que dejó la lluvia de anoche. ¿Estarán volviendo las abejas? Un perro ladra desde algún rincón escondido de alguna casa vecina. Otro perro le replica. Ajeno a las torcaces se posa un petirrojo. Saluda con su tic…tic… tic… repetido varias veces. En mi habitación escucho los pasos de Pilar. Me alegra el sentirlos cada vez más cerca: Agradable presagio del estar y el ser.

19 de abril de 2020



Manu Cuenca

Las "otras" pelis de J. Lee Thompson: cine e imaginario estadounidense

En el programa más reciente de Podcaliptus Bonbon (aquí) hablamos de la dupla de pelis, analizándolas y comparándolas, “El cabo del terror” (“Cape Fear”, Thompson, 1962) y “El cabo del miedo” (“Cape Fear”, Scorsese, 1991). Ahí ya comentamos alguna cosas del primero de los directores, John Lee Thompson y sirva este artículo para hacer un repaso más detenido a parte de su trayectoria que -algo que nos gusta mucho por estos lares- es ecléctica y sorprendente.

Lo cierto es que, en expresión muy usada en tierras amañadas, el amigo John fue desde pequeñito “un culo inquieto”. Nacido en Londres en el convulso año 1914 -fecha que para un compatriota suyo, el prestigioso historiador Hobsbawn, marcó el final de lo que bautizó como “siglo XIX largo”-, muy joven empieza a escribir guiones y alguna obra de teatro, debutando como director de cine en 1950 con “Murder Without Crime”. Sin embargo, la nostalgia positrónica que padezco va a encontrar su primer hito de la cultura popular con “Los cañones de Navarone” (“The Guns of Navarone”, 1961) con titanes de la altura de Gregory Peck, David Niven, Anthony Quinn o Richard Harris entre otros. Este tipo de pelis bélicas, muy de la época, me retrotraen a mi infancia de robotito, con emocionantes tardes pegado a la pantalla viendo como los héroes de la democracia y la libertad -hablando en un perfecto castellano de Valladolid- acababan a carretadas con lo malvados -y que mal pronunciaban los jodidos- alemanes y sus cosas de salchichas y nazis. En realidad, este tipo de obras venían a reconstruir el viejo género del western, que tan importante había sido en la conformación del imaginario histórico-social de los Estados Unidos, pero cambiando a los indios americanos por Fritzs vestidos de Hugo Boss. Un buen puñado de películas -podriamos no parar de citar, pero valgan unas cuantas como “Los violentos de Kelly” (1970),  “Doce del patíbulo” (1967), “La gran evasión” (1963), “El desafío de las águilas” (1968) por señalar solo algunas)  cuya semejanza con cualquier realidad histórica era cuanto menos discutible, pero que a críos y mayores se lo hacían pasar pipa con su desmadrada epicidad y ritmos trepidantes. También fue la consagración de Thompson, que fue nominado a un Óscar que perdió frente a Robert Wise por “West Side Story”: nada que decir, señoría.

Se le da un aire David Niven en este fotograma a Franco -aunque en delgado- otro al que le gustaban las cosas nazis pero luego pasó a ser amigo de los "amerricanos" (pronunciación de sargento de la Wehrmacht), vieja estrategia del pelota: hacerle la rosca al que manda

Por otro lado, el director que nos ocupa también fue parte de la historia de otro mundo que nos encanta: el de la saga de “El planeta de los simios”. Reconociendo los valores de la reactulización de la franquicia, lo cierto es que las películas clásicas son protagonistas de una serie de historias fascinantes en el plano cinematográfico, pero también social y político, con importantes críticas a la política interna (caza de brujas) y exterior (Guerra de Vietnam) de Estados Unidos, por mucho que los guionistas engañaran al inocentón de Charlton Heston diciéndole que las pelis iban de que “los humanos eran mejores que los monos”. Me imagino a Heston dándose la vuelta para coger un donut de la mesa y todos partiéndose de risa a sus espaldas mientras lo señalaban. En cualquier caso, Thompson ya no coincidió con él y su participación en el proyecto fue con la dirección de “La rebelión de los simios” (“Conquest of the Planet of the Apes”, 1972) y “Batalla por el planeta de los simios” (“Battle for the Planet of the Apes”, 1973), es decir, por la cuarta y quinta parte de la franquicia. Lo cierto es que si bien la última puede considerarse la menor de todas y el presupuesto -así como que el guinista Paul Dehn ya no estuviera en el proyecto- no le benefician, ambas tienen virtudes y forman parte de la cosmogonía a la que dio salida el escritor Pierre Boulle, cuya relación con el cine puede ser también digna de análisis. Sea como sea y también a través de recuerdos infantiles, tengo un gran cariño a “La rebelión de los simios” ante la cual me quedé embobado de niño viendo el desarrollo del mono revolucionario César en un entorno brutalista (maravilloso el diseño de producción y la elección de exteriores de la Universidad de California), que fue de los primeros en enseñarme lo cabrones que pueden ser los humanos con el resto de animales.

Cualquier entorno mejora con monos (foto de Tony Hoffart con licencia CC en flickr)


Esperemos que esto se convierta en disciplina olímpica


Finalmente, me gustaría detenerme en el último ámbito que Thompson abordó como director, nada más y nada menos que sus colaboraciones con la mítica compañía Cannon (que en palabras de Eli Roth en el imprescindible documental “Go Go Boys” , FUE -no dice "ayudó a constuir", ni "formó parte de"- sino que dice que "FUE la cultura popular estadounidense de los años ochenta"). En este sentido, imprescindible señalar la colaboración con uno de los tótem de la mítica compañía: Charles Bronson. Lo cierto es que ambos ya habían trabajado juntos antes y habían puesto en el mercado pelis como la desconcertante “El desafío del búfalo blanco” (“The White Buffalo”, 1977) producida por otro que tal, el también inclasificable Dino De Laurentiis. Este largometraje, el último western de Bronson, es interesante: se sube al carro de bichos asesinos que había llevado al éxito Spielberg con “Tiburón” (Jaws, 1975) debido a su magia en efectos especiales -también obligada por los medios de la época- y al viejo truco de presentar animales con rasgos tipicamente humanos (venganza o crueldad). Con todo, esta del búfalo "achechino" se deja ver, y consigue traerme a la cabeza otro hito de la cultura estadounidense, la obsesión abordada por Herman Mellville (para saber más de este ilustre señor y de paso escucharnos haciendo el canelo, también hay programa de Podcaliptus aquí) con su inmortal “Moby Dick”. “The White Buffalo” está a años luz del libro de Melville, pero ver escenas con Bronson despertando y liándose a tiros con el techo de un tren porque ha tenido un mal sueño también es de mucho gustar, no me digan que no).

Efectivamente, no creerás a tus propios ojos


En cualquier caso, hubo química entre el bigotones Bronson y “Mighty Mouse”, sobrenombre puesto por Gregory Peck al director que nos ocupa, de modo que siguieron trabajando juntos en gran medida bajo el paraguas de la señalada Cannon. Debilidad en este sentido hay que mostrar por la ¿fabulosa? (¡sí!) “Yo soy la justicia 2” (Es decir “Death Wish 4”, 1987, porque este es de los casos en los que el baile de nombres con una saga parece consecuencia de una noche farlopera). En cualquier caso, aunque para desmadre yo prefiero la 3 (“El justiciero de la noche”, ¡que lío!), la verdad es que la de Thompson es de las de risión, con un Paul Kersey ya sin filtro sirviéndose de Uzis, botellas de vino bomba -sí, habéis leído bien- y la desintegración de villanos, por ejemplo, con un tubo lanzagranadas (maravilloso, y pensemos que el autor del libro que dio origen a todo esto, trataba de criticar a los que se tomaban la justicia por su mano. Me parto). Por cierto, ser familia, allegado o enemigo irreconciliable de Kersey no marca ninguna diferencia en esta saga: MUERES.

Paul Kersey asistiendo, con su expresividad habitual, a un nuevo desastre familiar

Cariño, me voy a trabajar


Y en este ámbito acabamos con otra C. La de Chuck Norris. Porque sí, amigos, si la Cannon tuvo un trío de ases ese fue ek conformado por Bronson, Norris y Van Damme (con el permiso de Michael Dudikoff, que todos pensábamos de chavales que había estudiado ninjitsu y que en realidad no sabía ni lo que era un “Jun-tsuki” -sudansuqui que decíamos los críos, pues todos estábamos apuntados en los ochenta a Karate hasta que se nos pasó la tontería y preferimos salir a emborracharnos con garrafón-), y a Thompson solo le faltó el último, porque con Norris hizo la divertidísima (ya de forma involuntaria) “El templo del oro” (“Firewalker”, 1986) que se sube al carro de las dos primeras pelis de Indiana Jones, “Tras el corazón verde” (1984) e incluso “Las minas del rey Salomón” (1985, también dirigida por Thompson y en la que se dice que parte del equipo se meaba en la bañera de Sharon Stone por ser una subidita), mezclando sin pudor las culturas maya, azteca, apache, egipcia (¡!) y que nos deja perlas de diálogo como aquellas en las que Norris le dice a Louis Gossett Jr. “no me seas tan marica” o “no me seas merengue, ¿has visto alguna vez un merengue negro?”. Si no se ríen con esto, no son humanos. Yo soy un robot y creía que me moría.

Ver a Norris de cura repartiendo ostias (¿como me iba a resistir a decirlo?) es uno de los placeres de la vida


 
-"Y entoshe le di asín con el anillaco".
-"Joder que plasta".


Puros, pistolas, puñales y gente colgada en templos azteca-mayas-apaches-egipcios: la Cannon en estado puro (guiño guiño con lo del puro)


En fin, amigos. Lo dicho, sirva este humilde artículo para homenajear a un director de carrera curiosa y señalar que repasar su obra puede ser no solo fuente de entretenimiento, sino también para aprender historia acerca de la construcción de parte de los rasgos culturales estadounidenses (a veces positivamente, a través de la crítica a la violencia o a la desigualdad y en defensa de una sociedad civil fuerte frente al gobierno, como en las pelis de los simios; y a veces para entender los aspectos imperialistas de ese acervo cultural: separación entre buenos puros y malos incorregibles, o visión de la historia de forma irreal con motivos propagandísticos), pero en cualquier caso siempre en las pelis señaladas -por lo menos para el que suscribe- de una forma que oscila entre sonrisa y carcajada.

Víctor Deckard
(todas las imágenes son de wikipedia menos los fotogramas y la señalada como Creative Commons)

sábado, 18 de abril de 2020

Los números y la pesadilla de Darwin

Un gobierno que se niega, o se resiste, o no puede solventar las dificultades para contar los muertos de sus gobernados, no es un gobierno. O cuando menos no es un gobierno de fiar, sea del color que sea. Varias comunidades contradicen las cifras oficiales, quejándose de que las estadísticas no incluyen las personas fallecidas por COVID-19 en las residencias de ancianos y en sus domicilios privados. Uno de los organismos que primero denunciaron este hecho, fue el Tribunal de Justicia de Castilla-La Mancha, que argumentaba un desfase de más del 70% con respecto a las cifras del Ministerio de Sanidad. Otro ejemplo, Extremadura, según los datos de la Consejería, comunicaba que habían tenido 1275 fallecidos entre en 14 de marzo y el 7 de abril, mientras el Gobierno central solo computa 269 muertes. También en Cataluña parece que ahora los empiezan a contar de otra forma, y así. En Madrid tampoco les cuadran las cifras, ni de lejos, con las que dice el Gobierno. Ante ello, la ministra portavoz Montero, nos sale hablando de sus datos de fallecidos con el término: “calidad”. El inamobible Simón, refuerza la tesis de su ministra, faltaría más, poniendo en duda todo lo que no se haya cocido previamente en su departamento. En un alarde de prestidigitación considerable, cambian el termino de “cantidad”, mas dramático y molesto políticamente para sus intereses, por el de “calidad”, mas llevadero y más fino para que las cifras de muertos sean mas vendibles. El colapso gubernamental de esta generación de políticos de nuevo cuño que nos está tocando sufrir, es tremendo. La ineficacia demostrada desde el principio de la crisis reaccionando tarde, interviniendo mal y, lo que es peor, no reconociendo sus errores para poderlos paliar, ha hecho que en la actualidad seamos uno de los países con mas fallecidos por la pandemia del mundo en relación a la población. En definitiva, suavizar los errores propios y tratar de perpetuarse, es uno de los principales objetivos de todo gobernante. Como bien dice Antonio Gala: “Al poder le ocurre como al nogal: no deja crecer nada bajo su sombra". Poder que el gobierno ha aumentado considerablemente a través de la Ley de Estado de Alarma, incluido el requisamiento de todo tipo de bienes necesarios y personas. Que lo ha tenido y lo tiene todo para que los resultados fueran cuando menos, manifiestamente mejorables, pero que no es capaz de asumir su parte de responsabilidad, ni siquiera la de reconocerle un número de muertos reales. En un país en el que se han contado siempre todos sus muertos: los de tráfico, violencia criminal, violencia de género, accidentes laborales, es decir TODOS, se pasa a decidir quienes son los muertos de “calidad” del Covid19, para ignorar la cantidad real. Y eso es entrar en una realidad que tapa la terrible realidad. Ignorar esa realidad de fallecidos, también es ignorar a las familias que han padecido su muerte a sabiendas de qué ha fallecido. Ese afán por resistirse a reconocerlos, solo se entiende porque también quieran tapar lo que hay detrás: que se ha reaccionado tarde y mal, sin políticas coherentes, sin protección suficiente de sectores de riesgo; improvisando compras de material inservible -mientras escribo esto leo que el Gobierno retira un lote de decenas de miles de mascarillas “fake” que repartió a las CCAA- ; haciendo trabajar a nuestros sanitarios en condiciones terribles y prácticamente abandonando a su suerte a las residencias de ancianos -el grupo de mas riesgo con diferencia, y entorno retratado magistralmente por el autor de cómic Paco Roca en su imprescindible “Arrugas”- entre otras desastrosas actuaciones, como la de enviar a los trabajadores de algunos sectores de la industria a trabajar, no solo no sabiendo si estaban infectados o no, sin ni siquiera proveerles del material para poder defenderse de posibles contagios, tanto en el camino a su trabajo, como dentro de la propia empresa. Pero como la cosa va de términos para suavizar la catástrofe, ahora se empieza a escuchar otro para ir vendiendo la idea de que esto ya se va normalizando poco a poco: “desescalada”. Pero el ministro Illa reconoció en la sesión de control al Gobierno que no sabe ni cómo, ni cuándo, se va a producir esa desescalada. Es decir, tampoco se tiene un plan previsto. Pero en esa nueva imprevisión, ya hay quienes abogan por dejar salir a los niños y otros todo lo contrario dentro del mismo Gobierno. El Vicepresidente Iglesias lo tiene bastante claro. Aunque él dispone de jardín en su casa, hay niños que no disponen de ese privilegio y deberían de empezar a salir. Quizá se le ha olvidado que los niños pueden ser portadores camuflados y mas silenciosamente asintomáticos, de modo que quedamos a la espera de que concreten muy bien y con cuidado las medidas, pues no nos podemos permitir más improvisaciones.




Es muy preciso tener en cuenta que como ciudadanos tenemos obligaciones y responsabilidades, debemos acatar las normas y ser los primeros en tratar -cada uno en la medida de sus posibilidades- de poner nuestro granito de arena en una emergencia. Eso no significa renunciar a un espíritu crítico, sobre todo con respecto a los que más responsabilidades públicas tienen. Numerosas obras nos invitan a pensar así, y gobiernos del considerado primer mundo también tienen responsabilidades en la pérdida del equilibrio ecológico y social tan necesario para el futuro, algo demostrado por esta epidemia. Los autores recomendamos al respecto el documental “La pesadilla de Darwin” (Hubert Sauper, 2004) o, en un plano más político, la última -a día de hoy- película de Polanski, “El oficial y el espía” (2019, hay un programa de Podcaliptus Bonbon -pulsar aquí- dedicado a esta peli).





17 de Abril 2020

Macue y Víctor Deckard