Resumen: en este artículo se repasa la trayectoria del olvidado John Lee Thompson, quien compaginó productos de calidad con obras graciosas a ojos actuales. Todas forman parte de cierta imagen propagandística de los Estados Unidos en diferentes planos. Se abordan Los cañones de Navarone (1961), El cabo del terror (1962), La rebelión de los simios (1972), Batalla por el planeta de los simios (1973), así como las colaboraciones con Charles Bronson o Chuck Norris: El desafío del búfalo blanco (1977), Yo soy la justicia 2 (1987) y El templo del oro (1986).
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Uno de los ejemplos más famosos de remake fílmico eficiente a partir de un original de calidad es el de la dupla El cabo del terror (Cape Fear, 1962) y El cabo del miedo (Cape Fear, 1991). El director de la segunda, Martin Scorsese, es una leyenda por méritos propios. Pero el de la primera, John Lee Thompson, merece así mismo atención para las personas interesadas por el cine y la historia. Sirva este artículo para hacer un repaso más detenido a parte de su trayectoria que —algo que nos gusta mucho por estos lares— es ecléctica y sorprendente.
Entre las virtudes de El cabo del terror se encuentra el magnífico uso de la fotografía en blanco y negro. La inquietante sonrisa a lo Mona Lisa de Mitchum está a la altura del imponente físico de Pacino en El cabo del miedo (abajo).
En expresión muy usada en tierras amañadas, el amigo John fue desde pequeñito “un culo inquieto”. Nacido en Londres en el convulso año 1914, empieza a escribir muy joven guiones y alguna obra de teatro, debutando como director de cine en 1950 con Murder Without Crime. Encontrará su primer hito de la cultura popular con Los cañones de Navarone (The Guns of Navarone, 1961) y la presencia de titanes como Gregory Peck, David Niven, Anthony Quinn o Richard Harris. Este tipo de pelis bélicas, muy de la época, me retrotraen a mi infancia de robotito, con emocionantes tardes pegado a la pantalla viendo como los héroes de la democracia y la libertad —hablando en un perfecto castellano de Valladolid— acababan a carretadas con malvados alemanes de dicción mejorable, muy de salchichas y cosas nazis. En realidad este tipo de obras venían a reconstruir el viejo género del western, que tan importante había sido en la conformación del imaginario histórico-social de los Estados Unidos, pero cambiando a los indios americanos por Fritzs vestidos de Hugo Boss. Un buen puñado de películas se encuentran en esta dinámica. Podríamos no parar de citar, pero valgan unas cuantas como Los violentos de Kelly (1970), Doce del patíbulo (1967), La gran evasión (1963) o El desafío de las águilas (1968). Su semejanza con cualquier realidad histórica era cuanto menos discutible, pero a críos y mayores se lo hacían pasar pipa con su desmadrada epicidad y ritmo trepidante. Navarone fue la consagración de Thompson, nominado a un Oscar que perdió frente a Robert Wise por West Side Story. Nada que alegar, señoría.
El director que nos ocupa también fue parte de la historia de otro mundo estupendo: el de la saga de “El planeta de los simios” comenzada en 1968 a partir de la novela del francés Boulle publicada cinco años antes. Reconociendo los valores de la reactualización de la franquicia, lo cierto es que las películas clásicas son protagonistas de una serie de historias fascinantes en el plano cinematográfico, pero también social y político, con importantes críticas a la política interna (caza de brujas) y exterior (guerra de Vietnam) de los Estados Unidos, por mucho que los guionistas engañaran al inocentón de Charlton Heston diciéndole que las pelis iban de que “los humanos eran mejores que los monos”. Me imagino a Heston dándose la vuelta para coger un dónut de la mesa y todos partiéndose de risa a sus espaldas mientras lo señalaban. La participación de Thompson en este universo fue con la dirección de La rebelión de los simios (Conquest of the Planet of the Apes, 1972) y Batalla por el planeta de los simios (Battle for the Planet of the Apes, 1973), la cuarta y quinta partes de la franquicia. Si bien la última puede considerarse la menor de todas y teniendo en cuenta que el bajo presupuesto, así como que el guionista Paul Dehn ya no estuviera en el proyecto, no le benefician, ambas películas tienen virtudes. A través de recuerdos infantiles tengo un gran cariño a La rebelión de los simios ante la cual me quedé embobado de niño viendo el desarrollo del mono revolucionario César en un entorno de arquitectura brutalista, que se imbrica perfectamente gracias a un acertado diseño de producción, primando el rodaje en localización de exteriores como el del campus de la Universidad de California. Entre otras cosas la obra fue de los primeras en enseñarme lo cabrones que pueden ser los humanos con el resto de animales.
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| Cualquier entorno mejora con monos. También el brutalismo universitario (foto de Tony Hoffart con licencia CC en flickr) |
Esperemos que esto se convierta en disciplina olímpica.
Finalmente me gustaría detenerme en el último ámbito que Thompson abordó como director, nada más y nada menos que sus colaboraciones con la mítica compañía Cannon, la cual en palabras del director Eli Roth en el imprescindible documental The Go-Go Boys: The Inside Story of Cannon Films (Medalia, 2014) "FUE" —no dice "ayudó a construir", ni "formó parte de"— "la cultura popular estadounidense de los años ochenta". Imprescindible señalar la colaboración de Thompson con uno de los tótem de la mítica compañía: Charles Bronson. Ambos habían trabajado juntos poniendo en el mercado pelis como la desconcertante El desafío del búfalo blanco (The White Buffalo, 1977) producida por otro que tal, el así mismo inclasificable Dino De Laurentiis. El largometraje, el último western de Bronson, es interesante. Se sube al carro de bichos asesinos que había llevado al éxito Spielberg con Tiburón (Jaws, 1975) debido a su magia con los efectos especiales artesanales y al viejo truco de presentar animales con rasgos típicamente humanos (venganza o crueldad). La del búfalo achechino se deja ver, y consigue traerme a la cabeza otro hito de la cultura estadounidense, la obsesión abordada por Herman Melville con su inmortal Moby Dick (1851). The White Buffalo está a años luz del libro de Melville, por supuesto, pero ver escenas con Bronson despertando y liándose a tiros con el techo de un tren porque ha tenido un mal sueño es de mucho gustar.
Efectivamente, no creerás a tus ojos. Podría valer de póster del mítico arcade Blood Bros. (TAD, 1990), conocido popularmente como "el del indio y el vaquero" (abajo).
Hubo química entre el bigotones Bronson y “Mighty Mouse”, sobrenombre puesto por Gregory Peck al director que nos ocupa, de modo que siguieron trabajando juntos. Bajo el paraguas de la señalada Cannon. Debilidad en este sentido hay que mostrar por la ¿fabulosa? (¡sí!) Yo soy la justicia 2. Es decir Death Wish 4, (1987) porque este es de los casos en los que el baile de nombres con una saga parece consecuencia de una noche farlopera. Aunque para desmadre prefiero la 3 (El justiciero de la noche, ¡qué lío!), la verdad es que la de Thompson es de las de risión, con un Paul Kersey ya sin filtro sirviéndose de Uzis, botellas de vino bomba —sí, habéis leído bien— y la desintegración de villanos, por ejemplo con un tubo lanzagranadas. Maravilloso, pensemos que el autor del libro que dio origen a todo esto, Brian Garfield, trataba de criticar a los que se tomaban la justicia por su mano. Me parto. Por cierto, ser familia, allegado o enemigo irreconciliable de Kersey no marca ninguna diferencia en esta saga: MUERES.
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Paul Kersey asistiendo, con su expresividad habitual, a un nuevo desastre familiar |
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| Cariño, me voy a trabajar. |
Acabamos con otra C mayúscula. La de Chuck Norris. Porque sí, amigos, si la Cannon tuvo un trío de ases ese fue el conformado por Bronson, Norris y Van Damme. Con el permiso de Michael Dudikoff, que todos pensábamos de chavales que había estudiado ninjitsu pero que en realidad no sabía ni lo que era un “Jun-tsuki”, el sudansuqui que decíamos los innumerables críos apuntados en los ochenta a Karate. Thompson con Norris hizo la divertidísima (no en las escenas en las que lo pretende) El templo del oro (Firewalker, 1986). Se sube al carro de las dos primeras pelis de Indiana Jones, de Tras el corazón verde (Zemeckis, 1984) e incluso de Las minas del rey Salomón (1985, también dirigida por Thompson y en la que se dice que parte del equipo se meaba en la bañera de Sharon Stone por ser una "subidita"). El templo del oro mezcla sin pudor las culturas maya, azteca, apache, egipcia (¡!) y nos deja perlas de diálogo como aquellas en las que Norris le dice a Louis Gossett Jr. “no me seas tan marica” o “no me seas merengue, ¿has visto alguna vez un merengue negro?”.
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Ver a Norris de cura repartiendo hostias (¿cómo me iba a resistir a decirlo?) es uno de los placeres de la vida, Conan. |
Puros, pistolas, puñales y gente colgada en templos azteca-mayas-apaches-egipcios: la Cannon en estado "puro".
En fin amigos. Sirva este humilde artículo para homenajear a un director de carrera curiosa y señalar que repasar su obra puede ser no solo fuente de entretenimiento, sino también para aprender historia acerca de la construcción de parte de los rasgos culturales estadounidenses. A veces positivamente a través de la crítica a la desigualdad o en defensa de una sociedad civil fuerte frente al gobierno, como en las pelis de los simios; y a veces para entender los aspectos imperialistas de ese acervo cultural: separación entre buenos puros y malos incorregibles, o visión de la historia de forma irreal con motivos propagandísticos En unos cuantos casos de los señalados —por lo menos para el que suscribe— de una forma que oscila entre la sonrisa y carcajada. Y están las buenas, como El cabo del terror. Ni tan mal.
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—Pódcast sobre el brutalismo (en España y en general):
—Pódcast sobre Melville y Bartleby, el escribiente:
—Pódcast sobre El cabo del terror y El cabo del miedo:
—Artículo sobre El mecánico de Bronson y su remake:








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