Ambrose Bierce es uno de los escritores más relevantes de época contemporánea. Loado por personajes de la talla de Lovecraft o Borges —entre muchos otros— su influencia es clave en diversos ámbitos literarios. Entre ellos los géneros de la Fantasía y de la Ciencia ficción con su imprescindible relato Un incidente en el puente del Río Buho, publicado por vez primera en el The San Francisco Examiner en 1890 y en la colección Cuentos de soldados y civiles del año siguiente. Como sucede con otras obras fundamentales, el tiempo trascurrido desde su publicación hace que sea de Dominio Público en su original en inglés. En Podcaliptus abordamos desde hace un tiempo el proyecto de realizar traslaciones propias al castellano de textos de esta relevancia histórica, con licencia Creative Commons —de modo que sean libres de compartir reconociendo la autoría y sin modificaciones—, así como renunciando al uso de Inteligencia Artificial. Más allá de cuestiones éticas se trata de una herramienta poco eficaz para captar la esencia —el aura diría Walter Benjamin— de una obra maestra. El traductor, pese a lo que por desgracia consideran algunas editoriales y ciertos lectores, sigue siendo imprescindible en la literatura: hace falta un cerebro humano para captar todos los matices de un relato que describe nuestras emociones. Y uno familiarizado con el tema tratado. Conocer las interacciones culturales que llegan y emanan de Un incidente sobre el río Búho es crucial para transmitir su sentido. En mi caso puedo ofrecer, como he comentado en otras ocasiones, casi cuatro décadas de amor por la Ciencia ficción y la Fantasía en diversos formatos, así como un nivel en inglés reconocido oficialmente como avanzado. Hasta el momento pueden disfrutarse en nuestro blog en el marco de esta iniciativa, tanto el relato El juego más peligroso (Connell, 1924) como la transcripción de la conferencia que Philip K. Dick dio en Metz, Francia, en 1977. Ofrecemos los enlaces, junto a otra información de interés, al final de la entrada.
Por otro lado y centrándonos en el relato de Bierce, es preciso realizar una serie de consideraciones previas. Para no estropear la trama a quien no la conozca, haremos una serie de observaciones centradas en ella tras el texto. Baste decir aquí que su autor destacó en diversos ámbitos, desde el periodístico (en el que llegó a denunciar como injustas las exenciones de impuestos a grandes empresas privadas) al literario como ya hemos señalado. Así mismo recomendable es su Diccionario del diablo (a partir de una serialización entre 1881 y 1906) de carácter ficcional pero en el que no está ausente una potente carga satírica con respecto a la política, mientras que con Un habitante de Carcosa (1886) marcó el paso del escalofriante El rey de amarillo (1895) de Robert Chambers, una de las debilidades del citado Lovecraft y rastreable hasta productos tan recientes como la serie True Detective. Bierce llevó además una vida —incluyendo su muerte por causas desconocidas tras desaparecer— que podría calificarse de apasionante, algo que permea en su producción e indudablemente en cuentos como Un incidente en el puente del Río Búho. Participó en la Guerra de secesión estadounidense del lado unionista, siendo herido en diversas ocasiones —alguna de ellas de gravedad— y comportándose de tal manera en el campo de batalla que algunos de los más importantes miembros del ejército, sin tener relación con él como el general Sherman, recomendaron su aceptación en la ilustre academia de West Point. Sin embargo Bierce nunca ofreció una imagen romantizada de la guerra y unos cuantos de sus escritos se consideran pioneras obras antibelicistas por su realismo y crudeza. Algunos testimonios de quienes lo conocieron refieren que entre las cosas que más lo irritaban estaba el escuchar, a personas que no conocían de primera mano el sufrimiento derivado de los conflictos armados, hablar de conceptos como la gloria o el honor relacionados con la guerra. Algo de eso hay en las líneas que van a encontrar seguidamente. Pero también mucho más. Sean testigos de lo que sucedió en el Puente del Río Búho, no les dejará indiferentes. Nos vemos al otro lado.
UN INCIDENTE EN EL PUENTE DEL RÍO BUHO
(Bierce, 1860. Imágenes de las adaptaciones de 1929 y 1961, más detalles en las conclusiones)
I
Un hombre se erguía sobre un puente de ferrocarril al norte de Alabama, contemplando la veloz agua veinte pies por debajo. Las manos del hombre estaban tras su espalda, las muñecas atadas con una cuerda. Una soga rodeaba estrechamente su cuello. Ésta se unía a una férrea madera con forma de cruz sobre su cabeza y el tramo sin tensar de la cuerda caía hasta la altura de sus rodillas. Algunos tableros sueltos se desperdigaban entre las junturas que soportaban las vías del tren, ofreciéndole pie a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército unionista, dirigidos por un sargento que durante la vida civil podría haber sido un sheriff en activo. A una breve distancia sobre la misma pasarela temporal se encontraba un oficial con el uniforme correspondiente a su rango, armado. Era capitán. Un centinela a cada lado del puente se erguía con su rifle en la posición conocida como "apoyo", es decir, vertical frente al hombro izquierdo, con el percutor descansando en el antebrazo cruzado sobre el pecho; una postura formal y antinatural, imponiendo una posición erecta del cuerpo. No parecía ser deber de esos dos hombres saber qué ocurría en el centro del puente; solamente bloqueaban los extremos de la pasarela que lo atravesaba.
Más allá de los centinelas no se podía ver a nadie; la vía del tren discurría recta por un bosque alrededor de cien yardas y entonces, girando, desaparecía de la vista. Sin duda más allá había algún puesto de guardia. La otra orilla del río era terreno abierto, una suave pendiente coronada con una empalizada de troncos verticales, con aspilleras para rifles, solamente había una apertura amplia por la que asomaba el hocico de un cañón de bronce que dominaba el puente. A mitad de pendiente entre el puente y el fuerte estaban los espectadores, una única compañía de infantería en fila, en posición de "descanso", las culatas de sus rifles en el suelo, los cañones ligeramente apoyados en el hombro derecho, las manos cruzadas sobre la empuñadura. Un teniente estaba a la derecha de la fila, la punta de su sable en tierra, la mano derecha reposando sobre la izquierda. Exceptuando el grupo de cuatro en el centro del puente, nadie se movía. La compañía encaraba el puente, con mirada pétrea, sin emoción. Los centinelas, de cara a las orillas del río, podrían haber sido estatuas que adornaban el puente. El capitán estaba con los brazos cruzados, silencioso, observando el trabajo de sus subordinados, pero sin hacer ninguna señal. La muerte es una dignataria que cuando llega de manera anunciada es recibida con muestras formales de respeto, incluso por aquellos familiarizados con ella. En el código de etiqueta militar el silencio y la quietud son muestras de respeto.
El hombre en el proceso de ser colgado tenía aparentemente alrededor de treinta y cinco años de edad. Era civil, si uno lo podía juzgar por su vestimenta, que era del estilo de un terrateniente. Sus rasgos eran atractivos: nariz recta, boca firme, amplia frente, desde la cual el pelo oscuro estaba peinado hacia atrás, cayendo detrás de sus orejas hasta el cuello de su abrigo bien ajustado. Llevaba bigote y una barba apuntada, pero no patillas; sus ojos eran grandes y de un gris oscuro, y tenía una expresión amable que uno difícilmente hubiera esperado en alguien cuyo cuello estaba en la soga. Evidentemente no era un vulgar asesino. Los liberales códigos militares proveen para el ahorcamiento a muchos tipos de personas, y los caballeros no están excluidos.
Estando completados los preparativos, los dos soldados rasos se apartaron a un lado y ambos retiraron el tablón sobre el que habían estado de pie. El sargento se volvió al capitán, saludó y se colocó inmediatamente tras este oficial, quien a cambio se desplazó un paso. Estos movimientos dejaron al hombre condenado y al sargento sobre los dos extremos del mismo tablón, que a su vez cubría tres de los travesaños del puente. El extremo sobre el que se erguía el civil casi alcanzaba, pero no del todo, un cuarto. Esta madera se había mantenido en su sitio por el peso del capitán y ahora lo hacía con el del sargento. A una señal de aquel este se apartaría, el tablón se inclinaría y el condenado caería entre dos travesaños. El arreglo se presentaba a juicio del hombre como simple y eficaz. Su cara no había sido cubierta ni sus ojos vendados. Miró un momento a sus "inestables pies", y entonces dejó a su mirada vagar por el agua arremolinada de la corriente que discurría bajo él. Un pedazo de madera a la deriva captó su atención y sus ojos la siguieron corriente abajo. ¡Cuan lentamente parecía moverse! ¡Qué corriente tan letárgica!
Cerró los ojos para ordenar sus últimos pensamientos acerca de su mujer e hijos. El agua, convertida en dorada por el sol temprano, las melancólicas brumas sobre las orillas a cierta distancia siguiendo el curso del río, el fuerte, los soldados, el pedazo de madera, todo lo había distraído. Y ahora fue consciente de una nueva perturbación. Golpeando a través del pensamiento hacia sus seres queridos había un sonido que no podía ni ignorar ni comprender, una afilada, nítida percusión como el golpe de un martillo de herrero sobre el yunque; tenía la misma cualidad de timbre. Se preguntó qué era y si provenía de una inconmensurable distancia o de las cercanías, parecía ambas cosas. Su ritmo era regular, pero tan lento como el de una campana tocando a difuntos. Esperó cada nuevo tañido con impaciencia y —no sabía porqué— aprensión. Los intervalos de silencio se hicieron progresivamente más largos, los retrasos se hicieron enloquecedores. Herían su oído como la embestida de un cuchillo; temió gritar. Lo que oía era el tictac de su reloj.
Abrió los ojos y observó de nuevo el agua bajo él. «Si pudiera liberar mis manos», pensó, «podría desembarazarme de la cuerda y saltar a la corriente. Buceando podría evadir las balas y nadando vigorosamente alcanzar la orilla, llegar al bosque y volver a casa. Mi casa, gracias a Dios, está aún más allá de sus líneas; mi mujer y los pequeños están todavía fuera del avance más adelantado del invasor».
Cuando estos pensamientos, que han de ser aquí puestos en palabras, surgieron —más que fueron creados— en el cerebro del hombre condenado, el capitán asintió al sargento. El sargento se apartó.
II
Peyton Farquhar era un terrateniente acomodado, de una antigua y respetada familia de Alabama. Siendo dueño de esclavos y como otros dueños de esclavos, un político, era por supuesto un secesionista de primera hora y ardientemente devoto de la causa sureña. Circunstancias de una naturaleza imperiosa, que no es necesario relatar aquí, le habían prevenido de prestar servicio con el galante ejército que había luchado las desastrosas campañas conducentes a la caída de Corinth, y se impacientaba ante la poco gloriosa restricción, anhelando la liberación de su ímpetu, la más grande vida de soldado, la oportunidad de distinción. Esa posibilidad sentía que llegaría, como todo llega en tiempo de guerra. Mientras tanto hizo lo que pudo. Ningún servicio era para él demasiado humilde en la ayuda al Sur, ninguna aventura demasiado peligrosa para abordarla si era consistente con el carácter de un civil que tenía corazón de soldado y que en buena fe y sin demasiada cualificación consentía con el dicho malvado de que todo vale en el amor y en la guerra.
Una tarde mientras Farquhar y su mujer estaban sentados en un rústico banco cerca de la entrada de sus propiedades, un soldado vestido de gris cabalgó hasta la verja y les pidió un poco de agua. La Sra. Farquhar fue feliz de servirle con sus propias manos blancas. Mientras ella iba a por el agua su marido se acercó al jinete polvoriento y le preguntó ansiosamente por noticias del frente.
«Los yanquis están reparando las vías de tren», dijo el hombre, «y se están preparando para otro avance. Han alcanzado el puente del río Búho, lo han arreglado y construido un fuerte en la orilla norte. El comandante ha dado una orden, que se ha colocado por todos sitios, declarando que cualquier civil al que se atrape interfiriendo con la vía, sus puentes, sus túneles, o trenes, será ejecutado sumariamente. Yo vi la orden».
«¿A qué distancia está el puente del río Búho?» preguntó Farquhar.
«A unas treinta millas».
«¿No hay fuerzas a este lado del río?»
«Sólo un puesto de guardia a media milla, en la vía, y un simple centinela en este extremo del puente».
«Imaginemos a un hombre —un civil y estudioso de ahorcamientos— que evitara el puesto y quizá arreglar al centinela», dijo Farquhar sonriendo, «¿Qué podría lograr?»
El soldado reflexionó. «Estuve ahí hace un mes», respondió. «Observé que la corriente del último invierno había acumulado una gran cantidad de leña en el pilar de madera a este lado del puente. Ahora está seca y ardería como una yesca».
La señora había traído ahora el agua, que el soldado bebió. Se lo agradeció ceremoniosamente, se inclinó hacia su marido y se marchó cabalgando. Una hora después, tras la caída de la noche, volvió a cruzar la plantación y fue al norte por la dirección por la que el otro había venido. Era un explorador confederado.
III
Cuando Peyton Farquhar cayó en línea recta descendente a través del puente, perdió la conciencia y quedó como alguien ya muerto. De esta situación despertó —años más tarde, le pareció— a causa del dolor de una presión aguda sobre su garganta, seguida por una sensación de ahogo. Afilados, penetrantes tormentos parecían dispararse desde su cuello hacia abajo a través de cada fibra de su cuerpo y extremidades. Estos dolores parecían surgir a lo largo de líneas de ramificación bien definidas y palpitar con una periodicidad inconcebiblemente rápida. Se asemejaban a corrientes de fuego pulsante que lo calentaba hasta una temperatura intolerable. Estas sensaciones no se acompañaban de pensamiento. La parte intelectual de su naturaleza se había desvanecido; sólo tenía poder de sentir, y el sentimiento era tormento. Era consciente del movimiento. Envuelto en una nube luminosa, de la cual era ahora meramente el ardiente corazón, sin sustancia material, se balanceó a través de arcos de oscilación inimaginables, como un enorme péndulo. Entonces en un momento, con una rapidez terrible, la luz a su alrededor se alzó disparada con el sonido de un ruidoso chapoteo; un espantoso rugido estaba en sus oídos y todo era frío y oscuro. Volvió el poder del pensamiento; supo que la cuerda se había roto y había caído en la corriente. No hubo un ahogo añadido, la soga alrededor de su cuello ya lo asfixiaba y mantenía el agua fuera de sus pulmones. ¡Morir por ahorcamiento en el fondo de un río! La idea le pareció ridícula. Abrió sus ojos en la oscuridad y sobre él vio un brillo de luz, ¡pero cuan distante, cuan inaccesible! Aún estaba hundiéndose, de modo que la luz se volvió más y más apagada hasta que fue un mero destello. Entonces comenzó a crecer y ser más brillante, y fue consciente de que era él subiendo hacia la superficie. Lo supo con reparo, porque ahora estaba muy cómodo. «Ser colgado y estar ahogado», pensó, «no es tan malo; pero no quiero que me disparen; no me dispararán, no es justo».
No fue consciente de esfuerzo, pero un dolor agudo en su muñeca le indicó que intentaba liberar sus manos. Le dio a la pelea su atención como un haragán a la actuación de un artista de circo, sin interés en el resultado. ¡Qué espléndido esfuerzo! ¡Qué magnífica fuerza sobrehumana! ¡Qué noble ejercicio! ¡Bravo! La cuerda se soltó, sus brazos se abrieron y flotaron hacia arriba, las manos apenas visibles a cada lado de la luz creciente. Las contempló con un nuevo interés cuando primero una y después la otra se abalanzaron sobre la soga en su cuello. La arrancaron y la lanzaron con fuerza a un lado, sus ondulaciones recordando a las de una serpiente de agua. «¡Volvedla a colocar! ¡Volvedla a colocar!». Creyó que gritaba esas palabras a sus manos, ya que el deshacer del nudo había sido seguido por el más agudo dolor que hubiera experimentado nunca. Su cuello le dolía terriblemente, su cerebro estaba en llamas, su corazón, que había estado palpitando débilmente, dio un gran vuelco, intentando salir por su boca. ¡Todo su cuerpo estaba torturado y desgarrado por una angustia insoportable! Pero sus desobedientes manos hicieron caso omiso de la orden. Golpearon vigorosamente el agua con brazadas rápidas, hacia abajo, empujándole a la superficie. Sintió su cabeza emerger, sus ojos se cegaron por la luz del sol, su pecho se expandió convulsivamente, y con una agonía suprema y culminante, sus pulmones engulleron una enorme cantidad de aire, ¡la cual instantáneamente expulsó en un grito!
Estaba ahora en plena posesión de sus sentidos físicos. De hecho eran preternaturalmente agudos y alertas. Algo en la horrible alteración de su sistema orgánico los había alterado y refinado tanto que le hicieron sentir cosas que nunca antes había percibido. Sintió las ondulaciones del agua sobre su cara y oyó sus sonidos independientes conforme le golpeaban. Miró al bosque en la orilla del río, vio los árboles individuales, las hojas y las nervaduras en cada una, vio los numerosos insectos sobre ellas: los saltamontes, las moscas con cuerpo brillante, las arañas grises extendiendo sus telas de rama en rama. Percibió los iridiscentes colores en todas las gotas de rocío sobre un millón de briznas de césped. El zumbido de los mosquitos que bailaban sobre los remolinos de la corriente, el batido de las alas de las libélulas, los golpes de las patas de las arañas de agua, como remos que habían alzado su barco, todo ello música audible. Un pez se deslizó bajo sus ojos y oyó el rumor de su cuerpo apartando el agua.
Había salido a la superficie de cara a la corriente; en un momento el mundo visible pareció girar lentamente alrededor, él siendo el punto central, y vio el puente, el fuerte, los sodados sobre el puente, el capitán, el sargento, los dos soldados, sus verdugos. Formaban una silueta frente al cielo azul. Gritaron y gesticularon, apuntándole. El capitán desenfundó su pistola, pero no disparó, los otros estaban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles, sus formas gigantescas.
De repente escuchó una potente detonación y algo golpeó el agua a escasas pulgadas de su cabeza, rociando su cara de salpicaduras. Oyó una segunda detonación y vio a uno de los centinelas con el rifle en su hombro, una tenue nube de humo azul elevándose de la boca del cañón. El hombre en el agua vio el ojo del hombre en el puente, contemplando el suyo a través de la mirilla del rifle. Observó que era un ojo gris y recordó haber leído que los ojos grises eran los más agudos y que todos los famosos tiradores los tenían. Sin embargo este había fallado.
Un cambio de corriente había alcanzado a Farquhar y le dio media vuelta; de nuevo miraba al bosque de la orilla opuesta al fuerte. El sonido claro de una voz aguda en un soniquete monótono resonó tras él y llegó a través del agua con una claridad que traspasó y apagó todos los otros sonidos, incluso el golpeteo de las olas en sus oídos. Aunque no era soldado, había frecuentado suficientes campamentos para conocer el temible significado de ese mantra consciente, pausado, aspirado; el teniente en la orilla estaba tomando parte en el trabajo de la mañana. Cuan fríamente y sin piedad —qué monótona, tranquila entonación, presagiando e imponiendo tranquilidad entre los hombres— con qué calculadamente medido intervalo cayeron esas palabras crueles:
«¡Compañía!... ¡Atención!... ¡Armas al hombro!... ¡Preparados!... ¡Apunten!... ¡Fuego!».
Farquhar buceó, buceó tan hondo como pudo. El agua bramaba en sus oídos como la voz del Niagara, aún así oyó el trueno apagado de la descarga y, alzándose de nuevo hacia la superficie, se topó con brillantes pedazos de metal, notablemente ralentizados, oscilando lentamente hacia abajo. Alguno le rozó en la cara y en las manos, para después alejarse, continuando su descenso. Uno se incrustó entre su cuello y la camisa; era de una incomodidad ardiente y lo arrancó.
Cuando alcanzó la superficie, boqueando para respirar, vio que había estado un largo tiempo bajo el agua. Se encontraba perceptiblemente alejado corriente abajo, cerca de la seguridad. Los soldados casi habían terminado de recargar. Las varillas de metal brillaron al unísono con el amanecer cuando fueron retiradas de los cañones, giradas en el aire y devueltas a sus fundas. Los dos centinelas dispararon de nuevo, por su cuenta e ineficazmente.
El perseguido vio todo esto por encima de su hombro, ahora nadaba vigorosamente a favor de la corriente. Su cerebro tenía tanta energía como sus brazos y piernas, pensó con la rapidez de la luz.
«El oficial», razonó, «no cometerá el error del amartillamiento por segunda vez. Es tan fácil evitar un solo tiro como una descarga. Seguramente ya ha dado orden de disparar a discreción. ¡Que Dios me ayude, no puedo esquivarlos a todos!».
Un atroz estruendo en el agua a un máximo de dos yardas de su posición fue seguido por un fuerte, agitado sonido, ¡como un Diminuendo, pareció viajar de vuelta a través del aire hasta el fuerte y morir en una explosión que agitó al mismo río hasta sus profundidades! ¡Una hoja de agua se elevó curvada sobre él, le cayó encima, le cegó, lo aturdió! El cañón se había sumado al juego. Cuando sacudió su cabeza para liberarla de la conmoción del impacto del agua, oyó el disparo desviado silbando a través del aire por delante, y en un instante estaba destrozando y aplastando las ramas del bosque que se encontraba más allá.
«No lo harán de nuevo», pensó, «La próxima vez usarán una carga de metralla. Debo mantener la vista en el cañón; el humo me avisará. La detonación llega demasiado tarde, va tras el proyectil. Es un buen cañón».
De repente notó cómo giraba dando vueltas y vueltas, rotando como una peonza. El agua, las orillas, el bosque, el puente ahora alejado, fuerte y hombres, todo estaba mezclado y borroso. Los objetos se representaban en ese momento solo por el color. Círculos cromáticos en secuencias horizontales, era todo lo que veía. Había sido atrapado en un vórtice y era volteado con una velocidad de avance y giro que le hizo sentirse mareado y enfermo. Tras unos instantes fue arrojado sobre la gravilla a los pies de la orilla izquierda respecto a la corriente —la orilla sur— tras un saliente que lo ocultaba de sus enemigos. La repentina detención de su movimiento, la abrasión de una de sus manos sobre la grava, lo reanimaron y lloró con alivio. Hundió sus dedos en la arena, la arrojó sobre sí a puñados y la bendijo de forma audible. Parecía como hecha de diamantes, rubís, esmeraldas, no podía pensar en nada que le pareciera más bonito. Los árboles por encima de la orilla eran gigantescas plantas ornamentales, percibió un orden definido en su disposición, inhaló el aroma de sus flores. Una peculiar luz rosada brilló entre los espacios de sus troncos y el viento creó en sus ramas la música de arpas eólicas. No deseaba culminar su escapatoria, estaba satisfecho con permanecer en ese encantador lugar hasta recuperarse.
Un zumbido y el crujido de la metralla sobre las ramas en lo alto sobre su cabeza lo sacaron de su ensoñación. El desconcertado artillero le había disparado al azar una despedida. Se incorporó de un salto, se abalanzó por la orilla inclinada y se sumergió en el bosque.
Viajó todo el día, marcando su rumbo con el redondeado sol. El bosque parecía interminable; por ningún sitio descubrió una ruptura en él, ni siquiera la senda de un leñador. No había sido consciente de vivir en una región tan salvaje. Había algo extraño en esa revelación.
Al caer la noche estaba agotado, con los pies cansados, hambriento. El pensamiento sobre su mujer e hijos lo animaron. Finalmente encontró un camino que llevaba en lo que él sabía era la dirección correcta. Era tan amplio y recto como una calle de ciudad, aunque parecía desierto. No lo bordeaban cultivos, no había viviendas por ningún lugar. Nada como el ladrido de un perro sugería ocupación humana. Los cuerpos negros de los árboles conformaban un muro recto a ambos lados, confluyendo en un punto del horizonte, como un esquema en una lección de perspectiva. Por encima de la cabeza, cuando miró por encima de aquella muesca en el bosque, brillaban grandes estrellas doradas que no parecían familiares y agrupadas en extrañas constelaciones. Estaba seguro que estaban dispuestas en algún orden que tenía un significado secreto y maligno. El bosque a cada lado estaba repleto de ruidos singulares, entre los cuales —una vez, dos, y otra vez— oyó distinguibles susurros en una lengua desconocida.
Le dolía el cuello y alzando sus manos hasta él lo encontró horriblemente inflamado. Sabía que tenía un círculo negro donde la soga lo había quemado. Sentía sus ojos congestionados, no los podía cerrar más. Su lengua estaba hinchada por la sed, alivió su ardor exponiéndola al aire frío entre los dientes. ¡Cuan suavemente el césped había cubierto la vía sin transitar, ya no podía notar el camino bajo sus pies!
Sin duda, a pesar de su sufrimiento, se quedó dormido mientras caminaba, ya que ahora ve otra escena, quizá simplemente se ha recuperado de un delirio. Está delante de su propia casa. Todo es como lo había dejado y todo es brillante y bello en el amanecer. Debe haber viajado toda la noche. Cuando abre la verja empujándola y atraviesa el amplio paseo blanco, ve prendas femeninas ondulando; su mujer, con una apariencia fresca, suave y dulce, desciende desde el porche para encontrarse con él. Al principio de los escalones permanece esperando, con una sonrisa de inefable alegría, una actitud de incomparable gracia y dignidad. ¡Ah, qué bella es! Él salta hacia adelante con los brazos extendidos. Cuando está a punto de abrazarla siente un asombroso golpe sobre la parte posterior del cuello; una cegadora luz blanca lo incendia todo en torno a él con un sonido como el de la descarga de un cañón, ¡entonces todo se vuelve oscuridad y silencio!
Peython Farquhar estaba muerto; su cuerpo, con el cuello roto, oscilaba suavemente de lado a lado entre los tablones del puente del río Buho.
FIN
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Nos encontramos con un relato, siguiendo la exitosa clasificación del lingüista Tzvetan Todorov, del subgénero "Extraño" dentro de la narrativa fantástica. Es decir y muy a grandes rasgos, que lo ocurrido puede tener una explicación racional frente a lo "Maravilloso", en donde lo sobrenatural queda como inexplicado. Sin embargo la frontera entre ambas concepciones es difusa y en numerosas tramas, incluyendo Un incidente en el puente del Río Búho, ciertos detalles pueden caer en uno u otro lado del fiel de la balanza sin mayores problemas. Grandes autores han transcurrido por estos caminos, no pocos de ellos en la literatura en castellano: Carmen Martín Gaite, Jorge Luís Borges, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, Sara Mesa, entre muchos otros a los que podemos sumar, ampliando el foco del idioma y el soporte, grandes como Franz Kafka, Philip K. Dick o David Lynch. Citar obras individuales podría ser eterno, pero algunas como El balneario, Carretera perdida, Ubik o La isla a mediodía enseguida vienen a la mente tras conocer el relato de Bierce. Indudablemente la vanguardia artística contemporánea bebe mucho de obras como la presentada aquí y del género fantástico en general.
Desde un punto de vista filosófico, podemos señalar que Bierce se consideraba agnóstico y abrumado por la aparente insignificancia humana. Como hemos expuesto en la introducción, estaba familiarizado con la muerte y con la crueldad, siendo muy consciente de que el supuesto carácter elevado que para algunas ideologías —como ciertas religiones— tiene el ser humano, posee más características de mito que la misma literatura fantástica. No pasará desapercibido a muchos lectores el hecho de que la filosofía del círculo de Lovecraft, con la notable excepción de August Derleth, encaja perfectamente con esta concepción del universo.
Para terminar, pues resulta obvio que de este tema se pueden extraer derivadas casi inabarcables, podemos detenernos brevemente en los ecos que Un incidente en el puente del Río Búho tiene en el formato audiovisual, más allá del referido Lynch, desde el nacimiento del mismo. Ha tenido diversas adaptaciones, siendo la primera una cinta muda (The Bridge, también conocida como The Spy, 1929) dirigida por Charles Vidor (Gilda, Adios a las armas) y pudiéndose destacar la versión francesa La Rivière du hibou (1961) que incluso ganó el Oscar de la Academia de Hollywood al mejor cortometraje en 1963. La idea del humano que no sabe que ha muerto o está en proceso de fallecer ha sido frecuente en el cine, con ejemplos célebres (El sexto sentido, La escalera de Jacob) y otros no tanto, incluyendo nuestro querido cine de serie B (Instituto sangriento, El arte de morir). Obviamente creadores muy familiarizados con la literatura, como J. J. Abrams o Damon Lindelof beben de autores como Bierce a la hora de armar productos de enorme fama (Lost).
Parece lógico pensar que el desconocimiento y temor relacionado con un tema en gran medida tabú en nuestra época, la muerte presentada de forma descarnada, queda sublimado en narraciones como la que nos regaló Bierce. Demuestran que no lo sabemos todo ni podemos fiarnos completamente de lo que inocentemente creemos más veraz pero fuente de incontables engaños: la aparente realidad que nos ofrecen nuestros sentidos. Lección valiosa, pero un maestro como Bierce no se queda ahí y nos ofrece otra verdad muy a tener en cuenta: caer en los cantos de sirena de lo que se nos impone como sagrado —las banderas, los líderes— puede llevarnos, en un abrir de ojos, a nuestra desaparición... En el puente del Río Buho o en cualquier otro lugar.
¿QUIERE SABER MÁS?
—Relato El juego más peligroso (Connell, 1924). Traducción CC y contexto histórico:
https://blogcaliptusbonbon.blogspot.com/2025/09/uno-de-los-mas-influyentes-relatos-para.html
—Transcripción CC de la Conferencia de Metz (1977) y análisis de su relevancia cultural:
https://blogcaliptusbonbon.blogspot.com/2025/08/la-conferencia-de-philip-k-dick-en-metz.html
—El juego más peligroso en formato audiolibro:
https://www.ivoox.com/12-x-04-un-relato-clave-para-la-audios-mp3_rf_160931694_1.html
—Un incidente en el puente del Río Búho en su versión original en ingles (vía Proyecto Gutenberg):
https://gutenberg.org/ebooks/375
—Adaptación fímica de 1929 (Charles Vidor, The Bridge):
https://en.wikipedia.org/wiki/File:The_Bridge_(1929).webm
—Adaptación fílmica de 1961 (Enrico, La rivière de hibou):
https://www.arte.tv/fr/videos/123857-000-A/la-riviere-du-hibou/













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