lunes, 8 de junio de 2026

"Puta fábrica" (“Putain d´Usine”. Levaray-Efix, 2007). ¿Quién contará el infierno del trabajo asalariado?


Una fábrica es uno de los lugares que mejor representa el modelo de trabajo contemporáneo. En ellas los trabajadores se someten voluntariamente al proceso de cosificación que demanda la producción en cadena, siendo en muchos casos sitios peligrosos, estresantes y con un régimen de sanciones al margen de lo público. El tiempo entra en un paréntesis y las jornadas laborales se extienden creativamente con el uso de las horas extras, para compaginar la figura del "destajo" (cubrir una producción que siempre va a más evitando la comodidad de los adelantos técnicos) con el horario “oficial”. Incluso los descansos ―de haberlos― están medidos al segundo, de forma que también las necesidades básicas del ser humano están subordinadas a las de producción. El operario como un eslabón llevado al límite de sus capacidades lo reflejó de manera magistral la película Tiempos modernos (Chaplin, 1936).



Ya en el siglo XXI, para contextualizar estos espacios Puta fábrica es un cómic imprescindible. ¿Cuántas veces no habréis oído ya ese adjetivo empleado para multitud de obras artísticas de diferentes formatos, desde películas a libros, pasando por videojuegos o cualesquiera otras que podamos imaginar? En muchas ocasiones, la mayoría, la descripción entra en el universo de lo subjetivo y será más o menos acertado en función de nuestros gustos, prejuicios, intereses o sensibilidades. Este caso es diferente. Aquí nos encontramos con uno de los pocos ejemplos en el que “imprescindible” se puede aplicar sin dudas, sin temor a exagerar.


¡Nos tocan ocho horas! ¿Quién hablará de esto? De esta vida perdida. De esta vida ya de por sí corta, y que el curro te araña despacio... ¿Quién contará el infierno del curro asalariado?


Curiosamente, o no tanto, esto ya ocurría antes de que la crisis mundial que provocó el coronavirus tambaleara todo el sistema económico y social del tan orgulloso capitalismo, entidad que se vanagloria de ser la cumbre de la evolución humana y que se mueve con soltura igual de bien en regímenes de diferente corte ideológico. Sin embargo ahora, en la época postcóvid, el carácter revelador de Puta fabrica es inevitable si queremos sobrevivir como especie. Porque una enfermedad puso de manifiesto la vulnerabilidad y las mentiras en las que se sustenta, bamboleante y sobre los hombros de las masas de trabajadores del mundo, nuestro sistema de creencias. Si pese a obras como la que hoy nos ocupa, no nos atrevemos a mirar bajo el velo de Isis del sistema económico mundial, seremos destruidos y la historia de la humanidad no dejará de ser una nimiedad cósmica, protagonizada ―si se puede usar este término para un evento tan intrascendente― por un simio pagado de sí mismo que se convirtió en un virus para su propia ecología. Un cáncer, decía el filósofo Jesús Mosterín.


A la muerte en el puesto de trabajo se le suele denominar "accidente". Pero en la mayoría de los casos no son eventos fortuitos, como explica el cómic. Entre las causas, que además interactúan, está la presión para alcanzar una producción mínima, el agotamiento y el estrés. Por ello sería más lógico calificar el fallecimiento laboral de homicidio.


El cómic, guionizado por Jean-Pierre Levaray (trabajador en una planta química durante treinta años) y basado en su libro Putain d’usine, magnificamente dibujado en un estilo sobrio y oscuro por Efix, nos cuenta un secreto a voces: nuestros trabajos son una mierda. Y dentro de esa porquería uno de los ejemplos más representativos son las fábricas. Casi sin excepción lugares contaminantes, peligrosos y alienantes, así como basados en una relación laboral jerárquica que descansa en el miedo a la sanción y en la esperanza (el peor de los males custodiados por Pandora y casi siempre vana) de poder mejorar algo, aunque sea para nada, en el escalafón de la empresa. Sitios defendidos con uñas y dientes por la legislación de los grandes partidos políticos. Los únicos derechos importantes que se mantienen ―cuando lo hacen― se consiguieron hace un siglo, como la jornada de ocho horas (no olvidemos el tiempo de ir y de volver al “curro”, como bien dice Levaray) y constantemente amenazados por el temor al cierre o a la deslocalización. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí, cómo aguantamos esta mierda, nos pregunta la obra? Entre otras cosas porque las inspecciones son un chiste, siendo frecuente incluso el avisar a los gerentes antes de realizarlas. Imposible no recordar a Gila: «Oiga, ¿es la fábrica? ¿cuándo les viene bien que nos pasemos?».

El problema de la alienación (sentirse un objeto) en el trabajo, lleva a muchas personas a recurrir a las drogas. Contra estas sería mucho más efectivo mejorar las condiciones de vida de la población, antes que el habitual enfoque punitivo policial.

Parece increíble encontrarse con unas páginas tan lúcidas, pero existen, debemos buscarlas, aferrarnos a ellas. Aprender. El autor logra también mostrarnos la respuesta en unas pocas hojas cristalinas para aquel que se atreva a mirar: hemos sido comprados. Pero lo grave es que el sistema lo ha conseguido sin ofrecernos algo real, sino un sueño. De nuevo, la esperanza. En tener un coche mejor, un teléfono móvil más potente, en vestir ropa a la moda en una sucesión de la frustración que es el alimento de nuestra economía. La felicidad que nos ofrece siempre está un poquito más allá, detrás del próximo objeto a comprar. Si no consumes el mago de Oz quedará visible. La Ciencia ficción también sirve para entenderlo, por ejemplo con el estupendo libro Mercaderes del espacio (Pohl-Kurnbluth, 1953). Interesante que un género “de mentira” sirva para contar tan bien la realidad. Y en el summum del éxito capitalista, de este drama de esclavitud voluntaria, el obrero jugará un maravilloso papel de inofensiva válvula de escape a cambio de unas migajas. Criticará a Amancio Ortega porque, no siempre pero muchas veces, lo envidia. Entre tanto paga a crédito un automóvil, firma una hipoteca y piensa que es alguien por tener el último cacharro tecnológico que no necesita. Irá una vez al año a una manifestación inocua para el sistema, como aquellas en las que igual puede ir una reina que un ministro, y se creerá revolucionario. El comunismo y el socialismo han muerto sin gloria en las fábricas de los estados liberales, mientras que en los países donde estos sistemas supuestamente triunfaron, se convirtieron en meros vehículos de dictaduras nacionalistas que también hacen buen uso ―para las élites― del capitalismo.

De tener dos dedos de frente, saldríamos corriendo enseguida

Y ahora, ¿qué? Levaray, entre otros a los que no queremos escuchar, nos ha avisado de las mentiras. Ha hecho falta un susurro de la naturaleza para que los cimientos de nuestras sociedades, frágiles como la ilusión de la que están hechos, se resquebrajen. De nosotros depende el futuro. El virus desde hace tiempo ya no nos encierra en casa, pero no hemos sabido construir una sociedad más justa y solidaria, en la que los trabajos cambien, con equilibrio en lo social y ecológico. A la par muchos ámbitos (como la sanidad, banca, energía, ciencia y otros) que deberían estar exentos de las necesidades e infinito apetito de lo que se ha denominado “mercado”, en realidad monstruo explotador para que unos pocos vivan ―y pongan en peligro― a una mayoría, sigue igual. En cambio hemos vuelto a abrazar la “libertad” de una cañita cuando se puede y del turismo masificado.


Con todo quiero acabar con una reflexión optimista. Necesitamos construir, incluso necesitamos las fábricas y otros trabajos. Pueden servirnos a nosotros y no a la inversa, pero para ello debemos acudir a obras como esta e incluso retornar a los clásicos. Prometeo ofreció el fuego, es decir la tecnología, a los seres humanos. Cuestión por la que hay autores que lo han identificado con Satanás y otros con un dios redentor. Tal vez sea ambas cosas, porque lo que nos entregó en verdad fue la decisión de usar el conocimiento como estimemos oportuno. Para crear o para destruir. Para liberarnos o para apretar aún más nuestras cadenas. En mi larga trayectoria laboral he descubierto algunas cosas. Casi todos los trabajos, los fabriles también, pueden ser dignos. Pero solo si nosotros queremos, si luchamos y ―muy importante― no nos dejamos dividir por espejismos. Nos regaló la posibilidad de elegir. Por ello fue condenado por el resto de los dioses, que percibieron la amenaza a su estatus, a un sufrimiento atroz. De nosotros depende ser dignos de aquel sacrificio.



¿QUIERE SABER MÁS?

—Para comprender el fenómeno fabril y la alienación relacionada con el trabajo industrial, resultan imprescindibles los trabajos de historiadores como E. J. HOBSBAWM (Las revoluciones burguesas. Labor, 1985; La era de la revolución, 1789-1848. Crítica, 1997), E. P. THOMPSON (La formación de la clase obrera en Inglaterra. Capitán Swing, 2012) o V. ROBERT ("El obrero" en El hombre del siglo XIX. Alianza, 2001).

—Artículo sobre el modernismo:


—Pódcast sobre el filósofo Jesús Mosterín:


—Pódcast sobre Mercaderes del espacio. Por supuesto la lectura de la novela es altamente recomendable:


Nota: Este artículo y sus imágenes se acogen a la licencia Creative Commons, de modo que pueden compartirse libremente haciendo referencia a la autoría. El texto no debe ser modificado. En la elaboración de este y el resto de mis trabajos no uso Inteligencia Artificial, tan solo estupidez (sobre todo vista desde la perspectiva del sistema) natural. 

"Puta fábrica" (“Putain d´Usine”. Levaray-Efix, 2007). ¿Quién contará el infierno del trabajo asalariado? © 2026 by Víctor Deckard is licensed under CC BY-ND 4.0

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