sábado, 11 de abril de 2020

Novelas de la entropía: "Decamerón" (Boccaccio, 1353) y "Apocalipsis" (The Stand, 1978). Lecturas por, sobre y consecuencia de un confinamiento.

El confinamiento es una putada. No nos gusta que nos apliquen un arresto domiciliario, aunque sea a modo profiláctico. Pero ante esa imposición lógica —dicho sea de paso y para que conste en acta— se descubren o redescubren cosas positivas. Como por ejemplo, que a uno le cuesta mucho menos trabajo meterse al cuerpo un libro de 1500 páginas. Algo que en condiciones de normalidad social y comunitaria, te haría, cuando menos en mi caso, pensártelo mejor y decantarte por lecturas más ligeras de negro sobre blanco, pues otra de mis pasiones: la bici, que me satisface enormemente y me da muchos momentos de alegría, también me resta tiempo para otras actividades. Léase también el trabajo. ¡El "tiempo” ese concepto tan poco valorado en nuestros días! El “cómo” y en “qué” emplearlo, como por ejemplo en la lectura sosegada, es lo que más se debería valorar por encima de consideraciones más anodinas hasta ahora.

Dicho esto, es larga la lista de espera de lo que está encima de mi escritorio, como las biografía de Roman Polanski o Leni Riefenstahl, tras haberme releído estos días, después de 40 años, el Decamerón de Boccaccio —con sus cien cuentos, que en realidad son 101— para volver a redescubrir las miserias y fortunas de la condición humana en tiempos de pandemia. Boccaccio pretende ponerse a la altura nada menos que de San Ambrosio, haciendo una analogía con el Examerón escrito por este último. San Ambrosio narra la creación del mundo basándose en el Primer Libro de las Antiguas Escrituras, donde su contenido responde a nueve sermones pronunciados por el obispo milanés a lo largo de la Semana Santa del año 387 (a razón de uno o dos por día) haciendo una gran aportación sobre el mundo vegetal y animal, para culminar con una minuciosa descripción del ser humano. Si doy con él, y esto sigue —que seguirá— puede que caiga, pues son 350 páginas de nada.

A instancias del Sr. Deckard, que sabe que no soy muy de Ciencia Ficción -aunque reconozco su gran aportación social, literaria y, a veces, la de saber ponerse por delante de los acontecimientos-, también estoy devorando con fruición Apocalipsis. No el de San Juan, donde se relatan las revelaciones de Jesucristo y en el que, según los doctos en materia es considerado el único libro del Nuevo Testamento de carácter exclusivamente profético —la cosa va de profecías—. Me refiero al de Stephen King. También profético: para muestra el botón del Covid19.


Fuente: Wikipedia

King, quizá sin quererlo —me gustaría tener la opción de poder preguntárselo— en su Apocalipsis también establece una relación profética y contemporánea con respecto al Decamerón de Boccaccio. No hay más que leer los dos para comprobarlo. A través de un nutrido elenco de personajes, que pasan de una relación y vida cotidiana y normal, a una extraordinaria e imprevista vorágine de situaciones extremas motivadas por el escape de un virus de laboratorio, con un escalofriante índice de contagio mortal del 90’6 %, Stephen King da un repaso actual en su novela del 78 a esas mismas miserias y grandezas humanas. Su estilo suburbano y su prosa desenfadada resulta muy amena para digerir sus 1500 páginas —aunque para gustos están los colores— y donde frases magistrales como: “Nueva York tenía el aspecto de una puta agonizante” o, refiriéndose a uno de los personajes, Larry Underwood, un joven cantante de rock, que empezaba a fundir sus primeros miles de dólares de derechos de autor encerrándose durante días en una juerga continua y comunitaria de alcohol y droga, y al que un amigo quiere hacer andar por la playa para despejarlo, pensaba para sí: “Nada de andar. NO.” y relata King de forma magistral: “Sus ojos se habían hinchado como cristales de aumento, y pronto el sol se filtraría por ellos para inflamarle los sesos, resecos como la yesca” o, refiriéndose a los taimados productores discográficos en lo referente a la pasta que tienen que soltar “Aprietan los dólares hasta que chilla el águila”, hacen que te recuerde a los grandes clásicos de la novela negra americana como Hammett, Chandler o William Riley, que además fueron los responsables de escribir los guiones de algunas de las películas de cine negro que a mi más me han entusiasmado viéndolas una buena cantidad de veces. Pelis que nadie se pierde si quiere saber un poco de qué va la cosa del cine negro.

Fuente: Wikipedia

Como veis, toda causa tiene un efecto. O, como diría Ernest Holmes, creador de La Ciencia de la Mente: “Creer en una ley justa de causa y efecto, que conlleva un castigo o una recompensa, es creer en la justicia”. La “Causa” puede ser externa, el “Efecto” y por tanto la “Justicia” deberíamos intentar que sea en nuestro beneficio: El “Tiempo”, lo más preciado.

10 de Abril de 2020

Macue.

¿QUIERE SABER MÁS?

—Pódcast sobre Apocalipsis de Stephen King:

martes, 7 de abril de 2020

El cielo sobre nuestras cabezas (tercera entrega de las «Reflexiones virales de una aspirante a filósofa»)

Son muchos los retos a los que nos enfrentamos en esta época: la incertidumbre sanitaria, laboral y económica, el miedo por la integridad física propia y ajena, la situación de encierro y aislamiento, la indeterminación de los derroteros que tomarán el mundo y nuestras vidas a partir de ahora… Parece como si el suelo se tambalease bajo nuestros pies. Pero ¿es que acaso ese suelo había sido firme alguna vez? Así queremos creerlo y en ello se han basado muchas de nuestras decisiones vitales. Escogimos formarnos para una profesión con «salidas», decidimos periódicamente nuestro voto en las elecciones buscando seguridad y estabilidad (cada uno desde su perspectiva), contratamos seguros y planes de pensiones, nos empeñamos en tener un piso en propiedad a cambio de vender nuestra alma al diablo, perpetuamos relaciones y puestos de trabajo insatisfactorios… Sin embargo, pese a nuestros esfuerzos por encarnar, en nuestro propio cuento, a la hormiga previsora que acumula durante el verano lo que va a necesitar en invierno, o al cerdito listo con una casa de ladrillo a prueba de lobos, de repente se esfuma lo que hemos reunido a lo largo de los años, el edificio construido con tanto tesón se derrumba y nos encontramos desconcertados y desnudos entre los escombros.

Parece algo aterrador. Pero, junto con la estructura que, mal que bien, parecía ampararnos, se desvanece una falacia (y vamos por la tercera de esta serie de «Reflexiones virales»): la de que el mundo y la existencia son estables y están bajo nuestro control. Por suerte o por desgracia, no somos los primeros ni los últimos cuyas vidas se han desbaratado por circunstancias imprevistas. Basta con abrir un libro de historia, ver un telediario u observar la experiencia propia y ajena. Tras la pasada crisis económica y la precarización laboral, económica y social que vino para quedarse, estamos tristemente acostumbrados a lo inestable e incierto. Sin ser una situación deseable, al menos nos ha preparado internamente para encarar este segundo reto. Y nos confronta con la realidad de la existencia: su continuo movimiento, siguiendo una red de causas y efectos que no siempre alcanzamos a comprender.


Licencia CC:0 (Dominio público, tomada de www.publicdomainpictures.net/)
  

Si nos reconciliamos con esta condición de la vida —agudizada especialmente en periodos de cambio de época, como el presente, y contra la que no tendría sentido rebelarse, pues es como es—, asumiremos con mayor fluidez lo que sucede y lo que está por venir. No se trata de no tomar las medidas oportunas para que nuestra situación, individual y colectiva, sea lo más digna y feliz posible. Ni tampoco de vivir con constante miedo. Se trata de aceptar que la mutabilidad y la incertidumbre son rasgos intrínsecos de la existencia. Y que esta es frágil. Aprendamos a no dar nada por sentado, a no considerar ningún logro ni estado como fijo e inmutable, pues la vida es todo lo contrario. Y a confiar en que podremos afrontar las circunstancias que se nos presenten. ¿Acaso no lo hemos hecho siempre hasta ahora?

De modo que podemos vivir como los galos, temiendo que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas, o asumir la inestabilidad y la incertidumbre como el estado natural de las cosas, no el excepcional. La renuncia a la falacia mental de tenerlo todo atado no solo nos permite admitir la realidad tal como es y no entrar en pánico ante determinados acontecimientos, sino que también nos libera de la presión de ponerle cercos al mar y nos otorga la libertad de tomar decisiones basadas ya no en el miedo —del que muchos se aprovechan—, sino en nuestras auténticas inclinaciones. A partir de entonces, podremos mirar al cielo sin temer que nos aplaste, dispuestos a danzar bajo el sol, la lluvia o las tormentas, al ritmo que nos marque la vida.

Una podcalipster aspirante a filósofa
En Twitter: @Filoaspirante

martes, 31 de marzo de 2020

Un día menos, un día más (segunda entrega de las «Reflexiones virales de una podcalipster aspirante a filósofa»)

«Ya queda un día menos»; «Haremos esto o lo otro cuando la vida continúe»; «Antes de que nos demos cuenta, todo esto habrá terminado». Seguro que, a estas alturas del confinamiento, has escuchado o leído más de una vez expresiones como estas. Puede que incluso las hayas pronunciado. Y es que apuntan a la reconfortante idea de que también esto pasará.

Pero ¿es esa idea tan reconfortante? En efecto, lo es al aplicarla a circunstancias difíciles o dolorosas. Sin embargo, ¿no es amargamente cierta referida a cualquier tipo de situación, desde las menos memorables hasta las más felices, e incluso a nuestra propia vida en su conjunto? Alguien dijo una vez que, al desear la llegada del próximo verano, de las vacaciones o del año que viene, no nos damos cuenta de que en realidad estamos anhelando acercarnos a nuestro propio final. Y lo mismo sucede cuando contamos los días que faltan para concluir el confinamiento.


Foto, bajo licencia CC, por Gonzalo Jesús Maripangui Gutiérrez en Flickr 


No hace mucho comentábamos que el encierro obligado ha evidenciado la ansiedad generalizada por un continuo hacer que encubre y dificulta la posibilidad de ser. Y hoy descubrimos la oportunidad de liberarnos de otro lastre interno colectivo: la creencia en que la felicidad es, en el mejor de los casos, algo que tal vez experimentamos fugazmente en el pasado o que alcanzaremos en el futuro, pero para lo que al presente siempre le falta o le sobra algo. Ya lo dijo Groucho Marx con lúcida ironía: la vida es lo que nos sucede mientras estamos ocupados haciendo otros planes. Planes para un futuro idealizado en el que, entonces sí, se hayan cumplido todas nuestras expectativas. Pero, como dejó escrito Mariano José de Larra, ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás! Asumámoslo: nunca alcanzaremos ese estado utópico. La vida, por su propia naturaleza, nos confrontará siempre con nuevos retos.

Estos días, pese a ciertas formas de hablar, el tiempo no se ha detenido. El transcurrir de las horas continúa, dentro y fuera de nuestras casas. El sol sale y se pone, la Tierra sigue girando, nuevas criaturas vienen al mundo, la naturaleza recupera parte del terreno que le habíamos arrebatado. No se trata de un paréntesis en nuestras vidas. No existe tal cosa. Y el hecho de que el tiempo parezca haberse congelado no otorga menos valor a este período, sino todo lo contrario.

Seguramente, nadie habría elegido voluntariamente una vivencia como la de estas semanas. Al margen de ciertas incomodidades y de las consecuencias económicas y laborales que tendremos que afrontar, la pandemia nos impide seguir ignorando nuestra condición vulnerable y temporal, tantas veces oportunamente soterrada bajo nuestra pila de quehaceres y preocupaciones. Ahora ya no podemos seguir mirando hacia otro lado. Y eso asusta. Y duele. Como es obvio, este escenario es particularmente difícil para el personal sanitario, que trabaja sin unas mínimas medidas de protección, para los enfermos y para sus seres queridos, que atraviesan una experiencia radical que nunca olvidarán. Pero incluso quienes —toquemos madera— permanecemos en nuestros hogares sin más incidentes que el de la propia reclusión, vivimos una época clave tanto para cada uno de nosotros como para el colectivo.

Las circunstancias son las que son y no las podemos cambiar. Ya que estamos aquí, aprovechemos la oportunidad. El obligado parón demuestra que podemos vivir sin tanto movimiento, sin tanta acción, sin tanta productividad, sin tanto consumo, sin tanto ruido. Nos brinda la ocasión de descubrir una nueva intensidad en el tiempo, de devolver nuestra atención al presente en lugar de perdernos rumiando el pasado o emplazando nuestra felicidad a un momento incierto del futuro que probablemente nunca llegará. Tomemos la determinación de dejar de matar el tiempo antes de que él nos haya matado a nosotros sin habernos dado ni cuenta.

Cada día de inmovilidad no es un día menos, es un día más. Un regalo de la vida para reencontrarnos con nuestros seres más queridos o con nosotros mismos, para pasar tiempo con nuestros hijos, para desenterrar aficiones o vocaciones largamente ignoradas, para conectar con nuestros vecinos, para reconocer la red de interdependencias y afectos que sostiene la sociedad, para apreciar, para agradecer. En definitiva, se nos está ofreciendo la oportunidad de redescubrir, desde la conciencia renovada de nuestra propia fugacidad, el valor que tiene cada momento.

Una podcalipster aspirante a filósofa
(En Twitter: @Filoaspirante)

domingo, 29 de marzo de 2020

LA UME Y LOS ESCUPITAJOS


Zapatero en sus casi 8 años de gobierno cometió muchas estupideces. Algunas de ellas aun colean ostentosamente. Pero también, es justo decirlo, hizo cosas de las que hoy nos podemos sentir, por lo menos yo, satisfechos. En su momento el Partido Popular tildó la creación de la Unidad Militar de Emergencias (UME) de “capricho zapateril y despilfarrador”. A la derecha española siempre le cuesta aceptar la apertura de las Fuerzas Armadas más allá de un ejército de cuartel de retreta y guardia, hacia labores de índole de intervención en ayudas de carácter social. Máxime si estas ocurrencias vienen de la izquierda. Y es que las derechas más derechas españolas, léase también las independentistas -la primera porque siempre se han otorgado una especie de derecho de pernada sobre el ejército, que consideran algo consustancial a ella; las segundas, las que no hablan “el idioma de las bestias salvajes” por otros motivos de todos sabidos- siempre han intensificado su esfuerzo a la hora de poner en ridículo cualquier cosa que, proveniente de la izquierda, pudiera poner en alza y en modernización al ejercito, en aras de una mayor eficacia, ya sea esta militar, o de servicio a la sociedad. Sus innumerables intervenciones en catástrofes y demás desgracias naturales o provocadas, justifican sobradamente la creación de la UME, tan denostada, repito, por ambas derechas: la carpetovetónica y la de pureza genético-independentista. Una justificada creación que ahora alcanza su máxima cota.

Fuente de foto: Wikipedia (CC)

Se le tienen que caer los piños a Torra, con el agravante de no encontrar a ningún dentista que se los recoloque, cuando ve a esos soldados de la UME, con sus vehículos especiales de matricula “ET”, sus banderas españolas en las mangas, sus fumigadores, botiquines de auxilio, ambulancias medicalizadas, etc. desinfectando calles, rescatando ancianos, trasegando fallecidos, limpiando, purificando, y desinfectando de virus los rincones más contaminados de Cataluña -incluida la Cataluña “estelada”- Apareciendo así como un ejercito de salvación y no como un ejercito de “invasión” como a él le encantaría personalmente y le convendría políticamente, pues para el independentismo del “proces” siempre prima el “proces” sobre vidas y haciendas. Sobre todo, si la vida y las haciendas son las de otros.


La reacción a esa “molesta ayuda exterior” es que, a través de las redes sociales y retuiteada por Puigdemont en un acto abyecto de lo más despreciable, es la llamar a “escupirles como muestra de desprecio”. ¿Cómo podemos calificar esa asquerosa y descerebrada actitud sin antes no valorar la capacidad, no ya política, sino de estado mental de Torra y sus congéneres ideológicos?
Yo era de los convencidos que la curva de contagio del virus independentista -no del otro por desgracia- había llegado hacía días a su pico más alto de estupidez, pero me equivoqué. Espero que a partir de ahora vaya ya en claro e inequívoco descenso.


Señor MacCue.

martes, 24 de marzo de 2020

Reflexiones virales de una podcalipster aspirante a filósofa. Primera entrega: "Horror vacui"



La situación que nos está tocando vivir invita a practicar todo aquello que es marca de la casa Podcaliptus: escuchar podcast, leer y releer cómics y libros, ver pelis y series y, en definitiva, hacer todo aquello que se puede hacer en casa y que se ha ido postergando por falta de tiempo.  Pero unas circunstancias tan insólitas como estas, que han obligado a echar el freno a nuestra vida individual y social, también nos impulsan a reflexionar. En las próximas semanas, una podcalipster aspirante a filósofa hilvanará algunas reflexiones personales, surgidas a raíz del confinamiento y la pandemia. Un contexto que nunca imaginamos que llegaríamos a experimentar fuera del mundo de la ficción.

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Estos días de confinamiento obligado están poniendo en evidencia una de las características de nuestra época, al menos en Occidente: la prioridad sociocultural del hacer sobre el ser. Hijos del capitalismo y de la sociedad de consumo, sentimos la necesidad de estar siempre ocupados, siempre haciendo algo, no solo en el ámbito de la productividad laboral, sino también en el del ocio. Esto es particularmente llamativo en la educación de los niños: apenas se les da ya la oportunidad de aburrirse, de inventar y fantasear por sí mismos, de estar solos, con una programación de su tiempo libre muchas veces tan férrea como el horario escolar. Con la mejor de las voluntades, no se les deja espacio para estar consigo mismos y simplemente ser. Les estamos transmitiendo el mismo horror al vacío que nos asalta como adultos.

Y, de pronto, va la vida y nos brinda a muchos una oportunidad única: la de pararnos a reflexionar, a descansar nuestras mentes agitadas, a no hacer nada, a ser sin más. Un tiempo que la mayoría hemos deseado en momentos de estrés o hastío laboral y que, una vez en nuestras manos, nos quema como un hierro candente. Cierto es que, simplificando, hay dos tipos de personas: quienes, por sus inquietudes, nunca tendrán tiempo suficiente para llegar a hacer todo lo que les estimula —aquí entraríamos los podcalipsters— y quienes no saben qué hacer con su tiempo cuando les es concedido. Pero ambos perfiles esconden una misma falacia: la de que el tiempo, para merecer la pena, ha de ser rellenado y ocupado en toda su extensión.

¿Qué es lo que nos da tanto miedo? ¿Qué tememos que se cuele si dejamos alguna rendija al descubierto? Nos encontramos —ni más ni menos— ante un miedo ancestral del ser humano: el miedo al vacío, el horror ante la nada que tememos ser. Aprovechemos esta oportunidad para asumir esa sensación dentro de nosotros, por desagradable que pueda parecer. Entre salida y salida al balcón, entre aplauso y cacerolada, en un hueco antes o después del evento cultural online de turno, una vez terminadas la limpieza general, la tabla de pilates y la consulta de los medios y las redes sociales, dedica un momento a tomar aire y PÁRATE. Permítete sentir qué es lo que estás tratando de evitar.


Photo by Sasha Freemind on Unsplash

Y pregúntate: ¿qué sería yo si no hiciese nada? ¿Acaso soy solo lo que hago? ¿No es la esencia otra cosa? Y entonces, ¿cuál es mi esencia? ¿Quién soy, qué soy? Ciertamente, da miedo renunciar al autoengaño, a construcciones mentales tan arraigadas como las etiquetas identitarias y el relato autobiográfico, que confundimos con quienes somos. Pero la vida nos está invitando a preguntarnos con sinceridad y valentía, al margen de nuestra historia personal y de nuestro rol social, dejando de lado nuestros actos, quién es esa persona aislada en su casa que mira por la ventana en este preciso instante, como tantas otras. Da miedo que la respuesta sea la nada. Que seamos tan solo un vaso vacío.  Pero ¿y si ese vacío no fuera más que el paso previo a la revelación? ¿Y si ese espacio diáfano, esa quietud sin etiquetas ni acciones compulsivas, fuese justamente lo que nos une como seres humanos, como seres vivos?

Si te fijas bien descubrirás a lo lejos, acodadas en otras ventanas, a más personas preguntándose lo mismo. Y, de pronto, el vaso deja de estar vacío, deja de ser un espacio angustiante que necesita ser rellenado. Está mucho más lleno de sentido que mientras nos dejábamos arrastrar por la pulsión del hacer, en aquella época —por fin superada— en la que aún ignorábamos que nuestra misión en la vida no es más que la vida misma. Encontramos, por fin, que nuestro cometido es, sencillamente, vivir, ser en conexión con todo lo que nos rodea. Y logramos, ahora sí, sentirnos como en casa, ya sea confinados entre nuestras cuatro paredes o en el rincón más remoto del planeta.

Una podcalipster aspirante a filósofa
(En Twitter: @Filoaspirante)

miércoles, 18 de marzo de 2020

Tres tebeos españoles "extraenos" (extraños y buenos): "Sandía para cenar", "Encuentros cercanos" y "No mires atrás"

¡Hola gente!

Vuelve "Blogcaliptus Bonbon", redactado desde el búnker de nuestra Fortaleza Secreta, para que lo podáis leer en vuestros propios refugios hasta que pase la cuarentena. Hoy os vamos a traer tres tebeos que nos han encantado, creados por dos autores españoles. Nos referimos a Javi de Castro (León, 1990) con su Sandía para cenar (2014, Thermozero Cómics) y a Anabel Colazo (Ibiza, 1993) por Encuentros cercanos (2017, Ediciones La Cúpula) y No mires atrás (2019, Ediciones La Cúpula).




Nos encanta el género fantástico. Dentro de él hay muchas ramificaciones y el elaborar una historia de estas características con éxito sin que se rompa el pacto de ficcionalidad es difícil. Pocos grandes han sido capaces de incorporar lo insólito a lo cotidiano sin sacar al lector de la historia, y entre los elegidos que nos vienen ahora a la mente podemos encontrar a personas como Carmen Martín Gaite, Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares, por poner algunos ejemplos en lengua hispana. Sandía para cenar cumple este difícil requisito. Imaginemos una historia en la que el joven protagonista se encuentra —de repente— en una situación en la que una sandía antropomorfa es su nuevo compañero de piso. Que locura, ¿no? ¿Cómo desarrollar algo así sin caer en el ridículo o en un sinsentido? Leyendo este tebeo, puedo decir que Javi de Castro lo ha logrado. No voy a desgranar los detalles de una historia que merece por su originalidad ser leída sin que nada se desvele, pero los puntos de inflexión de la narración —más que correctos en su número y orientación— nos llevan a varias sorpresas sin que se rompa el mencionado pacto entre autor-lector, así como a desembocar en un final inclasificable, de los que te mantienen dando vueltas a la cabeza tras cerrar el tomo. Al acabar su lectura un nombre me vino a la cabeza: Kafka. Al autor checo muchos han intentado seguirlo, fracasando bastantes en el cometido, y otros tantos explicarlo desde multitud de facetas (existencialista, religiosa o social, por indicar varias) sin que haya un análisis universalmente satisfactorio. No me duelen prendas al afirmar que el autor de Sandía para cenar ha seguido con la historia el manoseado término kafkiano con éxito. Eso, en un campo tan minado, es mucho. Por otro lado, no entraré en el aspecto técnico y calidad del dibujo. No soy persona capacitada para ello, con mayores especialistas en ese ámbito por aquí como el Sr. Ros y el Subteniente Gutiérrez. Baste decir que trazo, color (destacando —¿podría ser de otra manera?— un verde “sandía”) y acabado me han parecido elementos bien hilvanados con la trama, así que ningún problema en ese sentido.


Pasemos ahora a las obras de Anabel Colazo. De nuevo nos adentramos en tierras peligrosas, cartografiadas en más de una ocasión con mapas conducentes a nada.  Encuentros cercanos nos va a contar una historia sobre OVNIS. Con esta premisa, lo primero que pensaría cualquiera sería en extraterrestres, muy posiblemente marcianitos verdes. Tal vez armados con pistolas láser y una actitud hostil o en “los amigos del espacio” que vienen con, más o menos éxito, a echar una mano, un tentáculo o lo que tengan como extremidad. Lugares comunes que fueron explorados con éxito cuando eran innovadores por autores como H. G. Wells en su inmortal La guerra de los mundos (1898) o por inolvidables películas como Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still. Robert Wise, 1951), pero que en la actualidad difícilmente conducen a algo alejado del hastío. La autora parece saberlo perfectamente y demostrando un impecable conocimiento de la literatura sobre “extrañología” más recomendable —y por desgracia bastante poco divulgada—, elabora una original historia en la que la tensión provocada por la incursión de lo desconocido en la cotidianeidad va a mantener al lector en una satisfactoria inquietud hasta el final de la narración. Y como ocurre con muchas grandes obras, acabaremos encontrando más preguntas que respuestas. Es la premisa principal de los más sugerentes autores de lo que se ha llamado a denominar mundo “del misterio”, cajón de sastre en el que hay pensadores como el astrofísico Jacques Vallée, o —más cercano— el sociólogo Pablo Vergel. Anabel Colazo con esta obra se demuestra como una magnífica acompañante en este ámbito de conocimiento tan complejo y en no pocas ocasiones, dependiendo del “autor”, denostado con razón.



Mención aparte merece la obra No mires atrás. Este cómic se interna en otro ámbito fascinante, el de los creepypasta, definidos de modo grueso como las leyendas urbanas de la era tecnológica por encontrar su origen y desarrollo en Internet. De nuevo Colazo sabe llevarnos por este terreno pantanoso con mano firme, sin caer en fáciles recursos narrativos de susto o impacto poco sutil. Tal vez es una historia más sencilla que la de su trabajo previo, pero mantiene el interés de principio a fin y —como en el caso anterior— es una gran toma de contacto en el tema para los no iniciados, así como un deleite para las personas introducidas en este ámbito sociológico; esto último al encontrarse en la trama puntos troncales de un fenómeno que otra vez deja más interrogantes que certezas. Tampoco entraré a valorar el estilo formal, pero en las dos narraciones el trazo de la autora se imbrica suave y profundamente al darle una atmósfera onírica, muy apropiada, a las ideas plasmadas en las páginas.

Para acabar, de nuevo mandar muchos ánimos a todo el mundo en estos días extraños y recordar que no hay que bajar la guardia. En Zaragoza, la librería Cálamo no solo ha cerrado sus puertas durante esta crisis, sino que también ha cancelado pedidos a distancia para proteger a los repartidores. Seguramente hay mucho para leer entre lo que tenéis en casa y si hacéis un pedido externo —no sólo de cultura, sino de cualquier otra cosa que esté permitida— no estaría de más que os interesarais por la protección de la gente que va a ir a vuestro domicilio para saber si están suficientemente a salvo con equipos de protección individual y si tienen un protocolo adecuado contra el virus. Recordad también que está la opción de leer en formato electrónico, algo que también salva todas estas dificultades. Todos somos importantes.

Un abrazo,

Víctor Deckard y todo Podcaliptus (Blogcaliptus) Bonbon

martes, 18 de agosto de 2015

Diez libros recomendables sobre la Guerra Civil Española que (tal vez) no hayas leído

Ya que en el último programa, dedicado a la fantástica obra de Fernando Fernán-Gómez Las bicicletas son para el verano (aquí la primera parte de nuestro podcast y aquí la segunda) hablamos de la Guerra Civil Española, aprovechamos para recomendar una lista de libros que -no necesariamente en orden de importancia- son altamente recomendables para entender gran parte de las características del conflicto y de sus consecuencias. ¡Esperamos que sean de vuestro interés!

1. Autobiografía del general Franco (Manuel Vázquez Montalbán)

El genial creador del antihéroe Carvalho nos sirve en esta obra una supuesta biografía de Franco que pone de relieve todas las mezquindades y contradicciones del dictador. Aún partiendo de una idea ficticia (la supuesta autobiografía), es un libro muy bien investigado y que arroja una enorme luz sobre el personaje histórico. De hecho, en sus paginas hace referencia a otros textos muy recomendables y, aunque sea otro tema, aborda fantásticamente la dinámica de las dificultades de ser un escritor en España.


2. El holocausto español (Paul Preston)
Preston, uno de los hispanistas más prestigiosos en la actualidad aborda, en esta detallada exposición, las violencias ejercidas por ambos bandos en la Guerra Civil y en la posguerra por el franquismo. Es de enorme utilidad para aclarar conceptos y entender las características  del uso de la fuerzas de cada contendiente, que no fueron las mismas (organizada y sistemática en el lado sublevado, aparte de numéricamente mayor; mientras que incontrolada en el republicano), aún sin obviar episodios a día de hoy aún polémicos como el de Paracuellos del Jarama.


3. Réquiem por un campesino español (Ramón J. Sénder)
Fruto del trabajo de uno de los mejores escritores españoles, es una de las mejores novelas para entender la confrontación bélica. En su brevedad quedan reflejados las relaciones de poder de la época y las resistencias que los sectores más poderosos del momento (caciques, jerarquía eclesiástica) presentaban contra las medidas modernizadoras de la República, como la reforma agraria.


4. Lejos del frente (Carlos Gil Andrés)
La historiografía más ortodoxa ha pecado durante largo tiempo de poner la lupa en la "historia de los de arriba" cuando la mayor parte de la sociedad está compuesta de estratos humildes. No es el caso de este libro, en el que se nos describe con todo rigor la violencia ejercida en la retaguardia sublevada y que, como no nos cansaremos de recordar por ser un punto troncal en la comprensión de la guerra iniciada en 1936, respondía a un plan preconcebido.


5. El corazón helado (Almudena Grandes)
Si alguien piensa que, por la reconocida ideología de izquierdas de la autora, se va a encontrar en esta novela con un texto maniqueo, estará en un error. Entremezclando presente y pasado, el que suscribe se encontró en esta ocasión con uno de las tramas más entretenidas y mejor documentadas que, en ficción, alguien se puede encontrar sobre el tema. Además la riqueza y contradicciones -aparte de los secretos- que presentan algunos de los personajes, ayudan en su lectura a entender los propios conflictos de la época.

6. Negrín (Enrique Moradiellos)
A veces tenemos cerca figuras que no se aprecian en su justa medida. Aquí es el caso tanto del autor como del protagonista de la biografía. Enrique Moradiellos es uno de los historiadores más prestigiosos con los que cuenta nuestro país, y aunque así se le reconoce en los ámbitos profesionales, no es tan conocido entre el gran público como se merece. Negrín, por su parte y como demuestra el investigador, fue uno de los mejores y más preparados políticos de la época. Médico, científico, políglota, tuvo que hacerse con las riendas del consejo de ministros de la República en los peores momentos de la misma y su programa político se baso en la resistencia, convencido -como así fue- de que la Segunda Guerra Mundial era inevitable.


7. Vicente Rojo (José Andrés Rojo)
Por suerte y como ocurre con la obra anterior, en los últimos años se está recuperando el género de la biografía desde un enfoque moderno, inscribiendo al personaje en su contexto histórico con rigor, permitiendo entender mejor a la persona y a su época. El caso de este libro es de los mejores al respecto y fantásticamente investigado por el autor, quien pese a ser familiar del protagonista del estudio -nieto concretamente- , hace gala de una profesionalidad y seriedad encomiables. Además es particularmente interesante conocer a Vicente Rojo, uno de esos militares de honor que mencionábamos en el programa, conscientes de su deber hacia el sistema democrático y que por eso fueron, en incontables casos, asesinados por los sublevados y en gran medida no lo suficientemente recordados.


8. Calladas rebeldías (Carmelo Romero)
Otra novela, en este caso de uno de los mejores docentes que en la actualidad existen en el ámbito universitario. A través de las andanzas de su personaje protagonista, el carismático tío Cigüeño, se nos describen brillantemente - y de una forma no exenta de humor- las dinámicas sociales de la época previa a la guerra, algo que sirve para entender parte de sus causas.


9. Inquietud en el paraíso (Oscar Esquivias)
Primera parte de una trilogía que en sus continuaciones discurre por otros derroteros (no exentos de interés pero alejados de la temática que nos ocupa). Volvemos a encontrarnos con una novela que nos permite comprender -a veces también con humor, a veces con la crudeza propia del momento- en gran medida el proceso de resistencia conservadora que llevó al golpe de estado.

10. Pagar las culpas (Estefanía Langarita, Nacho Moreno, Irene Murillo)
Fruto de más de tres años de investigación, esta obra analiza exhaustivamente el proceso de represión económica que el régimen franquista impuso a gran parte de la población española. Este eje troncal sirve para demostrar en el juicio histórico, más allá de cualquier duda razonable, que el estado de Franco se fundamentó en un entramado jurídico aberrante, alejado -a través de figuras propias de las peores dictaduras, como la retroactividad penal o la extensión de la culpa a los familiares- de cualquier respeto por los más evidentes derechos humanos.


Víctor Deckard