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lunes, 26 de enero de 2026

UNO DE LOS RELATOS MÁS INFLUYENTES EN LA FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN: "UN INCIDENTE EN EL PUENTE DEL RÍO BÚHO" (Bierce, 1890) [Traducción y contexto]


Ambrose Bierce es uno de los escritores más relevantes de época contemporánea. Loado por personajes de la talla de Lovecraft o Borges —entre muchos otros— su influencia es clave en diversos ámbitos literarios. Entre ellos los géneros de la Fantasía y de la Ciencia ficción con su imprescindible relato Un incidente en el puente del Río Búho, publicado por vez primera en el The San Francisco Examiner en 1890 y en la colección Cuentos de soldados y civiles del año siguiente. Como sucede con otras obras fundamentales, el tiempo trascurrido desde su publicación hace que sea de Dominio Público en su original en inglés. En Podcaliptus abordamos desde hace un tiempo el proyecto de realizar traslaciones propias al castellano de textos de esta relevancia histórica, con licencia Creative Commons —de modo que sean libres de compartir reconociendo la autoría y sin modificaciones—, así como renunciando al uso de Inteligencia Artificial. Más allá de cuestiones éticas se trata de una herramienta poco eficaz para captar la esencia —el aura diría Walter Benjamin— de una obra maestra. El traductor, pese a lo que por desgracia consideran algunas editoriales y ciertos lectores, sigue siendo imprescindible en la literatura: hace falta un cerebro humano para captar todos los matices de un relato que describe nuestras emociones. Y uno familiarizado con el tema tratado. Conocer las interacciones culturales que llegan y emanan de Un incidente sobre el río Búho es crucial para transmitir su sentido. En mi caso puedo ofrecer, como he comentado en otras ocasiones, casi cuatro décadas de amor por la Ciencia ficción y la Fantasía en diversos formatos, así como un nivel en inglés reconocido oficialmente como avanzado. Hasta el momento pueden disfrutarse en nuestro blog en el marco de esta iniciativa, tanto el relato El juego más peligroso (Connell, 1924) como la transcripción de la conferencia que Philip K. Dick dio en Metz, Francia, en 1977. Ofrecemos los enlaces, junto a otra información de interés, al final de la entrada.

  


Por otro lado y centrándonos en el relato de Bierce, es preciso realizar una serie de consideraciones previas. Para no estropear la trama a quien no la conozca, haremos varias observaciones sobre ella tras el texto. Baste decir aquí que su autor destacó en diversos ámbitos, desde el periodístico (en el que llegó a denunciar como injustas las exenciones de impuestos a grandes empresas privadas) al literario como ya hemos señalado. Así mismo recomendable es su Diccionario del diablo (a partir de una serialización entre 1881 y 1906) de carácter ficcional pero en el que no está ausente una potente carga satírica con respecto a la política, mientras que con Un habitante de Carcosa (1886) marcó el paso del escalofriante El rey de amarillo (1895) de Robert Chambers, una de las debilidades del citado Lovecraft y rastreable hasta productos tan recientes como la serie True Detective. Bierce llevó además una vida  —incluyendo su muerte por causas desconocidas tras desaparecer— que podría calificarse de apasionante, algo que permea en su producción e indudablemente en cuentos como Un incidente en el puente del Río Búho. Participó en la Guerra de secesión estadounidense del lado unionista, siendo herido en diversas ocasiones —alguna de ellas de gravedad— y comportándose de tal manera en el campo de batalla que algunos de los más importantes miembros del ejército sin tener relación personal con él, como el general Sherman, recomendaron su aceptación en la ilustre academia de West Point. Sin embargo Bierce nunca ofreció una imagen romantizada de la guerra y unos cuantos de sus escritos se consideran pioneras obras antibelicistas por su realismo y crudeza. Algunos testimonios de quienes lo conocieron refieren que entre las cosas que más lo irritaban estaba el escuchar, a personas que no conocían de primera mano el sufrimiento derivado de los conflictos armados, hablar de conceptos como la gloria o el honor relacionados con la guerra. Algo de eso hay en las líneas que van a encontrar seguidamente. Pero también mucho más. Sean testigos de lo que sucedió en el Puente del Río Búho, no les dejará indiferentes. Nos vemos al otro lado.

 


Nota de traducción: he intentado respetar al máximo tanto la puntuación como el vocabulario del autor, incluyendo las repeticiones. Al no tratarse de ediciones críticas no incluimos en este proyecto un listado pormenorizado de las decisiones estilísticas o cambios realizados respecto al original, pero sí enlace a la fuente para que, quien lo desee, acuda a la misma.


UN INCIDENTE EN EL PUENTE DEL RÍO BÚHO

(Bierce, 1860. Imágenes de las adaptaciones de 1929 y 1961, más detalles en las conclusiones)


I


Un hombre se erguía sobre un puente de ferrocarril al norte de Alabama, contemplando la veloz agua veinte pies por debajo. Las manos del hombre estaban tras su espalda, las muñecas atadas con una cuerda. Una soga rodeaba estrechamente su cuello. Ésta se unía a una férrea madera con forma de cruz sobre su cabeza y el tramo sin tensar de la cuerda caía hasta la altura de sus rodillas. Algunos tableros sueltos se desperdigaban entre las junturas que soportaban las vías del tren, ofreciéndole pie a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército unionista, dirigidos por un sargento que durante la vida civil podría haber sido un sheriff en activo. A una breve distancia sobre la misma pasarela temporal se encontraba un oficial con el uniforme correspondiente a su rango, armado. Era capitán. Un centinela a cada lado del puente se erguía con su rifle en la posición conocida como "apoyo", es decir, vertical frente al hombro izquierdo, con el percutor descansando en el antebrazo cruzado sobre el pecho; una postura formal y antinatural, imponiendo una posición erecta del cuerpo. No parecía ser deber de esos dos hombres saber qué ocurría en el centro del puente; solamente bloqueaban los extremos de la pasarela que lo atravesaba.




Más allá de los centinelas no se podía ver a nadie; la vía del tren discurría recta por un bosque alrededor de cien yardas y entonces, girando, desaparecía de la vista. Sin duda más allá había algún puesto de guardia. La otra orilla del río era terreno abierto, una suave pendiente coronada con una empalizada de troncos verticales, con aspilleras para rifles, solamente había una apertura amplia por la que asomaba el hocico de un cañón de bronce que dominaba el puente. A mitad de pendiente entre el puente y el fuerte estaban los espectadores, una única compañía de infantería en fila, en posición de "descanso", las culatas de sus rifles en el suelo, los cañones ligeramente apoyados en el hombro derecho, las manos cruzadas sobre la empuñadura. Un teniente estaba a la derecha de la fila, la punta de su sable en tierra, la mano derecha reposando sobre la izquierda. Exceptuando el grupo de cuatro en el centro del puente, nadie se movía. La compañía encaraba el puente, con mirada pétrea, sin emoción. Los centinelas, de cara a las orillas del río, podrían haber sido estatuas que adornaban el puente. El capitán estaba con los brazos cruzados, silencioso, observando el trabajo de sus subordinados, pero sin hacer ninguna señal. La muerte es una dignataria que cuando llega de manera anunciada es recibida con muestras formales de respeto, incluso por aquellos familiarizados con ella. En el código de etiqueta militar el silencio y la quietud son signos de deferencia.




El hombre en el proceso de ser colgado tenía aparentemente alrededor de treinta y cinco años de edad. Era civil, si uno le podía juzgar por su vestimenta, que era del estilo de un terrateniente. Sus rasgos eran atractivos: nariz recta, boca firme, amplia frente, desde la cual el pelo oscuro estaba peinado hacia atrás, cayendo detrás de sus orejas hasta el cuello de su abrigo bien ajustado. Llevaba bigote y una barba apuntada, pero no patillas; sus ojos eran grandes y de un gris oscuro, y tenía una expresión amable que uno difícilmente hubiera esperado en alguien cuyo cuello estaba en la soga. Evidentemente no era un vulgar asesino. Los liberales códigos militares proveen para el ahorcamiento a muchos tipos de personas, y los caballeros no están excluidos.


Estando completados los preparativos, los dos soldados rasos se apartaron a un lado y ambos retiraron el tablón sobre el que habían estado de pie. El sargento se volvió al capitán, saludó y se colocó inmediatamente tras este oficial, quien a cambio se desplazó un paso. Estos movimientos dejaron al hombre condenado y al sargento sobre los dos extremos del mismo tablón, que a su vez cubría tres de los travesaños del puente. El extremo sobre el que se erguía el civil casi alcanzaba, pero no del todo, un cuarto. Esta madera se había mantenido en su sitio por el peso del capitán y ahora lo hacía con el del sargento. A una señal de aquel éste se apartaría, el tablón se inclinaría y el condenado caería entre dos travesaños. El arreglo se presentaba a juicio del hombre como simple y eficaz. Su cara no había sido cubierta ni sus ojos vendados. Miró un momento a sus pies inestables, y entonces dejó a su mirada vagar por el agua arremolinada de la corriente que discurría bajo él. Un pedazo de madera a la deriva captó su atención y sus ojos la siguieron corriente abajo. ¡Cuan lentamente parecía moverse! ¡Qué corriente tan letárgica!

 


 

Cerró los ojos para ordenar sus últimos pensamientos acerca de su mujer e hijos. El agua, convertida en dorada por el sol temprano, las melancólicas brumas sobre las orillas a cierta distancia siguiendo el curso del río, el fuerte, los soldados, el pedazo de madera, todo le había distraído. Y ahora fue consciente de una nueva perturbación. Golpeando a través del pensamiento hacia sus seres queridos había un sonido que no podía ni ignorar ni comprender, una afilada, nítida percusión como el golpe de un martillo de herrero sobre el yunque; tenía la misma cualidad de timbre. Se preguntó qué era y si provenía de una inconmensurable distancia o de las cercanías, parecía ambas cosas. Su ritmo era regular, pero tan lento como el de una campana tocando a difuntos. Esperó cada nuevo tañido con impaciencia y —no sabía porqué— aprensión. Los intervalos de silencio se hicieron progresivamente más largos, los retrasos se hicieron enloquecedores. Herían su oído como la embestida de un cuchillo; temió gritar. Lo que oía era el tictac de su reloj.


Abrió los ojos y observó de nuevo el agua bajo él. «Si pudiera liberar mis manos», pensó, «podría desembarazarme de la cuerda y saltar a la corriente. Buceando podría evadir las balas y nadando vigorosamente alcanzar la orilla, llegar al bosque y volver a casa. Mi casa, gracias a Dios, está aún más allá de sus líneas; mi mujer y los pequeños están todavía fuera del avance más adelantado del invasor».


Cuando estos pensamientos, que han de ser aquí puestos en palabras, surgieron —más que fueron creados— en el cerebro del hombre condenado, el capitán asintió al sargento. El sargento se apartó. 


II


Peyton Farquhar era un terrateniente acomodado, de una antigua y respetada familia de Alabama. Siendo dueño de esclavos y como otros dueños de esclavos, un político, era por supuesto un secesionista de primera hora y ardientemente devoto de la causa sureña. Circunstancias de una naturaleza imperiosa, que no es necesario relatar aquí, le habían prevenido de prestar servicio con el galante ejército que había luchado las desastrosas campañas conducentes a la caída de Corinth, y se impacientaba ante la poco gloriosa restricción, anhelando la liberación de su ímpetu, la más grande vida de soldado, la oportunidad de distinción. Esa posibilidad sentía que llegaría, como todo llega en tiempo de guerra. Mientras tanto hizo lo que pudo. Ningún servicio era para él demasiado humilde en la ayuda al Sur, ninguna aventura demasiado peligrosa para abordarla si era consistente con el carácter de un civil que tenía corazón de soldado y que en buena fe y sin demasiada cualificación consentía con el dicho malvado de que todo vale en el amor y en la guerra.


Una tarde mientras Farquhar y su mujer estaban sentados en un rústico banco cerca de la entrada de sus propiedades, un soldado vestido de gris cabalgó hasta la verja y les pidió un poco de agua. La Sra. Farquhar fue feliz de servirle con sus propias manos blancas. Mientras ella iba a por el agua su marido se acercó al jinete polvoriento y le preguntó ansiosamente por noticias del frente.


«Los yanquis están reparando las vías de tren», dijo el hombre, «y se están preparando para otro avance. Han alcanzado el puente del río Búho, lo han arreglado y construido un fuerte en la orilla norte. El comandante ha dado una orden, que se ha colocado por todos sitios, declarando que cualquier civil al que se atrape interfiriendo con la vía, sus puentes, sus túneles, o trenes, será ejecutado sumariamente. Yo vi la orden».


«¿A qué distancia está el puente del río Búho?» preguntó Farquhar.

«A unas treinta millas».

«¿No hay fuerzas a este lado del río?»

«Sólo un puesto de guardia a media milla, en la vía, y un simple centinela en este extremo del puente».

«Imaginemos a un hombre —un civil y estudioso de ahorcamientos— que evitara el puesto y quizá arreglar al centinela», dijo Farquhar sonriendo, «¿Qué podría lograr?»

El soldado reflexionó. «Estuve ahí hace un mes», respondió. «Observé que la corriente del último invierno había acumulado una gran cantidad de leña en el pilar de madera a este lado del puente. En estos momentos está seca y ardería como una yesca».

La señora había traído ahora el agua, que el soldado bebió. Se lo agradeció ceremoniosamente, se inclinó hacia su marido y se marchó cabalgando. Una hora después, tras la caída de la noche, volvió a cruzar la plantación y fue al norte por la dirección por la que el otro había venido. Era un explorador confederado.




III


Cuando Peyton Farquhar cayó en línea recta descendente a través del puente, perdió la conciencia y quedó como alguien ya muerto. De esta situación despertó —años más tarde, le pareció— a causa del dolor de una presión aguda sobre su garganta, seguida por una sensación de ahogo. Afilados, penetrantes tormentos parecían dispararse desde su cuello hacia abajo a través de cada fibra de su cuerpo y extremidades. Estos dolores parecían surgir a lo largo de líneas de ramificación bien definidas y palpitar con una periodicidad inconcebiblemente rápida. Se asemejaban a corrientes de fuego pulsante que le calentaba hasta una temperatura intolerable. Estas sensaciones no se acompañaban de pensamiento. La parte intelectual de su naturaleza se había desvanecido; sólo tenía poder de sentir, y el sentimiento era tormento. Era consciente del movimiento. Envuelto en una nube luminosa, de la cual era ahora meramente el ardiente corazón, sin sustancia material, se balanceó a través de arcos de oscilación inimaginables, como un enorme péndulo. Entonces en un momento, con una rapidez terrible, la luz a su alrededor se alzó disparada con el sonido de un ruidoso chapoteo; un espantoso rugido estaba en sus oídos y todo era frío y oscuro. Volvió el poder del pensamiento; supo que la cuerda se había roto y había caído en la corriente. No hubo un ahogo añadido, la soga alrededor de su cuello ya lo asfixiaba y mantenía el agua fuera de sus pulmones. ¡Morir por ahorcamiento en el fondo de un río! La idea le pareció ridícula. Abrió sus ojos en la oscuridad y sobre él vio un brillo de luz, ¡pero cuan distante, cuan inaccesible! Aún estaba hundiéndose, de modo que la luz se volvió más y más apagada hasta que fue un mero destello. Entonces comenzó a crecer y ser más brillante, y fue consciente de que era él subiendo hacia la superficie. Lo supo con reparo, porque ahora estaba muy cómodo. «Ser colgado y estar ahogado», pensó, «no es tan malo; pero no quiero que me disparen; no me dispararán, no es justo».


No fue consciente de esfuerzo, pero un dolor agudo en su muñeca le indicó que intentaba liberar sus manos. Le dio a la pelea su atención como un haragán a la actuación de un artista de circo, sin interés en el resultado. ¡Qué espléndido esfuerzo! ¡Qué magnífica fuerza sobrehumana! ¡Qué noble ejercicio! ¡Bravo! La cuerda se soltó, sus brazos se abrieron y flotaron hacia arriba, las manos apenas visibles a cada lado de la luz creciente. Las contempló con un nuevo interés cuando primero una y después la otra se abalanzaron sobre la soga en su cuello. La arrancaron y la lanzaron con fuerza a un lado, sus ondulaciones recordando a las de una serpiente de agua. «¡Volvedla a colocar! ¡Volvedla a colocar!». Creyó que gritaba esas palabras a sus manos, ya que el deshacer del nudo había sido seguido por el más agudo dolor que hubiera experimentado nunca. Su cuello le dolía terriblemente, su cerebro estaba en llamas, su corazón, que había estado palpitando débilmente, dio un gran vuelco, intentando salir por su boca. ¡Todo su cuerpo estaba torturado y desgarrado por una angustia insoportable! Pero sus desobedientes manos hicieron caso omiso de la orden. Golpearon vigorosamente el agua con brazadas rápidas, hacia abajo, empujándole a la superficie. Sintió su cabeza emerger, sus ojos se cegaron por la luz del sol, su pecho se expandió convulsivamente, y con una agonía suprema y culminante, sus pulmones engulleron una enorme cantidad de aire, ¡la cual instantáneamente expulsó en un grito!


Estaba ahora en plena posesión de sus sentidos físicos. De hecho eran preternaturalmente agudos y alertas. Algo en la horrible alteración de su sistema orgánico los había alterado y refinado tanto que le hicieron sentir cosas que nunca antes había percibido. Sintió las ondulaciones del agua sobre su cara y oyó sus sonidos independientes conforme le golpeaban. Miró al bosque en la orilla del río, vio los árboles individuales, las hojas y las nervaduras en cada una, vio los numerosos insectos sobre ellas: los saltamontes, las moscas con cuerpo brillante, las arañas grises extendiendo sus telas de rama en rama. Percibió los iridiscentes colores en todas las gotas de rocío sobre un millón de briznas de césped. El zumbido de los mosquitos que bailaban sobre los remolinos de la corriente, el batido de las alas de las libélulas, los golpes de las patas de las arañas de agua, como remos que habían alzado su barco, todo ello música audible. Un pez se deslizó bajo sus ojos y oyó el rumor de su cuerpo apartando el agua.


Había salido a la superficie de cara a la corriente; en un momento el mundo visible pareció girar lentamente alrededor, él siendo el punto central, y vio el puente, el fuerte, los sodados sobre el puente, el capitán, el sargento, los dos soldados, sus verdugos. Formaban una silueta frente al cielo azul. Gritaron y gesticularon, apuntándole. El capitán desenfundó su pistola, pero no disparó, los otros estaban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles, sus formas gigantescas.


De repente escuchó una potente detonación y algo golpeó el agua a escasas pulgadas de su cabeza, rociando su cara de salpicaduras. Oyó una segunda detonación y vio a uno de los centinelas con el rifle en su hombro, una tenue nube de humo azul elevándose de la boca del cañón. El hombre en el agua vio el ojo del hombre en el puente, mirando al suyo a través de la mirilla del rifle. Observó que era un ojo gris y recordó haber leído que los ojos grises eran los más agudos y que todos los famosos tiradores los tenían. Sin embargo este había fallado.

 


 

Un cambio de corriente había alcanzado a Farquhar y le dio media vuelta; de nuevo miraba al bosque de la orilla opuesta al fuerte. El sonido claro de una voz aguda en un soniquete monótono resonó tras él y llegó a través del agua con una claridad que traspasó y apagó todos los otros sonidos, incluso el golpeteo de las olas en sus oídos. Aunque no era soldado, había frecuentado suficientes campamentos para conocer el temible significado de ese mantra consciente, pausado, aspirado; el teniente en la orilla estaba tomando parte en el trabajo de la mañana. Cuan fríamente y sin piedad —qué monótona, tranquila entonación, presagiando e imponiendo tranquilidad entre los hombres— con qué calculadamente medido intervalo cayeron esas palabras crueles:


«¡Compañía!... ¡Atención!... ¡Armas al hombro!... ¡Preparados!... ¡Apunten!... ¡Fuego!».


Farquhar buceó, buceó tan hondo como pudo. El agua bramaba en sus oídos como la voz del Niagara, aún así oyó el trueno apagado de la descarga y, alzándose de nuevo hacia la superficie, se topó con brillantes pedazos de metal, notablemente ralentizados, oscilando lentamente hacia abajo. Alguno le rozó en la cara y en las manos, para después alejarse, continuando su descenso. Uno se incrustó entre su cuello y la camisa; era de una incomodidad ardiente y lo arrancó.


Cuando alcanzó la superficie, boqueando para respirar, vio que había estado un largo tiempo bajo el agua. Se encontraba perceptiblemente alejado corriente abajo, cerca de la seguridad. Los soldados casi habían terminado de recargar. Las varillas de metal brillaron al unísono con el amanecer cuando fueron retiradas de los cañones, giradas en el aire y devueltas a sus fundas. Los dos centinelas dispararon de nuevo, por su cuenta e ineficazmente.


El perseguido vio todo esto por encima de su hombro, ahora nadaba vigorosamente a favor de la corriente. Su cerebro tenía tanta energía como sus brazos y piernas, pensó con la rapidez de la luz.


«El oficial», razonó, «no cometerá el error del amartillamiento por segunda vez. Es tan fácil evitar un solo tiro como una descarga. Seguramente ya ha dado orden de disparar a discreción. ¡Que Dios me ayude, no puedo esquivarlos a todos!».


Un atroz estruendo en el agua a un máximo de dos yardas de su posición fue seguido por un fuerte, agitado sonido, ¡como un Diminuendo, pareció viajar de vuelta a través del aire hasta el fuerte y morir en una explosión que agitó al mismo río hasta sus profundidades! ¡Una hoja de agua se elevó curvada sobre él, le cayó encima, le cegó, le aturdió! El cañón se había sumado al juego. Cuando sacudió su cabeza para liberarla de la conmoción del impacto del agua, oyó el disparo desviado silbando a través del aire por delante, y en un instante estaba destrozando y aplastando las ramas del bosque que se encontraba más allá.


«No lo harán de nuevo», pensó, «La próxima vez usarán una carga de metralla. Debo mantener la vista en el cañón; el humo me avisará. La detonación llega demasiado tarde, va tras el proyectil. Es un buen cañón».


De repente notó cómo giraba dando vueltas y vueltas, rotando como una peonza. El agua, las orillas, el bosque, el puente ahora alejado, fuerte y hombres, todo estaba mezclado y borroso. Los objetos se representaban en ese momento solo por el color. Círculos cromáticos en secuencias horizontales, era todo lo que veía. Había sido atrapado en un vórtice y era volteado con una velocidad de avance y giro que le hizo sentirse mareado y enfermo. Tras unos instantes fue arrojado sobre la gravilla a los pies de la orilla izquierda respecto a la corriente —la orilla sur— tras un saliente que lo ocultaba de sus enemigos. La repentina detención de su movimiento, la abrasión de una de sus manos sobre la grava, lo reanimaron y lloró con alivio. Hundió sus dedos en la arena, la arrojó sobre sí a puñados y la bendijo de forma audible. Parecía como hecha de diamantes, rubís, esmeraldas, no podía pensar en nada que le pareciera más bonito. Los árboles por encima de la orilla eran gigantescas plantas ornamentales, percibió un orden definido en su disposición, inhaló el aroma de sus flores. Una peculiar luz rosada brilló entre los espacios de sus troncos y el viento creó en sus ramas la música de arpas eólicas. No deseaba culminar su escapatoria, estaba satisfecho con permanecer en ese encantador lugar hasta recuperarse.




Un zumbido y el crujido de la metralla sobre las ramas en lo alto sobre su cabeza lo sacaron de su ensoñación. El desconcertado artillero le había disparado al azar una despedida. Se incorporó de un salto, se abalanzó por la orilla inclinada y se sumergió en el bosque.


Viajó todo el día, marcando su rumbo con el redondeado sol. El bosque parecía interminable; por ningún sitio descubrió una ruptura en él, ni siquiera la senda de un leñador. No había sido consciente de vivir en una región tan salvaje. Había algo extraño en esa revelación.


Al caer la noche estaba agotado, con los pies cansados, hambriento. El pensamiento sobre su mujer e hijos lo animaron. Finalmente encontró un camino que llevaba en lo que él sabía era la dirección correcta. Era tan amplio y recto como una calle de ciudad, aunque parecía desierto. No lo bordeaban cultivos, no había viviendas por ningún lugar. Nada como el ladrido de un perro sugería ocupación humana. Los cuerpos negros de los árboles conformaban un muro recto a ambos lados, confluyendo en un punto del horizonte, como un esquema en una lección de perspectiva. Por encima de la cabeza, cuando miró por encima de aquella muesca en el bosque, brillaban grandes estrellas doradas que no parecían familiares y agrupadas en extrañas constelaciones. Estaba seguro de que estaban dispuestas en algún orden que tenía un significado secreto y maligno. El bosque a cada lado estaba repleto de ruidos singulares, entre los cuales —una vez, dos, y otra vez— oyó distinguibles susurros en una lengua desconocida.


Le dolía el cuello y alzando sus manos hasta él lo encontró horriblemente inflamado. Sabía que tenía un círculo negro donde la soga lo había quemado. Sentía sus ojos congestionados, no los podía cerrar más. Su lengua estaba hinchada por la sed, alivió su ardor exponiéndola entre los dientes al aire frío. ¡Cuan suavemente el césped había cubierto la vía sin transitar, ya no podía notar el camino bajo sus pies!


Sin duda, a pesar de su sufrimiento, se quedó dormido mientras caminaba, ya que ahora ve otra escena, quizá simplemente se ha recuperado de un delirio. Está delante de su propia casa. Todo es como lo había dejado y todo es brillante y bello en el amanecer. Debe haber viajado toda la noche. Cuando abre la verja empujándola y atraviesa el amplio paseo blanco, ve prendas femeninas ondulando; su mujer, con una apariencia fresca, suave y dulce, desciende desde el porche para encontrarse con él. Al principio de los escalones permanece esperando, con una sonrisa de inefable alegría, una actitud de incomparable gracia y dignidad. ¡Ah, qué bella es! Él salta hacia adelante con los brazos extendidos. Cuando está a punto de abrazarla siente un asombroso golpe sobre la parte posterior del cuello; una cegadora luz blanca lo incendia todo en torno a él con un sonido como el de la descarga de un cañón, ¡entonces todo se vuelve oscuridad y silencio!



Peython Farquhar estaba muerto; su cuerpo, con el cuello roto, oscilaba suavemente de lado a lado entre los tablones del puente del río Búho.



FIN

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Nos encontramos con un relato, siguiendo la exitosa clasificación del lingüista Tzvetan Todorov, del subgénero "Extraño" dentro de la narrativa fantástica. Es decir y muy a grandes rasgos, que lo ocurrido puede tener una explicación racional frente a lo "Maravilloso", en donde lo sobrenatural queda como inexplicado. Sin embargo la frontera entre ambas concepciones es difusa y en numerosas tramas, incluyendo Un incidente en el puente del Río Búho, ciertos detalles pueden caer en uno u otro lado del fiel de la balanza sin mayores problemas. Grandes autores han transcurrido por estos caminos, no pocos de ellos en la literatura en castellano: Carmen Martín Gaite, Jorge Luís Borges, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, Sara Mesa, entre muchos otros a los que podemos sumar, ampliando el foco del idioma y el soporte, grandes como Franz Kafka, Philip K. Dick o David Lynch. Citar obras individuales podría ser eterno, pero algunas como El balneario, Carretera perdida, Ubik o La isla a mediodía enseguida vienen a la mente tras conocer el relato de Bierce. Indudablemente la vanguardia artística contemporánea bebe mucho de obras como la presentada aquí y del género fantástico en general.


Desde un punto de vista filosófico, podemos señalar que Bierce se consideraba agnóstico y abrumado por la aparente insignificancia humana. Como hemos expuesto en la introducción, estaba familiarizado con la muerte y con la crueldad, siendo muy consciente de que el supuesto carácter elevado que para algunas ideologías —como ciertas religiones— tiene el ser humano, posee más características de mito que la misma literatura fantástica. No pasará desapercibido a muchos lectores el hecho de que la filosofía del círculo de Lovecraft, con la notable excepción de August Derleth, encaja perfectamente con esta concepción del universo.


Para terminar, pues resulta obvio que de este tema se pueden extraer derivadas casi inabarcables, podemos detenernos brevemente en los ecos que Un incidente en el puente del Río Búho tiene en el formato audiovisual, más allá del referido Lynch, desde el nacimiento del mismo. Ha tenido diversas adaptaciones, siendo la primera una cinta muda (The Bridge, también conocida como The Spy, 1929) dirigida por Charles Vidor (Gilda, Adios a las armas) y pudiéndose destacar la versión francesa La Rivière du hibou (1961) que incluso ganó el Oscar de la Academia de Hollywood al mejor cortometraje en 1963. La idea del humano que no sabe que ha muerto o está en proceso de fallecer ha sido frecuente en el cine ,especialmente de terror, con ejemplos célebres (El sexto sentido, La escalera de Jacob) y otros no tanto, incluyendo nuestro querido cine de serie B (Instituto sangriento, El arte de morir). Obviamente creadores muy familiarizados con la literatura como J. J. Abrams o Damon Lindelof, beben de autores como Bierce a la hora de armar productos de enorme fama (Lost). 




Parece lógico pensar que el desconocimiento y temor relacionado con un tema en gran medida tabú en nuestra época, la muerte presentada de forma descarnada, queda sublimado en narraciones como la que nos regaló Bierce. Demuestran que no lo sabemos todo ni podemos fiarnos completamente de lo que inocentemente creemos más veraz pero fuente de incontables engaños: la aparente realidad que nos ofrecen nuestros sentidos. Lección valiosa, pero un maestro como Bierce no se queda ahí y nos ofrece otra verdad muy a tener en cuenta: caer en los cantos de sirena de lo que se nos impone como sagrado —las banderas, los líderes— puede llevarnos, en un abrir de ojos, a nuestra desaparición... En el puente del Río Búho o en cualquier otro lugar.


¿QUIERE SABER MÁS?

 

—Relato El juego más peligroso (Connell, 1924). Traducción CC y contexto histórico:

 

https://blogcaliptusbonbon.blogspot.com/2025/09/uno-de-los-mas-influyentes-relatos-para.html 


—Transcripción CC de la Conferencia de Metz (1977) y análisis de su relevancia cultural:


https://blogcaliptusbonbon.blogspot.com/2025/08/la-conferencia-de-philip-k-dick-en-metz.html

 

—El juego más peligroso en formato audiolibro:

 

https://www.ivoox.com/12-x-04-un-relato-clave-para-la-audios-mp3_rf_160931694_1.html 


—Un incidente en el puente del Río Búho en su versión original en ingles (vía Proyecto Gutenberg):

 

https://gutenberg.org/ebooks/375 

 

—Adaptación fímica de 1929 (Charles Vidor, The Bridge):

 

https://en.wikipedia.org/wiki/File:The_Bridge_(1929).webm

 

—Adaptación fílmica de 1961 (Enrico, La rivière de hibou):

 

https://www.arte.tv/fr/videos/123857-000-A/la-riviere-du-hibou/ 


 




"Un incidente en el puente del río Búho" (Traducción por Víctor Deckard) © 2026 by Víctor Deckard is licensed under CC BY-ND 4.0

jueves, 11 de septiembre de 2025

UNO DE LOS MÁS INFLUYENTES RELATOS PARA LA CIENCIA FICCIÓN: "THE MOST DANGEROUS GAME" (CONNELL, 1924). [TRADUCCIÓN COMPLETA AL CASTELLANO Y CONTEXTO HISTÓRICO]


El 19 de enero de 1924 aparecía en la revista estadounidense Collier’s este trascendental relato. Sin ser estrictamente de Ciencia ficción, se trata de una obra crucial para nuestro amado género. El texto en su idioma original ya forma parte del Dominio Público, de modo que su difusión es libre, pero no así en castellano. Hasta ahora. Para celebrar la ocasión de que The Most Dangerous Game ha cruzado, no hace mucho tiempo, el Rubicón del centenario, hemos realizado una traducción acogida a Creative Commons, de modo que se puede compartir sin mayores problemas simplemente atribuyendo la autoría (Víctor Deckard-Podcaliptus). Como en ocasiones similares, no hemos usado Inteligencia Artificial, ya que es una herramienta que, aunque pueda ser útil en algunos procesos, no la consideramos especialmente adecuada para trasladar el espíritu y forma de una obra artística. En cambio apostamos por el traductor humano familiarizado con el tema tratado. En mi caso, la Ciencia ficción en todos sus formatos y en diferentes idiomas, es una pasión desde hace aproximadamente treinta años.

No vamos a desvelar completamente la trama, de modo que no se pierdan todas sus sorpresas para quienes no la conozcan. Pero sí que convendría poner algunas cartas sobre la mesa, —en una expresión que le gustaría al general Zaroff—, para contextualizar el enorme valor del texto. Es una historia que, en la mejor tradición de la Ciencia ficción, invita a la reflexión a distintos niveles: desde los más individuales hasta los relacionados con la sociedad en su conjunto.

El relato aborda el tropo de la “caza al hombre”. Una idea, casi un subgénero, fundamental en la narrativa de anticipación. En primer lugar se introduce en la antigua idea del pensador Hobbes (entre muchos otros) acerca de considerar al ser humano como un depredador para consigo mismo, algo tristemente frecuente en las disputas más personales, pero así mismo en las sociales.  Evidentemente el antagonista Zaroff es nuestro lado más oscuro personificado, pero tal vez lo peor que se puede hacer con los villanos es cargarles de razón. ¿Tiene motivos al denunciar la hipocresía de no considerar ético su comportamiento, pero sí el de un soldado en la guerra? Por otro lado, el texto es profundamente avanzado para su época, también desde la perspectiva de ponerse en el lugar de otros animales que son cazados por diversión. No es un ejércicio empático que haga todo el mundo, ni siquiera en la actualidad, mucho menos en 1924, lo que trae importantes problemas éticos, ecológicos y económicos, como han analizado con brillantez filósofos de la talla de Jesús Mosterín (1).

Los ejemplos de historias similares en la Ciencia ficción son abundantes. Entre las más recomendables podemos citar el film italiano La décima víctima (La decima vittima. Petri, 1965) basada en el relato de 1953, por Robert Sheckley, Seventh Victim y la novela de Stephen King El fugitivo (The Running Man, firmado Richard Bachman. 1982). Esta última ha pasado, sin ninguna duda, a la cultura popular de finales del siglo XX, en parte por el impacto de ser llevada a la gran pantalla como Perseguido, película dirigida por Paul Michael Glaser (1987) y protagonizada por Arnold Schwarzenegger. Menos conocido es el hecho de que el propio Robert Sheckley revisitó la temática en 1958 con The Prize of Peril, traducido en sus ediciones en castellano (Minotauro, 1965; Acervo, 1978; Bibliópolis, 2010) como El precio del peligro (2). Por sus similitudes con El fugitivo se ha debatido sobre la influencia de Sheckley sobre la novela de King. Sea como fuere, The Prize of Peril fue adaptada en dos películas europeas, con virtudes propias y que seguramente interesaran a los aficionados a la anticipación que no las conozcan: la alemana Das Millionenspiel (Toelle, 1970) y la franco-yugoslava Le Prix du danger (Boisset, 1983). El director de esta última demandó a la producción estadounidense de El fugitivo por plagio, caso que ganó en última instancia tras once años de proceso (3). La influencia de la historia original, con los cambios implementados por la Ciencia ficción, ha llegado así mismo al arte de los videojuegos, caso de los títulos Smash TV (William Electronics, 1990) y Nitro Ball (Data East, 1992) (4).




Por lo que respecta a las imagenes, son de Dominio Público, a través de Wiki Commons, o en el caso de las propias, se acogen a la misma licencia Creative Commons que el texto traducido e introductorio (CC 4.0. BY-ND). Algunos de los fotogramas libres de derechos pertenecen a la primera adaptación de esta historia en el cine, producida por la RKO (Pichel-Schoedsack, 1932) (5).


El JUEGO MÁS PELIGROSO

The Most Dangerous Game (Richard Connell)


“Ahí fuera a la derecha —en algún lugar— hay una isla grande” dijo Whitney. “Se trata más bien de un misterio”.

“¿Qué isla es?” Preguntó Rainsford.

“Las antiguas cartas de navegación la llaman isla atrapa-barcos”, respondió Whitney. “Un nombre sugerente ¿verdad? Los marineros tienen un temor curioso hacia el lugar. No sé el porqué. Alguna superstición”.

“No puedo verla”, señaló Rainsford, intentando escrutar a través de la ardiente noche tropical, la cual era palpable en tanto empujaba su densa negrura sobre el navío.

“Tienes buenos ojos”, dijo Whitney con una risa, “y te he visto derribar un alce que se movía en el bosque de otoño a cuatrocientas yardas, pero ni siquiera tú puedes ver a más o menos cuatro millas a través de una noche caribeña sin luna.

“Ni cuatro yardas”, admitió Rainsford. “¡Ugh! Es como terciopelo negro húmedo”.

“Habrá luz suficiente en Río”, prometió Whitney. “Deberíamos llegar en cuatro días. Espero que los rifles para jaguares hayan llegado desde Purdey’s. Deberíamos pasarlo bien cazando por el Amazonas. Un gran deporte, la caza”.

“El mejor del mundo”, aceptó Rainsford.

“Para el cazador”, enmendó Whitney. “No para el jaguar”.

“No digas bobadas, Whitney”, dijo Rainsford. “Eres un cazador de primera, no un filósofo. ¿A quién le importa lo que sienta el jaguar?”.

“Quizá al jaguar”, observó Whitney.

“¡Bah! No tienen entendimiento”.

“Aún así, pienso de veras que entienden una cosa: el miedo. El miedo al dolor y el miedo a la muerte”.

“Tonterías”, rió Rainsford. “Este clima cálido te está volviendo débil, Whitney. Sé realista. El mundo está conformado por dos clases: cazadores y cazados. Por suerte tú y yo somos cazadores. ¿Crees que hemos pasado ya esa isla?”

“No puedo decirlo en la oscuridad. Espero que sí”.

“¿Por qué?”, preguntó Rainsford.

“El lugar tiene reputación. Una mala”.

“¿Caníbales?”, sugirió Rainsford.

“Dificilmente. Ni siquiera los caníbales vivirían en semejante sitio dejado de la mano de Dios. Pero ha llegado de alguna manera al imaginario de los marineros. ¿No te has dado cuenta de que los nervios de la tripulación están hoy algo a flor de piel?”.  

“Estaban un poco raros, ahora que lo comentas. Incluso el Capitán Nielsen…”

“Sí, incluso ese viejo sueco cabeza dura que se echaría encima del diablo para pedirle fuego. Esos ojos azules de pez tenían una pinta que no había visto antes. Todo lo que le pude sacar fue 'Este lugar tiene un mal nombre entre los marinos, señor'. Y entonces me dijo gravemente '¿No nota nada? Como si el aire alrededor de nosotros fuera realmente venenoso'. Entonces —y no deberías reírte cuando te lo diga— sentí algo parecido a un frío repentino. No había brisa. El mar estaba tan liso como una ventana de cristal. Estábamos deslizándonos en ese momento cerca de la isla. Lo que percibí fue un temblor en la mente, algún tipo de pánico repentino”.

“Pura imaginación”, dijo Rainsford. “Un marinero supersticioso puede contaminar a toda la tripulación de un barco con su miedo”.

“Quizás. Pero creo que a veces los marinos tienen un sentido extra que les dice cuando están en peligro. En ocasiones pienso que la maldad es algo tangible, que tiene ondas al igual que el sonido o la luz. Un lugar maligno puede, por decirlo de alguna manera, emitir vibraciones malignas. De alguna manera me alegro de salir de esta zona. Bueno, creo que me voy a ir ahora a dormir, Rainsford”.

“No tengo sueño”, dijo el otro. “Voy a fumarme otra pipa en la cubierta de popa”.

“Buenas noches entonces, Rainsford. Te veré en el desayuno”.

“Eso es. Buenas noches, Whitney”.




La noche era silenciosa cuando Rainsford se sentó, salvo por el amortiguado zumbido del motor que impulsaba suavemente al barco a través de la oscuridad, así como por el silbido y bamboleo del empuje provocado por la hélice.

Rainsford, reclinado en una hamaca del buque, tomaba tranquilamente bocanadas de su tabaco favorito. La palpable somnolencia de la noche se introdujo en él. “Está tan oscuro”, pensó, “que podría dormir sin cerrar los ojos; la oscuridad se convertiría en mis párpados”.

Un sonido abrupto le sobresaltó. Lo oyó ahí fuera, hacia la derecha, y sus oídos, expertos en esos asuntos, no podían estar en un error. De nuevo escuchó el ruido, y otra vez. En algún sitio, en la negrura, alguien había disparado un arma tres veces.

Rainsford saltó y se movió rápidamente hasta la barandilla, perplejo. Fijó sus ojos en la dirección de la que habían venido los sonidos, pero era como intentar ver a través de una manta. Se apoyó sobre la barandilla y se inclinó para conseguir una mayor elevación. Su pipa, golpeando una cuerda, le fue arrebatada de su boca. Se lanzó a por ella y un breve grito ronco salió de sus labios cuando se dio cuenta de que había ido demasiado lejos, perdiendo el equilibrio. El lamento fue extinguido en cuanto las aguas cálidas, como la sangre del Caribe, cubrieron su cabeza.

Se retorció hasta la superficie e intentó gritar, pero la estela proveniente del barco le golpeó en la cara mientras el agua salada en su boca le atragantó y ahogó. Desesperadamente se abalanzó con fuertes brazadas hacia las borrosas luces del buque, pero se detuvo antes de haber nadado cincuenta pies. Llegó hasta él cierta frialdad, no era la primera vez que se encontraba en una situación comprometida. Había una oportunidad de que alguien en el barco escuchara sus gritos, pero era una posibilidad escasa y cada vez menor conforme la nave se desplazaba. Forcejeó con su ropa y gritó con todas sus fuerzas. Las luces del barco se amortiguaron y parpadearon como luciérnagas; después fueron totalmente engullidas por la noche.

Rainsford recordó los disparos. Habían venido desde la derecha y nadó tercamente en esa dirección, con brazadas lentas y conscientes, conservando su fuerza. Durante un tiempo aparentemente eterno luchó contra el mar. Comenzó a contar los golpes de brazo. Posiblemente podría llegar a un centenar y entonces…

Rainsford oyó algo. Salió desde la oscuridad, un sonido fuerte como un grito, el sonido de un animal en el punto máximo de angustia y terror.

No reconoció al animal que lo produjo, tampoco lo intentó. Con una vitalidad renovada, nado hacia él. Lo oyó de nuevo; entonces fue segado por otro ruido, nítido, cortante.

“Un disparo de pistola”, murmuró Reinsford, mientras continuaba nadando.

Diez minutos de esfuerzo concienzudo trajo otro rumor a sus oídos —el más bienvenido que hubiera escuchado nunca— el murmullo y bramido del mar rompiendo contra la abrupta costa. Estaba casi sobre las rocas antes de que pudiera verlas; en una noche menos tranquila se hubiera destrozado contra ellas. Con la fuerza que le quedaba se arrastró desde las aguas turbulentas. Peñascos aserrados aparecieron para proyectarse en la oscuridad; se empujó hacia arriba, una mano tras otra. Jadeando, con las palmas en piel viva, alcanzó un lugar llano en la cima. Jungla espesa se extendía por debajo de los bordes del risco. Qué peligros podía guardar para él esa maraña de árboles no le preocupaba en ese preciso instante. Todo lo que sabía era que estaba a salvo de su enemigo, el mar, y que una debilidad absoluta se encontraba en él. Se echó en el extremo de la jungla y cayó rápidamente en el sueño más profundo de su vida.

Cuando abrió los ojos supo por la posición del sol que ya era tarde avanzada. El sueño le había dado nuevo vigor; fuerte hambre le acosaba. Se inspeccionó, casi alegre.

“Donde hay disparos de pistola, hay hombres. Donde hay hombres, hay comida”,  pensó. ¿Pero qué tipo de hombres —se preguntó— en un lugar tan amenazador? Un frente de enmarañada e irregular selva bordeaba la orilla.

No vio rastro de camino a través de la estrecha red de maleza y árboles; era más fácil ir a lo largo de la costa, y Rainsford avanzó a trompicones junto al agua. No lejos de donde había partido, se detuvo.




Algo herido —por lo que parecía, un animal grande— había forcejeado entre la vegetación; plantas de la jungla estaban destrozadas y el musgo cortado. Una zona de hierba aparecía teñida de carmesí. No muy lejos un pequeño objeto reluciente captó la atención de Rainsford, que lo recogió. Era un cartucho vacío.

“Un veintidós” señaló. “Es raro. Debe haber sido un animal bastante grande. El cazador ha tenido que conservar la tranquilidad para derribarlo con un arma tan ligera. Está claro que la bestia ofreció pelea. Supongo que los tres primeros disparos que oí se produjeron cuando el cazador descubrió a su presa y la hirió. El último disparo se dio cuando la rastreó hasta aquí y acabó con ella”.

Examinó el terreno cuidadosamente y halló lo que había esperado encontrar: la huella de botas de caza. Apuntaban hacia una cresta en la dirección a la que se había dirigido. Con empeño se movió rápidamente para allá, ahora tropezando con algún tronco podrido o piedra suelta, pero progresando; la noche estaba comenzando a posarse sobre la isla.

Una oscuridad lúgubre estaba tiñendo de negro el mar y la jungla cuando Rainsford avistó las luces. Dio con ellas cuando bordeó un recodo de la línea de costa; y su primer pensamiento fue que había encontrado un poblado, ya que había numerosas luminarias. Pero conforme se aproximó vio para su estupor que todas las luces se encontraban en un único edificio. Una arrogante estructura con apuntadas torres sumergidas en las sombras. Sus ojos distinguieron los perfiles umbríos de una residencia palaciega. Se emplazaba en un elevado risco y, en tres de sus lados, precipicios descendían hasta donde el mar golpeaba con avidez en la oscuridad.

“Un espejismo”, pensó Rainsford. Pero encontró que no era tal cuando abrió la verja de hierro con púas. Los escalones de piedra eran suficientemente reales; la puerta gigante con una lasciva gárgola por aldaba era suficientemente real; aún así a todo le rodeaba un aroma de encantamiento.

Alzó la aldaba, que crujió pesadamente, como si no hubiera sido usada nunca. La dejó caer y le sorprendió con su gran estruendo. Pensó que había oído pasos en el interior; las puertas permanecían cerradas. Rainsford alzó de nuevo el pesado llamador y lo dejó caer. La puerta se abrió entonces —tan repentinamente como si tuviera un resorte— y Rainsford se quedó pestañeando ante el manantial de luz dorada que refulgió. La primera cosa que sus ojos distinguieron fue el tipo más alto que hubiera visto nunca, una criatura gigantesca, fornida y con negra barba hasta la cintura. En la mano portaba un revolver de cañón largo, y apuntaba directamente al corazón de Rainsford.

Más allá de la barba enmarañada dos ojos le escrutaban.

“No se alarme” dijo Rainsford, con una sonrisa que esperaba fuera tranquilizadora. “No soy un ladrón. Caí de un barco. Mi nombre es Sanger Rainsford de Nueva York”.

La mirada amenazante no cambió en los ojos. El revolver estaba apuntando de una manera tan firme que el gigante parecía una estatua. No dio señal de haber comprendido las palabras de Rainsford, o que tan siquiera las hubiera escuchado. Iba vestido con uniforme, un uniforme negro de astracán.

“Soy Sanger Rainsford de Nueva York”, comenzó de nuevo. “Caí de un barco. Estoy hambriento”.

La única respuesta del hombre fue alzar con su pulgar el percutor del revolver. Entonces Rainsford vio como la mano libre del tipo iba hasta la frente en un saludo marcial y observó como sus talones se unían y se mantenían en esa posición. Otro hombre estaba bajando los amplios escalones de mármol, un tipo erguido, delgado, vestido con ropas elegantes. Avanzó hasta Rainsford y ofreció su mano.

En una educada voz, con un ligero acento que le daba precisión y consciencia, dijo: “Es un gran placer y honor darle la bienvenida, Señor Sanger Rainsford, el apreciado cazador, a mi casa”.

Automaticamente, Rainsford le dio la mano.

“Verá, he leído su libro sobre caza de leopardos de las nieves en el Tibet” explicó el hombre. “Yo soy el General Zaroff”.

La primera impresión de Rainsford fue que el hombre poseía un atractivo singular. La segunda que había alguna cualidad original, casi extraña, en el rostro del general. Era un hombre alto que había pasado la mediana edad, en su pelo había un intenso blanco, pero sus espesas cejas y su bigote marcial eran de un negro tan intenso como la noche de la que había surgido Rainsford. También sus ojos eran negros y muy brillantes. Tenía unos huesos de las mejillas muy elevados, una afilada nariz, una cara sobria, el rostro de quien estaba acostumbrado a dar órdenes. La faz de un aristócrata. Volviéndose al gigante con uniforme, el general hizo una señal. El otro apartó su pistola, saludó y se retiró.

“Ivan es un compañero extraordinariamente fuerte”, señaló el general, “pero ha tenido la desgracia de ser sordo y mudo. Un tipo simple. Me temo que, como toda su raza, un poco salvaje”.

“¿Es ruso?”

“¿Es un cosaco”, dijo el general, y su sonrisa mostró unos labios rojos y una dentadura afilada. “Como lo soy yo”.

“Entre”, añadió, “no deberíamos estar charlando aquí. Podemos hablar más tarde. Ahora desea ropa, comida, descanso. Debería tenerlo. Este es un lugar muy tranquilo”.

Ivan había reaparecido, y el general habló con él moviendo los labios pero sin emitir ningún sonido.

“Siga a Ivan si le place, Mr. Rainsford”, dijo el general. “Yo estaba a punto de cenar cuando usted llegó. Le esperaré. Encontrará que mis ropas son de su talla, creo”.

Fue hasta una habitación enorme, con techo de vigas y una cama con dosel suficientemente grande para seis personas, a donde Rainsford siguió al silencioso gigante. Ivan sacó un traje de noche, y Rainsford, cuando se lo puso, se dio cuenta de que era de un sastre londinense que habitualmente no cortaba ni cosía para nadie con un rango inferior al de duque.

El comedor al que Iván le dirigió destacaba de varias maneras. Había una magnificencia medieval en él; sugería un salón nobiliario de época medieval, con sus paneles de roble, techo alto, sus grandes mesas de refectorio en las que varias personas podían sentarse a comer. Alrededor de la estancia estaban colgadas cabezas de numerosos animales —leones, tigres, elefantes, alces, osos— Rainsford no había visto especímenes mayores o más perfectos. En la mesa más grande el general estaba sentado, solo.

“Tomará un cóctel, Señor Rainsford”, sugirió. El cóctel estaba arrebatadoramente bueno y, notó Rainsford, la decoración de la mesa era de lo más excelsa: tejidos de lino, cristal, plata, porcelana china.

Estuvieron comiendo borsch, la sabrosa sopa roja con crema tan apreciada por los paladares rusos. Medio disculpándose dijo el General Zaroff, “Nos esforzamos por preservar aquí las comodidades de la civilización. Por favor, disculpe cualquier omisión. Estamos cómodos apartados, ya sabe. ¿Cree que el champán ha sufrido a causa de su largo trayecto oceánico?

“Ni lo más mínimo”, declaró Rainsford. Estaba encontrando en el general un preocupado y afable anfitrión, un verdadero cosmopolita. Pero había un pequeño rasgo del general que hacía sentir incómodo a Rainsford. En cualquier momento en el que levantaba la vista de su plato, encontraba al general estudiándolo, evaluándole detenidamente.

“Quizá”, dijo el general Zaroff, “le sorprendió que reconociera su nombre. Mire, leo todos los libros de caza publicados en inglés, francés y ruso. No tengo más que una pasión en mi vida, Señor Rainsford, y es la caza”.

“Tiene unos estupendos trofeos aquí” dijo Rainsford cuando terminó un filet mignon particularmente bien cocinado. “Ese búfalo africano es el mayor que haya visto”.

“Oh, ese. Sí, era un monstruo”.

“Cargó contra usted?

“Me arrojó contra un árbol”, dijo el general. “Fracturó mi cráneo. Pero atrapé a la bestia”.

“Siempre he pensado”, dijo Rainsford, “que el búfalo africano es el más peligroso en la caza mayor”.

Por un instante el general no respondió, estaba sonriendo con su curiosa sonrisa de labios rojos. Entonces dijo lentamente, “No, está equivocado, señor”. El búfalo africano no es la caza más peligrosa”. Sorbió su vino. “Aquí en mi reserva de esta isla”, dijo en el mismo tono lento, “cazo una presa más peligrosa”.

Rainsford expresó sorpresa. “¿Hay caza mayor en esta isla?”.

El general asintió. “La mayor”.

“¿Realmente?”.

“Oh, no está aquí de manera natural, por supuesto. He de proveer a la isla”.

“¿Qué ha importado, General?” preguntó Rainsford. “¿Tigres?”.

El general sonrió. “No”, dijo. “Cazar tigres dejó de interesarme hace algunos años. Agoté sus posibilidades, usted comprende. No queda emoción en los tigres, sin peligro real. Yo vivo para el peligro, señor Rainsford”.

El general tomó de su bolsillo una cigarrera dorada y ofreció a su invitado un largo puro negro con una vitola plateada; estaba perfumado y exudaba un olor como de incienso.

“Tendremos alguna caza mayúscula, usted y yo”, dijo el General. “Estaría enormemente gustoso de contar con su acompañamiento”.

“¿Pero qué caza…” comenzó Rainsford.

“Se lo diré”, dijo el General. “Estará entretenido, lo sé. Creo, podría decir con toda modestia, que he logrado algo especial. He inventado una nueva sensación. ¿Podría ponerle otro vaso de oporto?”.

“Gracias, general”.

El general rellenó ambos vasos y dijo, “Dios convierte a algunos hombres en poetas. Hace reyes, a otros pordioseros. A mí me hizo cazador. Mi mano fue moldeada para el gatillo, dijo mi padre. Era un hombre muy rico con un cuarto de millón de acres en Crimea, y era un ardiente deportista. Cuando tenía tan solo cinco años me dio una pequeña pistola, especialmente fabricada en Moscú para mí, para disparar a gorriones. Cuando disparé con ella a alguno de sus pavos de campeonato, no me castigó, se quejó por mi puntería. Maté a mi primer oso del Cáucaso con diez años. Toda mi vida ha sido una prolongada cacería. Fui al ejército —lo que se esperaba de los hijos de nobles— y por un tiempo dirigí una división de caballería cosaca, aunque mi interés real fue siempre la caza. He cazado todo tipo de presas en todos los lugares. Sería imposible para mí decir cuantos animales he matado”.

El general chupó su puro.

“Después de la debacle de Rusia dejé el país, pues era imprudente para un oficial del Zar permanecer allí. Muchos nobles rusos lo perdieron todo. Yo, afortunadamente, había hecho fuertes inversiones en bonos estadounidenses, de modo que nunca he tenido que abrir un salón de té en Montecarlo o conducir un taxi en París. Naturalmente continué cazando; grizzlies en sus rocosas, cocodrilos en el Ganges, rinocerontes en África del este. Fue en África donde me golpeó el búfalo y me dejó fuera de juego durante seis meses. Tan pronto como me recuperé comencé a cazar jaguares en el Amazonas, ya que había oído que eran especialmente astutos. No lo eran”. El cosaco suspiró. “No hay ningún reto para un cazador que cuente con ingenio y un rifle potente. Estaba amargamente decepcionado. Yacía una noche en mi tienda con un agudo dolor de cabeza, cuando un terrible pensamiento vino a mi mente. ¡Cazar estaba comenzando a aburrirme! Y cazar, recuerde, había sido mi vida. He oído que a menudo en Estados Unidos hombres potentados se hunden cuando tienen que renunciar a los negocios que han conformado su vida”.

“Sí, así es”, dijo Rainsford.

El general sonrió. “No deseo hundirme”, dijo. “Debo hacer algo. En verdad la mía es una mente analítica, señor Rainsford. Sin duda es por lo que disfruto de los problemas de la persecución”.

“Sin duda, general Zaroff”.

“De modo”, continuó el general, “que me pregunté a mí mismo porqué la caza no me seguía fascinando. Usted es mucho más joven que yo, señor Rainsford, y no ha cazado tanto, pero quizás pueda suponer la respuesta”.

“¿Cuál es?”

“Sencillamente esto: cazar ha cesado de ser lo que usted llamaría un reto deportivo. Se ha convertido en algo demasiado fácil. Siempre obtengo mi presa. Siempre. No hay mayor aburrimiento que la perfección”.

El general encendió un nuevo puro.

“Ningún animal tiene una oportunidad conmigo. Esto no es presunción; se trata de una certeza matemática. El animal no tiene más que sus patas e instinto. El instinto no es rival para la razón. Cuando pensé en ello fue un momento trágico para mí, se lo puedo asegurar”.

Rainsford se apoyó sobre la mesa, absorto en lo que su anfitrión estaba contando.

“Me vino una inspiración de lo que debía hacer”, continuó el general.

“¿Y eso era?”.

El general sonrió con la sonrisa tranquila de quien se ha enfrentado a un obstáculo y lo ha superado con éxito. “Tuve que inventar un nuevo animal para cazar”, dijo.

“¿Un nuevo animal? Está bromeando”. “En absoluto” dijo el general. “Nunca bromeo con la caza. Necesitaba un nuevo animal. Encontré uno. De modo que compré esta isla, construí este edificio y aquí hago mi caza. La isla es perfecta para mis propósitos. Hay selvas con un laberinto de sendas en ellas, colinas, pantanos…”

“¿Pero el animal, General Zaroff?”.

“Oh”, dijo el general. “Me provee de la caza más excitante del mundo. Ninguna otra se le puede comparar ni por un instante. Cazo cada día, y ahora nunca me hastío, pues cuento con una presa con la que puedo medir mi astucia”.

La perplejidad de Rainsford se mostró en su rostro.

“Deseaba el animal ideal para cazar”, explicó el general. “De modo que dije, “¿cuáles son los atributos de una presa ideal?” y la respuesta fue, por supuesto, “debe tener coraje, astucia y sobre todo debe ser capaz de razonar”.

“Pero ningún animal puede razonar”, objetó Rainsford.

“Mi querido amigo”, dijo el general, “existe uno que puede”.

“Pero no quiere decir…” susurró Rainsford.

“¿Y por qué no?”.

“No puedo creer que esté hablando en serio, General Zaroff. Esto es una broma macabra”.

“¿Por qué no debería estar hablando en serio? Estoy hablando de caza”.

“¿Caza? Maldita sea, general Zaroff, a lo que usted se está refiriendo es a asesinato”.

El general rio con buen ánimo. Observó a Rainsford inquisitivamente. “Rehúso a creer que un joven tan moderno y civilizado como usted parece, albergue ideas románticas acerca del valor de la vida humana. Seguramente sus experiencias en la guerra…”

“No me considero un asesino a sangre fría”, cortó Rainsford abruptamente.

Carcajadas hicieron temblar al general. “¡Cuán gracioso es usted!” exclamó. “En los días que corren uno no espera encontrar entre la clase educada, ni siquiera en Estados Unidos, a alguien tan naíf, y si me permite decirlo, con un punto de vista tan mediocremente victoriano. Es como encontrar una tabaquera en una limusina. Oh, bien, sin duda usted tiene antepasados puritanos. Aparentemente muchos estadounidenses los han tenido. Apuesto a que olvidará sus ideas cuando vaya a cazar conmigo. Posee un genuino entusiasmo en su interior, Señor Rainsford”.

“Gracias. Soy cazador, no un asesino”.

“Dios mío”, dijo el general, bastante sereno. “De nuevo esa palabra poco cortés. Pero creo que le demostraré que sus escrúpulos son erróneos”.

“¿Sí?”

“La vida es para los fuertes, para ser vivida por los fuertes y, si es necesario, para ser tomada por los fuertes. Los débiles del mundo fueron colocados aquí para dar satisfacción a los fuertes. Soy fuerte. ¿Por qué no debería usar mi don? Si deseo cazar, ¿por qué no debería hacerlo? Cazo a la escoria del mundo: marineros de barcos encallados —indios, negros, chinos, blancos, mongoles— un caballo purasangre o un sabueso vale más que un puñado de ellos.



“Pero son personas”, dijo Rainsford acaloradamente.

“Precisamente”, dijo el general. “Por eso los uso. Me dan satisfacción. Pueden razonar, en cierto modo. De forma que son peligrosos”.

“¿Pero donde los consigue?”.

El párpado izquierdo del general cayó en un guiño. “Esta isla es llamada Trampa de los Barcos”, respondió. “En ocasiones un enojado dios de los profundos mares me los envía. En ocasiones, cuando la providencia no es tan gentil, le ayudo un poco. Venga conmigo hasta la ventana”.

Rainsford se dirigió a la ventana y miro hacia el mar.

“¡Contemple! ¡Ahí fuera!”, exclamó el general apuntando hacia la noche. Los ojos de Rainsford no vieron más que negrura, y entonces, cuando el general pulsó un botón, a lo lejos vio el resplandor de luces.

El general se rio por lo bajo. “Indican un canal”, dijo, “donde no hay ninguno: rocas gigantes con bordes afilados, que destrozan como un monstruo marino con las fauces abiertas de par en par. Pueden partir un buque tan fácilmente como lo hago yo con esta nuez”. Arrojó una al suelo de madera y la desmenuzó con su tacón. “Oh, sí” dijo de manera casual, como si fuera la respuesta a una pregunta. “Tengo electricidad. Tratamos de ser civilizados aquí”.

“¿Civilizados? ¿Y usted dispara a seres humanos?”.

Un rastro de ira apareció en los ojos negros del general, pero estuvo ahí durante un segundo. Entonces dijo, en su modo más cortés, “Dios mío, ¡que hombre más recto es usted! Le aseguro que no hago lo que sugiere. Sería bárbaro. Trato a esos visitantes con la mayor de las consideraciones. Quedan saciados de buena comida y ejercicio. Consiguen una condición física espléndida. Será libre de verlo por usted mismo mañana”.

“¿Qué quiere decir?”

“Visitaremos mi escuela de entrenamiento”, sonrió el general. “Se encuentra en el sótano. Ahora mismo tengo ahí abajo una docena de pupilos. Son del barco español Sanlúcar, que tuvo la mala fortuna de topar con las rocas. Un lote bastante lamentable, me temo. Unos pobres especímenes más acostumbrados a la cubierta que a la selva”. Alzó su mano e Ivan, quien actuaba como camarero, trajo un espeso café turco. Con esfuerzo Rainsford contuvo su lengua.

“Se trata de un juego, ya lo verá”, continuó el general con suavidad. “Sugiero a uno de ellos que vayamos a cazar. Le doy un suministro de comida y un excelente cuchillo de montería. Le otorgo tres horas de ventaja. Le sigo, armado tan solo con una pistola del menor calibre y alcance. Si mi presa me evita durante tres días, gana el juego. Si le encuentro —sonrió el general— él pierde”.

“¿ Y si suponemos que rechaza ser cazado?”

“Oh”, dijo el general, “Le doy opción, por supuesto. No tiene que participar en el juego si no lo desea. Si no quiere cazar se lo entrego a Ivan. Ivan tuvo en una ocasión el honor de servir como verdugo del gran zar blanco, y tiene sus propias ideas acerca del deporte. Invariablemente, señor Rainsford, invariablemente eligen la caza”.

“¿Y si ganan?”

Se amplió la sonrisa en el rostro del general. “Hasta la fecha no he perdido”, dijo. Entonces añadió apresuradamente: “no deseo que me tome por un fanfarrón, señor Rainsford. Muchos de ellos solamente regalan el tipo de problema más elemental. De vez en cuando doy con un tártaro. Uno casi venció. Al final debí utilizar a los perros”.

“¿Los perros?”

“Por aquí, por favor. Se lo mostraré”.

El general guio a Rainsford hasta una ventana. Las luces que salían de las ventanas conformaban una intermitente iluminación que dibujaba formas grotescas en el patio de abajo, y Rainsford pudo ver moverse como a una docena de sombras negras. Cuando se volvieron hacia él, sus ojos centellearon con un fulgor verde.

“Un grupo más bien óptimo”, observó el general. “Salen cada noche a las siete. Si cualquiera intentara entrar en mi hogar —o salir de él— le sucedería algo extraordinariamente lamentable”. Tarareó un fragmento de canción del Folies Bergère.

“Y ahora”, dijo el general, “Me gustaría mostrarle mi nueva colección de trofeos. ¿Vendrá conmigo a la biblioteca?”.

“Confío”, dijo Rainsford, que sepa disculparme esta noche, general Zaroff. Realmente no me encuentro bien”.

“¿De veras?”, interrogó solícitamente el general. “Bien, supongo que es totalmente natural tras haber nadado largo tiempo. Necesita una buen y reparador sueño nocturno. Apuesto que mañana se sentirá como un hombre nuevo. Iremos entonces a cazar, ¿eh?”.

“Lo encuentro una perspectiva prometedora…” Rainsford se apresuró a salir de la estancia.

“Lamento que no pueda acompañarme esta noche”, señaló el general. “Espero un partido más bien óptimo: un negro fuerte, grande. Parece con recursos. Bien, buenas noches, señor Rainsford. Confío en que tenga un buen descanso nocturno”.

La cama era buena y los pijamas de la seda más suave, así mismo se encontraba agotado hasta en la última fibra de su ser, pero aún así Rainsford no pudo calmar a su cerebro con el opio del sueño. Yació con los ojos completamente abiertos. En una ocasión creyó oír pasos sigilosos en el pasillo fuera de su habitación. Trató de abrir de golpe la puerta; no abría. Fue hasta la ventana y miró fuera. Su aposento estaba elevado en una de las torres. Las luces de la finca se encontraban ahora apagadas y había oscuridad y silencio; pero también un fragmento de luna cetrina, y por su luz mortecina podía ver, débilmente, el patio. Ahí, entretejidas con las formas de las sombras, había negras, silenciosas siluetas; los sabuesos le oyeron en la ventana y miraron hacia arriba, expectantes, con sus ojos verdes. Rainsford volvió a la cama y se tumbó. De muchas maneras trató de dormir. Logró adormilarse cuando, a punto de que llegara la mañana, oyó, lejos en la jungla, el débil eco de una pistola.

El General Zaroff no apareció hasta el almuerzo. Iba impecablemente vestido a la manera de un cacique, con ropajes de tweed. Fue solícito con respecto al estado de salud de Rainsford.

“Por lo que a mí respecta”, suspiró el general, “no me encuentro demasiado bien. Estoy preocupado, señor Rainsford. La noche pasada volví a detectar trazas de mi antigua dolencia”.

Ante la mirada interrogadora de Rainsford, el general dijo, “hastío, aburrimiento”.

Entonces, tomando una segunda ración de crêpes Suzette, el general explicó: “La caza no fue buena anoche. El tipo perdió la cabeza. Creó un rastro nítido que no daba problemas en absoluto. Es el problema con esos marineros; para comenzar tienen cerebros estúpidos, y no saben cómo comportarse en los bosques. Lo hacen de forma completamente idiota y obvia. Es de lo más molesto.. ¿Querrá otra copa de Chablis, señor Rainsford?”.

“General”, dijo Rainsford firmemente, “deseo abandonar esta isla inmediatamente”.

El general alzó la maraña que tenía por cejas: parecía herido. “Pero, mi querido amigo”, protestó el general, “acaba de llegar. No ha tenido caza…”

“Deseo irme hoy”, dijo Rainsford. Vio como los muertos ojos del general se posaban sobre él, estudiándole. De repente el rostro del general Zaroff brilló.

Llenó el vaso de Rainsford con venerable Chablis proveniente de una botella polvorienta.

“Esta noche”, dijo el general, “cazaremos… Usted y yo”.

Rainsford agitó su cabeza. “No, general”, dijo. “No cazaré”.

El general encogió sus hombros y comió delicadamente una uva de invernadero. “Como desee, amigo mío. La elección descansa enteramente en usted. ¿Pero podría no ser aventurado sugerir que encontrará mi idea de deporte más divertida que la de Ivan?”

Asintió hacia la esquina donde permanecía el gigante, con el ceño fruncido, sus poderosos brazos cruzados sobre el tonel que tenía como pecho.

“No quiere decir…” protestó Rainsford.

“Mi querido compañero”, dijo el general, ¿no le he contado lo que siempre quiero decir cuando hablo de caza? Esto es de veras una motivación. Finalmente… brindo por un adversario digno de mi acero”. El general alzó su vaso, pero Rainsford se sentó observándole.

“Encontrará que este juego vale la pena abordarlo” dijo el general entusiásticamente,. “Su cerebro contra el mío. Su arte contra el mío. Su fuerza y resistencia contra las mías. ¡Ajedrez en el exterior! Y lo que está en juego no es de poco valor, ¿eh?”

“Y si gano…”, comenzó Rainsford con voz ronca.

“Reconoceré alegremente mi derrota si no le encuentro para la medianoche del tercer día”, dijo el general Zaroff. Mi velero le llevará a tierra firme cerca de una ciudad”. El general leyó lo que Rainsford estaba pensando.

“Oh, puede confiar en mí”, dijo el cosaco. ”Le doy mi palabra de caballero y deportista. Por supuesto que usted a cambio debe estar de acuerdo en no decir una palabra de su visita a este lugar”.

“No acordaré nada del estilo”, dijo Rainsford.

“Oh”, dijo el general, “en ese caso… ¿Pero por qué discutir de ello ahora? Dentro de tres días podemos debatirlo junto a una botella de Veuve Clicquot, a menos que…”

El general dio un sorbo a su vino.

Entonces le animó un espíritu como de hombre de negocios. “Ivan”, dijo dirigiéndose a Rainsford, “le proveerá de ropas de caza, comida, un cuchillo. Le sugiero llevar mocasines; dejan un rastro débil. Le sugiero también que evite el gran pantano de la esquina sureste de la isla. Lo llamamos la ciénaga de la muerte. Allí hay arenas movedizas. Un estúpido lo intentó. Lo más lamentable es que Lazarus lo siguió. Puede imaginar mis sentimientos, señor Rainsford. Amaba a Lazarus. Era el mejor sabueso de mi manada. Bien, debo rogarle ahora que me disculpe. Siempre tomo una siesta tras el almuerzo. Me temo que usted apenas tendrá tiempo para un sueño. Querrá comenzar, sin duda. No debería seguirle hasta el anochecer. Cazar por la noche es mucho más excitante que por el día, ¿no cree? Au revoir, señor Rainsford, au revoir”. El General Zaroff, con una marcada, cortés inclinación, se dirigió fuera de la habitación.

Por otra puerta vino Ivan. Bajo un brazo portaba ropas caqui de caza, un macuto con comida, una funda de cuero que contenía un cuchillo de larga hoja; su mano derecha descansaba sobre un revolver amartillado y encajado en el carmesí cinto alrededor de la cintura.

Rainsford luchó su camino a través de la vegetación durante dos horas. “Debo mantenerme tranquilo. Debo mantenerme tranquilo”, dijo con los dientes apretados.

No había tenido la mente despejada cuando las puertas de la finca se cerraron de golpe tras él. La primera idea fue poner distancia entre él y el general Zaroff; con ese objetivo se había apresurado, espoleado por los afilados aguijones de algo similar al pánico. Ahora se había contenido, había parado e hizo un repaso de él mismo y de la situación. Vio que una huida directa era inútil; inevitablemente lo lanzaría cara a cara con el mar. Se encontraba en un cuadro enmarcado por el océano, y sus opciones, claramente, debían considerar ese marco.

“Le daré un rastro que seguir”, murmuró Rainsford y se separó de la ruda senda que había estado recorriendo para introducirse en la tierra salvaje sin caminos. Realizó una serie de giros marcados, volvió sobre sus pasos una y otra vez, recordando todo el conocimiento sobre la caza del zorro, y todos los quiebros del zorro. Por la noche se encontró con piernas cansadas, las manos y el rostro lacerados por las ramas, en una cresta montañosa con abundantes árboles. Sabía que sería una locura continuar en la oscuridad, incluso si tuviera la fortaleza necesaria. Su necesidad de descanso era imperativa y pensó, “he interpretado al zorro, ahora debo representar al gato de la fábula. Un gran árbol de tronco grueso y salientes ramas se encontraba cerca y, teniendo cuidado de no dejar la menor marca, trepó hasta la copa y, estirándose sobre una de las ramas más anchas, descansó en cierto modo. El reposo le trajo nueva confianza y casi un sentimiento de seguridad. Incluso un cazador tan celoso como el General Zaroff no le podría rastrear hasta allí, se dijo así mismo; tan solo el mismo demonio podría seguir ese rastro tan complicado a través de la selva al anochecer. Pero quizás el general era un demonio…

Una nerviosa noche se arrastró lentamente, como una serpiente herida, y el sueño no visitó a Rainsford, aunque el silencio de un mundo muerto yacía en la jungla. Por la mañana cuando un gris lóbrego barnizaba el cielo, el lamento de algún pájaro sobresaltado dirigió la atención de Rainsford en esa dirección. Algo llegaba atravesando la maleza, lenta, cuidadosamente, aproximándose por el mismo serpenteante paso por el que había venido Rainsford. Se aplastó contra la rama y a través de una pantalla de hojas tan espesa como un tapiz, vigiló… Quien se aproximaba era un hombre.

Era el general Zaroff. Caminaba con sus ojos fijados con máxima concentración en el terreno frente a él. Se detuvo, casi bajo el árbol, se arrodilló y estudió el suelo. El impulso de Rainsford fue arrojarse como una pantera, pero vio que la mano derecha del general sujetaba algo metálico, una pequeña pistola automática.

El cazador agitó su cabeza varias veces, como si estuviera confuso. Entonces se alzó y tomó de su cigarrera uno de sus puros negros. Su intenso aroma como de incienso flotó hasta las fosas nasales de Rainsford.

Rainsford contuvo la respiración. La mirada del general dejó el suelo y se desplazó pulgada a pulgada por el árbol. Rainsford se congeló, cada músculo encogido como un muelle. Pero los afilados ojos del cazador se detuvieron antes de alcanzar la rama donde se encontraba Rainsford; una sonrisa se extendió por su rostro bronceado. Muy conscientemente lanzó un anillo de humo al aire; entonces le dio la espalda al árbol y se alejó cuidadosamente, de vuelta al camino por el que había llegado. El rumor de la maleza contra sus botas de caza se fue haciendo cada vez más débil.

El aire reprimido se apresuró cálido desde los pulmones de Rainsford. Su primer pensamiento le hizo sentirse enfermo y entumecido. El general podía seguir un rastro a través de los bosques por la noche. Podía seguir una pista extraordinariamente difusa; debía poseer increíbles poderes; tan solo por la mínima casualidad el cosaco había fallado en ver a su presa.

El segundo pensamiento de Rainsford aún fue más terrible. Mandó un estremecimiento de frío horror a través de todo su ser. ¿Por qué había sonreído el general? ¿Por qué se había dado la vuelta?



Rainsford no quería creer lo que su razón le indicaba como cierto, pero la verdad era tan evidente como el sol que ahora se abría paso entre la niebla de la mañana. ¡El general estaba jugando con él! ¡El general estaba asegurándose otro día de deporte! El cosaco era el gato; él era el ratón. Fue entonces cuando Rainsford conoció el completo significado del terror.

“No perderé los nervios. No lo haré”.

Se deslizó fuera del árbol y se volvió a introducir en el bosque. Su cara estaba rígida y forzó a su mecanismo mental a ponerse en funcionamiento. Trescientas yardas más allá de su escondite se detuvo donde un gran árbol muerto se apoyaba precariamente en otro más pequeño, con vida. Arrojando su bolsa de comida, Rainsford tomó su cuchillo de la funda y comenzó a trabajar con toda su energía.

Acabó finalmente la labor, y se lanzó tras un tronco caído cien pies más lejos. No tuvo que esperar mucho. El gato había vuelto de nuevo para jugar con el ratón.

Siguiendo el rastro con la seguridad de un sabueso venía el General Zaroff. Nada escapaba de sus inquisidores ojos negros, ni una aplastada brizna de hierba, ni una pequeña rama doblada, ni una señal —sin importar lo tenue que fuera— en el musgo. Tan absorto estaba el cosaco en su persecución que cayó en lo que Rainsford había tramado antes de darse cuenta. Su pie tocó la rama protuberante que era el disparador. Cuando lo hizo, el general percibió el peligro y saltó hacia atrás con la agilidad de un mono. Pero no fue lo suficientemente rápido. El árbol muerto, delicadamente situado para descansar en el extremo del vivo, se hundió y golpeó al general en el hombro con un golpe oblicuo durante su caída; si no hubiera sido por su lucidez, habría sido aplastado bajo él. Se tambaleó pero no cayó; tampoco soltó su revolver. Se quedo ahí de pie, frotando su hombro herido, y Rainsford, con el miedo de nuevo atenazando su corazón, oyó la risa burlona del general extendiéndose por la jungla.

“Rainsford” llamó el general, “si está lo bastante cerca para oír mi voz, como supongo que lo está, déjeme felicitarlo. No todo el mundo sabe construir una trampa malaya. Afortunadamente para mí, yo también he cazado en Malasia. Se está mostrando interesante, señor Rainsford. Voy a tener que vendarme la herida; aunque no es gran cosa. Volveré. Lo haré”.

Cuando el general, apretando su hombro golpeado, se hubo ido, Rainsford reanudó su huida. Ahora era una fuga, angustiosa, sin esperanza, que le llevó algunas horas. Llegó el atardecer, entonces la oscuridad, y aún continuó. El terreno se iba suavizando bajo sus mocasines. La vegetación era más fétida, más densa; los insectos le picaban de manera salvaje.

Entonces, dando un paso, su pie se hundió en el limo. Intentó sacudirlo de vuelta, pero el lodo absorbió viciosamente su pie como si fuera una sanguijuela gigante. Con un esfuerzo violento, logró soltarse. Sabía donde se encontraba ahora. La ciénaga de la muerte y sus arenas movedizas.

Sus manos se apretaron con fuerza, como si su temperamento fuera algo tangible que alguien quisiera arrebatar de su abrazo. La suavidad de la tierra le dio una idea. Retrocedió una docena de pasos o así desde las arenas movedizas y como si fuera algún tipo de castor prehistórico, comenzó a cavar.




Rainsford se había enterrado en Francia cuando un segundo de retraso significaba la muerte. Eso había sido un pasatiempo agradable comparado con lo que era cavar ahora. El foso se hizo más grande; cuando era mayor que la altura de sus hombros, trepó fuera y cortó estacas de la madera de algunos árboles jóvenes, afilándolas hasta el punto exacto. Las plantó en el fondo del foso con las puntas hacia arriba. Con dedos rápidos tejió una alfombra rugosa con ramitas y hierba y con ella cubrió la oquedad de la fosa. Entonces, mojado por el sudor y dolorido de cansancio, se acuclilló tras el tocón de un árbol carbonizado por un rayo.

Sabía que su perseguidor estaba llegando. Oyó el sonido apagado de pisadas sobre la tierra blanda, y la brisa nocturna le trajo el perfume del puro del general. Le pareció a Rainsford que el general venía con una celeridad inusual. Parecía que no estaba estudiando paso a paso el camino. Rainsford, ahí agachado, no podía ver ni al general ni la fosa. Vivió un minuto como un año. Sintió entonces el impulso de gritar de alegría, ante el crujir de las ramas rompiéndose cuando la cubierta cedió; oyó el marcado grito de dolor cuando las afiladas estacas encontraron su objetivo. Saltó desde su escondite. Entonces se encogió de nuevo. A tres pies del foso un hombre se erguía, con una linterna eléctrica en su mano.

“Lo ha hecho bien, Reinsford”, la voz del general se oyó. Su fosa birmana para tigres ha reclamado uno de mis mejores perros. De nuevo puntúa. Creo, señor Rainsford, que observaré lo que puede hacerle a mi jauría al completo. Estoy ahora listo para irme a casa a descansar. Gracias por una tarde tan entretenida”.

Al romper el alba Rainsford, tumbado cerca del pantano, se despertó por el sonido que le hizo saber que aún tenía que aprender nuevas cosas sobre el miedo. Era un sonido distante, apagado e intermitente, pero lo conocía. Era el aullido de una grupo de sabuesos.

Rainsford sabía que podía hacer una de dos cosas. Podía quedarse donde estaba y esperar. Eso era un suicidio. Podía huir. Eso era posponer lo inevitable. Permaneció ahí por un momento, pensando. Una idea que suponía una oportunidad ínfima llegó a él y, ajustándose el cinturón, se alejó de la ciénaga.

El aullido de los perros se hizo más próximo, más próximo, y aún más. En una cresta Rainsford trepó por un árbol. Por debajo, en un curso de agua no más alejado de un cuarto de milla, pudo ver un arbusto moviéndose. Entrecerrando sus ojos, contempló la encorvada figura del general Zaroff; justo por delante de él Rainsford logró ver otro contorno de amplios hombros emergiendo entre las altas plantas. Era el gigante Ivan, y parecía empujado a avanzar por alguna fuerza invisible. Rainsford sabía que Ivan debía estar sujetando las correas de la manada.

Estarían allí en cualquier momento. Su cerebro trabajó con frenesí. Pensó en un truco nativo que había aprendido en Uganda. Descendió deslizándose del árbol. Cogió una rama elástica de un árbol joven y le ató su cuchillo de caza, con la punta apuntando hacia la senda; con un pocas fibras de vid salvaje dobló hacia atrás la madera. Entonces corrió por su vida. El ladrido de los perros se hizo más intenso cuando dieron con el olor fresco. Rainsford sabía ahora lo que un animal perseguido sentía.

Tuvo que detenerse para coger el aire. Los aullidos de los perros se interrumpieron abruptamente, y el corazón de Rainsford también se paró. Debían haber llegado hasta el cuchillo.

Trepó ansioso a un árbol y miró hacia atrás. Sus perseguidores se habían parado. Pero la esperanza que anidó en la mente de Rainsford cuando había trepado, murió, pues vio en el poco profundo valle como Zaroff aún estaba sobre sus pies. Pero Ivan no. El cuchillo, dirigido por el retroceso del árbol al saltar, no había fallado del todo.

Rainsford rodó con dificultad por el suelo cuando los aullidos de la jauría se reanudaron.

“¡Aguanta, aguanta, aguanta!” dijo entrecortadamente, mientras se abalanzaba hacia adelante. Un hueco azul apareció entre los árboles justo delante. Los perros se acercaban. Rainsford se forzó a dirigirse hacia el hueco. Lo alcanzó. Era la costa del mar. Al otro lado de una cala pudo ver la grisácea piedra brillante de la finca. Veinte pies debajo suyo el mar gruñía y siseaba. Rainsford dudó. Oyó a los sabuesos. Entonces saltó hacia el oceano…

Cuando el general y su manada alcanzó el lugar junto al mar, el cosaco se detuvo. Durante algunos minutos permaneció contemplando la extensión azul-verduzca del agua. Encogió los hombros. Entonces se sentó, tomó un trago de brandy de un frasco plateado, encendió un cigarrillo, y silbó un fragmento de Madame Butterfly.

El general Zaroff tuvo esa noche una excelentemente sabrosa cena en su gran comedor de madera. Con él estaba una botella de Pol Roger y media botella de Chambertin. Dos ligeras molestias le mantenían apartado del disfrute perfecto. Una era el pensamiento de que sería difícil reemplazar a Ivan; la otra que su presa había escapado; por supuesto, el americano no había jugado al juego, así pensó el general cuando saboreó su licor digestivo. En su librería leyó, para tranquilizarse, algo de las obras de Marco Aurelio. A las diez se dirigió a su dormitorio. Se encontraba deliciosamente cansado, se dijo así mismo, mientras cerraba con llave. Había algo de luz lunar, de modo que, antes de encender la luz, fue hasta la ventana y miró hacia el patio. Pudo ver los grandes perros y les dijo, “mejor suerte la próxima vez”. Entonces encendió la luz.

Un hombre, que se había estado ocultando en las cortinas de la cama, estaba ahí de pie.

“¡Rainsford!” Gritó el general, “¿cómo en el nombre de Dios ha llegado hasta aquí?”

“El pantano”. dijo Rainsford. “Lo encontré más rápido que caminar a través de la jungla”.

El general aguantó la respiración y sonrió. “Le felicito”, dijo. “Ha ganado la partida”.

Rainsford no sonrió. “Aún soy una bestia perseguida”, dijo, en una voz baja, ronca. “Prepárese, General Zaroff”:

El general hizo una de sus profundas reverencias. “Ya veo”, dijo. “¡Espléndido! Uno de nosotros va a proveer un ágape para los perros. El otro dormirá en esta excelente cama. En guardia, Rainsford…”

Rainsford concluyó que nunca había dormido en una cama mejor.




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NOTAS


(1)MOSTERÍN, J. (El triunfo de la compasión, 2014).

(2)Entrada The Prize of Peril (relato corto) en tercerafundacion.net La traducción más cercana al original hubiera sido la de "El premio (o recompensa, ya que es lo que significa "prize" y no "precio") del peligro". Descarto que la decisión fuera por desconocimiento, ya que entre las ediciones había traductores de la talla de Domingo Santos. Un caso similar dentro de la Ciencia ficción sería el de la magnífica película "Colossus. The Forbin Project" que en castellano se convirtió en "El proyecto prohibido", cambiando el apellido Forbin por el adjetivo forbidden.

(3)El cineasta Yves Boisset cuenta el caso y cómo consideró que hay escenas calcadas entre ambos filmes, en una entrevista alojada en ALLOCINÉ (13 de enero de 2012)[En Francés].

(4)Deckard, V. ¡Perseguido en los recreativos! Smash TV y Nitro Ball. Blogcaliptus, 16/03/2015. Enlace (AQUÍ)

(5)La RKO realizó una segunda versión en 1945, dirigida por el excelente director Robert Wise (West Side Story, Sonrisas y lágrimas, Star Trek. La película) y en la que se sustituye al cosaco Zaroff por el nazi Erich Kreiger. Entre otras versiones no específicamente de Ciencia ficción, tuvo cierto éxito en su momento la aproximación al tema por John Woo en Blanco humano (Hard Target, 1993), película protagonizada por Jean-Claude Van Damme.