sábado, 8 de agosto de 2020

No eres tu identidad (octava reflexión viral de una aspirante a filósofa)


Hasta ahora, estas reflexiones han tratado de desmontar distintas falacias que dominan la visión del mundo que encorseta nuestra sociedad: la ansiedad por un continuo hacer frente al ser, el desprecio del presente a la espera de un hipotético momento futuro más propicio o en la rumia de un pasado mejor irremediablemente perdido, la negación de la incertidumbre como rasgo esencial e inevitable de la vida misma, el condicionamiento del derecho a la alegría, la creencia en la desconexión e independencia del individuo con respecto al entorno y a los demás, y la distinción entre un odio justificado e incluso necesario (el propio) y otro censurable (el ajeno). 


Hoy le llega el turno a uno de los grandes ídolos de nuestro tiempo, que vertebra discursos políticos, programas académicos y relatos autobiográficos: la identidad. Individual y colectivamente, nos aferramos a este concepto creyendo que se trata de nuestra esencia, una esencia a la que defender a toda costa con uñas y dientes, cuando no es más que una construcción mental, un castillo en el aire. 


La Real Academia Española ofrece, en la línea de sentido que aquí nos interesa, dos definiciones de identidad: «Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás» y «Conciencia que una persona o colectividad tiene de ser ella misma y distinta a las demás». Se aprecia que una de las acepciones apunta a la supuesta realidad y otra a la «conciencia», al concepto mental que tiene de sí mismo un individuo o un grupo. Pero, ¿existe realmente esa diferencia? ¿Existirían esos rasgos diferenciales sin una conciencia pensante que simplificase el mundo y a sí misma en un intento de aprehenderlos y comprenderlos mejor? 


Por otro lado, la identidad sirve tanto para catalogar lo ajeno como para autodefinirse. Y en ambos casos se está operando una simplificación. Inevitablemente, al unificar lo diverso, acaban en el mismo saco personas muy divergentes, y ocurre lo mismo en el plano individual: la construcción de una identidad niega los matices al individuo, su riqueza, su capacidad y derecho de evolucionar, de no actuar siempre de manera homogénea y previsible. Por tanto, se está aplicando a grupos e individuos un patrón determinista, limitante y falaz. 


Y, como sugiere el diccionario, la identidad se basa siempre en la diferencia frente a «los demás». Sea de la naturaleza que sea, viene dada por oposición con respecto a quienes no la comparten y es, por tanto, una fuente potencial y, en demasiadas ocasiones, real de separación y confrontación. No es extraño, entonces, que el tema de la identidad acabe con frecuencia desembocando en conflicto. En este sentido, es paradigmático el caso de la identidad nacional. Sorprende que un constructo mental anacrónico, tan alejado del espíritu de época del siglo XXI, siga provocando una enorme crispación. Sorprende que todavía hoy, en la era de la globalización,  tanta gente decida someterse a una identidad colectiva tan azarosa como imaginaria. 


No cabe duda de que, pese a la obvia diversidad humana, determinadas identidades han sido erigidas históricamente por el discurso dominante en las únicas tolerables, las únicas dignas o, incluso, las únicas posibles. De ahí la necesidad del proceso de reivindicación de ciertas identidades consideradas minoritarias o periféricas, aunque algunas lo sean tan poco como el género femenino o la raza negra. Estos procesos han evidenciado que siempre cabe otra minoría dentro de una supuesta minoría, otra variante socialmente ignorada o silenciada en relación al grupo que se aspira a defender y reivindicar. Es conocido cómo las siglas del movimiento gay o LGTB fueron ampliándose hasta tener que decidir ponerles punto final, añadiendo en una de sus variantes un signo de adición representativo de la no exclusión de ninguna identidad sexual o de género (LGTBIQ+). No hay letras en el alfabeto para todas las posibilidades, para todos los individuos. Porque, a la postre, descubrimos que hay tantas identidades como personas. No en vano, nuestro documento de identidad es tan intransferible como nuestra huella dactilar.

 

© Angélica Dass (www.angelicadass.com)

 

Ocurre algo parecido en al ámbito del color de la piel. Así lo muestra, de una forma tan bella como reveladora, el proyecto Humanae, de la artista Angélica Dass, que ha fotografiado a cientos de personas y ha coloreado el fondo de cada una de las fotografías con la tonalidad correspondiente a la piel de cada retratado, tomada del sistema de definición cromática Pantone. Es llamativa la enorme variedad de colores resultante, muy superior a la de la descripción racial estandarizada, quedando así cuestionada de manera gráfica la propia noción de raza aplicada a grupos humanos. Según las propias palabras de la creadora, el proyecto ha sido útil para muchas personas, pues representa «una especie de espejo para aquellos que no se ven reflejados en ninguna etiqueta».¹  


Da la impresión de que la multiplicación de etiquetas es el paso previo a la asunción de su vanidad. Estamos dando el primer paso hacia el reconocimiento de que, sencillamente, no las necesitamos. Durante un cierto tiempo han servido para romper con una visión del mundo falsamente unitaria y para representar a grupos previamente ignorados o sometidos, pero, finalmente, queda de manifiesto que la subdivisión última es el individuo. El día que nos miremos de persona a persona y logremos trascender esas clasificaciones mentales con las que aprehendemos el mundo, nos habremos acercado un poco más a una convivencia en paz.


La necesidad de colocar al otro dentro de nuestros esquemas preconcebidos es una de las causas del uso de etiquetas. La otra es la búsqueda de una respuesta a la eterna pregunta «¿Quién soy?». Al llegar ante el oráculo de Delfos, se leía la inscripción: «Conócete a ti mismo». Este consejo puede ser malinterpretado como una invitación a definirnos conceptualmente, a buscar racionalmente las palabras que nos definen. Pero parecería que significa todo lo contrario: despréndete de la carga de esas definiciones que te limitan y descubre qué queda bajo el peso de lo que otros y, en última instancia, tú mismo habéis decidido que eres. Libera tu identidad de la carga conceptual. Renuncia a definirte y descubre así lo que eres de verdad, permítete acceder a tu auténtico valor incondicionado.


Ante la pregunta «¿Quién soy?» sentimos un pánico visceral al vacío, a no ser nada. Y llenamos ese vacío con el uso de etiquetas. Creemos que nos ayudan y, en cierto sentido social y temporal, puede que así sea. Pero la liberación última consiste en abandonarlas para continuar con el paso mucho más ligero y el camino abierto en lugar de predeterminado, haciendo camino al andar. Y es que la supuesta identidad es, en realidad, algo cambiante. No solo hay tantas identidades como personas, sino tantas posibilidades en el interior de una misma persona como instantes tiene su vida. En su ya clásico Gender Trouble, centrado en la cuestión del género, la teórica Judith Butler partía del cuestionamiento del concepto de identidad: la coherencia y la continuidad de la persona no supondrían la exteriorización de una esencia interna, sino que serían el resultado de normas de inteligibilidad instituidas y mantenidas socialmente.² En lugar de encorsetarnos con categorías que nos estancan y amordazan, reconozcamos nuestro derecho a reinventarnos cada momento. ¿Qué otra cosa es nuestra libertad? 


Ansiamos definirnos por una especie de temor inconsciente a desaparecer, a volatilizarnos si no lo hacemos, por la necesidad de materializar una existencia que se antoja etérea y huidiza, disuelta en el tiempo y similar a tantas otras que son, han sido y serán. Por eso la identidad mueve tantas pasiones: nos parece un asunto de vida o muerte. Liberarnos de las etiquetas nos aterra tanto como dar un salto al vacío: si no nos adscribimos a ninguna categoría, ¿qué es lo que somos? ¿Nada? Es el miedo a no ser el que nos empuja a identificarnos irracionalmente con una nacionalidad, con un equipo de fútbol, con una ideología, con una profesión, con un estatus social... Pero ya somos. No necesitamos completar la frase con una etiqueta. Simplemente somos. Qué liberación no tener que determinar y fosilizar qué es eso que somos. Qué liberación, sencillamente, ser y dejar ser, vivir y dejar vivir.

 

Fotografía tomada de needpix.com

 

Aunque dé vértigo, si tenemos el valor de renunciar a las etiquetas y a las identidades, estaremos desprendiéndonos de un lastre pesado como siglos y recuperaremos el buen sentido del término humanidad. Nuestra definición pasa necesariamente por la oposición al otro diferente, y ello tanto si nuestra identidad nos hace sentir superiores como inferiores al resto. Pero ¿y si nuestra auténtica identidad fuese lo que nos une y no lo que nos separa? Desnudémonos de etiquetas y descubriremos que nuestro valor no estaba en ellas, sino que se escondía detrás de ellas. Seremos algo mucho más real que una imagen mental. Y, sobre todo, quedará al descubierto, en su desnudez más vulnerable y a la vez más poderosa, nuestra humanidad. La evidencia de que, en realidad, y no solo como un bello constructo teórico, todos somos iguales y a la vez cada uno es diferente a los demás. Y ¿cómo voy a agredir a quien es un igual sin dejar de ser alguien único en su individualidad? 


Por lo tanto, recuerda: no eres tu identidad. No eres tu género. No eres tu edad. No eres tu estado civil. No eres el color de tu piel. No eres tu orientación sexual. No eres tu origen familiar. No eres el lugar donde has nacido. No eres tu país. No eres una bandera ni una ideología. No eres un partido político. No eres uno de los bandos de un partido político. No eres tu equipo de fútbol. No eres tu profesión. No eres lo que te dijeron que eras o debías ser. No eres tu coeficiente intelectual ni el índice de tu masa corporal.  No eres tu patrimonio. No eres tu posición de víctima o de verdugo. No eres tus opiniones ni tus creencias. No eres tus emociones. No eres tus logros ni tus fracasos. No eres tu pasado ni tu futuro. 


No eres tu identidad. Eres algo mucho mayor y más valioso, que trasciende todos esos conceptos mentales, que te une a todo lo que te rodea, que no necesita de la diferencia, la confrontación ni el conflicto para existir y que, ya sin patrones preestablecidos a los que agarrarse, no tiene más remedio ni menor privilegio que ejercer creativamente su libertad reinventándose a cada instante.

 

Aspirante a filósofa
(@Filoaspirante)


¹ Más información en la página web www.angelicadass.com. Son altamente recomendables las charlas TED en las que Angélica Dass explica el proyecto artístico (The beauty of human skin in every color), así como sus potentes aplicaciones en el ámbito educativo (What kids should know about race).

² Judith Butler, El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad, México, Paidós y Universidad Nacional Autónoma de México, 2001.


jueves, 18 de junio de 2020

Alien 3 de William Gibson. Como ligar más sabiendo de xenomorfos (o igual no)

Vivimos en un mundo Cyberpunk. De nuevo, amigos, la Ciencia-ficción como adelantada. Este subgénero nació a principios de los años ochenta del siglo pasado y nos describe un mundo en el que las grandes empresas hacen lo que les sale del higo, los gobiernos están más que dispuestos a legislar favoreciendo los intereses de los poderosos, la economía -la de los ricos, claro- prima sobre la salud, y la tecnificación está en gran medida al servicio de fomentar una frustración individual que lleve al consumo constante de cacharros que no necesitamos. ¡Venga, más coches, que si no Nissan cierra y no podemos pagar la hipoteca! ¿Les suenan todas estas movidas? Bueno, es bien sabido que dos de las obras fundacionales en este campo fueron “Blade Runner” (Ridley Scott, 1982) y la novela “Neuromante” (William Gibson, 1984). Este texto, complejo y denso como un día de resaca (pero hay que cervecear, amigos, que el turismo mueve la puntera economía Champions española) ha coqueteado con su adapación al cine varias veces pero sin que llegara a concretarse nunca en algo definitivo, pese a lo cual ha servido de inspiración a innumerables filmes, siendo de los más conocidos “Matrix” (Wachowski Bros., 1999). Lo que no es tan conocido es que Gibson hizo un guión para la tercera parte de la franquicia Alien, famosa precisamente por el impacto que tuvo la primera parte dirigida en 1979 por un Ridley Scott al que en aquella época no se le iba -en demasía- la pinza.


Hola, soy Ridley Scott. Me conocerán por películas como "Hannibal" o "Black Hawk derribado" (Foto Wikipedia)

La cosa es que si la intimista primera parte, reactualización maravillosa del terror gótico, fue un éxito y nos dejó con el culo torcido, la continuación por el blockbustero James Cameron (“Aliens”, 1986) logró que los directivos de la 20th Century Fox hicieran lo que más les gusta en esta vida: bañarse en billetes y encender puros con ellos. Una continuación estaba más que servida y mucha gente estábamos a la expectativa, de modo que las conjeturas sobre como evolucionaría la historia florecían y muchos -entre los que se encuentra el firmante- teníamos la esperanza de que por fin los entrañables xenomorfos llegaran a la Tierra repartiendo amor a base de mascar chicle y patear culos (por todos es sabido que se les acabó el chicle hace tiempo, mala suerte). Sin embargo nuestro gozo en un pozo, los jefazos del estudio, creciditos con tanto baño verde acabaron por meter -mal- demasiada mano en la producción, dando como resultado una peli mutilada en el montaje, construida con más retazos que los que se pueden encontrar en una clínica de estética y con un novel director David Fincher hasta el moño de todo y de todos (como nos gusta decir en Podcaliptus, si un día quieren trolear a este señor, díganle que les gusta Alien 3. Después huyan). En todo este caótico proceso, con guiones volando pa’rriba y pa’bajo uno, de los muchos, que recibió el encargo de escribir la historia fue, tachán, William Gibson. De nuevo les ofrecemos un dato que les puede servir para quedar guay y ligar en cualquier fiesta (o seguramente no). Ahora ese texto, que quedó en el inabarcable limbo de lo que pudo ser y no fue del cine, ha salido recientemente en formato cómic (Gibson, Christmas, Bonvillain, 2018-2019) de la mano de Dark Horse (por Norma en España).



Escena de Alien 3. Una peli que va sobre el moviento "Black Lives Matter", algo que enorgullece a Fincher.

Sea como fuere, William Gibson nos cuenta que en su inocencia él pensó que cuando un estudio te encarga un texto es para filmarlo, pero si los caminos del Señor son inescrutables los de Hollywood son directamente un enigma dentro de un misterio envuelto en un acertijo, que diría el despreciable (sí, han oído bien) Churchill, y tiempo después descubrió que la Fox lo único que quería era destilar de su historia un aromilla cyberpunk que fuera utilizado en otros guiones. Lo único que quedó en el montaje final de lo que hizo el pobre Gibson fue un tatuaje con forma de código de barras. Cosas que pasan.

En fin, de nuevo el mundo del noveno arte viene a nuestro rescate y gracias a él podemos conocer al dedillo cual fue la trama que ideó el autor de “Neuromante” para continuar las andanzas de Ripley y su novio más sobón, el Alien. Se trata de un tebeo disfrutable, aunque ya advierto que tampoco va a revolucionar ni el mundillo del cómic ni el de la franquicia xenomórfica, pero desde luego es más que interesante para el aficionado -la historia no tiene NADA que ver con la película ¿de? Fincher- y desde luego está muy por encima, debido a la consistencia como autor de Gibson, de otros productos comiqueros basados en Alien (pese a lo que es un mundo a conocer, ya que Dark Horse perpetró productos mediocres pero otros bastante disfrutables, como el arco ¡sí! ambientado en la Tierra con perlas como la religión que adora al bicho. Maravilloso, aunque en la realidad hay gente que adora cosas peores, y lo dejo aquí que en este santo país hay un delito “contra los sentimientos religiosos”. Amén)-. Y encima, aunque no a la altura de otras historias del autor, se imbrica bastante bien con uno de los temas de reflexión de Alien a través de la compañía Weyland-Yutani: usar la naturaleza para enriquecernos y para utilizarla como arma contra otros seres humanos y contra la propia naturaleza. Hola, Coronavirus (que sí, vivimos en un mundo Cyberpunk).

Una de las portadas del Alien 3 de Gibson. Yo a veces me he levantado con las mismas pintas.

Bueno, que se lo lean y podrán descubrir que fue en la línea “Neuromante” de gente como el cabo Hicks, Newt o la única ministra de igualdad que sirve para algo: la teniente Ripley. 


Víctor Deckard

martes, 16 de junio de 2020

Todos somos "haters" (séptima reflexión viral de una aspirante a filósofa)


En esta época prolifera en las redes la figura del hater. Que hablen de mí aunque sea mal, parecen decirse estos personajes. Tienen tal necesidad de atención que prefieren ser odiados a pasar desapercibidos.

Siento ser yo quien te lo diga, pero todos llevamos un hater dentro. Un odiador, un enemigo, un detractor, un difamador, un maldiciente, alguien que odia o cualquiera de los sinónimos que ofrece la oficialidad lingüística para evitar que incurramos en semejante anglicismo. Lo llamemos como lo llamemos, ese gruñón enfervorecido que a veces nos posee aflora cuando peor nos encontramos con nosotros mismos, con nuestro entorno, con la vida. No hay hater feliz.


Charles Chaplin en El gran dictador

Lo que odies dependerá de tu historia personal y tu sistema de valores, en buena medida adquirido por las circunstancias de tu vida y, por tanto, no esencial, sino variable, aunque se haya convertido en tu seña de identidad aparentemente más irrenunciable. Hay quien odia otras razas, a los españoles, a los catalanes, a los extranjeros, a las feministas, a los rojos, a los fachas, a los ricos, a los pobres… Yo, por ejemplo, odio a los haters. Sobre todo, a esos haters institucionalizados cuyo objetivo es despertar el lado oscuro de la población, de la que tanto dicen preocuparse, con el único propósito de abrazarse a un poder que nunca les dará la felicidad. Pero ellos, claro, no lo saben. Si no se dejaran obcecar por su hater interno, lo comprenderían al instante.

Las ideologías, los discursos y los partidos basados en el odio tratan de aprovecharse de nuestra parte más negra, que no es sino la consecuencia del miedo, de la sensación interna de carencia y separación, de esa vieja herida. Cuando permitimos que ese lado nuestro tome el control, nos comportamos como niños enrabietados que solo conocen el llanto, el grito y la pataleta como recursos para tratar de mitigar el dolor. Ya no somos niños, pero la herida sigue ahí. Y está muy bien reconocerla y aceptarla, porque es el primer paso para trascenderla. Pero ¿de verdad estamos permitiendo que esa parte oscura del ser humano sea la que ocupe las bancadas, de todos los colores, de los parlamentos y los foros de opinión? ¿De verdad hemos institucionalizado al hater?

Desconfiemos de quienes utilizan las negruras humanas  ̶ el miedo, el odio, la exclusión, la agresividad ̶  como cantos de sirena para atraernos hacia sus filas. Si lo que me venden es odio y lo compro, no tendré más que odio. Y es evidente que el odio no soluciona ningún problema, sino que los multiplica. Y no solo eso: es una emoción altamente desagradable y destructiva para quien la sufre a través del comportamiento de otros, pero sobre todo para quien carga con ella dentro.

Desmontemos a nuestro hater particular. Seguro que nuestros motivos para odiar nos parecen legítimos, nuestro pequeño cascarrabias tiene derecho a estar enfurecido. Sea cual sea nuestra inclinación política o el conflicto en el que nos hayamos enredado, no hay nadie que no piense que tiene la razón. Y si todos creemos tener la razón, si todos somos “los buenos”, quizá lo que ocurre es que las cosas pueden mirarse desde distintas perspectivas. A poco abierto de mente y sincero que uno sea, comprobará que no siempre ha pensado de igual forma sobre todos los aspectos de la vida, que se puede cambiar de opinión y que también uno puede estar equivocado. Nunca sabremos cómo actuaríamos de estar exactamente en el lugar de aquel cuyo comportamiento nos parece aberrante, de haber atravesado exactamente sus mismas experiencias, su misma ignorancia, su mismo dolor. Interpretar la realidad como blanca o negra, como un todo o nada, como un combate entre buenos y malos, como un conmigo o contra mí es una visión distorsionada y peligrosa, incompatible con ponerse en el lugar del otro, sea cual sea ese otro. Si nos aferramos a nuestras opiniones e ideas como si fueran el santo grial, acabaremos, llegado el momento, dispuestos a morir o matar por ellas. En eso consisten las guerras.

Al hilo de este tema me viene a la memoria el famoso poema de Bertolt Brecht:


Primero se llevaron a los judíos,
pero como yo no era judío, no me importó.

Después se llevaron a los comunistas,
pero como yo no era comunista, tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero, tampoco me importó.
Más tarde se llevaron a los intelectuales,
pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas,
pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde.



A la postre, descubrimos que el odio solo quiere más odio y que el objeto de ese odio es lo de menos, por mucho que unos nos parezcan más justificables que otros. Es fácil odiar al que odia, porque el odio solo atrae más odio . (La buena noticia es que sucede lo mismo con el amor). Pero recordemos que ese ser que nos parece tan despreciable, incluso en el caso más terrible que nos venga a la mente, no es, en el fondo, más que un pequeño niño enrabietado con carencias afectivas. No podemos esperar que otros lo hagan: está en nuestra mano romper el círculo vicioso. Si no asumimos esa responsabilidad porque el de enfrente no lo hace, acabaremos siendo su reflejo y contribuiremos a materializar, nosotros también, aquella lúcida frase de Gandhi: ojo por ojo y el mundo acabará ciego.

Aspirante a filósofa
(@Filoaspirante)

martes, 2 de junio de 2020

De la nueva normalidad a la nueva realidad (sexta reflexión viral de una aspirante a filósofa)

Uno de los lugares comunes del relato oficial de la gestión de la pandemia es el de la «nueva normalidad», en un ejercicio eufemístico para evitar expresar que la vida cotidiana tardará en volver a ser como era, si es que llega a serlo alguna vez. Mientras muchos se afanan por recuperar cuanto antes el orden establecido previo, crece la conciencia de que el alcance de las transformaciones que estamos viviendo excederá los límites de la propia crisis. Y de que no todos esos cambios serán necesariamente negativos, puesto que la vieja normalidad era ya, en muchos sentidos, insostenible. Es más, el aumento de nuestra exposición a nuevas pandemias se deriva precisamente de la continuada degradación ambiental que hemos aceptado como normal.

Para la Real Academia Española, el adjetivo normal se aplica, en primer lugar, a aquello «que se halla en su estado natural». En su segunda acepción es sinónimo de «habitual» u «ordinario». La vieja normalidad era, obviamente, el sistema habitual antes de la expansión del coronavirus, pero en absoluto se trataba de algo natural. ¿Acaso es natural que se busque un crecimiento infinito con recursos limitados? ¿Hay algo más antinatural que un ser vivo destruyendo su propio entorno? ¿O que una especie compita con sus congéneres en lugar de buscar el mayor beneficio común?

El reto ahora es, en efecto, crear una nueva normalidad. Pero no la de la jerga política —esa fea realidad de las mascarillas y el distanciamiento—, sino un mundo con nuevas prioridades. Las circunstancias nos han permitido frenar para conectar con nuestras verdaderas aspiraciones como individuos, como sociedades y como humanidad. Cuando tantas cosas a nuestro alrededor se derrumban, no queda otra que repensarlo todo. Mucho de lo que había antes está dejando de servir y la crisis pandémica no ha hecho más que acelerar el proceso de su disolución, que deja abierto el espacio para lo nuevo.

Imagen en: https://www.piqsels.com/es/public-domain-photo-jxgca

Si logramos desprendernos de los lastres de una vieja realidad que lleva tiempo haciendo aguas, esa nueva normalidad aunará las dos definiciones del término y lo natural se convertirá, por fin, en lo habitual. El objetivo fundamental no será el beneficio económico, sino el cuidado del prójimo, de uno mismo, de la naturaleza y del planeta. El ritmo se desacelerará y podremos, por fin, recuperar nuestro tiempo, que al fin y al cabo es nuestra vida, a la que en buena medida estábamos renunciando como si tal cosa.

A más de uno le parecerán una ingenuidad tales aspiraciones: la misantropía y el pesimismo están de moda y dan empaque intelectual. Pero los estudios psicológicos confirman lo que muchas personas intuimos: nuestras sociedades fomentan que nos empeñemos en alcanzar objetivos que no nos hacen sustancial ni prolongadamente más felices —posesiones materiales, dinero, prestigio, belleza física—, en detrimento de los factores verdaderamente relevantes para la felicidad —la realización personal por medio del desarrollo de nuestras cualidades, la gratitud, el trato amable hacia los demás, las relaciones sociales, la abundancia de tiempo libre, la focalización de la mente en el aquí y el ahora, la vida sana—. Así lo muestra el curso sobre bienestar impartido por la profesora Laurie Santos, el más demandado de la historia de la Universidad de Yale, de acceso público en línea para cualquiera interesado en el tema. Si aplicamos sus enseñanzas al ámbito social, resulta evidente que una sociedad más feliz será aquella que priorice la cooperación, los valores altruistas, las conexiones sociales, la realización del individuo y su disposición de tiempo para sí mismo, por encima del materialismo, la productividad a toda costa, el crecimiento constante, la actividad sin descanso y la lucha de egos. ¿Cómo, entonces, hemos permitido la construcción y el mantenimiento de sociedades que tienden a hacernos infelices? Ahora es un momento perfecto para reorientarlas. Y esto no beneficiará solo a uno de los bandos en los que nos dividen quienes quieren leerlo todo en términos bélicos. Será un avance para todos. El auténtico bien común.

Como dice el filósofo Daniel Innerarity, los únicos que no aprenderán nada de esta crisis son los que lo tienen todo claro. Continuarán aferrados a sus verdades inamovibles. Sin embargo, los que sabemos que no sabemos nada excepto que podemos imaginarnos un mundo mucho más amable que este, tenemos en nuestras manos responsabilizarnos cada uno de nuestra pequeña parcela y convertirla en un lugar mejor. Culpar de todo a unos o a otros de los grotescos protagonistas del circo político y mediático solo contribuye a propagar la crispación. Apaguemos los telediarios y los falsos debates, ignoremos el esperpento de esos guiñoles insultantes y egocéntricos, dejemos que se devoren entre ellos antes de caer en la trampa de devorarnos también entre nosotros. Hagámonos cargo de nuestro trocito de mundo. Solo así acabaremos convirtiendo lo que ahora nos parece una utopía en la nueva normalidad.

Aspirante a filósofa
(@Filoaspirante)

domingo, 31 de mayo de 2020

Los antropoides artificiales en la Ciencia ficción [Robots y cíborgs. Líneas narrativas y obras imprescindibles]

Nota: En nuestros artículos renunciamos al uso de la Inteligencia Artificial. Sabemos que Skynet se despierta cabreada de la siesta.  
 
Hemos hablado en otras ocasiones sobre una de las sagas más conocidas del gran escritor de Ciencia ficción Isaac Asimov, la de los robots. Con idea de ampliar el espectro de tan fascinante tema, en este artículo voy a incidir en como el de los humanoides artificiales es un subgénero de gran interés en diversos planos, desde el artístico hasta el filosófico, aprovechando para recomendar unas cuantas obras, algunas de ellas no muy conocidas. 

En Ghost in the Shell se bebe San Miguel (es una marca muy presente en Asia, pues la fábrica la fundó un español en Manila). Yo me voy decantando más por las bebidas sin alcohol, que mis engranajes rechinan.

 

La criatura sintética como reflejo de la humanidad, independientemente de si tiene componentes biológicos (cíborg) o estrictamente mecánicos (robot)  ha acompañado al ser humano desde hace largo tiempo. Desde luego desde antes del surgimiento oficial de la Ciencia ficción en 1818, con el imprescindible Frankenstein de Mary Shelley, o con la acuñación del término "robot" en la no menos recomendable obra teatral R.U.R. escrita por el checo Karel Čapek en 1920 y donde curiosamente los autómatas son en realidad cíborgs. La antiquísima historia del gólem, por ejemplo, encuentra nexos de unión con la Ciencia ficción contemporánea abordando los peligros de imbuir a un ente artificial de un espíritu sea lo que sea eso, y si esa posibilidad no refleja ya de por sí nuestra propia condición material y carente de divinidad. No es casualidad en este sentido que dos de las más consistentes obras de animación en la Ciencia ficción moderna tengan referencias, incluso explicitas en el caso de la segunda, al gólem. Me estoy refieriendo a las geniales Ghost in the Shell (1995) y su secuela Ghost in the Shell 2: Innocence (2004), ambas por Mamoru Oshii. Preguntas como qué nos hace humanos y si es algo tan especial o positivo, son cuestiones que imbuyen estas poéticas obras de arte. El resto de la franquicia es mucho menos rompedor, desde los irregulares mangas (1989-1997) de Masamune Shirow, la serie (2002-2006) con altibajos Stand Alone Complex o la vacua película protagonizada por Scarlett Johansson (Sanders, 2017) entre otros productos. El gólem por cierto está construido a partir del barro, lo que nos trae reminiscencias desde los albores de la humanidad, pues la tradición judeocristiana hace surgir al hombre de ese material (a la mujer de una costilla del primero), pero esto no deja de ser un eco de las primeras cosmogonías. En la babilónica Marduk crea al ser humano mezclando su sangre divina con barro con el objetivo —algo muy a tener en cuenta por su relación con la narrativa de los autómatas— de que las personas sirvan a los dioses. Es decir, que para algunas de las tradiciones más antiguas, los humanos son los "robots" de los dioses. Al respecto conviene recordar dos cosas:  Čapek elige la palabra porque en checo robota hace referencia al trabajo forzado y Mary Shelley establece como subtítulo de Frankenstein "el moderno Prometeo", pues el titán de ese nombre da a los seres humanos un poder exclusivo de los dioses: la tecnología y en concreto la posibilidad de crear vida con ella.

En el cine mudo están ya presentes todos los géneros. Y en la trilogía del gólem por Paul Wegener nos encontramos con una película original (1914, no es una adaptación del un tanto hermético libro homónimo escrito por Gustav Meyrink y publicado en 1915), una parodia o spoof (Der Golem und die Tänzerin, 1917) y un remake o reactualización (Der Golem, wie er in die Welt kam, 1920). La figura de la niña va a tener una presencia muy similar a la de la posterior Frankenstein protagonizada por Boris Karloff (abajo. Whale, 1931).

 


El camino del autómata como ser sin alma, sin la chispa divina, que es posible también esté ausente de nosotros, se encuentra en el mismo origen de una de las novelas más influyentes en el siglo XX en este campo: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), aunque lo sea en gran medida por la fama y profundización —en este caso respetando la esencia temática—, de su famosa adaptación fílmica: Blade Runner (Scott, 1982). La idea de realizar un libro sobre seres artificiales el término replicante debería esperar a la película— (1) le vino a Philip K. Dick cuando estaba investigando para El hombre en el castillo, una distopía en la que los nazis ganan la Segunda Guerra Mundial. Rebuscando entre viejos documentos en una biblioteca, topó con la carta de un oficial de las SS en la que se quejaba de que en un campo de concentración los llantos de los niños prisioneros no le dejaban dormir (2). Esa crueldad, de ser un rasgo humano, ¿no nos deshumanizaba a su vez?, ¿no nos convertía en androides?. La pregunta que se formuló Dick acabaría revolucionando el género, en parte creando el Ciberpunk a través del éxito de Scott. No obstante, la película de forma magistral va a incidir más en la posible consciencia del ser construido, aunque es interesante ver que en el origen de esta historia el planteamiento era que los humanos nos convirtiéramos en máquinas. Como siempre, Dick dándole la vuelta a todo. No obstante con respecto a estas cuestiones hay que poner en valor la mencionada R.U.R. en la que los sintéticos se sublevan precisamente por ser algunos de ellos programados con una actualización que busca hacerles más similares a los humanos. En un inolvidable diálogo del texto de Čapek, se dice:
 
—(...) creí que si [los robots] fueran más como nosotros, nos entenderían mejor. Que no nos odiarían si fueran tan solo un poco más humanos.
 
—Nadie puede odiar más a los seres humanos que los humanos.
 
Es decir, que parecerse a la humanidad supone tener al menos en parte un gran impulso destructor. Terrible.  
 
 

Arriba: La portada del libro es apropiada, ya que da una idea de los esquemas mentales del tío Phil. Abajo: Cubierta de la primera edición de R.U.R. El diseño es de Josef Čapek, hermano de Karel.

 

En realidad el género de la entidad artificial de desplazamiento autónomo y habitualmente antropoide el robot o cíborg— que acompaña al humano desde que éste lo inventa, puede dividirse dentro de la ficción en dos grandes bloques: el que lo presenta como herramienta que puede ser utilizada con fines positivos o negativos, como cualquier otro instrumento; o el que —al imbuirlo de consciencia sirve para reflexionar sobre nuestra propia existencia y naturaleza, reflejándonos en él al encontrar un igual. Asimov exploró solo tangencialmente la segunda opción. Incluso aún cuando los robots pueden tomar decisiones inesperadas o aparentemente autónomas, como en el relato El conflicto evitable (The evitable conflict, 1950), responden a una lógica de programación basada en las famosas tres leyes de la robótica (3). Verdad es no obstante que en algunas ocasiones parece que cierta autoconsciencia robótica se despierta en unos pocos de sus escritos, siendo tal vez el más representativo El hombre bicentenario (1976), en el que el sintético Andrew (el nombre tiene reminiscencias a "androide") desarrolla una eso sí, única, pues ningún otro ente artificial lo logra personalidad que le hace desear la libertad. Ciertamente este texto, edulcorado en exceso por Chris Columbus en la adaptación cinematográfica (The bicentennial Man, 1999), apunta al hecho de que el ser humano no se diferencia en mucho del resto de animales, algo que comparto junto a filósofos brillantes como Jesús Mosterín. Si observamos a los demás seres vivos, sobre todo a los mamíferos superiores, podemos ver consciencia. En ellos son detectables sentimientos: dolor, reconocimiento del ser querido, curiosidad, juego entendido como diversión y no solo aprendizaje, deseo de libertad, así como percepción de la mortalidad. Andrew al convertirse en humano en realidad se integra en parte de la ecología natural. Pasa de objeto a animal. No obstante y aunque magistralmente, la mayoría de escritos de robots por Asimov se basan, más que en motivos existencialistas, en la premisa de que no deberíamos renunciar a la tecnología por temor a usarla mal. Es un debate que se puede rastrear en la ética aplicada a las redes sociales. ¿Son negativas per se o un simple instrumento? Son tan válidas tanto para buscar información o escuchar a gente interesante, como de la mano de algoritmos poco inocentes— para vender gratis nuestra privacidad o la de nuestros seres queridos, en un intento de provocar envidia o reafirmación a través de una felicidad artificial. Asimov parece que nos advierte de que de lo que tenemos que preocuparnos es de madurar como individuos y sociedad, no de restringir el avance tecnológico.
 

 Arriba: Robin Williams y Sam Neill en El hombre bicentenario (Colombus, 1999). La cuestión de la toma de consciencia por el androide ha servido para explorar los remas de la alienación o el racismo, como en Inteligencia Artificial, de Spielberg (2001. A.I. Artificial Intelligence), originalmente idea de Kubrick (abajo).

 

Ejemplos del robot-herramienta hay muchos, habitualmente sin la profundidad del querido doctor, desde el más puro entretenimiento incluyendo el más satisfactorio al estilo de Pacific Rim (del Toro, 2013) a algo más consistente. Como el querer aferrarse a una tecnología obsoleta por motivos emocionales,  por ejemplo en Steel del maestro Richard Mahteson, texto versionado en la televisión (“La dimensión desconocida”, episodio de 1963) y en la gran pantalla bajo el título de Acero puro (Real Steel, Shawn Levy, 2011). El apoyarse sentimentalmente en un objeto por no querer resolver los problemas interiores, o por intentar buscar refugio ante una sociedad hostil, está en el núcleo de esas páginas, llevando por eso mismo a la reflexión acerca de una sociedad que aísla a los individuos que la conforman. Otros ejemplos famosos de obras imperecederas pueden ser Robby de “Planeta prohibido” (Forbidden Planet, 1956, Fred M. Wilcox) cuya programación es muy posible que se inspirara ya en los relatos de Asimov; o el Gort de Ultimatum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951), también posiblemente basado en un relato de Astounding Science Fiction publicado en 1940. Por desgracia la versión del 2008 se rindió de nuevo al mero mercantilismo. En cualquier caso ambos, Robby y Gort, son instrumentos construidos (el primero por el Dr. Morbius y el segundo por la organización cósmica a la que pertenece el extraterrestre Klaatu) para ciertos fines.


¿Asustan, eh? Pues son los buenos de la peli (imagen por Brecht Bug en flickr).

No obstante la Ciencia ficción se ha inclinado a ir más por la vertiente del espíritu en la trama robótica, tal vez por el hecho de ser un género especialmente adecuado para la especulación filosófica, pese a ideas preconcebidas en otro sentido por parte de público y crítica. De nuevo los casos son inabarcables, desde los dedicados al público infantil, algo que se puede rastrear en el Pinocho de Carlo Collodi en el siglo XIX y sus adaptaciones (en cierta forma Inteligencia Artificial lo sería), siendo la obra original más bien cruda —aunque excelente— para los estándares actuales. El hilo nos puede llevar hasta la exitosa y en parte ejemplo del cine de los ochenta Cortocircuito (Short Circuit. Badham, 1986), donde es interesante que la toma de conciencia del robot protagonista, Número 5, venga por el impacto de un rayo, habitual poder divino en el imaginario colectivo desde tiempos inmemoriales y portador de la electricidad que ya sin magia anima a la criatura de Viktor Frankenstein. En los últimos tiempos uno de los mejores exponentes e injustamente olvidada es Chappie (2015) del sudafricano Neill Blomkamp, quien pese a la diversidad de opiniones respecto a sus creaciones ha demostrado ser uno de los directores que mejor pulso tiene rodando acción. Sin quedarse en pirotecnia vacía,  pues la pone al servicio de una trama consistente  como en Distrito 9 (District 9, 2009). Esta rama robótica está muy ligada a la de las Inteligencias Artificiales que en su aparición ficcionada suele  presentar un despertar de consciencia, pudiendo a veces servirse de robots-herramienta para sus propios fines, habitualmente atacar a o defenderse de la humanidad. Ahí tenemos a Skynet con sus Terminator, la IA de Matrix con sus agentes Smith por ejemplo, los mortales artefactos de los que se sirve la computadora de la inquietante Engendro mecánico (Demon Seed. Cammell,1977) pasando por el seminal H.A.L. de 2001, cuyas motivaciones quedan más claras en la novela —tampoco es una novelización del film— de Clarke (4) que en la magistral película de Kubrick.


El Engendro mecánico es una cinta basada en la novela del mismo nombre por Dean Koontz (1973). Muy recomendable, explora uno de los temas clave respecto a la esencia de los seres vivos: la reproducción.


En definitiva el mundo de los robots en el género que tanto nos apasiona ha seguido dos caminos diferenciados, aunque en ocasiones coincidentes: El robot-herramienta y el robot-ser. Ambos han sido usados por algunas de las mejores obras para reflexionar sobre nosotros mismos, algo que en definitiva y visto lo visto no está de más. 
 
Desde una perspectiva humorística y a la vez filosófica debemos recordar a Marvin de La guía del autoestopista galáctico (Adams, 1979. En la versión fílmica de 2005 con la voz del añorado Alan Rickman). Por otro lado (abajo) a Trurl y Clapaucio de Ciberíada (continuación de Fábulas de robots. Lem, 1964 y 1965) testigos de un universo en ocasiones desconcertante. Como recomendación final podemos decir que nunca, NUNCA, le preguntéis a Marvin qué tal le ha ido el día.
 

 
NOTAS
 
(1) Fue idea del guionista David Peoples (De Lauzirika, 2007). 
 
(2) Carrère, 1993. 
 
(3) A lo largo del universo robótico de Asimov se desarrollará una cuarta ley, la "cero", que incluye a toda la humanidad en la salvaguarda robótica de dañar por acción u omisión. Pero son las tres más famosas las presentes en toda la obra. 
 
(4) Tal vez la mejor fuente para conocer el proyecto en que se embarcaron Clarke y Kubrick es el ensayo del primero sobre todo lo que aconteció al respecto (Clarke, 1972).
 
 
 

 
 ¿QUIERE SABER MÁS?
 
 
—No sólo sobre Ciencia ficción, sino sobre historia del cine en general, pues narra de forma detallada lo que supone el rodaje de una película mítica, tenemos el documental Días peligrosos: Creando Blade Runner (Dangerous Days: Making Blade Runner. De Lauzirika, C. 2007).
 
De forma similar podemos recomendar el libro de Arthur C. Clarke sobre 2001, pues apunta gran cantidad de información de su trabajo y de la película: The Lost Worlds of 2001. (Clarke, A. 1972).
 
—Sobre citas y reflexiones de Clarke, incluyendo pensamientos acerca de la tecnología: Deckard, V.  Las máximas de Arthur C. Clarke: Un manual para filósofos, científicos y librepensadores (2026). Disponible en línea:
 
—En el proyecto Podcaliptus nos interesa mucho la interacción sobre diferentes formas de arte. Por ejemplo entre cine y videojuegos. Aquí tenéis también disponible en línea un artículo sobre los videojuegos en el universo de Terminator, lo que nos sirve además para reflexionar sobre la figura arquetípica del rebelde (Deckard, V. Los videojuegos ambientados en el universo de Terminator. 2025):
 
—Artículo sobre la obra de Philip K. Dick desde una perspectiva política y en relación con el posmodernismo. En él se enlazan además diversos pódcast sobre obras concretas del autor. (Deckard, V. Estigmas posmodernos y penúltimas verdades. Filosofía política en la obra de Philip K. Dick. 2026):
 
 —Pódcast sobre la obra de Isaac Asimov:
 
(Primera parte: La saga de los robots)
 
(Segunda parte: El legado en otras obras)
 
 —Pódcast sobre la Inteligencia Artificial en la Ciencia ficción:

—Pódcast sobre el mito del gólem:
 
 —Pódcast sobre Frankenstein:
 
 —Pódcast sobre Richard Matheson:
 
 —Pódcast sobre la saga Terminator:
 
 —Pódcast sobre Pinocho
 
 —Pódcast sobre 2001:
 
(Primera parte: sobre la novela)
 
(Segunda y tercera partes: sobre la película)
 
—Pódcast sobre Jesús Mosterín:
 
 
Los antropoides artificiales en la Ciencia ficción [Robots y cíborgs. Líneas narrativas y obras imprescindibles] © 2026 by Víctor Deckard is licensed under CC BY-ND 4.0