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martes, 2 de junio de 2020

De la nueva normalidad a la nueva realidad (sexta reflexión viral de una aspirante a filósofa)

Uno de los lugares comunes del relato oficial de la gestión de la pandemia es el de la «nueva normalidad», en un ejercicio eufemístico para evitar expresar que la vida cotidiana tardará en volver a ser como era, si es que llega a serlo alguna vez. Mientras muchos se afanan por recuperar cuanto antes el orden establecido previo, crece la conciencia de que el alcance de las transformaciones que estamos viviendo excederá los límites de la propia crisis. Y de que no todos esos cambios serán necesariamente negativos, puesto que la vieja normalidad era ya, en muchos sentidos, insostenible. Es más, el aumento de nuestra exposición a nuevas pandemias se deriva precisamente de la continuada degradación ambiental que hemos aceptado como normal.

Para la Real Academia Española, el adjetivo normal se aplica, en primer lugar, a aquello «que se halla en su estado natural». En su segunda acepción es sinónimo de «habitual» u «ordinario». La vieja normalidad era, obviamente, el sistema habitual antes de la expansión del coronavirus, pero en absoluto se trataba de algo natural. ¿Acaso es natural que se busque un crecimiento infinito con recursos limitados? ¿Hay algo más antinatural que un ser vivo destruyendo su propio entorno? ¿O que una especie compita con sus congéneres en lugar de buscar el mayor beneficio común?

El reto ahora es, en efecto, crear una nueva normalidad. Pero no la de la jerga política —esa fea realidad de las mascarillas y el distanciamiento—, sino un mundo con nuevas prioridades. Las circunstancias nos han permitido frenar para conectar con nuestras verdaderas aspiraciones como individuos, como sociedades y como humanidad. Cuando tantas cosas a nuestro alrededor se derrumban, no queda otra que repensarlo todo. Mucho de lo que había antes está dejando de servir y la crisis pandémica no ha hecho más que acelerar el proceso de su disolución, que deja abierto el espacio para lo nuevo.

Imagen en: https://www.piqsels.com/es/public-domain-photo-jxgca

Si logramos desprendernos de los lastres de una vieja realidad que lleva tiempo haciendo aguas, esa nueva normalidad aunará las dos definiciones del término y lo natural se convertirá, por fin, en lo habitual. El objetivo fundamental no será el beneficio económico, sino el cuidado del prójimo, de uno mismo, de la naturaleza y del planeta. El ritmo se desacelerará y podremos, por fin, recuperar nuestro tiempo, que al fin y al cabo es nuestra vida, a la que en buena medida estábamos renunciando como si tal cosa.

A más de uno le parecerán una ingenuidad tales aspiraciones: la misantropía y el pesimismo están de moda y dan empaque intelectual. Pero los estudios psicológicos confirman lo que muchas personas intuimos: nuestras sociedades fomentan que nos empeñemos en alcanzar objetivos que no nos hacen sustancial ni prolongadamente más felices —posesiones materiales, dinero, prestigio, belleza física—, en detrimento de los factores verdaderamente relevantes para la felicidad —la realización personal por medio del desarrollo de nuestras cualidades, la gratitud, el trato amable hacia los demás, las relaciones sociales, la abundancia de tiempo libre, la focalización de la mente en el aquí y el ahora, la vida sana—. Así lo muestra el curso sobre bienestar impartido por la profesora Laurie Santos, el más demandado de la historia de la Universidad de Yale, de acceso público en línea para cualquiera interesado en el tema. Si aplicamos sus enseñanzas al ámbito social, resulta evidente que una sociedad más feliz será aquella que priorice la cooperación, los valores altruistas, las conexiones sociales, la realización del individuo y su disposición de tiempo para sí mismo, por encima del materialismo, la productividad a toda costa, el crecimiento constante, la actividad sin descanso y la lucha de egos. ¿Cómo, entonces, hemos permitido la construcción y el mantenimiento de sociedades que tienden a hacernos infelices? Ahora es un momento perfecto para reorientarlas. Y esto no beneficiará solo a uno de los bandos en los que nos dividen quienes quieren leerlo todo en términos bélicos. Será un avance para todos. El auténtico bien común.

Como dice el filósofo Daniel Innerarity, los únicos que no aprenderán nada de esta crisis son los que lo tienen todo claro. Continuarán aferrados a sus verdades inamovibles. Sin embargo, los que sabemos que no sabemos nada excepto que podemos imaginarnos un mundo mucho más amable que este, tenemos en nuestras manos responsabilizarnos cada uno de nuestra pequeña parcela y convertirla en un lugar mejor. Culpar de todo a unos o a otros de los grotescos protagonistas del circo político y mediático solo contribuye a propagar la crispación. Apaguemos los telediarios y los falsos debates, ignoremos el esperpento de esos guiñoles insultantes y egocéntricos, dejemos que se devoren entre ellos antes de caer en la trampa de devorarnos también entre nosotros. Hagámonos cargo de nuestro trocito de mundo. Solo así acabaremos convirtiendo lo que ahora nos parece una utopía en la nueva normalidad.

Aspirante a filósofa
(@Filoaspirante)

lunes, 25 de mayo de 2020

Tu dignidad es la de todos (quinta reflexión viral de una aspirante a filósofa)

Muchos se aferran a su crispación y la alimentan como si fuese una parte irrenunciable de su identidad. No parecen darse cuenta de que sufrir una pandemia global nos permite deshacernos de una de las mayores falacias con las que habitualmente interpretamos el mundo y a nosotros mismos: la de nuestra absoluta independencia y desconexión del entorno, del planeta, del resto de seres vivos y de nuestros congéneres. La expansión del coronavirus nos despierta de golpe de esa ilusión: algo sucedido en el otro extremo del mundo nos afecta directamente, como el proverbial aleteo de una mariposa que puede acabar provocando un huracán a miles de kilómetros de distancia. De repente, queda patente que la salud de cada uno depende de la salud del conjunto, y a la inversa. Recuperamos la conciencia de que formamos parte de un mismo organismo: si yo me cuido, estoy cuidando a los demás; si tú te cuidas, me estás cuidando a mí. Y si, por el contrario, mi conducta es temeraria, esta puede afectar a quienes me rodean, a quienes se crucen en mi camino y a quienes se crucen con estos. En definitiva, nuestros actos repercuten, para bien y para mal, en el resto de la población. Lo individual se transforma en colectivo.

Nos percibimos desgajados del medio natural, como si las personas no fuésemos naturaleza. Pero nada en el universo es independiente del sistema del que forma parte. No solo la filosofía, sino también la ciencia postulan que todo procede de un mismo origen, incluida la humanidad. Somos polvo de las mismas estrellas. Debemos la vida en la Tierra y nuestra propia existencia y supervivencia como especie a multitud de factores aparentemente azarosos ocurridos dentro y fuera de nuestro planeta. A este respecto, es muy reveladora la serie documental de National Geographic One Strange Rock, con testimonios de astronautas que han tenido el privilegio de contemplar esta «roca extraña» desde fuera. Desde esa perspectiva externa, la obvia unidad de la impresionante esfera azul que habitamos deja en evidencia el vano artificio que constituye el empeño humano en dividirla mediante fronteras, etiquetas y clasificaciones.

Foto de la NASA (tomada de https://www.flickr.com/photos/nasamarshall/8250851747/sizes/l/)

Es obvio que somos seres dependientes de nuestro entorno: necesitamos alimentarnos y respirar. Durante mucho tiempo después de nacer, nuestra supervivencia está a merced de la ayuda de otros. Y, aunque finalmente adquirimos autonomía, somos seres sociales con necesidades afectivas. Esta interdependencia es ignorada por la cosmovisión imperante, la del individualismo neoliberal, que fomenta y se fundamenta en las nociones de separación y competencia y en la ley del más fuerte. El anhelo de crear vínculos y el hecho de pedir ayuda se entienden con frecuencia como una debilidad, en un mundo que demasiado a menudo valora más destacar por encima de los demás que servir al bien común. Y, sin embargo, esa pretensión de independencia es la que nos debilita: es la conexión con el resto la que nos da fuerza y nos resta vulnerabilidad. Son muchas las especies animales que sobreviven actuando como grupo. En las circunstancias actuales, no nos queda otra que seguir su ejemplo. Y es que esas especies que se sirven de la solidaridad para asegurar su continuidad tienen más posibilidades de perdurar, según analizó el ruso Piotr Kropotkin, que teorizó sobre el apoyo mutuo y dejó escrito en su obituario de Charles Darwin:
Las especies animales en las que la lucha entre los individuos ha sido reducida al mínimo y en las que la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado el máximo desarrollo son, invariablemente, las especies más numerosas, las más florecientes y más aptas para el progreso. [...] En la práctica de la ayuda mutua, cuyas huellas podemos seguir hasta las más antiguas fases de la evolución, hallamos el origen positivo e indudable de nuestras concepciones éticas; y podemos afirmar que el principal papel en la evolución ética de la humanidad fue desempeñado por la ayuda mutua y no por la lucha mutua. (En Piotr Kropotkin, El apoyo mutuo, Logroño, Pepitas de calabaza).

Foto de portada de El apoyo mutuo

 En cierto sentido, este aprendizaje de solidaridad se ha vivido intensamente durante los últimos meses: en el tremendo esfuerzo de los sanitarios y demás sectores de primera necesidad, aplaudido por el resto de la población; en las redes de ayuda de las comunidades vecinales y de los barrios; en el torrente de creatividad y de recursos compartidos en Internet; en la reconversión de algunas empresas para proporcionar elementos para afrontar la pandemia; en tantas iniciativas y tantos actos altruistas… Y todo ello a lo largo y ancho del planeta. La otra cara de la moneda, la del enfrentamiento y el odio, tiene entre sus causas, precisamente, la continuidad de esa manera obsoleta y desenfocada de ver el mundo más parecida al «sálvese quien pueda» que al apoyo mutuo. Ahí están las manifestaciones ultraderechistas en distintos países, los policías de balcón, la agresividad en las redes, las caceroladas, las bocinas, las banderas y el bochornoso mantenimiento de la crispación y el egoísmo en el ámbito político y mediático español. Y es que, cuando no abrimos los ojos a la evidencia de que formamos parte de un todo que nos trasciende, nos vemos abocados a nuestra pobre individualidad asustada. Por eso nos construimos identidades: para atrincherarnos frente a supuestas amenazas y enemigos, que es como acabaremos considerando, en último término, a todos los que no seamos nosotros mismos si nos dejamos llevar por esa lógica perversa que, lejos de protegernos, en realidad nos destruye.

Asumamos la enseñanza de José Agustín Goytisolo en su bello poema «Palabras para Julia», popularizado como canción por Paco Ibáñez. Allí le decía a su hija:

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.
[…]
Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

En otra canción archiconocida, «Gracias a la vida», Violeta Parra agradecía a la vida el haberle proporcionado el material para su canto y añadía: «Y el canto de ustedes, que es el mismo canto. Y el canto de todos, que es mi propio canto». Todos compartimos una misma dignidad, un mismo canto y, al percatarnos de ello, descubrimos que tenemos más hermanos de los que nunca podremos contar, en palabras de otro de los grandes cantautores de habla hispana: Atahualpa Yupanqui.

Estamos todos en el mismo barco. Y no solo cuando percibimos la globalización de problemas como esta pandemia, el cambio climático o la destrucción de los recursos y la biodiversidad del planeta. Parecemos haber olvidado que compartimos una existencia cuyas últimas claves desconocemos. Y que unidos no somos más vulnerables, sino más fuertes. Viendo ciertos comportamientos, se antoja una utopía demasiado lejana que rememos todos en la misma dirección para explorar el sentido de estar aquí y para contribuir a mejorar nuestro bienestar, que es el de todos. Pero —y ya que la cosa va de cantautores—, como cantaba el añorado José Antonio Labordeta —a quien debemos también ser un ejemplo tristemente raro de honestidad política—, «será posible que esa hermosa mañana ni tú ni yo ni el otro la lleguemos a ver, pero habrá que empujarla para que pueda ser». Pongamos el barco rumbo a esa mañana hermosa. Quienes insultan al de al lado no se dan cuenta de que están poniendo palos en sus propias ruedas. «Más que rabia dan tristeza, no rozaron ni un instante la belleza» —y esta vez cito al recientemente llorado Aute—. En lugar de hacer corrillos de venganza y culpa contra ellos —y «ellos» son siempre, casualmente, los otros, los que no son de «mi bando»—, en vez de hundirnos cada vez más en las arenas movedizas de una dinámica que nos impide avanzar, sigamos remando. Quién sabe si esa hermosa mañana no estará más cerca de lo que imaginamos.

Aspirante a filósofa 
(@Filoaspirante)

jueves, 23 de abril de 2020

El derecho a la alegría (cuarta reflexión viral de una aspirante a filósofa)


Estas reflexiones virales, cuya cuarta entrega estás leyendo, nacieron ante los retos y las perplejidades del confinamiento y se iniciaron sin una estructura preconcebida, pero han ido tomando, casi de manera natural, una forma similar. En cada ocasión ponemos el foco en una falacia generalizada de nuestra manera de ver e interpretar el mundo, cuyos efectos se aprecian en el modo en que estamos encarando, individual y colectivamente, la pandemia y las restricciones impuestas para acotar su propagación. Ser conscientes de la existencia de esos prejuicios interiorizados es el primer paso para cambiar la perspectiva y afrontar el desafío ya no solo con el menor grado de sufrimiento posible, sino incluso con alegría.

Alegría, sí, también en estas circunstancias. El derecho a la alegría es un tema que me ronda por la cabeza desde el comienzo de esta situación y que confieso haber estado tentada de abandonar a medida que se iban multiplicando los afectados por la pandemia, se acumulaban las semanas de cuarentena y comenzaban a flaquear los ánimos. Pero la alegría es un derecho, no un deber. La psicología positiva a lo Mr. Wonderful, si se entiende como una obligación, contribuye a aumentar la frustración de quienes suman a las emociones que consideran negativas —aunque sean humanas, inevitables y necesarias— el sentimiento de culpa por haber incurrido en ellas.

Ante un panorama como el actual, una cierta euforia hiperactiva ha servido —sobre todo en la primera fase del estado de alarma— para intentar ocultar y ocultarse emociones lógicas dadas las circunstancias, como el miedo, el hastío o la tristeza. En esta línea se situarían el histrionismo de balcón o las agendas repletas de videoconferencias y eventos online. Por otro lado, el humor y la creatividad han confirmado su valía como instrumentos que ayudan al ser humano a sobrellevar cualquier adversidad. Sin embargo, parecería obsceno declararse individualmente feliz en una situación colectivamente difícil.

Así, la sociedad —que todos conformamos— nos revela una doble dificultad, aparentemente contradictoria, como si se tratase del síntoma de una neurosis colectiva: por un lado, nos cuesta aceptar y reconocer la existencia de algunas de las llamadas emociones negativas y, por otro, restringimos nuestro derecho a la alegría, supeditándolo al contexto de cada momento. Con respecto a lo primero, hablamos de emociones negativas porque provocan sensaciones desagradables, pero el miedo y la tristeza se consideran también, con demasiada frecuencia, socialmente negativas, dignas de vergüenza. No así la ira, emoción que sí cuenta, por desgracia, con muy buena prensa y que enrarece y crispa la convivencia. Si no estuviese bien valorada, no se explicaría que tantos hagan gala de su rabia en medios de comunicación, foros políticos y redes sociales. Pero ese es otro tema, al que tal vez dedique otra entrega.

En esta ocasión quisiera centrarme en el derecho a la alegría. A la auténtica, no a la máscara que nos ponemos para ocultarle a la galería —y, lo que es peor, a nosotros mismos— el desasosiego que nos invade. Podemos asumir las dificultades, internas y externas, emocionales y vitales, que nos provocan esta pandemia y sus consecuencias en distintos ámbitos. Y, aun con eso —o, precisamente, gracias a eso—, podemos también disfrutar de esta experiencia y recordarla, pasado el tiempo, incluso con cierto cariño o nostalgia.

Ilustración de Dugald Stewart Walker para el libro Dream Boats and Other Stories (https://www.oldbookillustrations.com/illustrations/pipe-songs/)

Soy consciente de que esta idea puede resultar políticamente incorrecta. ¿Cómo hablar de alegría habiendo gente enfermando y muriendo? ¿No es algo inmoral? Desde nuestra cultura judeocristiana —que afecta, como un inconsciente colectivo, a toda la sociedad, incluidos los sectores que se consideran más laicos— no nos permitimos ser felices mientras haya sufrimiento alrededor. Lo malo de esta premisa es que siempre va a haber seres sufriendo. Por lo tanto, nos habríamos negado de un plumazo nada menos que el derecho a la felicidad.

Ser capaz de disfrutar de la vida mientras otros sufren no implica ser indiferente, egoísta ni cruel. ¿No es mejor ayudar o acompañar desde la alegría que desde la conmiseración, la victimización y la pena? ¿No lo preferimos así cuando estamos del otro lado? Es, además, una simplificación falaz dividir a las personas o los grupos entre los que sufren y los que no sufren. Todo ser humano experimenta emociones de todo tipo, tanto en condiciones adversas como cuando todo va aparentemente sobre ruedas. Y todos hemos padecido algún tipo de ansiedad o miedo estos días, como es lógico y normal en una situación de este alcance.

La alegría no se puede ni debe imponer, pero reprimirla en etapas de crisis por un sentimiento de culpa frente a quienes lo están pasando peor no ayuda a esas personas, nos hace un flaco favor a nosotros mismos y no aporta nada al colectivo. Ya lo dijo un sabio en la Antigüedad: «Nada curo llorando y nada empeoraré si me afano en gozar de la alegría»*.

No tiene sentido cargar con el peso del sufrimiento universal sobre nuestras espaldas. Y, puestos a asumir como propio el destino global, ¿por qué no atender a la otra cara de la moneda, a toda la bondad y la belleza que se está manifestando en este mismo instante en tantos lugares que nunca alcanzaremos a conocer? Como dijo hermosamente Facundo Cabral, «que no te confundan unos pocos homicidas y suicidas, el bien es mayoría, pero no se nota porque es silencioso. Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimenta la vida». La vida es mucho más halagüeña que lo que muestran los telediarios.

Para concluir, me despido con un fragmento del poema de Carmen Martín Gaite «Mi ración de alegría», cuyas palabras hago mías:

Defiendo la alegría,
la precaria, amenazada,
difícil alegría,
al raso, limpia, en cueros,
mi ración de alegría.

No me arrastréis al pozo
de las verdes culebras.

No os arrojo a la cara mi alegría,
os la tiendo tan solo
como una débil luz, como una mano.

[…]

No me la reprochéis ni adobéis de negrura
como un reducto inmundo, segregado;
ved que no la defienden
ni pinchos ni alambradas
y que podéis pasar aquí conmigo
al sol.

En estos tiempos en los que se nos ha vetado el sol al aire libre, el del monte, la playa, las calles, las plazas, los parques y las terrazas, no nos neguemos también ese otro sol interno. Está a nuestra disposición y tiene el poder de alumbrar incluso los días más nublados.

Una podcalipster aspirante a filósofa
(Twitter: @Filoaspirante)


* Agradezco la cita a Manuel Cuenca.

martes, 7 de abril de 2020

El cielo sobre nuestras cabezas (tercera entrega de las «Reflexiones virales de una aspirante a filósofa»)

Son muchos los retos a los que nos enfrentamos en esta época: la incertidumbre sanitaria, laboral y económica, el miedo por la integridad física propia y ajena, la situación de encierro y aislamiento, la indeterminación de los derroteros que tomarán el mundo y nuestras vidas a partir de ahora… Parece como si el suelo se tambalease bajo nuestros pies. Pero ¿es que acaso ese suelo había sido firme alguna vez? Así queremos creerlo y en ello se han basado muchas de nuestras decisiones vitales. Escogimos formarnos para una profesión con «salidas», decidimos periódicamente nuestro voto en las elecciones buscando seguridad y estabilidad (cada uno desde su perspectiva), contratamos seguros y planes de pensiones, nos empeñamos en tener un piso en propiedad a cambio de vender nuestra alma al diablo, perpetuamos relaciones y puestos de trabajo insatisfactorios… Sin embargo, pese a nuestros esfuerzos por encarnar, en nuestro propio cuento, a la hormiga previsora que acumula durante el verano lo que va a necesitar en invierno, o al cerdito listo con una casa de ladrillo a prueba de lobos, de repente se esfuma lo que hemos reunido a lo largo de los años, el edificio construido con tanto tesón se derrumba y nos encontramos desconcertados y desnudos entre los escombros.

Parece algo aterrador. Pero, junto con la estructura que, mal que bien, parecía ampararnos, se desvanece una falacia (y vamos por la tercera de esta serie de «Reflexiones virales»): la de que el mundo y la existencia son estables y están bajo nuestro control. Por suerte o por desgracia, no somos los primeros ni los últimos cuyas vidas se han desbaratado por circunstancias imprevistas. Basta con abrir un libro de historia, ver un telediario u observar la experiencia propia y ajena. Tras la pasada crisis económica y la precarización laboral, económica y social que vino para quedarse, estamos tristemente acostumbrados a lo inestable e incierto. Sin ser una situación deseable, al menos nos ha preparado internamente para encarar este segundo reto. Y nos confronta con la realidad de la existencia: su continuo movimiento, siguiendo una red de causas y efectos que no siempre alcanzamos a comprender.


Licencia CC:0 (Dominio público, tomada de www.publicdomainpictures.net/)
  

Si nos reconciliamos con esta condición de la vida —agudizada especialmente en periodos de cambio de época, como el presente, y contra la que no tendría sentido rebelarse, pues es como es—, asumiremos con mayor fluidez lo que sucede y lo que está por venir. No se trata de no tomar las medidas oportunas para que nuestra situación, individual y colectiva, sea lo más digna y feliz posible. Ni tampoco de vivir con constante miedo. Se trata de aceptar que la mutabilidad y la incertidumbre son rasgos intrínsecos de la existencia. Y que esta es frágil. Aprendamos a no dar nada por sentado, a no considerar ningún logro ni estado como fijo e inmutable, pues la vida es todo lo contrario. Y a confiar en que podremos afrontar las circunstancias que se nos presenten. ¿Acaso no lo hemos hecho siempre hasta ahora?

De modo que podemos vivir como los galos, temiendo que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas, o asumir la inestabilidad y la incertidumbre como el estado natural de las cosas, no el excepcional. La renuncia a la falacia mental de tenerlo todo atado no solo nos permite admitir la realidad tal como es y no entrar en pánico ante determinados acontecimientos, sino que también nos libera de la presión de ponerle cercos al mar y nos otorga la libertad de tomar decisiones basadas ya no en el miedo —del que muchos se aprovechan—, sino en nuestras auténticas inclinaciones. A partir de entonces, podremos mirar al cielo sin temer que nos aplaste, dispuestos a danzar bajo el sol, la lluvia o las tormentas, al ritmo que nos marque la vida.

Una podcalipster aspirante a filósofa
En Twitter: @Filoaspirante

martes, 31 de marzo de 2020

Un día menos, un día más (segunda entrega de las «Reflexiones virales de una podcalipster aspirante a filósofa»)

«Ya queda un día menos»; «Haremos esto o lo otro cuando la vida continúe»; «Antes de que nos demos cuenta, todo esto habrá terminado». Seguro que, a estas alturas del confinamiento, has escuchado o leído más de una vez expresiones como estas. Puede que incluso las hayas pronunciado. Y es que apuntan a la reconfortante idea de que también esto pasará.

Pero ¿es esa idea tan reconfortante? En efecto, lo es al aplicarla a circunstancias difíciles o dolorosas. Sin embargo, ¿no es amargamente cierta referida a cualquier tipo de situación, desde las menos memorables hasta las más felices, e incluso a nuestra propia vida en su conjunto? Alguien dijo una vez que, al desear la llegada del próximo verano, de las vacaciones o del año que viene, no nos damos cuenta de que en realidad estamos anhelando acercarnos a nuestro propio final. Y lo mismo sucede cuando contamos los días que faltan para concluir el confinamiento.


Foto, bajo licencia CC, por Gonzalo Jesús Maripangui Gutiérrez en Flickr 


No hace mucho comentábamos que el encierro obligado ha evidenciado la ansiedad generalizada por un continuo hacer que encubre y dificulta la posibilidad de ser. Y hoy descubrimos la oportunidad de liberarnos de otro lastre interno colectivo: la creencia en que la felicidad es, en el mejor de los casos, algo que tal vez experimentamos fugazmente en el pasado o que alcanzaremos en el futuro, pero para lo que al presente siempre le falta o le sobra algo. Ya lo dijo Groucho Marx con lúcida ironía: la vida es lo que nos sucede mientras estamos ocupados haciendo otros planes. Planes para un futuro idealizado en el que, entonces sí, se hayan cumplido todas nuestras expectativas. Pero, como dejó escrito Mariano José de Larra, ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás! Asumámoslo: nunca alcanzaremos ese estado utópico. La vida, por su propia naturaleza, nos confrontará siempre con nuevos retos.

Estos días, pese a ciertas formas de hablar, el tiempo no se ha detenido. El transcurrir de las horas continúa, dentro y fuera de nuestras casas. El sol sale y se pone, la Tierra sigue girando, nuevas criaturas vienen al mundo, la naturaleza recupera parte del terreno que le habíamos arrebatado. No se trata de un paréntesis en nuestras vidas. No existe tal cosa. Y el hecho de que el tiempo parezca haberse congelado no otorga menos valor a este período, sino todo lo contrario.

Seguramente, nadie habría elegido voluntariamente una vivencia como la de estas semanas. Al margen de ciertas incomodidades y de las consecuencias económicas y laborales que tendremos que afrontar, la pandemia nos impide seguir ignorando nuestra condición vulnerable y temporal, tantas veces oportunamente soterrada bajo nuestra pila de quehaceres y preocupaciones. Ahora ya no podemos seguir mirando hacia otro lado. Y eso asusta. Y duele. Como es obvio, este escenario es particularmente difícil para el personal sanitario, que trabaja sin unas mínimas medidas de protección, para los enfermos y para sus seres queridos, que atraviesan una experiencia radical que nunca olvidarán. Pero incluso quienes —toquemos madera— permanecemos en nuestros hogares sin más incidentes que el de la propia reclusión, vivimos una época clave tanto para cada uno de nosotros como para el colectivo.

Las circunstancias son las que son y no las podemos cambiar. Ya que estamos aquí, aprovechemos la oportunidad. El obligado parón demuestra que podemos vivir sin tanto movimiento, sin tanta acción, sin tanta productividad, sin tanto consumo, sin tanto ruido. Nos brinda la ocasión de descubrir una nueva intensidad en el tiempo, de devolver nuestra atención al presente en lugar de perdernos rumiando el pasado o emplazando nuestra felicidad a un momento incierto del futuro que probablemente nunca llegará. Tomemos la determinación de dejar de matar el tiempo antes de que él nos haya matado a nosotros sin habernos dado ni cuenta.

Cada día de inmovilidad no es un día menos, es un día más. Un regalo de la vida para reencontrarnos con nuestros seres más queridos o con nosotros mismos, para pasar tiempo con nuestros hijos, para desenterrar aficiones o vocaciones largamente ignoradas, para conectar con nuestros vecinos, para reconocer la red de interdependencias y afectos que sostiene la sociedad, para apreciar, para agradecer. En definitiva, se nos está ofreciendo la oportunidad de redescubrir, desde la conciencia renovada de nuestra propia fugacidad, el valor que tiene cada momento.

Una podcalipster aspirante a filósofa
(En Twitter: @Filoaspirante)

martes, 24 de marzo de 2020

Reflexiones virales de una podcalipster aspirante a filósofa. Primera entrega: "Horror vacui"



La situación que nos está tocando vivir invita a practicar todo aquello que es marca de la casa Podcaliptus: escuchar podcast, leer y releer cómics y libros, ver pelis y series y, en definitiva, hacer todo aquello que se puede hacer en casa y que se ha ido postergando por falta de tiempo.  Pero unas circunstancias tan insólitas como estas, que han obligado a echar el freno a nuestra vida individual y social, también nos impulsan a reflexionar. En las próximas semanas, una podcalipster aspirante a filósofa hilvanará algunas reflexiones personales, surgidas a raíz del confinamiento y la pandemia. Un contexto que nunca imaginamos que llegaríamos a experimentar fuera del mundo de la ficción.

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Estos días de confinamiento obligado están poniendo en evidencia una de las características de nuestra época, al menos en Occidente: la prioridad sociocultural del hacer sobre el ser. Hijos del capitalismo y de la sociedad de consumo, sentimos la necesidad de estar siempre ocupados, siempre haciendo algo, no solo en el ámbito de la productividad laboral, sino también en el del ocio. Esto es particularmente llamativo en la educación de los niños: apenas se les da ya la oportunidad de aburrirse, de inventar y fantasear por sí mismos, de estar solos, con una programación de su tiempo libre muchas veces tan férrea como el horario escolar. Con la mejor de las voluntades, no se les deja espacio para estar consigo mismos y simplemente ser. Les estamos transmitiendo el mismo horror al vacío que nos asalta como adultos.

Y, de pronto, va la vida y nos brinda a muchos una oportunidad única: la de pararnos a reflexionar, a descansar nuestras mentes agitadas, a no hacer nada, a ser sin más. Un tiempo que la mayoría hemos deseado en momentos de estrés o hastío laboral y que, una vez en nuestras manos, nos quema como un hierro candente. Cierto es que, simplificando, hay dos tipos de personas: quienes, por sus inquietudes, nunca tendrán tiempo suficiente para llegar a hacer todo lo que les estimula —aquí entraríamos los podcalipsters— y quienes no saben qué hacer con su tiempo cuando les es concedido. Pero ambos perfiles esconden una misma falacia: la de que el tiempo, para merecer la pena, ha de ser rellenado y ocupado en toda su extensión.

¿Qué es lo que nos da tanto miedo? ¿Qué tememos que se cuele si dejamos alguna rendija al descubierto? Nos encontramos —ni más ni menos— ante un miedo ancestral del ser humano: el miedo al vacío, el horror ante la nada que tememos ser. Aprovechemos esta oportunidad para asumir esa sensación dentro de nosotros, por desagradable que pueda parecer. Entre salida y salida al balcón, entre aplauso y cacerolada, en un hueco antes o después del evento cultural online de turno, una vez terminadas la limpieza general, la tabla de pilates y la consulta de los medios y las redes sociales, dedica un momento a tomar aire y PÁRATE. Permítete sentir qué es lo que estás tratando de evitar.


Photo by Sasha Freemind on Unsplash

Y pregúntate: ¿qué sería yo si no hiciese nada? ¿Acaso soy solo lo que hago? ¿No es la esencia otra cosa? Y entonces, ¿cuál es mi esencia? ¿Quién soy, qué soy? Ciertamente, da miedo renunciar al autoengaño, a construcciones mentales tan arraigadas como las etiquetas identitarias y el relato autobiográfico, que confundimos con quienes somos. Pero la vida nos está invitando a preguntarnos con sinceridad y valentía, al margen de nuestra historia personal y de nuestro rol social, dejando de lado nuestros actos, quién es esa persona aislada en su casa que mira por la ventana en este preciso instante, como tantas otras. Da miedo que la respuesta sea la nada. Que seamos tan solo un vaso vacío.  Pero ¿y si ese vacío no fuera más que el paso previo a la revelación? ¿Y si ese espacio diáfano, esa quietud sin etiquetas ni acciones compulsivas, fuese justamente lo que nos une como seres humanos, como seres vivos?

Si te fijas bien descubrirás a lo lejos, acodadas en otras ventanas, a más personas preguntándose lo mismo. Y, de pronto, el vaso deja de estar vacío, deja de ser un espacio angustiante que necesita ser rellenado. Está mucho más lleno de sentido que mientras nos dejábamos arrastrar por la pulsión del hacer, en aquella época —por fin superada— en la que aún ignorábamos que nuestra misión en la vida no es más que la vida misma. Encontramos, por fin, que nuestro cometido es, sencillamente, vivir, ser en conexión con todo lo que nos rodea. Y logramos, ahora sí, sentirnos como en casa, ya sea confinados entre nuestras cuatro paredes o en el rincón más remoto del planeta.

Una podcalipster aspirante a filósofa
(En Twitter: @Filoaspirante)