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martes, 16 de junio de 2020

Todos somos "haters" (séptima reflexión viral de una aspirante a filósofa)


En esta época prolifera en las redes la figura del hater. Que hablen de mí aunque sea mal, parecen decirse estos personajes. Tienen tal necesidad de atención que prefieren ser odiados a pasar desapercibidos.

Siento ser yo quien te lo diga, pero todos llevamos un hater dentro. Un odiador, un enemigo, un detractor, un difamador, un maldiciente, alguien que odia o cualquiera de los sinónimos que ofrece la oficialidad lingüística para evitar que incurramos en semejante anglicismo. Lo llamemos como lo llamemos, ese gruñón enfervorecido que a veces nos posee aflora cuando peor nos encontramos con nosotros mismos, con nuestro entorno, con la vida. No hay hater feliz.


Charles Chaplin en El gran dictador

Lo que odies dependerá de tu historia personal y tu sistema de valores, en buena medida adquirido por las circunstancias de tu vida y, por tanto, no esencial, sino variable, aunque se haya convertido en tu seña de identidad aparentemente más irrenunciable. Hay quien odia otras razas, a los españoles, a los catalanes, a los extranjeros, a las feministas, a los rojos, a los fachas, a los ricos, a los pobres… Yo, por ejemplo, odio a los haters. Sobre todo, a esos haters institucionalizados cuyo objetivo es despertar el lado oscuro de la población, de la que tanto dicen preocuparse, con el único propósito de abrazarse a un poder que nunca les dará la felicidad. Pero ellos, claro, no lo saben. Si no se dejaran obcecar por su hater interno, lo comprenderían al instante.

Las ideologías, los discursos y los partidos basados en el odio tratan de aprovecharse de nuestra parte más negra, que no es sino la consecuencia del miedo, de la sensación interna de carencia y separación, de esa vieja herida. Cuando permitimos que ese lado nuestro tome el control, nos comportamos como niños enrabietados que solo conocen el llanto, el grito y la pataleta como recursos para tratar de mitigar el dolor. Ya no somos niños, pero la herida sigue ahí. Y está muy bien reconocerla y aceptarla, porque es el primer paso para trascenderla. Pero ¿de verdad estamos permitiendo que esa parte oscura del ser humano sea la que ocupe las bancadas, de todos los colores, de los parlamentos y los foros de opinión? ¿De verdad hemos institucionalizado al hater?

Desconfiemos de quienes utilizan las negruras humanas  ̶ el miedo, el odio, la exclusión, la agresividad ̶  como cantos de sirena para atraernos hacia sus filas. Si lo que me venden es odio y lo compro, no tendré más que odio. Y es evidente que el odio no soluciona ningún problema, sino que los multiplica. Y no solo eso: es una emoción altamente desagradable y destructiva para quien la sufre a través del comportamiento de otros, pero sobre todo para quien carga con ella dentro.

Desmontemos a nuestro hater particular. Seguro que nuestros motivos para odiar nos parecen legítimos, nuestro pequeño cascarrabias tiene derecho a estar enfurecido. Sea cual sea nuestra inclinación política o el conflicto en el que nos hayamos enredado, no hay nadie que no piense que tiene la razón. Y si todos creemos tener la razón, si todos somos “los buenos”, quizá lo que ocurre es que las cosas pueden mirarse desde distintas perspectivas. A poco abierto de mente y sincero que uno sea, comprobará que no siempre ha pensado de igual forma sobre todos los aspectos de la vida, que se puede cambiar de opinión y que también uno puede estar equivocado. Nunca sabremos cómo actuaríamos de estar exactamente en el lugar de aquel cuyo comportamiento nos parece aberrante, de haber atravesado exactamente sus mismas experiencias, su misma ignorancia, su mismo dolor. Interpretar la realidad como blanca o negra, como un todo o nada, como un combate entre buenos y malos, como un conmigo o contra mí es una visión distorsionada y peligrosa, incompatible con ponerse en el lugar del otro, sea cual sea ese otro. Si nos aferramos a nuestras opiniones e ideas como si fueran el santo grial, acabaremos, llegado el momento, dispuestos a morir o matar por ellas. En eso consisten las guerras.

Al hilo de este tema me viene a la memoria el famoso poema de Bertolt Brecht:


Primero se llevaron a los judíos,
pero como yo no era judío, no me importó.

Después se llevaron a los comunistas,
pero como yo no era comunista, tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero, tampoco me importó.
Más tarde se llevaron a los intelectuales,
pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas,
pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde.



A la postre, descubrimos que el odio solo quiere más odio y que el objeto de ese odio es lo de menos, por mucho que unos nos parezcan más justificables que otros. Es fácil odiar al que odia, porque el odio solo atrae más odio. (La buena noticia es que sucede lo mismo con el amor). Pero recordemos que ese ser que nos parece tan despreciable, incluso en el caso más terrible que nos venga a la mente, no es, en el fondo, más que un pequeño niño enrabietado con carencias afectivas. No podemos esperar que otros lo hagan: está en nuestra mano romper el círculo vicioso. Si no asumimos esa responsabilidad porque el de enfrente no lo hace, acabaremos siendo su reflejo y contribuiremos a materializar, nosotros también, aquella lúcida frase de Gandhi: ojo por ojo y el mundo acabará ciego.

Aspirante a filósofa
(@Filoaspirante)

lunes, 25 de mayo de 2020

Tu dignidad es la de todos (quinta reflexión viral de una aspirante a filósofa)

Muchos se aferran a su crispación y la alimentan como si fuese una parte irrenunciable de su identidad. No parecen darse cuenta de que sufrir una pandemia global nos permite deshacernos de una de las mayores falacias con las que habitualmente interpretamos el mundo y a nosotros mismos: la de nuestra absoluta independencia y desconexión del entorno, del planeta, del resto de seres vivos y de nuestros congéneres. La expansión del coronavirus nos despierta de golpe de esa ilusión: algo sucedido en el otro extremo del mundo nos afecta directamente, como el proverbial aleteo de una mariposa que puede acabar provocando un huracán a miles de kilómetros de distancia. De repente, queda patente que la salud de cada uno depende de la salud del conjunto, y a la inversa. Recuperamos la conciencia de que formamos parte de un mismo organismo: si yo me cuido, estoy cuidando a los demás; si tú te cuidas, me estás cuidando a mí. Y si, por el contrario, mi conducta es temeraria, esta puede afectar a quienes me rodean, a quienes se crucen en mi camino y a quienes se crucen con estos. En definitiva, nuestros actos repercuten, para bien y para mal, en el resto de la población. Lo individual se transforma en colectivo.

Nos percibimos desgajados del medio natural, como si las personas no fuésemos naturaleza. Pero nada en el universo es independiente del sistema del que forma parte. No solo la filosofía, sino también la ciencia postulan que todo procede de un mismo origen, incluida la humanidad. Somos polvo de las mismas estrellas. Debemos la vida en la Tierra y nuestra propia existencia y supervivencia como especie a multitud de factores aparentemente azarosos ocurridos dentro y fuera de nuestro planeta. A este respecto, es muy reveladora la serie documental de National Geographic One Strange Rock, con testimonios de astronautas que han tenido el privilegio de contemplar esta «roca extraña» desde fuera. Desde esa perspectiva externa, la obvia unidad de la impresionante esfera azul que habitamos deja en evidencia el vano artificio que constituye el empeño humano en dividirla mediante fronteras, etiquetas y clasificaciones.

Foto de la NASA (tomada de https://www.flickr.com/photos/nasamarshall/8250851747/sizes/l/)

Es obvio que somos seres dependientes de nuestro entorno: necesitamos alimentarnos y respirar. Durante mucho tiempo después de nacer, nuestra supervivencia está a merced de la ayuda de otros. Y, aunque finalmente adquirimos autonomía, somos seres sociales con necesidades afectivas. Esta interdependencia es ignorada por la cosmovisión imperante, la del individualismo neoliberal, que fomenta y se fundamenta en las nociones de separación y competencia y en la ley del más fuerte. El anhelo de crear vínculos y el hecho de pedir ayuda se entienden con frecuencia como una debilidad, en un mundo que demasiado a menudo valora más destacar por encima de los demás que servir al bien común. Y, sin embargo, esa pretensión de independencia es la que nos debilita: es la conexión con el resto la que nos da fuerza y nos resta vulnerabilidad. Son muchas las especies animales que sobreviven actuando como grupo. En las circunstancias actuales, no nos queda otra que seguir su ejemplo. Y es que esas especies que se sirven de la solidaridad para asegurar su continuidad tienen más posibilidades de perdurar, según analizó el ruso Piotr Kropotkin, que teorizó sobre el apoyo mutuo y dejó escrito en su obituario de Charles Darwin:
Las especies animales en las que la lucha entre los individuos ha sido reducida al mínimo y en las que la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado el máximo desarrollo son, invariablemente, las especies más numerosas, las más florecientes y más aptas para el progreso. [...] En la práctica de la ayuda mutua, cuyas huellas podemos seguir hasta las más antiguas fases de la evolución, hallamos el origen positivo e indudable de nuestras concepciones éticas; y podemos afirmar que el principal papel en la evolución ética de la humanidad fue desempeñado por la ayuda mutua y no por la lucha mutua. (En Piotr Kropotkin, El apoyo mutuo, Logroño, Pepitas de calabaza).

Foto de portada de El apoyo mutuo

 En cierto sentido, este aprendizaje de solidaridad se ha vivido intensamente durante los últimos meses: en el tremendo esfuerzo de los sanitarios y demás sectores de primera necesidad, aplaudido por el resto de la población; en las redes de ayuda de las comunidades vecinales y de los barrios; en el torrente de creatividad y de recursos compartidos en Internet; en la reconversión de algunas empresas para proporcionar elementos para afrontar la pandemia; en tantas iniciativas y tantos actos altruistas… Y todo ello a lo largo y ancho del planeta. La otra cara de la moneda, la del enfrentamiento y el odio, tiene entre sus causas, precisamente, la continuidad de esa manera obsoleta y desenfocada de ver el mundo más parecida al «sálvese quien pueda» que al apoyo mutuo. Ahí están las manifestaciones ultraderechistas en distintos países, los policías de balcón, la agresividad en las redes, las caceroladas, las bocinas, las banderas y el bochornoso mantenimiento de la crispación y el egoísmo en el ámbito político y mediático español. Y es que, cuando no abrimos los ojos a la evidencia de que formamos parte de un todo que nos trasciende, nos vemos abocados a nuestra pobre individualidad asustada. Por eso nos construimos identidades: para atrincherarnos frente a supuestas amenazas y enemigos, que es como acabaremos considerando, en último término, a todos los que no seamos nosotros mismos si nos dejamos llevar por esa lógica perversa que, lejos de protegernos, en realidad nos destruye.

Asumamos la enseñanza de José Agustín Goytisolo en su bello poema «Palabras para Julia», popularizado como canción por Paco Ibáñez. Allí le decía a su hija:

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.
[…]
Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

En otra canción archiconocida, «Gracias a la vida», Violeta Parra agradecía a la vida el haberle proporcionado el material para su canto y añadía: «Y el canto de ustedes, que es el mismo canto. Y el canto de todos, que es mi propio canto». Todos compartimos una misma dignidad, un mismo canto y, al percatarnos de ello, descubrimos que tenemos más hermanos de los que nunca podremos contar, en palabras de otro de los grandes cantautores de habla hispana: Atahualpa Yupanqui.

Estamos todos en el mismo barco. Y no solo cuando percibimos la globalización de problemas como esta pandemia, el cambio climático o la destrucción de los recursos y la biodiversidad del planeta. Parecemos haber olvidado que compartimos una existencia cuyas últimas claves desconocemos. Y que unidos no somos más vulnerables, sino más fuertes. Viendo ciertos comportamientos, se antoja una utopía demasiado lejana que rememos todos en la misma dirección para explorar el sentido de estar aquí y para contribuir a mejorar nuestro bienestar, que es el de todos. Pero —y ya que la cosa va de cantautores—, como cantaba el añorado José Antonio Labordeta —a quien debemos también ser un ejemplo tristemente raro de honestidad política—, «será posible que esa hermosa mañana ni tú ni yo ni el otro la lleguemos a ver, pero habrá que empujarla para que pueda ser». Pongamos el barco rumbo a esa mañana hermosa. Quienes insultan al de al lado no se dan cuenta de que están poniendo palos en sus propias ruedas. «Más que rabia dan tristeza, no rozaron ni un instante la belleza» —y esta vez cito al recientemente llorado Aute—. En lugar de hacer corrillos de venganza y culpa contra ellos —y «ellos» son siempre, casualmente, los otros, los que no son de «mi bando»—, en vez de hundirnos cada vez más en las arenas movedizas de una dinámica que nos impide avanzar, sigamos remando. Quién sabe si esa hermosa mañana no estará más cerca de lo que imaginamos.

Aspirante a filósofa 
(@Filoaspirante)