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viernes, 18 de septiembre de 2026

El gólem en el cine (1915-1980): Una lección de arte, filosofía e historia.

Nota: En nuestros artículos renunciamos al uso de la Inteligencia Artificial. A ver si se va a despertar y rompe cosas. En parte de eso va el gólem. Además nos acogemos a la licencia Creative Commons (Atribución-Compartir igual). Somos unos jipis y nos gusta hacer cosas con barro.

Hacer un recorrido por las versiones fílmicas de la secular leyenda del gólem es todo un curso de cine. Muchos conceptos que parecen muy recientes como guión adaptado, spoof (parodia), remake (nueva versión) o plagio existen desde los albores del séptimo arte y esta historia sirve de ejemplo ilustrativo. Por otro lado permiten observar cómo mitologías tenidas como excepcionales, caso de la judeocristiana, en realidad son remakes (je je) de otras anteriores (1). Repasaremos varias obras, desde la trilogía clásica de Wegener comenzada en 1915, hasta la metafísica Golem del polaco Szulkin (1980).


 

El mito hebreo del gólem se fue conformando añadiendo elementos desde el conocimiento de la palabra golim (materia en bruto), que aparece en el Salmo 139 de la Biblia. El término se fue utilizando como oposición a un ser entero, con espíritu, que solo puede establecer el Dios único y todopoderoso que se conforma en la tradición judeocristiana por asimilación de culturas vecinas, como la Egipcia y algunas mesopotámicas. Después, a lo largo de época medieval, se iría perfilando la idea algo vaga de la posibilidad de crear autómatas a través de ciertos rituales. Estos implicarían el conocimiento de alguno de los nombres de Dios (poderoso elemento cabalístico también presente en la película π, ópera prima de Darren Aronofsky) o el uso mágico de la palabra Emet (“verdad”) para la activación pero también para la desconexión del ser, borrando la primera letra y dejando así el vocablo Met (“muerte”). Habrá que esperar a la llegada de Gustav Meyrink, quien no era judío pero estaba familiarizado con las conexiones de la leyenda vinculada al rabino Loew Ben Bezalel de Praga, para que con su novela El Gólem (1915 como libro, pero publicada antes por entregas) estandarizara la historia siguiendo criterios esotéricos. Aunque todas las versiones fílmicas de la historia toman elementos de Meyrink, ninguna es una adaptación fiel. Tal vez porque como señaló el director Paul Wegener, el primero en llevarla al celuloide, en el cine “la poesía está en la cámara”. 

 

Póster de la película de 1915.

LA TRILOGÍA DE PAUL WEGENER (1915-1920)

Este director es considerado como uno de los exponentes del cine expresionista, en gran medida copado por la producción alemana de comienzos del siglo XX y los míticos estudios de la UFA (aún existentes) en Babelsberg-Potsdam. Wegener comentaba que mientras rodaba una de sus versiones de El estudiante de Praga conoció la leyenda del gólem. Se familiarizó con la novela de Meyrink, que tuvo un gran éxito para su época, pero cogió elementos de aquí y de allá para potenciar lo que consideraba crucial en el ámbito fílmico: la primacía de la imagen. Así llegó Der Golem en 1915. De esta obra se conservan solo unos pocos minutos pero ya queda claro que la filosofía de primacía visual está muy bien desarrollada con lo poco que tenemos, como la caída del monstruo (interpretado por Wegener) desde lo alto de una torre.

 

Póster e imagen conservada de El Gólem y la bailarina (1917)

La primera versión de la historia fue un éxito y a su creador se le ocurrió hacer una parodia. Así es como llego en 1917 Der Golem und die Tänzerin (El Gólem y la bailarina). Por desgracia está perdida, algo muy habitual en el cine mudo, pero se conserva el guion, que es un locurón. En la historia una bailarina va al cine para ver la exitosa Der Golem y el director, que casualmente pasaba por allí, se enamora de ella. La muchacha no le hace caso pero como está encantada con el personaje, el pretendiente se disfraza de monstruo para enamorar a su amada y de paso provocar unos cuantos equívocos. Cervantes con Don Quijote de la Mancha había establecido el metalenguaje y en gran medida la parodia en la literatura. Ahora estos conceptos llegaban al cine y la película fue otro éxito. El “Breslauer Zeitung” por ejemplo señalaba: “Hay muchas risas en este encantador Capriccio de cuatro actos”. Como suele decirse, encantó a público y crítica.

 

Crítica del Breslauer Zeitung (con fecha del 15 de julio de 1917). Accesible a través de filmportal.de
 

Y si tenemos el guión adaptado del 15 y la parodia del 17, en el año 20 llegó la nueva versión o remake. Considerando Wegener que su primera obra estaba muy constreñida por cuestiones presupuestarias y de producción en general, realizó una nueva película más personal, Der Golem. Wie er in die Welt kam (El Gólem. Cómo llegó al mundo). Siguió algunos elementos narrativos de la primera cinta pero cambiándola a la época del rabino Loew. Por suerte está completa y es uno de los mejores exponentes conservados de cine mudo con tintes expresionistas y de terror. Una verdadera delicia que sigue demostrando virtuosismo técnico a día de hoy. Algo que por supuesto no pasó desapercibido a las nacientes industrias de la época, como la estadounidense, de modo que otras obras maestras de la época bailaron en la fina línea entre homenaje y plagio. El ejemplo más claro lo constituye el Frankenstein de 1931 dirigido por James Whale y protagonizado por Boris Karloff.

 

 Póster de la película de 1920 donde están claros los elementos expresionistas, movimiento que supuso una reacción a la ordenada burguesía de la época.


El episodio de la niña no está ni en la novela de Mary Shelley ni en la de Gustav Meyrink. Los elementos estéticos de los dos “monstruos” en las películas también tienen similitudes.
 

LE GOLEM (DUVIVIER, 1936)

No deja de llamar la atención que a día de hoy siga conservando derechos de autor. Más teniendo en cuenta que el director fue demandado por los guionistas (Voskovec y Werich) que habían realizado una obra de teatro sobre el mito y que no fueron reconocidos en algunos elementos de la historia, la cual venía a ser una continuación de la de 1920. Al respecto, en el libro Down from the Attic: Rare Thrillers of the Silent Era through the 1950s por  John T. Soister y Henry Nicolella, se puede leer:

 

“El éxito (…) del Gólem llevó al director francés Duvivier a encargar a la pareja [de escritores checos] la escritura de un guion. Sin embargo eliminó a los personajes del guion que recibió, y cambió el género así como la orientación del original. Sin embargo mantuvo partes del texto sin dar atribución, lo que desató otra batalla legal respecto al gólem que al final ganaron los artistas checos” (Traducción propia).

 

Póster de la película de 1936.

 

IT! CURSE OF THE GOLEM (J. LEDER, 1967)

Esta película también es muy interesante para ejemplificar algunos elementos de la historia del cine. Por esta época teníamos a la británica Hammer logrando un gran éxito con su aproximación, un tanto camp sumando toques eróticos, a los monstruos clásicos que ya había explorado desde otros parámetros la Universal (Frankenstein, Drácula). Por otro lado, directores como Hitchcock estaban revolucionando el cine a través de novedosas estrategias narrativas, siendo uno de los mejores ejemplos las sorpresas que desvelaba la historia contenida en Psicosis (Psycho, 1960). La maldición del Gólem es un magnífico caso de película subida al carro de las modas de la época, con una mezcolanza nada disimulada de elementos que tenían éxito. Es aburrida pese a los esfuerzos del actor Roddy Mac Dowall —más conocido por ser César en la saga de El planeta de los simios— e incluso por elementos de comedia involuntaria, como en algunas muertes un tanto ridículas y por el hecho de que un perturbado se encuentre con la posibilidad de manejar al Gólem a su antojo, entre otras cosas para ligar. Con todo merece la pena por estudiar lo que suponía una exploitation de otras épocas. En este caso por una productora (Seven Arts) un tanto desconocida en la actualidad pero que tiene en su haber clásicos como ¿Arde París? (Clément, 1966), Lolita (Kubrick, 1962) o Siete días de mayo (Frankenheimer, 1964).

 

Son muy de la época los carteles que parecen un manual de instrucciones.
Madre muerta a la que se viste y se deja en una silla. ¿A qué me suena esto? La versión de la historia se podía llamar “Norman Bates se encuentra con el Gólem”

 

 GOLEM (SZULKIN, 1980)

La versión de la historia más interesante junto a la trilogía inicial es esta, desarrollada en Polonia por el director Piotr Szulkin. La Ciencia ficción de los países del este de Europa tiende a ser un tanto desconocida, aunque en algunos casos con la potencia suficiente como para que no tuviera que envidiar a la producida en otros lugares. Puede ser el caso de Письма мёртвого человека (Cartas de un hombre muerto, Lopushansky, 1987) o esta versión del gólem, que tiene muy poderosas reminiscencias de la literatura de Kafka, máximo exponente de la cultura de lengua alemana en Praga, y del género distópico. Unos cuantos elementos visuales y narrativos aprovechan aquí partes de la historia de Meyrink para establecer una historia sobre la identidad y la dificultad de distinguir entre la realidad cierta, de existir esta, y la sensible. Son características muy difíciles de llevar al cine que estaban en la novela de 1915 y el director polaco las lleva a su obra con maestría. Ecos de todo esto podemos encontrar en obras muy posteriores como The Matrix (Wachowski, 1999) o Dark (2017-2020, Bo Odar-Friese) ésta además con referencias a la leyenda del gólem, como sus ciclos de aparición cada 33 años, por citar un par de los muchos en los que se podría pensar.

 

Póster de Gólem de 1980. Desde luego, una obra para darle a la cabeza (guiño-guiño) y gran complemento de la novela de Meyrink.

 

EN CONCLUSIÓN

Algunas historias nos han acompañado desde siempre como especie. El gólem establece, a partir del reconocimiento de la idea de una divinidad omnipotente a través de influencias entre diversas culturas, una diferencia clara entre el ser completo y el autómata inanimado o copia vacía. De ahí a las grandes preguntas sobre qué constituye la voluntad o el espíritu vital —o incluso si este tiene algún significado— había solo un paso que esta historia ha ido recorriendo en sus diversas manifestaciones. Si Mary Shelley “inventó” el género de la Ciencia ficción con su causalidad científica y lo desarrolló con un “monstruo” más humano que los propios humanos, el gólem —sobre todo a través de su sistematización por Meyrink— se introducirá en ese naciente género a través del autómata. Hijo del gólem es el robot (término aparecido por primera vez en 1920 en la obra de Kapek R.U.R.), que exigirá por méritos propios su lugar en las historias de Ciencia ficción. Y en múltiples derivadas incluidas las más existenciales, como la desarrollada por Mamoru Oshii en los bellos animes que elaboró dentro del universo de Ghost in the Shell, también con referencias explicitas al gólem en la segunda parte (Innocence, 2004). Sin olvidar elementos políticos, pues el Gólem ha sido visto como ejemplo de tecnología muy poderosa de gran poder destructivo. Si a esto le sumamos el hecho de que la traslación de este mito prometeico al cine es una lección de historia del mismo, incluyendo innovaciones como las de Wegener, el conocimiento de este arquetipo permite saber más sobre nosotros, nuestro arte y nuestra identidad como especie y si esta puede ser ampliada al conjunto de la naturaleza. Casi nada.

 NOTAS

(1) Fundamentalmente la egipcia y babilónica (Frankfort, Irvin. 1954).

(2) Para un desarrollo detallado de la narrativa de los androides desde arquetipos como el del gólem, ver Deckard (2020).

 

 

QUIERS APRENDER ARAGONÉS? / ¿QUIERES APRENDER ARAGONÉS?


 

 

¿QUIERE SABER MÁS?

 

—IRWIN, W. y FRANKFORT, H. A. (1954) El pensamiento prefilosófico. Vol. 2: Los hebreos. Obra que sigue siendo imprescindible para contextualizar el surgimiento de la idea de un Dios monoteísta todopoderoso a partir de un panteón previo, debido a elementos aculturizadores provenientes de la sociedad egipcia y mesopotámica hacia la hebrea.

 

—Capítulo de Podcaliptus Bonbon dedicado al Gólem:

https://www.ivoox.com/podcaliptus-8-x-12-el-mito-del-golem-audios-mp3_rf_77121291_1.html

 

—DECKARD, V.(2020). Los antropoides artificiales en la Ciencia ficción [Robots y cíborgs. Líneas narrativas y obras imprescindibles]:

https://blogcaliptusbonbon.blogspot.com/2020/05/los-robots-en-la-ficcion-dos-vias-hacia.html/

 

—Ver Der Golem. Wie er in der Welt kam (Wegener, 1920): 



—Ver Le golem (Duvivier, 1936):

 


 

 


domingo, 31 de mayo de 2020

Los antropoides artificiales en la Ciencia ficción [Robots y cíborgs. Líneas narrativas y obras imprescindibles]

Nota: En nuestros artículos renunciamos al uso de la Inteligencia Artificial. Sabemos que Skynet se despierta cabreada de la siesta.  
 
Hemos hablado en otras ocasiones sobre una de las sagas más conocidas del gran escritor de Ciencia ficción Isaac Asimov, la de los robots. Con idea de ampliar el espectro de tan fascinante tema, en este artículo voy a incidir en como el de los humanoides artificiales es un subgénero de gran interés en diversos planos, desde el artístico hasta el filosófico, aprovechando para recomendar unas cuantas obras, algunas de ellas no muy conocidas. 

En Ghost in the Shell se bebe San Miguel (es una marca muy presente en Asia, pues la fábrica la fundó un español en Manila). Yo me voy decantando más por las bebidas sin alcohol, que mis engranajes rechinan.

 

La criatura sintética como reflejo de la humanidad, independientemente de si tiene componentes biológicos (cíborg) o estrictamente mecánicos (robot)  ha acompañado al ser humano desde hace largo tiempo. Desde luego desde antes del surgimiento oficial de la Ciencia ficción en 1818, con el imprescindible Frankenstein de Mary Shelley, o con la acuñación del término "robot" en la no menos recomendable obra teatral R.U.R. escrita por el checo Karel Čapek en 1920 y donde curiosamente los autómatas son en realidad cíborgs. La antiquísima historia del gólem, por ejemplo, encuentra nexos de unión con la Ciencia ficción contemporánea abordando los peligros de imbuir a un ente artificial de un espíritu —sea lo que sea eso—, y si esa posibilidad no refleja ya de por sí nuestra propia condición material y carente de divinidad. No es casualidad en este sentido que dos de las más consistentes obras de animación en la Ciencia ficción moderna tengan referencias, incluso explicitas en el caso de la segunda, al gólem. Me estoy refieriendo a las geniales Ghost in the Shell (1995) y su secuela Ghost in the Shell 2: Innocence (2004), ambas por Mamoru Oshii. Preguntas como qué nos hace humanos y si es algo tan especial o positivo, son cuestiones que imbuyen estas poéticas obras de arte. El resto de la franquicia es mucho menos rompedor, desde los irregulares mangas (1989-1997) de Masamune Shirow, la serie (2002-2006) con altibajos Stand Alone Complex o la vacua película protagonizada por Scarlett Johansson (Sanders, 2017) entre otros productos. El gólem por cierto está construido a partir del barro, lo que nos trae reminiscencias desde los albores de la humanidad, pues la tradición judeocristiana hace surgir al hombre de ese material (a la mujer de una costilla del primero), pero esto no deja de ser un eco de las primeras cosmogonías. En la babilónica Marduk crea al ser humano mezclando su sangre divina con barro con el objetivo —algo muy a tener en cuenta por su relación con la narrativa de los autómatas— de que las personas sirvan a los dioses. Es decir, que para algunas de las tradiciones más antiguas, los humanos son los "robots" de los dioses. Al respecto conviene recordar dos cosas:  Čapek elige la palabra porque en checo robota hace referencia al trabajo forzado y Mary Shelley establece como subtítulo de Frankenstein "el moderno Prometeo", pues el titán de ese nombre da a los seres humanos un poder exclusivo de los dioses: la tecnología y en concreto la posibilidad de crear vida con ella.

En el cine mudo están ya presentes todos los géneros. Y en la trilogía del gólem por Paul Wegener nos encontramos con una película original (1914, no es una adaptación del un tanto hermético libro homónimo escrito por Gustav Meyrink y publicado en 1915), una parodia o spoof (Der Golem und die Tänzerin, 1917) y un remake o reactualización (Der Golem, wie er in die Welt kam, 1920). La figura de la niña va a tener una presencia muy similar a la de la posterior Frankenstein protagonizada por Boris Karloff (abajo. Whale, 1931).

 


El camino del autómata como ser sin alma, sin la chispa divina, que es posible también esté ausente de nosotros, se encuentra en el mismo origen de una de las novelas más influyentes en el siglo XX en este campo: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), aunque lo sea en gran medida por la fama y profundización —en este caso respetando la esencia temática—, de su famosa adaptación fílmica: Blade Runner (Scott, 1982). La idea de realizar un libro sobre seres artificiales —el término replicante debería esperar a la película— (1) le vino a Philip K. Dick cuando estaba investigando para El hombre en el castillo, una distopía en la que los nazis ganan la Segunda Guerra Mundial. Rebuscando entre viejos documentos en una biblioteca, topó con la carta de un oficial de las SS en la que se quejaba de que en un campo de concentración los llantos de los niños prisioneros no le dejaban dormir (2). Esa crueldad, de ser un rasgo humano, ¿no nos deshumanizaba a su vez?, ¿no nos convertía en androides?. La pregunta que se formuló Dick acabaría revolucionando el género, en parte creando el Ciberpunk a través del éxito de Scott. No obstante, la película de forma magistral va a incidir más en la posible consciencia del ser construido, aunque es interesante ver que en el origen de esta historia el planteamiento era que los humanos nos convirtiéramos en máquinas. Como siempre, Dick dándole la vuelta a todo. No obstante con respecto a estas cuestiones hay que poner en valor la mencionada R.U.R. en la que los sintéticos se sublevan precisamente por ser algunos de ellos programados con una actualización que busca hacerles más similares a los humanos. En un inolvidable diálogo del texto de Čapek, se dice:
 
—(...) creí que si [los robots] fueran más como nosotros, nos entenderían mejor. Que no nos odiarían si fueran tan solo un poco más humanos.
 
—Nadie puede odiar más a los seres humanos que los humanos.
 
Es decir, que parecerse a la humanidad supone tener al menos en parte un gran impulso destructor. Terrible.  
 
 

Arriba: La portada del libro es apropiada, ya que da una idea de los esquemas mentales del tío Phil. Abajo: Cubierta de la primera edición de R.U.R. El diseño es de Josef Čapek, hermano de Karel.

 

En realidad el género de la entidad artificial de desplazamiento autónomo y habitualmente antropoide —el robot o cíborg— que acompaña al humano desde que éste lo inventa, puede dividirse dentro de la ficción en dos grandes bloques: el que lo presenta como herramienta que puede ser utilizada con fines positivos o negativos, como cualquier otro instrumento; o el que —al imbuirlo de consciencia— sirve para reflexionar sobre nuestra propia existencia y naturaleza, reflejándonos en él al encontrar un igual. Asimov exploró solo tangencialmente la segunda opción. Incluso aún cuando los robots pueden tomar decisiones inesperadas o aparentemente autónomas, como en el relato El conflicto evitable (The evitable conflict, 1950), responden a una lógica de programación basada en las famosas tres leyes de la robótica (3). Verdad es no obstante que en algunas ocasiones parece que cierta autoconsciencia robótica se despierta en unos pocos de sus escritos, siendo tal vez el más representativo El hombre bicentenario (1976), en el que el sintético Andrew (el nombre tiene reminiscencias a "androide") desarrolla una —eso sí, única, pues ningún otro ente artificial lo logra— personalidad que le hace desear la libertad. Ciertamente este texto, edulcorado en exceso por Chris Columbus en la adaptación cinematográfica (The bicentennial Man, 1999), apunta al hecho de que el ser humano no se diferencia en mucho del resto de animales, algo que comparto junto a filósofos brillantes como Jesús Mosterín. Si observamos a los demás seres vivos, sobre todo a los mamíferos superiores, podemos ver consciencia. En ellos son detectables sentimientos: dolor, reconocimiento del ser querido, curiosidad, juego entendido como diversión y no solo aprendizaje, deseo de libertad, así como percepción de la mortalidad. Andrew al convertirse en humano en realidad se integra en parte de la ecología natural. Pasa de objeto a animal. No obstante y aunque magistralmente, la mayoría de escritos de robots por Asimov se basan, más que en motivos existencialistas, en la premisa de que no deberíamos renunciar a la tecnología por temor a usarla mal. Es un debate que se puede rastrear en la ética aplicada a las redes sociales. ¿Son negativas per se o un simple instrumento? Son tan válidas tanto para buscar información o escuchar a gente interesante, como —de la mano de algoritmos poco inocentes— para vender gratis nuestra privacidad o la de nuestros seres queridos, en un intento de provocar envidia o reafirmación a través de una felicidad artificial. Asimov parece que nos advierte de que de lo que tenemos que preocuparnos es de madurar como individuos y sociedad, no de restringir el avance tecnológico.
 

 Arriba: Robin Williams y Sam Neill en El hombre bicentenario (Colombus, 1999). La cuestión de la toma de consciencia por el androide ha servido para explorar los remas de la alienación o el racismo, como en Inteligencia Artificial, de Spielberg (2001. A.I. Artificial Intelligence), originalmente idea de Kubrick (abajo).

 

Ejemplos del robot-herramienta hay muchos, habitualmente sin la profundidad del querido doctor, desde el más puro entretenimiento —incluyendo el más satisfactorio al estilo de Pacific Rim (del Toro, 2013)— a algo más consistente. Como el querer aferrarse a una tecnología obsoleta por motivos emocionales,  por ejemplo en Steel del maestro Richard Mahteson, texto versionado en la televisión (“La dimensión desconocida”, episodio de 1963) y en la gran pantalla bajo el título de Acero puro (Real Steel, Shawn Levy, 2011). El apoyarse sentimentalmente en un objeto por no querer resolver los problemas interiores, o por intentar buscar refugio ante una sociedad hostil, está en el núcleo de esas páginas, llevando por eso mismo a la reflexión acerca de una sociedad que aísla a los individuos que la conforman. Otros ejemplos famosos de obras imperecederas pueden ser Robby de “Planeta prohibido” (Forbidden Planet, 1956, Fred M. Wilcox) cuya programación es muy posible que se inspirara ya en los relatos de Asimov; o el Gort de Ultimatum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951), también posiblemente basado en un relato de Astounding Science Fiction publicado en 1940. Por desgracia la versión del 2008 se rindió de nuevo al mero mercantilismo. En cualquier caso ambos, Robby y Gort, son instrumentos construidos (el primero por el Dr. Morbius y el segundo por la organización cósmica a la que pertenece el extraterrestre Klaatu) para ciertos fines.


¿Asustan, eh? Pues son los buenos de la peli (imagen por Brecht Bug en flickr).

No obstante la Ciencia ficción se ha inclinado a ir más por la vertiente del espíritu en la trama robótica, tal vez por el hecho de ser un género especialmente adecuado para la especulación filosófica, pese a ideas preconcebidas en otro sentido por parte de público y crítica. De nuevo los casos son inabarcables, desde los dedicados al público infantil, algo que se puede rastrear en el Pinocho de Carlo Collodi en el siglo XIX y sus adaptaciones (en cierta forma Inteligencia Artificial lo sería), siendo la obra original más bien cruda —aunque excelente— para los estándares actuales. El hilo nos puede llevar hasta la exitosa y en parte ejemplo del cine de los ochenta Cortocircuito (Short Circuit. Badham, 1986), donde es interesante que la toma de conciencia del robot protagonista, Número 5, venga por el impacto de un rayo, habitual poder divino en el imaginario colectivo desde tiempos inmemoriales y portador de la electricidad que ya sin magia anima a la criatura de Viktor Frankenstein. En los últimos tiempos uno de los mejores exponentes —e injustamente olvidada— es Chappie (2015) del sudafricano Neill Blomkamp, quien pese a la diversidad de opiniones respecto a sus creaciones ha demostrado ser uno de los directores que mejor pulso tiene rodando acción. Sin quedarse en pirotecnia vacía,  pues la pone al servicio de una trama consistente  como en Distrito 9 (District 9, 2009). Esta rama robótica está muy ligada a la de las Inteligencias Artificiales que en su aparición ficcionada suele  presentar un despertar de consciencia, pudiendo a veces servirse de robots-herramienta para sus propios fines, habitualmente atacar a —o defenderse de— la humanidad. Ahí tenemos a Skynet con sus Terminator, la IA de Matrix con sus agentes Smith por ejemplo, los mortales artefactos de los que se sirve la computadora de la inquietante Engendro mecánico (Demon Seed. Cammell,1977) pasando por el seminal H.A.L. de 2001, cuyas motivaciones quedan más claras en la novela —tampoco es una novelización del film— de Clarke (4) que en la magistral película de Kubrick.


El Engendro mecánico es una cinta basada en la novela del mismo nombre por Dean Koontz (1973). Muy recomendable, explora uno de los temas clave respecto a la esencia de los seres vivos: la reproducción.


En definitiva el mundo de los robots en el género que tanto nos apasiona ha seguido dos caminos diferenciados, aunque en ocasiones coincidentes: El robot-herramienta y el robot-ser. Ambos han sido usados por algunas de las mejores obras para reflexionar sobre nosotros mismos, algo que en definitiva —y visto lo visto— no está de más. 
 
Desde una perspectiva humorística y a la vez filosófica debemos recordar a Marvin de La guía del autoestopista galáctico (Adams, 1979. En la versión fílmica de 2005 con la voz del añorado Alan Rickman). Por otro lado (abajo) a Trurl y Clapaucio de Ciberíada (continuación de Fábulas de robots. Lem, 1964 y 1965) testigos de un universo en ocasiones desconcertante. Como recomendación final podemos decir que nunca, NUNCA, le preguntéis a Marvin qué tal le ha ido el día.
 

 
NOTAS
 
(1) Fue idea del guionista David Peoples (De Lauzirika, 2007). 
 
(2) Carrère, 1993. 
 
(3) A lo largo del universo robótico de Asimov se desarrollará una cuarta ley, la "cero", que incluye a toda la humanidad en la salvaguarda robótica de dañar por acción u omisión. Pero son las tres más famosas las presentes en toda la obra. 
 
(4) Tal vez la mejor fuente para conocer el proyecto en que se embarcaron Clarke y Kubrick es el ensayo del primero sobre todo lo que aconteció al respecto (Clarke, 1972).
 
 
 

 
 ¿QUIERE SABER MÁS?
 
 
—No sólo sobre Ciencia ficción, sino sobre historia del cine en general, pues narra de forma detallada lo que supone el rodaje de una película mítica, tenemos el documental Días peligrosos: Creando Blade Runner (Dangerous Days: Making Blade Runner. De Lauzirika, C. 2007).
 
—De forma similar podemos recomendar el libro de Arthur C. Clarke sobre 2001, pues apunta gran cantidad de información de su trabajo y de la película: The Lost Worlds of 2001. (Clarke, A. 1972).
 
—Sobre citas y reflexiones de Clarke, incluyendo pensamientos acerca de la tecnología: Deckard, V.  Las máximas de Arthur C. Clarke: Un manual para filósofos, científicos y librepensadores (2026). Disponible en línea:
 
—En el proyecto Podcaliptus nos interesa mucho la interacción sobre diferentes formas de arte. Por ejemplo entre cine y videojuegos. Aquí tenéis también disponible en línea un artículo sobre los videojuegos en el universo de Terminator, lo que nos sirve además para reflexionar sobre la figura arquetípica del rebelde (Deckard, V. Los videojuegos ambientados en el universo de Terminator. 2025):
 
—Artículo sobre la obra de Philip K. Dick desde una perspectiva política y en relación con el posmodernismo. En él se enlazan además diversos pódcast sobre obras concretas del autor. (Deckard, V. Estigmas posmodernos y penúltimas verdades. Filosofía política en la obra de Philip K. Dick. 2026):
 
 —Pódcast sobre la obra de Isaac Asimov:
 
(Primera parte: La saga de los robots)
 
(Segunda parte: El legado en otras obras)
 
 —Pódcast sobre la Inteligencia Artificial en la Ciencia ficción:

—Pódcast sobre el mito del gólem:
 
 —Pódcast sobre Frankenstein:
 
 —Pódcast sobre Richard Matheson:
 
 —Pódcast sobre la saga Terminator:
 
 —Pódcast sobre Pinocho: 
 
 —Pódcast sobre 2001:
 
(Primera parte: sobre la novela)
 
(Segunda y tercera partes: sobre la película)
 
—Pódcast sobre Jesús Mosterín:
 
 
Los antropoides artificiales en la Ciencia ficción [Robots y cíborgs. Líneas narrativas y obras imprescindibles] © 2026 by Víctor Deckard is licensed under CC BY-ND 4.0