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sábado, 29 de noviembre de 2025

Un recorrido por la productora de cine "Fantastic Factory" (2000-2006) ¿Se recuperó el «fantaterror» español?





La "Fantastic Factory". He visto todas sus películas y he perdido 1D6 de cordura. ¿Ha merecido la pena? En realidad esta productora derivada de la clásica distribuidora Filmax ha recibido todo tipo de consideraciones, desde tomadura de pelo hasta una gran idea que fue una pena que se perdiera. Tal vez ambas sean correctas a su modo. Yo dividiría sus películas entre "comedias involuntarias" (género por lo demás muy disfrutable, aunque poco satisfactorio artísticamente para sus autores/perpetradores), cintas que van de serias pero que son aburridas, y un par de buenas obras (sobre todo una). 


Adenda: En primer lugar que no se me enfade nadie, que con esto del cine la gente tiene unas sensibilidades a flor de piel y la vida es muy corta como para estar enfurruñaos porque a alguien no le gusta lo que a uno; por otro lado, no voy a destripar las películas por si alguien quiere seguir la peligrosa senda para la estabilidad mental que he transitado, y finalmente bravo por el esfuerzo de todo aquel que saca una peli, aunque sea Birdemic. Encima tiene que aguantarnos a los que las vemos que, claro, somos todos unos expertos y más predispuestos a decir ñi ñi ñi que bien hecho. Pero bueno, vamos allá. Pasen, pasen. Entren libremente y dejen un poco de la felicidad que traen consigo.


Brian Yuzna adquirió reconocimiento con su interesante Society (1989), la cual a su vez tiene puntos en común con la influyente They Live, que Carpenter nos regaló el año anterior.




La idea venía a recuperar una vieja tradición del cine español y que ha dado grandes alegrías al aficionado: el Fantaterror (1). En cierta medida, el género fue una especie de refugio creativo durante tiempos duros y nos dio obras que han sido reivindicadas en nuestro país y fuera de él. Por poner un ejemplo, el famoso director Eli Roth (Cabin Fever, Hostel) ha reconocido en alguna ocasión ser fan de Quien puede matar a un niño (Ibáñez Serrador, 1976). Otras menos conocidas para el público actual como No profanar el sueño de los muertos (Grau, 1974) o Pánico en el Transiberiano  (Martín, 1972) son una joya, pudiendo gracias a esta última disfrutar de ver en el mismo plano a gente de la talla de Christopher Lee, Peter Cushing o Telly Savalas (éste, vestido de cosaco dando sablazos es un primor). Incluso entre cintas aún menos recordadas hay tesoros, caso de Una vela para el diablo de 1973 por el mismo director de Pánico en el transiberiano. ¿Y qué pasó? Para algunos autores la transformación del cine español vino de la mano de la "Ley Miró", que en 1983  asentó el sistema de subvenciones y primó un cine más “social” que acabó con la industria previa. Es un debate complejo y seguramente como es habitual en la causalidad histórica, el fenómeno responda a diversas causas (2).

Christopher Lee y Peter Cushing en «Pánico en el Transiberiano». Siempre me ha hecho mucha gracia este fotograma, porque parece que alguien se ha tirado un peíllo. Si no han visto la película, seguramente se lo pasarán pipa cuando lo hagan. Y es de Dominio Público.


Con estos antecedentes el de la Fantastic Factory parecía un proyecto loable. El Fantaterror era añorado, recordado y, si se podía hacer negocio con una reactualización, pues "miel sobre hojuelas" que se dice, ¿no? Pues no, porque para abrir el proyecto llegó… Faust: La venganza está en la sangre (Yuzna, 2000). Tal vez el problema es que Brian Yuzna estaba ya en una trayectoria descendente en su carrera. A día de hoy siguen siendo muy reivindicables sus gamberras Society (1989) o From Beyond (1986, traducida en España como Re-sonator para subirse al carro de Re-animator, que produjo con la dirección de su amigo Stuart Gordon). Faust entra de lleno en la categoría de comedia involuntaria, con unos escenarios en Barcelona que tratan hacer creer que la acción es en Estados Unidos sin conseguirlo y unos efectos poco logrados. La sublimación está en un guion que va provocando la incredulidad y poco a poco el gozo en el espectador por las risas. A la sensación raruna, salpicada de carcajadas, contribuye un erotismo de lo más sonrojante y desmadrado, poco necesario para la historia. Si en la escala de “cine malote” R.O.T.O.R. es un 10, Faust alcanzaría para el que suscribe un 8. No está mal para el despiporre, pero como negocio la botadura empezaba con vías de agua. Añadir que fue muy comentado el que le dieran el premio a los efectos especiales en el festival de Sitges.




El mito de Fausto ha sido reinterpretado en diversos formatos. En el cine ya desde la época muda con la película de Murnau en 1926. En el caso de la película de Yuzna, se basa en el cómic creado en 1988 por Tim Vigil y David Quinn, cuyo protagonista toma rasgos del personaje clásico.



Bueno, cualquiera puede dar un traspiés. El año siguiente hubo una de cal y otra de arena. Por un lado llegó Arachnid, que trataba de ser más autoconsciente y no tomarse demasiado en serio. El problema es que es aburrida. Pertenece al manoseado y agotado ya en aquel momento género de bichos asesinos. Tras la Ciencia ficción de bajo presupuesto de décadas anteriores, habíamos tenido Tiburón (Spielberg, 1975) y toda su exploitation, pero también otras como la notable Phase IV (Bass, 1974) o la —esta sí divertida y cercana— Slugs. Muerte viscosa (Piquer Simón, 1988). Superar esos listones era complicado y no se logró. Incluso el director, Jack Sholder, ha despotricado contra esta película señalando que el guion era un asco, que se la montaron casi a traición y que estaba bien vivir en Barcelona salvo por el hecho de que tener que trabajar en algo tan malo. Casi nada. Y es una pena, porque en su haber tiene maravillas como The Hidden (1987) y de haber intentado innovar con Pesadilla en Elm Street 2 (1985) que dio mucho que hablar, entre otras cosas porque hay quien ha visto en ella una alegoría de las dificultades sociales por ser homosexual.




Carteles para el mercado español y para el tailandés. La Fantastic Factory tenía una clara vocación internacional. Entre los ejemplos más desconcertantes de arañaexploitation está The Kingdom of Spiders (1977) protagonizada por William Shatner y que cuenta con algún póster así mismo fascinante.



Por suerte en 2001 llegó la buena de la Fantastic Factory. Casi me atrevería que, como dice la canción, por esta “valió la pena”. Hay mucha gente que la considera una obra menor, pero que quieren que les diga: yo tengo debilidad por ella. Me refiero a Dagon: la secta del mar. Fue el mismísimo Stuart Gordon quien, apoyándose en el guionista con quien había trabajado en Re-Animator, Dennis Paoli, se desenvuelve como pez en el agua (permítaseme la broma en una historia de seres anfibios) dentro de uno de sus contextos favoritos, el del universo de Lovecraft. Se suele decir que el escritor de Providence no es bueno, que sus personajes son planos y que juega mejor con la atmósfera que con la narrativa. Para mi hay cuatro obras que no encajan con esta teoría: El color del espacio exterior (1927), El extraño caso de Charles Dexter Ward (post, 1943) y las dos en las que se apoya la peli de Gordon: Dagon (1919) y la excelente La sombra sobre Insmouth (1936). A diferencia de con Re-animator, el guion no modifica sustancialmente la historia original (Herbert West: Reanimador, 1922) de modo que nos encontramos con una historia atmosférica, una narrativa efectiva (no exenta de escenas gore) y con el gustazo de que gracias al saber hacer de Gordon, se mezcla todo perfectamente en un entorno español pero que aquí no desentona. Al fin y al cabo  se ambienta en un ficticio pueblo gallego, con el grandioso nombre de Imboca, traslación al castellano del “Insmouth” del relato. Un gustazo para un admirador de Lovecraft, como el que suscribe.

"Hola, soy Lovecraft y no apruebo Dagon porque salen tetas". La película utilizó como escenario el bellísimo pueblo gallego de Combarro.




Por desgracia, la originalidad de Dagon no se mantuvo. La siguiente, Darkness (2002) representa un ejemplo de lo insulso del cine más comercial dentro del ámbito del terror, lleno de sustos a golpe de ruido, casas encantadas por doquier con maldiciones que desfacer y pocas sorpresas. De modo que entraría en la liga de “seria pero aburrida” y por su falta de estímulos creativos se me hizo cuesta arriba. Una pena, porque el director, Jaume Balagueró ya ha demostrado que puede traer productos de lo más interesantes, ya fuera con Paco Plaza en REC (2007, una pena que la segunda parte fuera un verdadero desastre antes de hacer un giro radical con la tercera) o en solitario con Mientras duermes (2011, inverosímil pero muy efectiva). Por desgracia Darkness no está entre sus mejores obras y la capacidad de sorprender es nula. Como curiosidad podemos ver en la misma cinta a  la ganadora del Oscar, Anna Paquin, junto a Fele Martínez, quien durante un tiempo fue una figura muy reconocible en parte por su gran trabajo en la meritoria reivindicación del género que fue Tesis (Amenabar, 1996).



Después de la oscura Darkness (je je) llegó el retorno al universo Re-animator con Beyond Re-Animator, la tercera parte tras una continuación anterior a la Fantastic Factory (La novia de Re-Animator Yuzna, 1990) que estaba por detrás de la gloriosa primera parte pero que se dejaba ver. Igual es cuestión de expectativas, porque cuando introduje el DVD de Beyond en el reproductor pensaba que me iba a encontrar como Kurtz con el “horror”, pero no fue para tanto. Tal vez por eso para mi esta es la otra “buena” de la FF. A ver, entendámonos. Re-animator es el Nirvana, Dagon unas vacaciones en la playa y aquí andamos por una acera en la que se ve de vez en cuando un arbolico. Coge bien el tono de humor de la saga y le da un pequeño giro al ambientarse en un entorno nuevo. El problema está en que para que la productora hubiera podido sobrevivir quizás este tendría que haber sido el nivel medio y no la excepción. En las curiosidades, señalar que podemos ver a Elsa Pataki, quien ya demostraba un muy buen nivel de inglés y está solvente en su interpretación y a Santiago Segura… haciendo de Santiago Segura. Las caras que ponían Jeffrey Combs y Jason Barry ante sus bromas en la presentación son todo un poema.



A partir de aquí no se levanta cabeza. Ya solo hay o aburrimiento, o aprovechable comedia involuntaria. En el primero juega Romasanta: la caza de la bestia (2004) del ya mencionado y ocasional colaborador de Balagueró, Paco Plaza (quien ha tenido éxito en los últimos años con la para mi así mismo insulsa y llena de clichés Verónica, 2017). Ya que estamos vean OT: la película (2002), que es un documental de Plaza y Balagueró sobre los primeros triunfitos y que da un poco de susto también, debido a la sordidez del mundo de las grandes discográficas. En lo soseras del último tramo de la Factory está así mismo La monja (De la Madrid, 2005; no confundir con la peli homónima más famosa del 2017). Como dice un usuario en FilmAffinity lo mejor de este título es recordar la infancia diciendo rápido "mon-ja-mon-ja-mon-ja-mon-ja…" ya saben. Por suerte, Yuzna vino, eso, involuntariamente, en nuestro auxilio para sacarnos carcajadas con Rottweiler y sobre todo con Bajo aguas tranquilas, ambas del 2005. La primera nos presenta una España postapocalíptica a lo Eurosource, el módulo del juego de rol Cyberpunk, en la que —no sabemos muy bien el motivo— un perro aparentemente muerto no deja de perseguir al prota. Los despropósitos son continuos, los diálogos absurdos y los personajes se comportan como si estuvieran todos como un cencerro. Da para risas, el problema es que “de”, no “con”. Aparece en uno de sus últimos papeles otro representante del Fantaterror patrio, Jacinto Molina (Paul Naschy) quien a diferencia de Rabal, no tiene aquí espacio para destacar. Y acabamos por todo lo ¿alto? con Bajo aguas tranquilas. Tiene un meritorio 7-7,5 en mi reiteradamente señalada escala de pelis chungas. Uno de esos regalos que ofrece la vida es el poder ver al nadador David Meca en su peculiar faceta de actor (ha contado varias veces que anteriormente rechazó un papel en la mítica serie estadounidense Los vigilantes de la playa) y escucharle doblándose a sí mismo, o contemplar una escena con una fiesta de pueblo que deja atrás lo más sórdido que puedan imaginarse en una evento de esas características (añadiré también en una fiesta “de ciudad”, que en estos tiempos como digo la gente está a la que salta. Añado emoticono para rebajar la tensión 🙂) Ángel Sala, director del festival de Sitges en alguna de sus ediciones, ha participado en tan ilustres obras finales de la FF. En la primera aparece acreditado como script consultant y en la segunda en screenplay, según IMDb o aiemdibi.






Y ya, estas fueron todas las películas de la Fantastic Factory. Creo que queda claro que en mi opinión el nivel medio no estuvo bajo las aguas, sino en el fondo de la fosa de las Marianas, pero eso, aparte de ser algo subjetivo no significa que: 1) forme parte de la historia de nuestro cine, 2) la intención era buena 3) están las risas y 4) está Dagon. Así que sí, he perdido cordura pero… valió la pena.


NOTAS

(1) Ha habido otros intentos menos conocidos, como la productora "Diseño y producción de Films", detrás de Angustia (1987) interesante slasher dirigido por Bigas Luna. 

(2) Echazarreta, 2002.

¿QUIERE SABER MÁS?

—Pódcast sobre la "Fantastic Factory":


—Pódcast sobre No profanar el sueño de los muertos:


—Un buen repaso por el Fantaterror lo realiza Juan A. Pedrero Santos en un capítulo de su Terror Cinema (Calamar ediciones: Madrid, 2008). 

—Sobre el difícil ecosistema del mercado español en el último cuarto del siglo XX para que permeara el género de terror, todo en el contexto de la "Ley Miró", se puede consultar:

«Angustia» o la siniestra cinefilia de Bigas Luna por Echazarreta Carrión, J. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002) en:




El artículo se acoge a la licencia Creative Commons y por lo tanto es de libre distribución con los requisitos de atribución y no modificación.




jueves, 19 de junio de 2025

PAUL VERHOEVEN Y EL TERROR: "ESCENA FINAL" (1986)

 

No hay duda de que el director holandés Paul Verhoeven es uno de los creadores con más personalidad del cine contemporáneo. Su trayectoria está jalonada de hitos, algunos muy conocidos, como Los señores del acero (1985), Desafío total (1990), o Instinto básico (1992); y otros menos, caso de El cuarto hombre (1983) o El libro negro (2006). Esta última una de las mejores películas sobre la tan visitada, en numerosas ocasiones de forma mediocre, II Guerra Mundial. Incluso Showgirls (1995) o Starship Troopers (1997), que en su momento recibieron duras críticas, han ido adquiriendo con los años cierto estatus de culto, al ir calando con el tiempo el mensaje camuflado con sátira, que en sus tramas ofrecía el creador.


La cara que ponen los protas de Starship Troopers, cada vez que alguien dice que la peli es una oda al militarismo. CC en farefilm.it


Y de paso un peliculón, que va más allá de los lugares comunes, sobre la II Guerra Mundial.

No obstante este artículo no versa sobre la producción general del director, brillantemente analizada en muchos lugares, sino en señalar una de sus obras que no se suele tener en cuenta. Se trata de una curiosidad, posiblemente atractiva para los cinéfilos en general, pero  así mismo desconocida para muchos de los admiradores de Verhoeven (ni siquiera aparece en su entrada de Wikipedia en inglés). Por otro lado se trata de una incursión en el terror, género que solo ha abordado tangencialmente ya que, cuando lo ha hecho, ha sido más bien de la mano del thriller, como en algunos detalles de Instinto básico o —ya en su etapa posterior a Hollywood— de la aclamada Elle (2016). Nos referimos a Last Scene (Escena final) un episodio, emitido por primera vez en 1986, de la tercera temporada de la serie televisiva The Hitchhiker (El autoestopista, 1983-1991) (1), que llegó a emitirse en España aunque sin ser tan recordada como otras de la época. Era un momento crucial para Verhoeven, pues se había hecho cierto nombre en los Estados Unidos a raíz de la mencionada Los señores del acero y estaba en contacto con Orion para realizar Robocop. Vamos a contextualizar brevemente esta incursión del artista holandés y contaros cómo podéis verla, de la mano de archive.org, sin tener que recurrir a páginas meh. 

Vamos a vagar por ahí y ver cosas "rarunas". En italiano la serie se tituló "I viaggiatori delle tenebre" (Los viajeros de la oscuridad) lo que pone de relieve el carácter fantástico de las tramas. Fair Use en Wikipedia.

En primer lugar podemos decir que no hay que despreciar per se, desde una perspectiva artística, el formato para televisión. Hay directores de la talla de John Carpenter que han elaborado interesantes productos (Someone's watching me! por ejemplo), existen obras excelentes en el género de la Ciencia ficción (Firefly, por indicar una no comentada habitualmente y cancelada antes de tiempo), e incluso ha dado el impulso a la carrera de éxito de ciertos creadores, caso de Spielberg en 1971 con su Duel, guionizado por Richard Matheson y posteriormente ampliado en metraje para proyectarlo en salas.


En "El diablo sobre ruedas" ("Duel"), el camión siempre tiene prioridad.

La serie en la que participó Verhoeven ofrece episodios autoconclusivos, pero con el nexo común del misterioso personaje al que hace referencia el título (el autoestopista) y que representa la figura del demiurgo que nos enfrenta con las miserias de nuestra sociedad, así como con nuestros "secretillos" individuales. Su arquetípico papel aleccionador queda claramente de manifiesto en la última parte de los episodios, en los que ofrece un monólogo a modo de moraleja. Vamos, un poco como el coro griego y He-Man, pero en forma de señor real guaperas. El personaje fue interpretado por dos actores: Nicholas Campbell, habitual en pelis de Cronemberg (otro que tal para las escenas "particulares") y en la mayoría de ocasiones por Charles Page, el Robocop de la serie de imagen real Prime Directives.


Charles Page en "Robocop: Prime Directives" (2001), la cual recupera (algo) el tono oscuro de la primera película (CC en film-rezensionen.de).

The Hitchhiker respondió a una etapa muy interesante para la televisión, que influirá en posteriores productos meritorios. Esto se debió a que la cadena HBO, entonces por cable, tuvo la idea de emitir producciones propias, de alrededor de media hora, para insertarlas entre películas. Pero en vez de un simple relleno, apostó por la calidad de productos atractivos para un público adulto, en una trayectoria que condujo a la emisora al posterior reconocimiento artístico. Es en este ámbito en el que surge El autoestopista, en colaboración con Canal + Francia —lo que hacía más sencilla la distribución mundial—, con el empuje de los productores Lewis Chesler y Riff Markowitz, así como del guionista Richard Rosthein. Por cierto que algunas de las historias iniciales contaron con Jeph Loeb, figura muy reconocible en el mundo del cómic, hasta el punto de que su obra El largo Halloween ha sido señalada por Christopher Nolan como una de las principales inspiraciones para sus versiones fílmicas de Batman. Y hablando de tele de calidad, el segundo capítulo de la segunda temporada de El autoestopista, tiene historia de George R. R. Martin.


Imagen de "Remembering Melody", capítulo de 1984 con historia de R. R. Martin. ¿Qué habrá tras la puerta? ¿Un Lannister? ¿Rocadragón?

Tampoco conviene menospreciar la importancia del terror audiovisual como forma de expresión artística. En el caso de Escena final nos vamos a encontrar algún tropo habitual del género, como el uso de la máscara y —en relación con ella— el juego de adivinar la autoría, así cómo la naturaleza de la amenaza presente. Difícil decir más sin destripar (je je) la gran sorpresa de la trama. Por supuesto, el género ofrece todo tipo de productos, desde el que ofrece la más pura evasión —algo de por sí meritorio si se consigue—, hasta los que invitan a cierta reflexión o crítica social. Pero no conviene olvidar que en general la narrativa slasher (2) a la que pertenece el episodio de Verhoeven, ha sido tradicionalmente considerada por amplios sectores de la crítica, como una especie de entretenimiento "tonto" para adolescentes. Más allá de que cualquier espectro poblacional, también el de la juventud, merece ser respetado y es público objetivo de obras que pueden ser dignas, el slasher nos ha ofrecido historias profundas que no tienen nada que envidiar a otras temáticas. Incluso antes de la inauguración oficiosa del género con Halloween (1978) precisamente de Carpenter, y hasta de la seminal Matanza de Texas (1974) por Tobe Hopper, nos encontramos con la imprescindible Bahía de sangre (Mario Bava, 1971) como paradigmático ejemplo de obra con una enorme carga social, dentro de las historias de asesinos en serie. Black Christmas (Bob Clarke, 1974) es así mismo otra de esas películas a destacar, y no desmerece nada comparada con otras mucho más famosas.


Claudine Auger y Laura Betti en "Bahía de sangre". Muy buena, pero prepárense para ver sangre a raudales (Wikipedia IT).

Tampoco pretendo señalar que Última escena sea una obra maestra, ni siquiera especialmente notable dentro de la carrera del director. Pero vamos a obtener con ella un mensaje interesante, en este caso denunciando malas prácticas en el mundo del espectáculo; guiños a autores admirados por Verhoeven, como Hitchcock y su señalamiento del voyeurismo latente en muchos seres humanos; e incluso la posibilidad de estudiar la técnica del director, ya que la escena más conseguida nos va a recordar al famoso baile de Instinto básico. Además sale Peter Coyote, algo siempre de agradecer. En el guion está Richard Rothstein, uno de los creadores en la serie de primera hora, y que participaría posteriormente en Soldado universal (Emmerich, 1992), uno de mis placeres culpables; así como Robert Ayrech, colaborador de De Palma en  Doble cuerpo y de Sidney Lumet en Una extraña entre nosotros. Sirva este artículo para reconocer el papel de Verhoeven en el genero audiovisual, a lo largo de toda su trayectoria y en diversos formatos (ya en Holanda trabajó en televisión grabando Floris, con presencia del imponente Rutger Hauer). En definitiva se trata de un artista, de modo que el encontrar de vez en cuando alguno de estos tesoros escondidos supone una alegría. Esperemos que siga dándonos otras, aunque ya podemos afirmar que lleva una madurez artística más que notable.


¿Nos marcamos unos "bailables"? "Ritmoooooo, ritmo de la nocheeeee".




(1) No confundir con uno de los cortos de Verhoeven, Los autoestopistas, de los años 60.

(2) Trama que supone la sucesión de ataques a los personajes por uno o varios autores, habitualmente de manera sangrienta, así como frecuentemente de forma acotada en el marco espacial y temporal.


Este artículo se acoge a la licencia Creative Commons 4.0 (Atribución-compartir igual).

Paul Verhoeven y el terror: "Escena final" © 2025 by Víctor Deckard is licensed under CC BY-ND 4.0


ENLACES DE INTERÉS

—En los siguientes enlaces de archive.org están disponibles la segunda y tercera temporadas de The Hitchhiker. El 2X02 es el de la historia de George R. R. Martin y el 3X11 la dirigida por Verhoeven:



Todo nuestro contenido es libre o acaba siéndo. Si quieres colaborar con nuestro proyecto puedes invitarnos a un cafecico en el siguiente enlace. El café es una droga muy aceptada por el capitalismo para generar plusvalía desde las cinco de la mañana. Eso es meh. Pero también sirve para estar despierto  si te persigue Lady Terminator para liquidarte. Y eso es waper.


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domingo, 30 de marzo de 2025

EL TESORO DE LAS MEIGAS (Pablo A. García)

 

La motocicleta entró en la aldea rugiendo como un lobo wargo.

 

Con todo el desprecio de quien se sabe una máquina superior, dio varias vueltas alrededor del cruceiro, dejando a su paso varias hendiduras en la tierra embarrada. Por último derrapó a mis pies y me salpicó de fango hasta las rodillas.

 

Era una Zündapp KS 750, esbelta y poderosa y equipada con un sidecar en el que iba acoplada una ametralladora MG 42. La Zündapp era la motocicleta más usada por el ejército alemán, y la favorita del general Oskar von Stroot.

 

El oficial nazi no llevaba acompañante. Cogió un bastón de mando de madera negra y pomo metálico que llevaba en el sidecar, y bajó de la moto. Se acercó al crucero que daba nombre a la aldea —O Cruceiro— y se quedó mirándolo. La cruz de piedra tenía la particularidad de que no estaba situada en un cruce de caminos, sino en una explanada irregular. Por lo demás, no tenía nada de especial; no era ninguna ruina medieval perfumada por la nostalgia, sino una sencilla plataforma escalonada con un pilar octogonal en el centro. Sobre el capitel había una cruz con la cara de Cristo toscamente esculpida en un lado, y el padecimiento de la Virgen reflejado en el otro.

 

"Cruceiro de La Parda" (Alfredo Souto, 1903) Dominio Público.


El general se puso a trazar surcos con el bastón en el barro a los pies de la plataforma. Mientras lo hacía, un camión Opel Blitz lleno de soldados germanos se detuvo a la entrada de la plaza. Cuando terminó y se echó a un lado, vi que el oficial había dibujado en el suelo una esvástica de cuatro brazos.

 

Von Stroot se giró hacia mí y mostró una sonrisa cruel y poblada de dientes amarillos. Llevaba el pelo muy corto en los lados y más largo en la parte de arriba. Yo nunca había visto una cara tan chupada y cadavérica como la suya en una persona viva. Aparentaba sesenta años, aunque en realidad no llegaba a los cuarenta y cinco. Su rostro estaba tan intensamente afilado que parecía el hocico de un zorro que se había transformado en humano.

 

—¡Heil Hitler! —dijo von Stroot alzando la palma derecha.

—Heil —respondí automáticamente.

 

Unos minutos antes hubiera jurado que nada en el mundo podría romper la resistencia de mis cuerdas vocales a decir aquello. Pero ese era el efecto que von Stroot ejercía sobre la gente. Se decía de él que era el brazo derecho de Himmler y que, cuando estaba en el frente, se dedicaba a limpiar las áreas minadas poniendo a la población judía a caminar hasta que explotaban.

 

—Bienvenido a O Cruceiro, general. Me informaron de su llegada pero no del motivo. ¿Está aquí para seguir de cerca el estado de las minas de wolframio? ¿O de las rutas de la costa? —Von Stroot negó dos veces con la cabeza—. ¿Supervisión de las redes de espionaje?

 

Hacía dos años, en 1940, el general Franco había permitido a los soldados del Tercer Reich ubicar varias bases de radionavegación en distintas comarcas de Galicia. Se utilizaban para localizar submarinos, barcos y aviones en el Atlántico.

 

El oficial nazi volvió a menear la cabeza.

 

—Ah, ya sé. Viene a buscar pruebas de la supremacía de la raza aria. ¿No es así?

Oskar von Stroot me soltó un bofetón.

—La supremacía de la raza aria se demuestra por sí misma —dijo—. No hay más que ver a ese atajo de bestias.

 

Se refería a los casi cincuenta hombres y mujeres reunidos en la explanada al otro lado del cruceiro. Eran los habitantes de la aldea. La mayoría iban vestidos con simples retazos de tela y tenían la mirada devastada. Algunas mujeres llevaban a sus hijos pequeños en brazos. Los muchachos más jóvenes eran poco más que adolescentes con una línea de vello incipiente sobre el labio. No había chicas jóvenes. Se habían esfumado de la aldea antes de mi llegada. Al menos, eso era lo que afirmaban los aldeanos, y las batidas de los soldados bajo mi mando en su búsqueda todavía no habían dado con ellas.

 

"Praza da Leña" (Pontevedra). 1915 por Joaquín Pintos. Presumible Dominio Público.

 

Von Stroot hizo un gesto al camión Opel Blitz aparcado a la entrada de la plaza y sus soldados se unieron a los míos con las armas en alto. Un sargento alemán de pura cepa, con ojos azules, cabello rubio y bien alimentado, se adelantó e intercambió unas palabras secretas con von Stroot. Después el sargento echó a andar hacia los aldeanos.

 

—Vaya con él —me ordenó el general.

Obedecí. Nos detuvimos delante de los campesinos y el sargento se puso a examinar con la mirada a cada hombre, mujer y muchacho. Finalmente, señaló a un anciano de largos cabellos grises que apenas se tenía de pie.

—Vamos, venerable viejecito, acércate —dijo el sargento en perfecto alemán sin importarle que el viejo no entendiese ni media palabra. Por el rabillo del ojo vi cómo se llevaba la mano a la culata de la pistola Luger P08 que le colgaba del cinto—. Ven y pórtate como un hombre, pedazo de bestia estúpida, peluda y fea.

 

El anciano reaccionó a los gestos que le hacía el sargento y caminó hacia nosotros con aire somnoliento. Estaba ya a la altura del cruceiro, con la boca hundida en el cuello de su gabán remendado, cuando la Luger retumbó con estruendo en el húmedo aire de la mañana. 

 

Las rodillas se le doblaron perezosamente, como si la artrosis opusiese resistencia, y el anciano se desplomó en el suelo boca arriba. Una mancha oscura comenzó a crecer en su pecho, donde segundos antes latía un corazón.

 

Una mujer aulló, y su aullido sonó como una súplica de venganza en el silencio que reinaba en la plaza.

 

—Para hacer la invocación tenemos que quemar el pelo y las uñas recién cortadas de un muerto —masculló el sargento mientras profanaba el cadáver con una navaja de afeitar.

 

¿Invocación? No tenía ni idea de qué demonios me estaba hablando. Volví junto al general von Stroot y le pedí explicaciones, pero lo único que me dijo fue:

 

—Quédese a ver el ritual, cabo primero Gausgofer. Así podrá informar al vicecónsul de primera mano.

 

Aquello sonaba condenadamente mal. No quería formar parte de ello ni permanecer cerca de von Stroot ni un segundo más. «Si huele a mierda deja que pisen otros primero», pensé.

 

—Prefiero mantenerme al margen, señor —dije.

—No era una sugerencia, sino una orden —zanjó von Stroot.

 

 

Zündapp KS750. Presumible Dominio Público.



***



—El crucero es un occultum, un lugar de culto mágico. En realidad marca un cruce de corrientes telúricas. Con el amuleto adecuado podemos desatar el mysterium que guarda.

 

Cuando Von Stroot terminó de decir aquello, alzó el bastón de mando que había sacado del sidecar y lo sostuvo delante de mis ojos. El pomo terminaba en una mano metálica cerrada formando un puño amenazante, con el pulgar entre los dedos índice y corazón.

 

—El puño es el amuleto. Está todo explicado en el Libro de San Cipriano. —El sargento nazi se acercó al sidecar, cogió una mochila bandolera y me mostró un desgastado libro encuadernado en piel que había dentro. Mientras hablaba, sus repugnantes dientes amarillos asomaban en una sonrisa de maníaco—. El investigador de lo oculto Peter Missler Ojarak descubrió que el libro ofrece una lista de tesoros escondidos por los romanos en estas tierras y los meigallos, o sea rituales, para desvelarlos. También las fechas mágicas más importantes. Esta noche es una de ellas, señala la mitad más oscura del año.

 

Había oído hablar a los aldeanos de la festividad que celebraban esa noche. Ellos la llamaban samaín. Esa parte del relato de von Stroot era cierta, pero todo lo demás que me había contado no tenía ningún sentido para mí.

 

Mientras oía hablar al siniestro oficial me atormentaban dos sensaciones muy distintas. Por un lado, me moría de ganas de atizarle en la cara con cadenas oxidadas. Al mismo tiempo, tenía un miedo paralizante metido en el culo. No porque creyera en aquellas supersticiones paganas, sino porque la ciega convicción del general parecía peligrosa. Era un fanático sin escrúpulos y nada bueno podía salir de él.

 

—Desde que tengo memoria siempre quise ser un Inmortal —dijo von Stroot, confirmándome de un plumazo su falta de cordura—. Y mi hora por fin ha llegado. Porque no te confundas, Gausgofer, los tesoros de los que estoy hablando no son joyas, ni oro, ni diamantes. Son poderes sobrehumanos que a nuestro servicio se convertirán en las armas definitivas para conquistar Europa. —Hizo una pausa antes de añadir—: Y, con el tiempo, el resto del mundo.

 

Círculo mágico en manuscrito del s. XV. Dominio Público vía Universidad de Cambridge


***

El ritual dio comienzo. 

 

Bajo la intensa luz de la luna llena, dos soldados de von Stroot, dirigidos por el sargento homicida, encendieron una hoguera a los pies del cruceiro. Usaron leña fina y seca de roble, que los autóctonos llamaban carballo. Era un árbol sagrado para ellos.

 

Mientras se llevaba a cabo la ceremonia, no dejé de preguntarme por qué los aldeanos seguían tan aborregados. Se habían arrodillado en el suelo enlodazado de la plaza sin que nadie se lo hubiese ordenado. Estaban muy juntos, con las manos unidas y las cabezas inclinadas, en actitud orante. ¿A qué esperaban para plantarnos cara? Era cierto que tanto mis soldados como los de von Stroot los apuntaban con fusiles y ametralladoras, pero aun así tanta docilidad resultaba desconcertante. Había pensado que en cualquier momento huirían en estampida, pero el olor de la sangre del anciano muerto y mutilado que tenían delante, lejos de despertarlos, parecía haberlos sumido todavía más en su letargo.

 

Von Stoot fue echando varios ingredientes a la hoguera, a cada cual más insólito. Añadió una mezcla de hinojo, helecho, artemisa, romero y otras hierbas, y después un puñado de harina llena de hormigas. Por último, arrojó a las llamas el cadáver de un lobo —que sacó del sidecar de la moto con la ayuda del sargento—, un trozo de pan de maíz, ortigas y el pelo y las uñas del viejo asesinado.

 

—Auga, fogo, terra e aire; mouchos, coruxas, sapos e bruxas —comenzó a recitar von Stroot en el idioma local, acercando el bastón a las llamas—. Demos, trasnos e diaños; espíritos das neboadas veigas, corvos, pintegas e meigas…

 

Al mismo tiempo, los aldeanos entonaron un cántico conjunto, grave y profundo. Vocalizaban con las cabezas temblorosas y las manos agitadas.

 

Von Stroot siguió adelante salmodiando un galimatías del que reconocí algunas palabras como «hechizos», «Belcebú» y «cuerpos mutilados». Me di cuenta de que los soldados estaban tan tensos como yo mismo. Sólo el sargento de pedigrí cien por cien alemán —el asesino de la Luger— sonreía con entusiasmo.

 

Entonces sobrevino un silencio total y poco natural, tan cortante y estremecedor como el chirrido de la hoja de un cuchillo al pasarla por la piedra de afilar. Los aldeanos se encorvaron aún más, clavaron las manos en el barro y enmudecieron. Por la cara de von Stroot fue resbalando una mueca de decepción que encubrió la demente exaltación que lo dominaba unos segundos antes.

 

Al constatar que no sucedía nada, los soldados dejaron escapar un suspiro conjunto al que me uní sin molestarme en disimular.

 

"The Magic Circle" (John William Waterhouse, 1886). Dominio Público.

Un coro de mugidos, balidos, berridos y otros bramidos animalescos rompió el silencio de pronto, retumbando por toda la aldea. Y acto seguido la tierra comenzó a temblar bajo mis pies. Von Stroot abrió mucho sus ojos de hielo y ceniza gris. Parecía un profeta ante la revelación que lleva esperando toda su vida. El sargento, a su lado, torció la boca en una sonrisa macabra.

 

Las sacudidas del suelo se concentraron en la base del cruceiro. Y de repente, lo impensable sucedió: el monumento religioso inició un movimiento retráctil, como si de un mecanismo de relojería se tratase, y se hundió bajo tierra. En el hueco que quedó al descubierto aparecieron unos escalones hacia el subsuelo, idénticos a los de una pirámide invertida.

 

Von Stroot y el sargento escogieron ese momento para apropiarse de mi lema «si huele a mierda deja que pisen otros primero», y decidieron que yo era el mejor candidato para aventurarse escaleras abajo. No me lo pidieron amablemente, sino haciéndome notar la Luger en las vértebras.

 

Descendí paso a paso, con una linterna en la mano y una docena de arcadas de pánico en la garganta. A dos metros bajo tierra encontré lo que no estaba buscando y para nada esperaba, como casi siempre ocurre: las jóvenes de la aldea —las muchachas desaparecidas antes de mi llegada— estaban escondidas allí abajo. Eran siete. Se hallaban tumbadas en el suelo subterráneo con los brazos cruzados sobre el pecho. Iban vestidas como las campesinas que eran y parecían dormidas o muertas, o vampiresas en estado de letargo.

 

Quise huir muy deprisa, como si me persiguieran mil enemigos.

 

—Son fléridas, también llamadas lamias. Simples criaturas asustaniños. No hay nada que temer —dijo von Stroot a mi espalda. 

 

Algo me dijo que se equivocaba y que nunca había estado más errado en su vida. Yo había oído hablar de aquellos seres en las leyendas locales. Los aldeanos las llamaban meigas y les atribuían poderes malignos fruto de pactos demoníacos. Conocía el idioma y las tradiciones de estas tierras porque mi madre era una gallega casada con un alemán, mi padre. Por eso me habían elegido para esa misión, y por eso sentía cierta misericordia hacia esas pobres gentes.

 

Las muchachas abrieron los ojos y un resplandor bermellón centelleó en ellos. El fulgor era intenso y vivo como los pétalos de una rosa roja, y exigente y cruel como una diosa vengativa.

 

Di media vuelta y corrí escaleras arrriba como si de repente me hubiera dado cuenta de que estaba pisando brasas encendidas. Llegué a la superficie precedido de von Stroot y el sargento psicópata. El suelo retumbó y se estremeció de nuevo, agrietándose en varios puntos a lo largo de la plaza. De la boca de la hendidura salieron disparadas las siete jóvenes y se pusieron a volar en círculos alrededor de nosotros. Sus cuerpos no eran del todo opacos sino ligeramente translúcidos, y estaban envueltos en una neblina blanca-azulada con reflejos irisados.

 

Definitivamente eran meigas, brujas asesinas con poderes obtenidos de los diablos. No sé si fue el maleficio llevado a cabo por von Stroot lo que las invocó, o los rezos y cánticos de los aldeanos reunidos en la plaza. De lo que no me cupo duda fue de que habían salido de bajo tierra para aniquilarnos. Habíamos desatado una gran arma, pero el arma se había vuelto contra nosotros. Era como abrir la caja de Pandora y que todos los males del mundo te estallasen en la cara.

—¡Por el poder que nos ha concedido la mano de la diosa anciana Ataegina, la Madre Primigenia y la Meiga Mayor —dijo una de ellas desde el aire—, disponeos a morir! ¡Es tiempo de matanza!

—Sí, acabemos con ellos de una vez —gritó otra—. Y luego celebrémoslo comiendo castañas cocidas con pan de maíz y vino tinto. ¡Que para algo estamos en otoño!

—¡Eso! —se mostró de acuerdo una tercera meiga—. Y de postre un traguito o dos de aguardiente tostada.

 

Se rieron con ecos estridentes. Y se lanzaron al ataque. Dos de ellas agarraron al soldado que tenían más cerca por cada brazo y otras dos por las piernas, y separaron del cuerpo las cuatro extremidades a la vez. El desmembramiento produjo el mismo sonido de chapoteo de una bota al pisar un charco de lodo. Al mismo tiempo, las tres meigas restantes se dedicaron a arrancar las entrañas de los demás soldados, huidos en espantada. Algunos les dispararon para defenderse, pero las balas las atravesaban como a humo. Uno de los soldados fue incendiado vivo y no paraba de aullar en el barro, donde estaba semienterrado.

 

"Vuelo de brujas" (Francisco de Goya, 1797). Dominio Público.
  

—Gato muerto no maúlla —dijo una de las meigas tras perforarle el pecho con la mano desnuda y arrancarle el corazón de cuajo.

—¡Carallo! —gritó otra cuando la cabeza de un soldado que tenía entre las manos reventó en una confusión viscosa de piel, sangre, hueso, carne y pelo.

 

Ahora los hombres, las mujeres y los muchachos de la aldea estaban de pie, observando la masacre con aire distante. En sus ojos no había ni sorpresa ni miedo. Parecía como si simplemente estuvieran constatando un hecho tiempo atrás anunciado y, por lo tanto, esperado.

 

—¡Chúpate esa, cara de cabestro! —se vanaglorió otra meiga tras subirse al sidecar de la moto de von Stroot y disparar la ametralladora contra un soldado joven, haciéndolo trizas.

 

A continuación la meiga se subió a la motocicleta, la arrancó y comenzó a perseguir a von Stroot, que corría como un endemoniado. La moto le dio alcance y le pasó por encima. La meiga atropelló al general nazi varias veces más hasta que dejó su cuerpo lleno de surcos de ruedas sobre la ropa enrojecida de sangre.

 

En ese preciso momento el cuerpo carbonizado del sargento homicida cayó a mis pies sin cabeza. Reculé hacia atrás, tropecé con algo hundido en el barro —¡la cabeza del sargento!— y trastabillé.

 

Poco a poco los alaridos de los soldados que aún quedaban con vida se fueron apagando. Yo me había caído de culo en medio de la plaza y allí me había quedado, incapaz de reaccionar. Las siete meigas se acercaron a mí, descendieron al suelo y me rodearon. Una de ellas se adelantó a las demás.

 

—Sólo quedas tú, cabo primero Gausgofer. ¿Qué vamos a hacer contigo? —susurró con una voz desnaturalizada y la mirada roja y ardiente—. Eres un nazi, eso está claro. Pero, ¿eres un nazi bueno o uno malo? Pensémoslo detenidamente, porque la pregunta tiene tela.

—¿Acaso existen los nazis buenos? —dijo otra meiga, poniéndose a su lado.

—Yo… sólo cumplía órdenes —balbuceé.

—Oh, sí, claro. Lo juras por tu picha, ¿verdad? Pero eso es lo que dicen todos, ¿no es así?

Lo último que oí antes de empezar a caer, y caer, y seguir cayendo en esta negrura rojiza y abrasadora que no tiene fin, fue:

—Lo siento, Gausgofer, pero la decisión es unánime: el único nazi bueno es el nazi muerto.

 

 

© P. A. García, 2024.


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