lunes, 25 de mayo de 2020

Tu dignidad es la de todos (quinta reflexión viral de una aspirante a filósofa)

Muchos se aferran a su crispación y la alimentan como si fuese una parte irrenunciable de su identidad. No parecen darse cuenta de que sufrir una pandemia global nos permite deshacernos de una de las mayores falacias con las que habitualmente interpretamos el mundo y a nosotros mismos: la de nuestra absoluta independencia y desconexión del entorno, del planeta, del resto de seres vivos y de nuestros congéneres. La expansión del coronavirus nos despierta de golpe de esa ilusión: algo sucedido en el otro extremo del mundo nos afecta directamente, como el proverbial aleteo de una mariposa que puede acabar provocando un huracán a miles de kilómetros de distancia. De repente, queda patente que la salud de cada uno depende de la salud del conjunto, y a la inversa. Recuperamos la conciencia de que formamos parte de un mismo organismo: si yo me cuido, estoy cuidando a los demás; si tú te cuidas, me estás cuidando a mí. Y si, por el contrario, mi conducta es temeraria, esta puede afectar a quienes me rodean, a quienes se crucen en mi camino y a quienes se crucen con estos. En definitiva, nuestros actos repercuten, para bien y para mal, en el resto de la población. Lo individual se transforma en colectivo.

Nos percibimos desgajados del medio natural, como si las personas no fuésemos naturaleza. Pero nada en el universo es independiente del sistema del que forma parte. No solo la filosofía, sino también la ciencia postulan que todo procede de un mismo origen, incluida la humanidad. Somos polvo de las mismas estrellas. Debemos la vida en la Tierra y nuestra propia existencia y supervivencia como especie a multitud de factores aparentemente azarosos ocurridos dentro y fuera de nuestro planeta. A este respecto, es muy reveladora la serie documental de National Geographic One Strange Rock, con testimonios de astronautas que han tenido el privilegio de contemplar esta «roca extraña» desde fuera. Desde esa perspectiva externa, la obvia unidad de la impresionante esfera azul que habitamos deja en evidencia el vano artificio que constituye el empeño humano en dividirla mediante fronteras, etiquetas y clasificaciones.

Foto de la NASA (tomada de https://www.flickr.com/photos/nasamarshall/8250851747/sizes/l/)

Es obvio que somos seres dependientes de nuestro entorno: necesitamos alimentarnos y respirar. Durante mucho tiempo después de nacer, nuestra supervivencia está a merced de la ayuda de otros. Y, aunque finalmente adquirimos autonomía, somos seres sociales con necesidades afectivas. Esta interdependencia es ignorada por la cosmovisión imperante, la del individualismo neoliberal, que fomenta y se fundamenta en las nociones de separación y competencia y en la ley del más fuerte. El anhelo de crear vínculos y el hecho de pedir ayuda se entienden con frecuencia como una debilidad, en un mundo que demasiado a menudo valora más destacar por encima de los demás que servir al bien común. Y, sin embargo, esa pretensión de independencia es la que nos debilita: es la conexión con el resto la que nos da fuerza y nos resta vulnerabilidad. Son muchas las especies animales que sobreviven actuando como grupo. En las circunstancias actuales, no nos queda otra que seguir su ejemplo. Y es que esas especies que se sirven de la solidaridad para asegurar su continuidad tienen más posibilidades de perdurar, según analizó el ruso Piotr Kropotkin, que teorizó sobre el apoyo mutuo y dejó escrito en su obituario de Charles Darwin:
Las especies animales en las que la lucha entre los individuos ha sido reducida al mínimo y en las que la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado el máximo desarrollo son, invariablemente, las especies más numerosas, las más florecientes y más aptas para el progreso. [...] En la práctica de la ayuda mutua, cuyas huellas podemos seguir hasta las más antiguas fases de la evolución, hallamos el origen positivo e indudable de nuestras concepciones éticas; y podemos afirmar que el principal papel en la evolución ética de la humanidad fue desempeñado por la ayuda mutua y no por la lucha mutua. (En Piotr Kropotkin, El apoyo mutuo, Logroño, Pepitas de calabaza).

Foto de portada de El apoyo mutuo

 En cierto sentido, este aprendizaje de solidaridad se ha vivido intensamente durante los últimos meses: en el tremendo esfuerzo de los sanitarios y demás sectores de primera necesidad, aplaudido por el resto de la población; en las redes de ayuda de las comunidades vecinales y de los barrios; en el torrente de creatividad y de recursos compartidos en Internet; en la reconversión de algunas empresas para proporcionar elementos para afrontar la pandemia; en tantas iniciativas y tantos actos altruistas… Y todo ello a lo largo y ancho del planeta. La otra cara de la moneda, la del enfrentamiento y el odio, tiene entre sus causas, precisamente, la continuidad de esa manera obsoleta y desenfocada de ver el mundo más parecida al «sálvese quien pueda» que al apoyo mutuo. Ahí están las manifestaciones ultraderechistas en distintos países, los policías de balcón, la agresividad en las redes, las caceroladas, las bocinas, las banderas y el bochornoso mantenimiento de la crispación y el egoísmo en el ámbito político y mediático español. Y es que, cuando no abrimos los ojos a la evidencia de que formamos parte de un todo que nos trasciende, nos vemos abocados a nuestra pobre individualidad asustada. Por eso nos construimos identidades: para atrincherarnos frente a supuestas amenazas y enemigos, que es como acabaremos considerando, en último término, a todos los que no seamos nosotros mismos si nos dejamos llevar por esa lógica perversa que, lejos de protegernos, en realidad nos destruye.

Asumamos la enseñanza de José Agustín Goytisolo en su bello poema «Palabras para Julia», popularizado como canción por Paco Ibáñez. Allí le decía a su hija:

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.
[…]
Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

En otra canción archiconocida, «Gracias a la vida», Violeta Parra agradecía a la vida el haberle proporcionado el material para su canto y añadía: «Y el canto de ustedes, que es el mismo canto. Y el canto de todos, que es mi propio canto». Todos compartimos una misma dignidad, un mismo canto y, al percatarnos de ello, descubrimos que tenemos más hermanos de los que nunca podremos contar, en palabras de otro de los grandes cantautores de habla hispana: Atahualpa Yupanqui.

Estamos todos en el mismo barco. Y no solo cuando percibimos la globalización de problemas como esta pandemia, el cambio climático o la destrucción de los recursos y la biodiversidad del planeta. Parecemos haber olvidado que compartimos una existencia cuyas últimas claves desconocemos. Y que unidos no somos más vulnerables, sino más fuertes. Viendo ciertos comportamientos, se antoja una utopía demasiado lejana que rememos todos en la misma dirección para explorar el sentido de estar aquí y para contribuir a mejorar nuestro bienestar, que es el de todos. Pero —y ya que la cosa va de cantautores—, como cantaba el añorado José Antonio Labordeta —a quien debemos también ser un ejemplo tristemente raro de honestidad política—, «será posible que esa hermosa mañana ni tú ni yo ni el otro la lleguemos a ver, pero habrá que empujarla para que pueda ser». Pongamos el barco rumbo a esa mañana hermosa. Quienes insultan al de al lado no se dan cuenta de que están poniendo palos en sus propias ruedas. «Más que rabia dan tristeza, no rozaron ni un instante la belleza» —y esta vez cito al recientemente llorado Aute—. En lugar de hacer corrillos de venganza y culpa contra ellos —y «ellos» son siempre, casualmente, los otros, los que no son de «mi bando»—, en vez de hundirnos cada vez más en las arenas movedizas de una dinámica que nos impide avanzar, sigamos remando. Quién sabe si esa hermosa mañana no estará más cerca de lo que imaginamos.

Aspirante a filósofa 
(@Filoaspirante)

martes, 28 de abril de 2020

"Soy leyenda" de Richard Matheson (1954) y sus versiones fílmicas. Una novela central en la Ciencia ficción y clave para comprender nuestra sociedad.

En nuestros artículos renunciamos al uso de Inteligencia Artifical. Preferimos medios clásicos, como las estacas.

Edición alemana (Ed. Heyne, 1982). Vía isfdb.org

La comprensión total de una obra artística depende del conocimiento de su entorno social e histórico. Lo bueno es que esta afirmación funciona en el sentido contrario: gracias al arte podemos entender mejor la sociedad en la que está inscrito. Esto no quiere decir que una película o un libro no puedan ser disfrutados sin saber de historia, ni sin que pidamos algo más de ellos que entretenimiento; incluso podemos recrearnos en las anécdotas de su elaboración, que puede —y así sucede en numerosos casos— ser de lo más curioso. Pero su aprovechamiento absoluto depende de saber de historia, de filosofía y de política. ¿Piensas que todo eso es un rollo? Pues lo siento, pero es lo que hay. No obstante a los vaguetes del conocimiento tal vez les consuele saber que en muchos casos los estados y sus organizaciones académicas opinan como ellos. También os digo que así nos va, ya sabéis aquello del mal de muchos. Un ejemplo que me viene a la cabeza —más allá del obvio desconocimiento acerca de las materias señaladas por la generalidad de nuestros políticos— es que en muchos lugares se puede acabar la carrera de historia del arte sin cursar ni una sola asignatura de historia. ¿Saber de arte sin saber de historia? Oh, come on que diría poniéndome "estupendo".

En cualquier caso no he venido aquí a hablar de mi libro, sino del de otro señor, el genial Richard Matheson (1926-2013). Escritor de novelas, relatos y guiones, fue un adelantado que —junto a otros como Asimov, Pohl o Heinlein, por señalar algunos— revolucionó el género fantástico en la Ciencia ficción en el ámbito anglosajón de los años 50, y por extensión, en gran medida mundial. Varios de sus textos han sido llevados a la pantalla grande o pequeña de una manera inolvidable. Como muestras representativas podemos citar El increible hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, Jack Arnold, 1957), La leyenda de la casa del infierno (The Legend of Hell House, John Hough, 1973), El diablo sobre ruedas (Duel, Steven Spielberg, 1971. Sí, aquí empezó la leyenda del Midas contemporáneo, que expresión más manoseada), algunos de los mejores episodios de la televisión en series míticas como "Star Trek" (The Enemy Within) o “La dimensión desconocida” (Nightmare at 20,000 Feet); aunque también tiene textos que nunca se trasladaron en imágenes que son brillantes y muy posibles inspiraciones no reconocidas de otras obras (¡ay, Poltergeist! pero eso da para otro artículo) (1). De este hombre se podría decir mucho y bueno, pero el tema que nos ocupa, que está muy relacionado  con la política, la ecología, la filosofía y el arte, es el análisis de una de sus obras más conocidas: Soy leyenda, novela de 1954, y de sus versiones cinematográficas que lo gracioso es que —dependiendo cual— pueden decir una cosa y la contraria, respetando o cargándose el mensaje original de Matheson (¡ya te vale, Will Smith!).

Primera edición del libro: obras maestras a 25 centavos. ¿Alguien da más?

Soy leyenda es un libro crucial en múltiples niveles. El autor utiliza un arquetipo clásico del mundo gótico, como es el vampiro, para defender la ciencia como forma de comprensión del mundo. Lo desconocido existe, y el interrogante que nos arroja este es crucial en el avance científico. En esta trama hay vampiros, su reino es la noche, reaccionan ante el ajo, espejos e iconografía religiosa. Pero todo tiene una explicación racional: una enfermedad que provoca la transformación física de los afectados y su conversión en monstruos. La amenaza no es un ente sobrenatural. Antes al contrario, su causa y su reino está en la naturaleza, pero hasta que no se conoce cómo actúa, sus códigos nos devuelven a las pesadillas de una sociedad aún infantil. Es un leitmotiv que volverá con otros parámetros, también magistralmente, en su novela La casa infernal (Hell House, 1971, trasladada notablemente a la pantalla en la señalada Leyenda de la casa del infierno). Todo esto de por sí ya fue un punto de inflexión en el género. En muchas ocasiones se piensa que el momento de presentación del monstruo clásico como infectado, en este caso el zombi, aparece tan recientemente como con la aparición del remake de El amanecer de los muertos (Dawn of the Dead. Zack Snyder, 2004) y con 28 días después (28 Days Later. Danny Boyle, 2003), pero ya estamos viendo que fue muy anterior gracias al amigo Richal; “y a más a más” que se dice, el propio George A. Romero, popularizador de este tipo de bichejo con la famosísima Noche de los muertos vivientes (Night of the Dead, 1968) reconoció que una de sus inspiraciones fue Soy leyenda de Matheson. Esto es muy interesante no solo por el valor histórico cinematográfico, sino por el hecho de que aunque Romero en alguna ocasión comentó que en su película no había política, se estaba basando en una obra altamente politizada, algo que aunque sea inconscientemente permeó en su trabajo y a lo que no es inmune ningún autor: el Zeitgeist. Es decir, el “espíritu del tiempo”. Por eso es crucial en crítica artística el contexto, porque de lo contrario se corre el peligro de dejarse en el tintero elementos nucleares que en ocasiones pasan desapercibidos incluso a los propios autores.

Y aunque todo esto mola un montón, aún hay más en Soy leyenda. Los años 50 en Estados Unidos son una fachada de barrios residenciales y gente cortando el césped, de un aparente plácido reposo del que descansar tras el trauma que supuso la Segunda Guerra Mundial. En realidad, tras esas paredes pintadas y esos jardines hay un mundo de insatisfacción personal —retratado en películas como la lynchiana Terciopelo azul o en la más desconocida pero fabulosa Revolutionary Road de Sam Mendes— y de paranoia política dirigida tanto al interior (¡sigamos con el cine, más cine, por favor!: Siete días de mayo [Frankenheimer, 1964], o The Manchurian Candidate [1962 por el mismo director]) como hacia el exterior (Punto límite de Sidney Lumet en 1964, La hora final de Stanley Kramer en 1959). Fue el caldo de cultivo ideal para que autores de la sensibilidad de Matheson usaran el género de la Ciencia ficción para avisarnos de nuestra fragilidad como ser humano, de los peligros que nos acechan por nuestro comportamiento social entre nosotros y ecológico con nuestro entorno. En Soy leyenda el patógeno causante del mal se expande con más facilidad debido a las tormentas de polvo causadas por una guerra y además el superviviente protagonista puede ser sustituido por otra especie, algo en lo que no entraré en detalle por no destrozar las sorpresas de la trama. En definitiva: el ser humano no es tan importante y es más frágil de lo que en general creemos.

Debatiendo con una persona sobre la necesidad —en mi opinión y a la luz de la pandemia por el coronavirus— de tener un mayor equilibrio con nuestra biosfera y cambiar nuestros modelos productivos más contaminantes, mi interlocutor me llamó “ecocristiano”. En realidad, obras como Soy leyenda nos demuestran que la tradición más conservadora es aquella que pone al humano como centro de la creación, con un mundo natural enteramente a su disposición y disfrute. Habitualmente la religión, siendo un gran exponente de esto la tradición judeocristiana, ha sido la gran defensora de este concepto del hombre a imagen y semejanza de Dios; sin embargo, la razón y una parte maravillosa del arte como el representado por la obra protagonista de este artículo, están a favor del ecologismo: sin más comprensión, respeto y equilibrio hacia la biosfera, nuestra propia supervivencia está amenazada (efectos especiales de truenos, por favor).

Sabiendo todo esto, ¿cómo se trasladó el libro al cine? Pues empate en Las Gaunas, dos veces bien y dos mal, curiosamente las peores las más recientes (y una de ellas ¡maldito Will Smith! ya en el siglo XXI).

La versión primigenia del libro en el cine. Con los carteles de la época ya estabas un rato leyendo.

La primera ocasión en la que el texto se llevo al cine fue en 1964 a través de un tipo clásico, de aquellos que portaban el bigote como solo sabían los galanes de antaño, con su formación en el teatro y su modulación vocal arrebatadora. Me refiero al tito Vincent Price en El último hombre sobre la Tierra (The last man on Earth, Ragona-Salkow, 1964). Nos encontramos aquí con una producción de bajo presupuesto en la que el propio Richard Matheson estuvo involucrado en el guion pero que, al no quedar del todo satisfecho, firmó como Logan Swanson: —mola mucho, es como si yo en vez de Víctor Deckard firmara esto como Hector Regard—. Inicialmente se iba a producir por la británica y mítica Hammer, compañía curiosamente famosa por reactualizar, aunque sin abandonar los parámetros sobrenaturales, los monstruos góticos clásicos... con eróticos resultados, que diría Marge. Incluso se barajó a Fritz Lang como director. En cualquier caso la censura británica —bastante dura en la época, recordemos las Nasty Movies o Video Nasties— (2), estuvo dando el coñazo todo el rato y al final el proyecto recayó en el productor estadounidense Robert L. Lipper, quien hizo lo que muchos han hecho en el mundo del cine y que queda reflejado en la tarantiniana Once Upon a Time... in Hollywood: pirarse a Italia a rodar para abaratar costes en un ambiente más relajado, che viva l'Italia, ragazzi!. Hay que reconocer que los italianos muchas veces han provocado el cabreo y la risa en el cine, sobre todo Z y “más sobre todo” en la exploitation o cine de explotación (¡ay ese Terminator 2 de Bruno Mattei, canela finísima!), pero no es menos cierto que tenían buenos estudios y gente técnicamente preparada, así que la peli protagonizada por Price cumple, con un ritmo bien llevado y —aún con algunas modificaciones realizadas en la historia, incluido un final no exactamente igual— no traiciona al libro, aunque este se encuentre a años luz por delante. De hecho habitualmente se la considera la adaptación más fiel... Pero no, porque en la España de los años 60 (han oído bien) ocurrió algo aparte del gol de Marcelino y un dictador que seguía ejecutando...

¿Que se puede ir en 2020 a la manifa del 8M, al mitin de VOX o al fútbol? Ya si eso me voy confinando.

Gracias al artículo de Alfonso Grueso en su blog “Aburrimiento vital” (se puede ver aquí), he descubierto Soy leyenda de Mario Gómez Martín, estudiante de la Escuela Oficial de Cinematografía y que nos regaló esta joya, un mediometraje de 36 minutos que es la obra fílmica más fiel a la novela de Matheson.  Con estas cosas son con las que uno se enamora del cine, pues Gómez nos demuestra no que con pocos medios, sino en la práctica con ninguno, se puede llevar fielmente a imágenes una obra de la complejidad de esta. Incluido su final, algo que no se ha atrevido a hacer ninguna otra de las aquí señaladas. Fuera de los circuitos comerciales, en un país oprimido por una dictadura, hubo alguien que supo hacerlo y lo hizo, aunque hayamos tenido que esperar mucho para reivindicarlo, gracias al proyecto de la Filmoteca Española “Doré en casa” que recupera de su archivo metraje desconocido para el público. Por suerte el gobierno y la censura franquistas estaban preocupados por lo que llegaba a las salas (se fijaban en las tetas mayormente) y no estuvieron encima de este trabajo de final de curso que, por otro lado, seguramente tampoco hubieran entendido. ¿Cuántos tesoros seguirán enterrados? Una verdadera delicia acercarse a esta versión, no pudiendo dejar de admirar los recursos narrativos y visuales que el director se saca de una chistera en la que no había dinero. Y es que el vil metal muchas veces no es garantía de nada, como demuestran los siguientes ejemplos. Pónganse el cinturón, que por ahí viene Charlton Heston a toda pastilla.


Fotograma de la peli española. Se le olvidó mencionar entre los desastres "La isla de las tentaciones".

Es obvio que Charlton Heston no fue el más listo de la clase. No entendió algunas de sus obras, altamente politizadas en una ideología inversa a la suya como El planeta de los simios o su secuela (3). Tampoco le pilló el truco a Soylent Green, y tenía claro que la peli de Vincent Price, con quien había coincidido en Los diez mandamientos, era un coñazo. Ahí faltaban tortazos y él era la solución. En realidad a The Omega Man —El último hombre... vivo en España— hay que amarla por muchas cosas, básicamente por su desmadre. Aún me recuerdo de niño alucinando con el trepidante comienzo, con Heston conduciendo a toda velocidad un descapotable rojo por un Los Ángeles desierto (en realidad es el centro comercial de la ciudad un domingo temprano, los viejos trucos son muchas veces los mejores), con un vestuario inclasificable (la ropa de andar por casa de Charlton es maravillosa, con una especie de chaqueta de terciopelo y ¡chorreras! eso es C-L-A-S-E y lo demás tontás, para vergüenza de un hipster medio) y elementos éticamente positivos, como un beso interracial que para muchos historiadores del cine fue el primero en la gran pantalla, aunque en imagenes se adelantó, la en tantas cosas pionera "Star Trek". Sin embargo aquí ya tenemos un problema serio con el mensaje, que se imbrica claramente con la tradición conservadora del american way of life y por extensión con el puritanismo protestante en política exterior: esos cabrones comunistas que me quieren asimilar (los vampiros) no van a poder conmigo, campeón de la libertad y que ofrezco mi sangre por la liberación del mundo (occidental, que es el libre, se sobreentiende). Y sí, damas y caballeros, las referencias bíblicas se introducen en esta peli con la sutileza de una tuneladora, sobre todo con un final que no voy a describir: véanlo, "alucinen pepinillos" y —posiblemente— carcajéense con ganas como me pasa a mí. Pese a las risas las conclusiones de esta peli —a diferencia del texto de Matheson— no valen ni para limpiarse los mocos con ellas. Pero, ¿podría ser peor? ¡Claaaro! Siempre puede ser peor (Que sí, que yo te maldigo, Will Smith).

Así se acaba con las pandemias (Heston style).


Eso era estilismo. Y comodidad. Con un peinado así se pueden guardar entre otras cosas las llaves de casa, las del trastero, las de la moto, las de la taquilla del curro, las de...

Y más clase para confinamientos. Así voy yo por casa cuando me quito las chorreras: en pelotas y dándole al whisky. Bueno al jengibre, que ya soy una señora y a mucha honra (Imagen por James Vaughan en Flickr).

Efectivamente acabamos con la peor adaptación de Soy leyenda, la protagonizada por el rapero Smith (I am Legend. Francis Lawrence, 2007). Encima siendo reincidente porque ya se había sacado la churra antes y meado sobre otra obra cumbre de la Ciencia fcción en 2004. Fue con la ignominiosa Yo, robot de Alex Proyas (quien en esta ocasión, no en otras, se merece rimas con ese fabuloso apellido). Vamos a ver, déjenme que explique esta ira que me embarga cual banco. Yo entiendo que una adaptación no tiene porqué ser fiel a un libro; de hecho, puede ser hasta contraproducente y algunas de las mejores pelis simplemente están inspiradas por la obra original. ¿Uno de los máximos exponentes en el género que nos ocupa? Blade Runner, por citar uno representativo. Ahora bien, lo que yo no puedo perdonar es que se transmita un mensaje, ya no diferente, sino diametralmente opuesto al autor primigenio. Por ahí no paso, manías que tiene uno. Si Matheson nos avisaba de lo humildes que tenemos que ser para no acabar en el desastre, evitar las crisis previniéndolas y trabajando juntos como sociedad, la cosa esta del Proyas-Smith es lo de siempre: tranquis, que viene el héroe de los chascarrillos y disparito por aquí, miradita al microscopio por allá, salva el día y de paso a la humanidad. En su haber un poquito de buena atmósfera al principio, que enseguida se termina por un abuso poco realista de los efectos especiales generados por ordenador. Tampoco tengo mayor problema con las obras de entretenimiento puro y duro, pues también son necesarias. Pero cuando se usa el trabajo de los maestros para pervertirlo no está de más denunciarlo. El mundo (con esta expresión siempre nos solemos referir a  los humanos, de nuevo el antropocentrismo) solo se salvará si trabajamos en una sociedad más equilibrada en lo ecológico, como ya avisaba Matheson. Peligros reales nos acechan, como nos advierten las buenas obras artísticas, situaciones como la provocada por el Covid o el contexto de crisis climática, así que aprendamos de ellas y no nos dejemos despistar por fuegos de artificio como los del engendro este del 2007. Y encima no hay chorreras.

Hasta el póster es artificial a más no poder. ¡Smiiiiiith!


NOTAS

(1) Me estoy refiriendo al magnífico relato Litte Girl Lost (1953) que sirvió de base (reconocida) para un estupendo episodio de "The Twilight Zone", pero en el que es posible ver parte de la trama principal de Poltergeist. Su influencia podría llegar hasta muy avanzado el siglo XXI con obras como Backrooms (2026).

(2) Infame y un tanto aleatoria lista de películas prohibidas en Gran Bretaña para su exhibición parcial (con censura) o total (prohibidas). La primera clasificación la realizó la oficina del Director of Public Prosecutions (DPP), una especie de fiscal general, en 1883. La violación de la orden se consideró delito criminal.

(3) En documentales como Behind the Planet of Apes (Burns, Contois, 1998) se pueden escuchar testimonios de los guionistas, algunos perseguidos por el macartismo, que le decían a Heston para que no se mosqueara, que la peli iba de que los seres humanos "son mejores que los monos". Y Charlton tan contento.

domingo, 26 de abril de 2020

Causa y Efecto

Se dice que un efecto es consecuencia de una causa. Ambos: causa-efecto, forman una dualidad elemental. Lo decía Platón.

La causa de hoy es el virus; los efectos muy duros: enfermedad, confinamiento, desolación, sufrimiento y muerte. En otro orden de cosas: crisis social y económica, cambio de hábitos y costumbres, control de poblaciones, limitación de libertad individual, etc. Las consecuencias económicas pueden ser dramáticas a corto plazo. Doctores tiene esa iglesia, aunque con tanto teólogo economista, casi nunca nadie sabe vaticinar nada a ciencia cierta.

El efecto de la pandemia no deja de ser también un elemento de alerta, que ha colocado el foco en el plató de una sociedad ensimismada, y quizá necesitaba una aceleración en el tiempo. ¿Saldremos de esta? Espero que sí. Pero sin duda habrá que realizar una evaluación profunda de cómo funcionan los componentes sociales, económicos y políticos. Sin duda y cuando esto pase su fase más aguda, pediremos cuentas a nuestros gobernantes. En mi opinión muchas. Pero también nos deberemos resetear a nosotros mismos.

Imagen tomada de Wikipedia ("Effect Butterfly") By User:Wikimol, User:Dschwen - Own work based on  CC BY-SA 3.0, 


En lo cercano e individual

En lo mas cercano a nuestro entorno, cambiarán cuestiones tan elementales como las formas de convivencia, de relación con los demás, de nuestros hábitos de compra de bienes y servicios, de transporte: primando el individual y ecológico -como la bicicleta, siendo consciente que éste no será la panacea, pues a todos los sitios no se puede ir en bici, pero sí considerarlo un medio ideal para moverse en las ciudades- de deporte, culturales, de ocio, etc. Las empresas y personas que se dediquen a ello tendrán que readaptarse a unas nuevas demandas.

En lo colectivo

En el plano colectivo o político-social, deberemos exigir a los gobernantes dar prioridad a la ciencia sobre la política, donde primen los criterios científicos y no al revés. También el virus ha enseñado otra forma de hacer mejor las cosas, revisando el modelo informativo público, privado, subvencionado -o ambos a la vez-, reconsiderando la famosa premisa que define el concepto de “información”: “Quién dice qué a quien” añadiendo a esa máxima la pregunta ¿Por qué? La pandemia nos ha dado una lección de cómo se puede manipular el denominado “estado de opinión” hasta la ridiculez, en función del color político y de influencia sobre algunos medios relevantes. O el juego que -para bien y para mal- dan las denominadas “redes sociales”, manipuladas con miles de cuentas de usuarios ficticios, convirtiéndose en los “mass media” de la tergiversación y el engaño, y donde se alimentan bulos estremecedores.

La respuesta que demos a esta crisis sanitaria que se ha convertido en múltiple y que, sin duda, dejará una profunda cicatriz, habrá de ser también múltiple, con cambios no solo económicos, sino también sociales y de comportamiento. El Covid19 ha dejado al aire las vergüenzas de nuestra propia fragilidad y deberemos revisarlo casi todo. Desde la dependencia productiva de China -incluso para fabricación y adquisición de los artículos de protección sanitaria mas elementales, como es una simple mascarilla-, hasta las consecuencias del movimiento de personas y mercancías, fruto de un sistema necesitado de que productos y personas, se muevan planetariamente en un constante frenesí -base del desarrollo de toda pandemia-.

Nuestros ancianos

Otra cuestión importante: La actual estructura en la que se basa la atención y cuidado en residencias para nuestros mayores debe ser revisada. Deberemos valorar la necesidad que éstas sean públicas y gestionadas por los sistemas públicos de salud. ¿Por qué no armonizar un equilibrio, entre la gestión pública de las mismas, con la aportación universal de las pensiones de sus residentes, añadiendo los factores de corrección presupuestaria y económica necesarios, aportados por el Estado, donde se prime el bienestar, la salud y la atención de sus usuarios por encima de los criterios de rentabilidad y especulación que, el actual sistema, mayoritariamente privado, conlleva?

La Unión Europea: también social

Con respecto a la Unión Europea, habrá que revisar lo necesario para evitar -una vez más- que volvamos a asistir al bochornoso espectáculo del “sálvese el que pueda”, armonizando políticas y directrices comunes, donde prime el criterio de solidaridad entre los países miembros. La UE no debe ser solo una Unión económica y de mercaderes, sino también una Unión social que vele por la salud, seguridad y bienestar de las personas de todos y cada uno de sus países miembros por igual. De no ser así, se vislumbran los viejos fantasmas nacionalistas en Europa.

Asimismo será necesario revisar nuestros sistemas de salud, haciéndolos más eficaces, dotándolos de los medios necesarios, humanos y materiales, no solo para mejorar y preservar la salud de las personas en el día a día, sino también para estar preparados y bien dotados, de cara a crisis de salud y pandemias futuras, dando respuestas rápidas y eficaces sin que tengamos que esperar semanas a que nos llegue el material necesario de Asia.

La OMS

En el plano global es necesario apoyar a la OMS -muy al contrario del estúpido planteamiento de Donald Trump- dotándola de recursos y contenidos suficientes, sobre la base de mejorar y potenciar estructuras de salud en las zonas del planeta donde más se necesite. La salud global, también es nuestra salud y por tanto el sistema de salud ha de ser un derecho incuestionable de todo ser humano. En ese sentido, las nuevas tecnologías nos pueden ayudar mucho a ello. La videomedicina, el análisis telemático del paciente, la medicina personalizada, etc, junto con una dotación farmacéutica suficiente, pero controlada, que evite el despilfarro y colapso de cualquier sistema, deberían ser las líneas por donde incidir. En la lucha contra el virus las nuevas tecnologías se han demostrado eficaces. En España, por ejemplo, la receta electrónica se ha demostrado como una herramienta eficaz. Pero hay que incidir más en ello. Las visitas médicas telemáticas evitarían posibles contagios y colapsos en la atención primaria y especializada, y los servicios médicos podrían dedicar mayor atención en el ratio tiempo/paciente en aquellos que requieran una consulta médica presencial. Son algunas cuestiones, pero sin duda serán muchas más las que habrá que revisar.

El futuro

Nadie puede predecir el futuro. Iremos viendo cómo evoluciona el día a día y el sentido común fuerza a no aventurar esa imprevisible vuelta. Hay mucho futurólogo de pasillo, se lo dejo a ellos. Lo cierto es que la vuelta a una cierta normalidad no va a ser fácil, pero una de las las lecciones que nos deja el “efecto” producido por la “causa”, es que habrá que revisar una buena parte de esa “normalidad”.

27 de abril de 2020

Señor Macue.

jueves, 23 de abril de 2020

El derecho a la alegría (cuarta reflexión viral de una aspirante a filósofa)


Estas reflexiones virales, cuya cuarta entrega estás leyendo, nacieron ante los retos y las perplejidades del confinamiento y se iniciaron sin una estructura preconcebida, pero han ido tomando, casi de manera natural, una forma similar. En cada ocasión ponemos el foco en una falacia generalizada de nuestra manera de ver e interpretar el mundo, cuyos efectos se aprecian en el modo en que estamos encarando, individual y colectivamente, la pandemia y las restricciones impuestas para acotar su propagación. Ser conscientes de la existencia de esos prejuicios interiorizados es el primer paso para cambiar la perspectiva y afrontar el desafío ya no solo con el menor grado de sufrimiento posible, sino incluso con alegría.

Alegría, sí, también en estas circunstancias. El derecho a la alegría es un tema que me ronda por la cabeza desde el comienzo de esta situación y que confieso haber estado tentada de abandonar a medida que se iban multiplicando los afectados por la pandemia, se acumulaban las semanas de cuarentena y comenzaban a flaquear los ánimos. Pero la alegría es un derecho, no un deber. La psicología positiva a lo Mr. Wonderful, si se entiende como una obligación, contribuye a aumentar la frustración de quienes suman a las emociones que consideran negativas —aunque sean humanas, inevitables y necesarias— el sentimiento de culpa por haber incurrido en ellas.

Ante un panorama como el actual, una cierta euforia hiperactiva ha servido —sobre todo en la primera fase del estado de alarma— para intentar ocultar y ocultarse emociones lógicas dadas las circunstancias, como el miedo, el hastío o la tristeza. En esta línea se situarían el histrionismo de balcón o las agendas repletas de videoconferencias y eventos online. Por otro lado, el humor y la creatividad han confirmado su valía como instrumentos que ayudan al ser humano a sobrellevar cualquier adversidad. Sin embargo, parecería obsceno declararse individualmente feliz en una situación colectivamente difícil.

Así, la sociedad —que todos conformamos— nos revela una doble dificultad, aparentemente contradictoria, como si se tratase del síntoma de una neurosis colectiva: por un lado, nos cuesta aceptar y reconocer la existencia de algunas de las llamadas emociones negativas y, por otro, restringimos nuestro derecho a la alegría, supeditándolo al contexto de cada momento. Con respecto a lo primero, hablamos de emociones negativas porque provocan sensaciones desagradables, pero el miedo y la tristeza se consideran también, con demasiada frecuencia, socialmente negativas, dignas de vergüenza. No así la ira, emoción que sí cuenta, por desgracia, con muy buena prensa y que enrarece y crispa la convivencia. Si no estuviese bien valorada, no se explicaría que tantos hagan gala de su rabia en medios de comunicación, foros políticos y redes sociales. Pero ese es otro tema, al que tal vez dedique otra entrega.

En esta ocasión quisiera centrarme en el derecho a la alegría. A la auténtica, no a la máscara que nos ponemos para ocultarle a la galería —y, lo que es peor, a nosotros mismos— el desasosiego que nos invade. Podemos asumir las dificultades, internas y externas, emocionales y vitales, que nos provocan esta pandemia y sus consecuencias en distintos ámbitos. Y, aun con eso —o, precisamente, gracias a eso—, podemos también disfrutar de esta experiencia y recordarla, pasado el tiempo, incluso con cierto cariño o nostalgia.

Ilustración de Dugald Stewart Walker para el libro Dream Boats and Other Stories (https://www.oldbookillustrations.com/illustrations/pipe-songs/)

Soy consciente de que esta idea puede resultar políticamente incorrecta. ¿Cómo hablar de alegría habiendo gente enfermando y muriendo? ¿No es algo inmoral? Desde nuestra cultura judeocristiana —que afecta, como un inconsciente colectivo, a toda la sociedad, incluidos los sectores que se consideran más laicos— no nos permitimos ser felices mientras haya sufrimiento alrededor. Lo malo de esta premisa es que siempre va a haber seres sufriendo. Por lo tanto, nos habríamos negado de un plumazo nada menos que el derecho a la felicidad.

Ser capaz de disfrutar de la vida mientras otros sufren no implica ser indiferente, egoísta ni cruel. ¿No es mejor ayudar o acompañar desde la alegría que desde la conmiseración, la victimización y la pena? ¿No lo preferimos así cuando estamos del otro lado? Es, además, una simplificación falaz dividir a las personas o los grupos entre los que sufren y los que no sufren. Todo ser humano experimenta emociones de todo tipo, tanto en condiciones adversas como cuando todo va aparentemente sobre ruedas. Y todos hemos padecido algún tipo de ansiedad o miedo estos días, como es lógico y normal en una situación de este alcance.

La alegría no se puede ni debe imponer, pero reprimirla en etapas de crisis por un sentimiento de culpa frente a quienes lo están pasando peor no ayuda a esas personas, nos hace un flaco favor a nosotros mismos y no aporta nada al colectivo. Ya lo dijo un sabio en la Antigüedad: «Nada curo llorando y nada empeoraré si me afano en gozar de la alegría»*.

No tiene sentido cargar con el peso del sufrimiento universal sobre nuestras espaldas. Y, puestos a asumir como propio el destino global, ¿por qué no atender a la otra cara de la moneda, a toda la bondad y la belleza que se está manifestando en este mismo instante en tantos lugares que nunca alcanzaremos a conocer? Como dijo hermosamente Facundo Cabral, «que no te confundan unos pocos homicidas y suicidas, el bien es mayoría, pero no se nota porque es silencioso. Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimenta la vida». La vida es mucho más halagüeña que lo que muestran los telediarios.

Para concluir, me despido con un fragmento del poema de Carmen Martín Gaite «Mi ración de alegría», cuyas palabras hago mías:

Defiendo la alegría,
la precaria, amenazada,
difícil alegría,
al raso, limpia, en cueros,
mi ración de alegría.

No me arrastréis al pozo
de las verdes culebras.

No os arrojo a la cara mi alegría,
os la tiendo tan solo
como una débil luz, como una mano.

[…]

No me la reprochéis ni adobéis de negrura
como un reducto inmundo, segregado;
ved que no la defienden
ni pinchos ni alambradas
y que podéis pasar aquí conmigo
al sol.

En estos tiempos en los que se nos ha vetado el sol al aire libre, el del monte, la playa, las calles, las plazas, los parques y las terrazas, no nos neguemos también ese otro sol interno. Está a nuestra disposición y tiene el poder de alumbrar incluso los días más nublados.

Una podcalipster aspirante a filósofa
(Twitter: @Filoaspirante)


* Agradezco la cita a Manuel Cuenca.