domingo, 31 de mayo de 2020

Los antropoides artificiales en la Ciencia ficción [Robots y cíborgs. Líneas narrativas y obras imprescindibles]

Nota: En nuestros artículos renunciamos al uso de la Inteligencia Artificial. Sabemos que Skynet se despierta cabreada de la siesta.  
 
Hemos hablado en otras ocasiones sobre una de las sagas más conocidas del gran escritor de Ciencia ficción Isaac Asimov, la de los robots. Con idea de ampliar el espectro de tan fascinante tema, en este artículo voy a incidir en como el de los humanoides artificiales es un subgénero de gran interés en diversos planos, desde el artístico hasta el filosófico, aprovechando para recomendar unas cuantas obras, algunas de ellas no muy conocidas. 

En Ghost in the Shell se bebe San Miguel (es una marca muy presente en Asia, pues la fábrica la fundó un español en Manila). Yo me voy decantando más por las bebidas sin alcohol, que mis engranajes rechinan.

 

La criatura sintética como reflejo de la humanidad, independientemente de si tiene componentes biológicos (cíborg) o estrictamente mecánicos (robot)  ha acompañado al ser humano desde hace largo tiempo. Desde luego desde antes del surgimiento oficial de la Ciencia ficción en 1818, con el imprescindible Frankenstein de Mary Shelley, o con la acuñación del término "robot" en la no menos recomendable obra teatral R.U.R. escrita por el checo Karel Čapek en 1920 y donde curiosamente los autómatas son en realidad cíborgs. La antiquísima historia del gólem, por ejemplo, encuentra nexos de unión con la Ciencia ficción contemporánea abordando los peligros de imbuir a un ente artificial de un espíritu —sea lo que sea eso—, y si esa posibilidad no refleja ya de por sí nuestra propia condición material y carente de divinidad. No es casualidad en este sentido que dos de las más consistentes obras de animación en la Ciencia ficción moderna tengan referencias, incluso explicitas en el caso de la segunda, al gólem. Me estoy refieriendo a las geniales Ghost in the Shell (1995) y su secuela Ghost in the Shell 2: Innocence (2004), ambas por Mamoru Oshii. Preguntas como qué nos hace humanos y si es algo tan especial o positivo, son cuestiones que imbuyen estas poéticas obras de arte. El resto de la franquicia es mucho menos rompedor, desde los irregulares mangas (1989-1997) de Masamune Shirow, la serie (2002-2006) con altibajos Stand Alone Complex o la vacua película protagonizada por Scarlett Johansson (Sanders, 2017) entre otros productos. El gólem por cierto está construido a partir del barro, lo que nos trae reminiscencias desde los albores de la humanidad, pues la tradición judeocristiana hace surgir al hombre de ese material (a la mujer de una costilla del primero), pero esto no deja de ser un eco de las primeras cosmogonías. En la babilónica Marduk crea al ser humano mezclando su sangre divina con barro con el objetivo —algo muy a tener en cuenta por su relación con la narrativa de los autómatas— de que las personas sirvan a los dioses. Es decir, que para algunas de las tradiciones más antiguas, los humanos son los "robots" de los dioses. Al respecto conviene recordar dos cosas:  Čapek elige la palabra porque en checo robota hace referencia al trabajo forzado y Mary Shelley establece como subtítulo de Frankenstein "el moderno Prometeo", pues el titán de ese nombre da a los seres humanos un poder exclusivo de los dioses: la tecnología y en concreto la posibilidad de crear vida con ella.

En el cine mudo están ya presentes todos los géneros. Y en la trilogía del gólem por Paul Wegener nos encontramos con una película original (1914, no es una adaptación del un tanto hermético libro homónimo escrito por Gustav Meyrink y publicado en 1915), una parodia o spoof (Der Golem und die Tänzerin, 1917) y un remake o reactualización (Der Golem, wie er in die Welt kam, 1920). La figura de la niña va a tener una presencia muy similar a la de la posterior Frankenstein protagonizada por Boris Karloff (abajo. Whale, 1931).

 


El camino del autómata como ser sin alma, sin la chispa divina, que es posible también esté ausente de nosotros, se encuentra en el mismo origen de una de las novelas más influyentes en el siglo XX en este campo: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), aunque lo sea en gran medida por la fama y profundización —en este caso respetando la esencia temática—, de su famosa adaptación fílmica: Blade Runner (Scott, 1982). La idea de realizar un libro sobre seres artificiales —el término replicante debería esperar a la película— (1) le vino a Philip K. Dick cuando estaba investigando para El hombre en el castillo, una distopía en la que los nazis ganan la Segunda Guerra Mundial. Rebuscando entre viejos documentos en una biblioteca, topó con la carta de un oficial de las SS en la que se quejaba de que en un campo de concentración los llantos de los niños prisioneros no le dejaban dormir (2). Esa crueldad, de ser un rasgo humano, ¿no nos deshumanizaba a su vez?, ¿no nos convertía en androides?. La pregunta que se formuló Dick acabaría revolucionando el género, en parte creando el Ciberpunk a través del éxito de Scott. No obstante, la película de forma magistral va a incidir más en la posible consciencia del ser construido, aunque es interesante ver que en el origen de esta historia el planteamiento era que los humanos nos convirtiéramos en máquinas. Como siempre, Dick dándole la vuelta a todo. No obstante con respecto a estas cuestiones hay que poner en valor la mencionada R.U.R. en la que los sintéticos se sublevan precisamente por ser algunos de ellos programados con una actualización que busca hacerles más similares a los humanos. En un inolvidable diálogo del texto de Čapek, se dice:
 
—(...) creí que si [los robots] fueran más como nosotros, nos entenderían mejor. Que no nos odiarían si fueran tan solo un poco más humanos.
 
—Nadie puede odiar más a los seres humanos que los humanos.
 
Es decir, que parecerse a la humanidad supone tener al menos en parte un gran impulso destructor. Terrible.  
 
 

Arriba: La portada del libro es apropiada, ya que da una idea de los esquemas mentales del tío Phil. Abajo: Cubierta de la primera edición de R.U.R. El diseño es de Josef Čapek, hermano de Karel.

 

En realidad el género de la entidad artificial de desplazamiento autónomo y habitualmente antropoide —el robot o cíborg— que acompaña al humano desde que éste lo inventa, puede dividirse dentro de la ficción en dos grandes bloques: el que lo presenta como herramienta que puede ser utilizada con fines positivos o negativos, como cualquier otro instrumento; o el que —al imbuirlo de consciencia— sirve para reflexionar sobre nuestra propia existencia y naturaleza, reflejándonos en él al encontrar un igual. Asimov exploró solo tangencialmente la segunda opción. Incluso aún cuando los robots pueden tomar decisiones inesperadas o aparentemente autónomas, como en el relato El conflicto evitable (The evitable conflict, 1950), responden a una lógica de programación basada en las famosas tres leyes de la robótica (3). Verdad es no obstante que en algunas ocasiones parece que cierta autoconsciencia robótica se despierta en unos pocos de sus escritos, siendo tal vez el más representativo El hombre bicentenario (1976), en el que el sintético Andrew (el nombre tiene reminiscencias a "androide") desarrolla una —eso sí, única, pues ningún otro ente artificial lo logra— personalidad que le hace desear la libertad. Ciertamente este texto, edulcorado en exceso por Chris Columbus en la adaptación cinematográfica (The bicentennial Man, 1999), apunta al hecho de que el ser humano no se diferencia en mucho del resto de animales, algo que comparto junto a filósofos brillantes como Jesús Mosterín. Si observamos a los demás seres vivos, sobre todo a los mamíferos superiores, podemos ver consciencia. En ellos son detectables sentimientos: dolor, reconocimiento del ser querido, curiosidad, juego entendido como diversión y no solo aprendizaje, deseo de libertad, así como percepción de la mortalidad. Andrew al convertirse en humano en realidad se integra en parte de la ecología natural. Pasa de objeto a animal. No obstante y aunque magistralmente, la mayoría de escritos de robots por Asimov se basan, más que en motivos existencialistas, en la premisa de que no deberíamos renunciar a la tecnología por temor a usarla mal. Es un debate que se puede rastrear en la ética aplicada a las redes sociales. ¿Son negativas per se o un simple instrumento? Son tan válidas tanto para buscar información o escuchar a gente interesante, como —de la mano de algoritmos poco inocentes— para vender gratis nuestra privacidad o la de nuestros seres queridos, en un intento de provocar envidia o reafirmación a través de una felicidad artificial. Asimov parece que nos advierte de que de lo que tenemos que preocuparnos es de madurar como individuos y sociedad, no de restringir el avance tecnológico.
 

 Arriba: Robin Williams y Sam Neill en El hombre bicentenario (Colombus, 1999). La cuestión de la toma de consciencia por el androide ha servido para explorar los remas de la alienación o el racismo, como en Inteligencia Artificial, de Spielberg (2001. A.I. Artificial Intelligence), originalmente idea de Kubrick (abajo).

 

Ejemplos del robot-herramienta hay muchos, habitualmente sin la profundidad del querido doctor, desde el más puro entretenimiento —incluyendo el más satisfactorio al estilo de Pacific Rim (del Toro, 2013)— a algo más consistente. Como el querer aferrarse a una tecnología obsoleta por motivos emocionales,  por ejemplo en Steel del maestro Richard Mahteson, texto versionado en la televisión (“La dimensión desconocida”, episodio de 1963) y en la gran pantalla bajo el título de Acero puro (Real Steel, Shawn Levy, 2011). El apoyarse sentimentalmente en un objeto por no querer resolver los problemas interiores, o por intentar buscar refugio ante una sociedad hostil, está en el núcleo de esas páginas, llevando por eso mismo a la reflexión acerca de una sociedad que aísla a los individuos que la conforman. Otros ejemplos famosos de obras imperecederas pueden ser Robby de “Planeta prohibido” (Forbidden Planet, 1956, Fred M. Wilcox) cuya programación es muy posible que se inspirara ya en los relatos de Asimov; o el Gort de Ultimatum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951), también posiblemente basado en un relato de Astounding Science Fiction publicado en 1940. Por desgracia la versión del 2008 se rindió de nuevo al mero mercantilismo. En cualquier caso ambos, Robby y Gort, son instrumentos construidos (el primero por el Dr. Morbius y el segundo por la organización cósmica a la que pertenece el extraterrestre Klaatu) para ciertos fines.


¿Asustan, eh? Pues son los buenos de la peli (imagen por Brecht Bug en flickr).

No obstante la Ciencia ficción se ha inclinado a ir más por la vertiente del espíritu en la trama robótica, tal vez por el hecho de ser un género especialmente adecuado para la especulación filosófica, pese a ideas preconcebidas en otro sentido por parte de público y crítica. De nuevo los casos son inabarcables, desde los dedicados al público infantil, algo que se puede rastrear en el Pinocho de Carlo Collodi en el siglo XIX y sus adaptaciones (en cierta forma Inteligencia Artificial lo sería), siendo la obra original más bien cruda —aunque excelente— para los estándares actuales. El hilo nos puede llevar hasta la exitosa y en parte ejemplo del cine de los ochenta Cortocircuito (Short Circuit. Badham, 1986), donde es interesante que la toma de conciencia del robot protagonista, Número 5, venga por el impacto de un rayo, habitual poder divino en el imaginario colectivo desde tiempos inmemoriales y portador de la electricidad que ya sin magia anima a la criatura de Viktor Frankenstein. En los últimos tiempos uno de los mejores exponentes —e injustamente olvidada— es Chappie (2015) del sudafricano Neill Blomkamp, quien pese a la diversidad de opiniones respecto a sus creaciones ha demostrado ser uno de los directores que mejor pulso tiene rodando acción. Sin quedarse en pirotecnia vacía,  pues la pone al servicio de una trama consistente  como en Distrito 9 (District 9, 2009). Esta rama robótica está muy ligada a la de las Inteligencias Artificiales que en su aparición ficcionada suele  presentar un despertar de consciencia, pudiendo a veces servirse de robots-herramienta para sus propios fines, habitualmente atacar a —o defenderse de— la humanidad. Ahí tenemos a Skynet con sus Terminator, la IA de Matrix con sus agentes Smith por ejemplo, los mortales artefactos de los que se sirve la computadora de la inquietante Engendro mecánico (Demon Seed. Cammell,1977) pasando por el seminal H.A.L. de 2001, cuyas motivaciones quedan más claras en la novela —tampoco es una novelización del film— de Clarke (4) que en la magistral película de Kubrick.


El Engendro mecánico es una cinta basada en la novela del mismo nombre por Dean Koontz (1973). Muy recomendable, explora uno de los temas clave respecto a la esencia de los seres vivos: la reproducción.


En definitiva el mundo de los robots en el género que tanto nos apasiona ha seguido dos caminos diferenciados, aunque en ocasiones coincidentes: El robot-herramienta y el robot-ser. Ambos han sido usados por algunas de las mejores obras para reflexionar sobre nosotros mismos, algo que en definitiva —y visto lo visto— no está de más. 
 
Desde una perspectiva humorística y a la vez filosófica debemos recordar a Marvin de La guía del autoestopista galáctico (Adams, 1979. En la versión fílmica de 2005 con la voz del añorado Alan Rickman). Por otro lado (abajo) a Trurl y Clapaucio de Ciberíada (continuación de Fábulas de robots. Lem, 1964 y 1965) testigos de un universo en ocasiones desconcertante. Como recomendación final podemos decir que nunca, NUNCA, le preguntéis a Marvin qué tal le ha ido el día.
 

 
NOTAS
 
(1) Fue idea del guionista David Peoples (De Lauzirika, 2007). 
 
(2) Carrère, 1993. 
 
(3) A lo largo del universo robótico de Asimov se desarrollará una cuarta ley, la "cero", que incluye a toda la humanidad en la salvaguarda robótica de dañar por acción u omisión. Pero son las tres más famosas las presentes en toda la obra. 
 
(4) Tal vez la mejor fuente para conocer el proyecto en que se embarcaron Clarke y Kubrick es el ensayo del primero sobre todo lo que aconteció al respecto (Clarke, 1972).
 
 
 

 
 ¿QUIERE SABER MÁS?
 
 
—No sólo sobre Ciencia ficción, sino sobre historia del cine en general, pues narra de forma detallada lo que supone el rodaje de una película mítica, tenemos el documental Días peligrosos: Creando Blade Runner (Dangerous Days: Making Blade Runner. De Lauzirika, C. 2007).
 
—De forma similar podemos recomendar el libro de Arthur C. Clarke sobre 2001, pues apunta gran cantidad de información de su trabajo y de la película: The Lost Worlds of 2001. (Clarke, A. 1972).
 
—Sobre citas y reflexiones de Clarke, incluyendo pensamientos acerca de la tecnología: Deckard, V.  Las máximas de Arthur C. Clarke: Un manual para filósofos, científicos y librepensadores (2026). Disponible en línea:
 
—En el proyecto Podcaliptus nos interesa mucho la interacción sobre diferentes formas de arte. Por ejemplo entre cine y videojuegos. Aquí tenéis también disponible en línea un artículo sobre los videojuegos en el universo de Terminator, lo que nos sirve además para reflexionar sobre la figura arquetípica del rebelde (Deckard, V. Los videojuegos ambientados en el universo de Terminator. 2025):
 
—Artículo sobre la obra de Philip K. Dick desde una perspectiva política y en relación con el posmodernismo. En él se enlazan además diversos pódcast sobre obras concretas del autor. (Deckard, V. Estigmas posmodernos y penúltimas verdades. Filosofía política en la obra de Philip K. Dick. 2026):
 
 —Pódcast sobre la obra de Isaac Asimov:
 
(Primera parte: La saga de los robots)
 
(Segunda parte: El legado en otras obras)
 
 —Pódcast sobre la Inteligencia Artificial en la Ciencia ficción:

—Pódcast sobre el mito del gólem:
 
 —Pódcast sobre Frankenstein:
 
 —Pódcast sobre Richard Matheson:
 
 —Pódcast sobre la saga Terminator:
 
 —Pódcast sobre Pinocho: 
 
 —Pódcast sobre 2001:
 
(Primera parte: sobre la novela)
 
(Segunda y tercera partes: sobre la película)
 
—Pódcast sobre Jesús Mosterín:
 
 
Los antropoides artificiales en la Ciencia ficción [Robots y cíborgs. Líneas narrativas y obras imprescindibles] © 2026 by Víctor Deckard is licensed under CC BY-ND 4.0

lunes, 25 de mayo de 2020

Tu dignidad es la de todos (quinta reflexión viral de una aspirante a filósofa)

Muchos se aferran a su crispación y la alimentan como si fuese una parte irrenunciable de su identidad. No parecen darse cuenta de que sufrir una pandemia global nos permite deshacernos de una de las mayores falacias con las que habitualmente interpretamos el mundo y a nosotros mismos: la de nuestra absoluta independencia y desconexión del entorno, del planeta, del resto de seres vivos y de nuestros congéneres. La expansión del coronavirus nos despierta de golpe de esa ilusión: algo sucedido en el otro extremo del mundo nos afecta directamente, como el proverbial aleteo de una mariposa que puede acabar provocando un huracán a miles de kilómetros de distancia. De repente, queda patente que la salud de cada uno depende de la salud del conjunto, y a la inversa. Recuperamos la conciencia de que formamos parte de un mismo organismo: si yo me cuido, estoy cuidando a los demás; si tú te cuidas, me estás cuidando a mí. Y si, por el contrario, mi conducta es temeraria, esta puede afectar a quienes me rodean, a quienes se crucen en mi camino y a quienes se crucen con estos. En definitiva, nuestros actos repercuten, para bien y para mal, en el resto de la población. Lo individual se transforma en colectivo.

Nos percibimos desgajados del medio natural, como si las personas no fuésemos naturaleza. Pero nada en el universo es independiente del sistema del que forma parte. No solo la filosofía, sino también la ciencia postulan que todo procede de un mismo origen, incluida la humanidad. Somos polvo de las mismas estrellas. Debemos la vida en la Tierra y nuestra propia existencia y supervivencia como especie a multitud de factores aparentemente azarosos ocurridos dentro y fuera de nuestro planeta. A este respecto, es muy reveladora la serie documental de National Geographic One Strange Rock, con testimonios de astronautas que han tenido el privilegio de contemplar esta «roca extraña» desde fuera. Desde esa perspectiva externa, la obvia unidad de la impresionante esfera azul que habitamos deja en evidencia el vano artificio que constituye el empeño humano en dividirla mediante fronteras, etiquetas y clasificaciones.

Foto de la NASA (tomada de https://www.flickr.com/photos/nasamarshall/8250851747/sizes/l/)

Es obvio que somos seres dependientes de nuestro entorno: necesitamos alimentarnos y respirar. Durante mucho tiempo después de nacer, nuestra supervivencia está a merced de la ayuda de otros. Y, aunque finalmente adquirimos autonomía, somos seres sociales con necesidades afectivas. Esta interdependencia es ignorada por la cosmovisión imperante, la del individualismo neoliberal, que fomenta y se fundamenta en las nociones de separación y competencia y en la ley del más fuerte. El anhelo de crear vínculos y el hecho de pedir ayuda se entienden con frecuencia como una debilidad, en un mundo que demasiado a menudo valora más destacar por encima de los demás que servir al bien común. Y, sin embargo, esa pretensión de independencia es la que nos debilita: es la conexión con el resto la que nos da fuerza y nos resta vulnerabilidad. Son muchas las especies animales que sobreviven actuando como grupo. En las circunstancias actuales, no nos queda otra que seguir su ejemplo. Y es que esas especies que se sirven de la solidaridad para asegurar su continuidad tienen más posibilidades de perdurar, según analizó el ruso Piotr Kropotkin, que teorizó sobre el apoyo mutuo y dejó escrito en su obituario de Charles Darwin:
Las especies animales en las que la lucha entre los individuos ha sido reducida al mínimo y en las que la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado el máximo desarrollo son, invariablemente, las especies más numerosas, las más florecientes y más aptas para el progreso. [...] En la práctica de la ayuda mutua, cuyas huellas podemos seguir hasta las más antiguas fases de la evolución, hallamos el origen positivo e indudable de nuestras concepciones éticas; y podemos afirmar que el principal papel en la evolución ética de la humanidad fue desempeñado por la ayuda mutua y no por la lucha mutua. (En Piotr Kropotkin, El apoyo mutuo, Logroño, Pepitas de calabaza).

Foto de portada de El apoyo mutuo

 En cierto sentido, este aprendizaje de solidaridad se ha vivido intensamente durante los últimos meses: en el tremendo esfuerzo de los sanitarios y demás sectores de primera necesidad, aplaudido por el resto de la población; en las redes de ayuda de las comunidades vecinales y de los barrios; en el torrente de creatividad y de recursos compartidos en Internet; en la reconversión de algunas empresas para proporcionar elementos para afrontar la pandemia; en tantas iniciativas y tantos actos altruistas… Y todo ello a lo largo y ancho del planeta. La otra cara de la moneda, la del enfrentamiento y el odio, tiene entre sus causas, precisamente, la continuidad de esa manera obsoleta y desenfocada de ver el mundo más parecida al «sálvese quien pueda» que al apoyo mutuo. Ahí están las manifestaciones ultraderechistas en distintos países, los policías de balcón, la agresividad en las redes, las caceroladas, las bocinas, las banderas y el bochornoso mantenimiento de la crispación y el egoísmo en el ámbito político y mediático español. Y es que, cuando no abrimos los ojos a la evidencia de que formamos parte de un todo que nos trasciende, nos vemos abocados a nuestra pobre individualidad asustada. Por eso nos construimos identidades: para atrincherarnos frente a supuestas amenazas y enemigos, que es como acabaremos considerando, en último término, a todos los que no seamos nosotros mismos si nos dejamos llevar por esa lógica perversa que, lejos de protegernos, en realidad nos destruye.

Asumamos la enseñanza de José Agustín Goytisolo en su bello poema «Palabras para Julia», popularizado como canción por Paco Ibáñez. Allí le decía a su hija:

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.
[…]
Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

En otra canción archiconocida, «Gracias a la vida», Violeta Parra agradecía a la vida el haberle proporcionado el material para su canto y añadía: «Y el canto de ustedes, que es el mismo canto. Y el canto de todos, que es mi propio canto». Todos compartimos una misma dignidad, un mismo canto y, al percatarnos de ello, descubrimos que tenemos más hermanos de los que nunca podremos contar, en palabras de otro de los grandes cantautores de habla hispana: Atahualpa Yupanqui.

Estamos todos en el mismo barco. Y no solo cuando percibimos la globalización de problemas como esta pandemia, el cambio climático o la destrucción de los recursos y la biodiversidad del planeta. Parecemos haber olvidado que compartimos una existencia cuyas últimas claves desconocemos. Y que unidos no somos más vulnerables, sino más fuertes. Viendo ciertos comportamientos, se antoja una utopía demasiado lejana que rememos todos en la misma dirección para explorar el sentido de estar aquí y para contribuir a mejorar nuestro bienestar, que es el de todos. Pero —y ya que la cosa va de cantautores—, como cantaba el añorado José Antonio Labordeta —a quien debemos también ser un ejemplo tristemente raro de honestidad política—, «será posible que esa hermosa mañana ni tú ni yo ni el otro la lleguemos a ver, pero habrá que empujarla para que pueda ser». Pongamos el barco rumbo a esa mañana hermosa. Quienes insultan al de al lado no se dan cuenta de que están poniendo palos en sus propias ruedas. «Más que rabia dan tristeza, no rozaron ni un instante la belleza» —y esta vez cito al recientemente llorado Aute—. En lugar de hacer corrillos de venganza y culpa contra ellos —y «ellos» son siempre, casualmente, los otros, los que no son de «mi bando»—, en vez de hundirnos cada vez más en las arenas movedizas de una dinámica que nos impide avanzar, sigamos remando. Quién sabe si esa hermosa mañana no estará más cerca de lo que imaginamos.

Aspirante a filósofa 
(@Filoaspirante)

martes, 28 de abril de 2020

"Soy leyenda" de Richard Matheson (1954) y sus versiones fílmicas. Una novela central en la Ciencia ficción y clave para comprender nuestra sociedad.

En nuestros artículos renunciamos al uso de Inteligencia Artifical. Preferimos medios clásicos, como las estacas.

Edición alemana (Ed. Heyne, 1982). Vía isfdb.org

La comprensión total de una obra artística depende del conocimiento de su entorno social e histórico. Lo bueno es que esta afirmación funciona en el sentido contrario: gracias al arte podemos entender mejor la sociedad en la que está inscrito. Esto no quiere decir que una película o un libro no puedan ser disfrutados sin saber de historia, ni sin que pidamos algo más de ellos que entretenimiento; incluso podemos recrearnos en las anécdotas de su elaboración, que puede —y así sucede en numerosos casos— ser de lo más curioso. Pero su aprovechamiento absoluto depende de saber de historia, de filosofía y de política. ¿Piensas que todo eso es un rollo? Pues lo siento, pero es lo que hay. No obstante a los vaguetes del conocimiento tal vez les consuele saber que en muchos casos los estados y sus organizaciones académicas opinan como ellos. También os digo que así nos va, ya sabéis aquello del mal de muchos. Un ejemplo que me viene a la cabeza —más allá del obvio desconocimiento acerca de las materias señaladas por la generalidad de nuestros políticos— es que en muchos lugares se puede acabar la carrera de historia del arte sin cursar ni una sola asignatura de historia. ¿Saber de arte sin saber de historia? Oh, come on que diría poniéndome "estupendo".

En cualquier caso no he venido aquí a hablar de mi libro, sino del de otro señor, el genial Richard Matheson (1926-2013). Escritor de novelas, relatos y guiones, fue un adelantado que —junto a otros como Asimov, Pohl o Heinlein, por señalar algunos— revolucionó el género fantástico en la Ciencia ficción en el ámbito anglosajón de los años 50, y por extensión, en gran medida mundial. Varios de sus textos han sido llevados a la pantalla grande o pequeña de una manera inolvidable. Como muestras representativas podemos citar El increible hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, Jack Arnold, 1957), La leyenda de la casa del infierno (The Legend of Hell House, John Hough, 1973), El diablo sobre ruedas (Duel, Steven Spielberg, 1971. Sí, aquí empezó la leyenda del Midas contemporáneo, que expresión más manoseada), algunos de los mejores episodios de la televisión en series míticas como "Star Trek" (The Enemy Within) o “La dimensión desconocida” (Nightmare at 20,000 Feet); aunque también tiene textos que nunca se trasladaron en imágenes que son brillantes y muy posibles inspiraciones no reconocidas de otras obras (¡ay, Poltergeist! pero eso da para otro artículo) (1). De este hombre se podría decir mucho y bueno, pero el tema que nos ocupa, que está muy relacionado  con la política, la ecología, la filosofía y el arte, es el análisis de una de sus obras más conocidas: Soy leyenda, novela de 1954, y de sus versiones cinematográficas que lo gracioso es que —dependiendo cual— pueden decir una cosa y la contraria, respetando o cargándose el mensaje original de Matheson (¡ya te vale, Will Smith!).

Primera edición del libro: obras maestras a 25 centavos. ¿Alguien da más?

Soy leyenda es un libro crucial en múltiples niveles. El autor utiliza un arquetipo clásico del mundo gótico, como es el vampiro, para defender la ciencia como forma de comprensión del mundo. Lo desconocido existe, y el interrogante que nos arroja este es crucial en el avance científico. En esta trama hay vampiros, su reino es la noche, reaccionan ante el ajo, espejos e iconografía religiosa. Pero todo tiene una explicación racional: una enfermedad que provoca la transformación física de los afectados y su conversión en monstruos. La amenaza no es un ente sobrenatural. Antes al contrario, su causa y su reino está en la naturaleza, pero hasta que no se conoce cómo actúa, sus códigos nos devuelven a las pesadillas de una sociedad aún infantil. Es un leitmotiv que volverá con otros parámetros, también magistralmente, en su novela La casa infernal (Hell House, 1971, trasladada notablemente a la pantalla en la señalada Leyenda de la casa del infierno). Todo esto de por sí ya fue un punto de inflexión en el género. En muchas ocasiones se piensa que el momento de presentación del monstruo clásico como infectado, en este caso el zombi, aparece tan recientemente como con la aparición del remake de El amanecer de los muertos (Dawn of the Dead. Zack Snyder, 2004) y con 28 días después (28 Days Later. Danny Boyle, 2003), pero ya estamos viendo que fue muy anterior gracias al amigo Richal; “y a más a más” que se dice, el propio George A. Romero, popularizador de este tipo de bichejo con la famosísima Noche de los muertos vivientes (Night of the Dead, 1968) reconoció que una de sus inspiraciones fue Soy leyenda de Matheson. Esto es muy interesante no solo por el valor histórico cinematográfico, sino por el hecho de que aunque Romero en alguna ocasión comentó que en su película no había política, se estaba basando en una obra altamente politizada, algo que aunque sea inconscientemente permeó en su trabajo y a lo que no es inmune ningún autor: el Zeitgeist. Es decir, el “espíritu del tiempo”. Por eso es crucial en crítica artística el contexto, porque de lo contrario se corre el peligro de dejarse en el tintero elementos nucleares que en ocasiones pasan desapercibidos incluso a los propios autores.

Y aunque todo esto mola un montón, aún hay más en Soy leyenda. Los años 50 en Estados Unidos son una fachada de barrios residenciales y gente cortando el césped, de un aparente plácido reposo del que descansar tras el trauma que supuso la Segunda Guerra Mundial. En realidad, tras esas paredes pintadas y esos jardines hay un mundo de insatisfacción personal —retratado en películas como la lynchiana Terciopelo azul o en la más desconocida pero fabulosa Revolutionary Road de Sam Mendes— y de paranoia política dirigida tanto al interior (¡sigamos con el cine, más cine, por favor!: Siete días de mayo [Frankenheimer, 1964], o The Manchurian Candidate [1962 por el mismo director]) como hacia el exterior (Punto límite de Sidney Lumet en 1964, La hora final de Stanley Kramer en 1959). Fue el caldo de cultivo ideal para que autores de la sensibilidad de Matheson usaran el género de la Ciencia ficción para avisarnos de nuestra fragilidad como ser humano, de los peligros que nos acechan por nuestro comportamiento social entre nosotros y ecológico con nuestro entorno. En Soy leyenda el patógeno causante del mal se expande con más facilidad debido a las tormentas de polvo causadas por una guerra y además el superviviente protagonista puede ser sustituido por otra especie, algo en lo que no entraré en detalle por no destrozar las sorpresas de la trama. En definitiva: el ser humano no es tan importante y es más frágil de lo que en general creemos.

Debatiendo con una persona sobre la necesidad —en mi opinión y a la luz de la pandemia por el coronavirus— de tener un mayor equilibrio con nuestra biosfera y cambiar nuestros modelos productivos más contaminantes, mi interlocutor me llamó “ecocristiano”. En realidad, obras como Soy leyenda nos demuestran que la tradición más conservadora es aquella que pone al humano como centro de la creación, con un mundo natural enteramente a su disposición y disfrute. Habitualmente la religión, siendo un gran exponente de esto la tradición judeocristiana, ha sido la gran defensora de este concepto del hombre a imagen y semejanza de Dios; sin embargo, la razón y una parte maravillosa del arte como el representado por la obra protagonista de este artículo, están a favor del ecologismo: sin más comprensión, respeto y equilibrio hacia la biosfera, nuestra propia supervivencia está amenazada (efectos especiales de truenos, por favor).

Sabiendo todo esto, ¿cómo se trasladó el libro al cine? Pues empate en Las Gaunas, dos veces bien y dos mal, curiosamente las peores las más recientes (y una de ellas ¡maldito Will Smith! ya en el siglo XXI).

La versión primigenia del libro en el cine. Con los carteles de la época ya estabas un rato leyendo.

La primera ocasión en la que el texto se llevo al cine fue en 1964 a través de un tipo clásico, de aquellos que portaban el bigote como solo sabían los galanes de antaño, con su formación en el teatro y su modulación vocal arrebatadora. Me refiero al tito Vincent Price en El último hombre sobre la Tierra (The last man on Earth, Ragona-Salkow, 1964). Nos encontramos aquí con una producción de bajo presupuesto en la que el propio Richard Matheson estuvo involucrado en el guion pero que, al no quedar del todo satisfecho, firmó como Logan Swanson: —mola mucho, es como si yo en vez de Víctor Deckard firmara esto como Hector Regard—. Inicialmente se iba a producir por la británica y mítica Hammer, compañía curiosamente famosa por reactualizar, aunque sin abandonar los parámetros sobrenaturales, los monstruos góticos clásicos... con eróticos resultados, que diría Marge. Incluso se barajó a Fritz Lang como director. En cualquier caso la censura británica —bastante dura en la época, recordemos las Nasty Movies o Video Nasties— (2), estuvo dando el coñazo todo el rato y al final el proyecto recayó en el productor estadounidense Robert L. Lipper, quien hizo lo que muchos han hecho en el mundo del cine y que queda reflejado en la tarantiniana Once Upon a Time... in Hollywood: pirarse a Italia a rodar para abaratar costes en un ambiente más relajado, che viva l'Italia, ragazzi!. Hay que reconocer que los italianos muchas veces han provocado el cabreo y la risa en el cine, sobre todo Z y “más sobre todo” en la exploitation o cine de explotación (¡ay ese Terminator 2 de Bruno Mattei, canela finísima!), pero no es menos cierto que tenían buenos estudios y gente técnicamente preparada, así que la peli protagonizada por Price cumple, con un ritmo bien llevado y —aún con algunas modificaciones realizadas en la historia, incluido un final no exactamente igual— no traiciona al libro, aunque este se encuentre a años luz por delante. De hecho habitualmente se la considera la adaptación más fiel... Pero no, porque en la España de los años 60 (han oído bien) ocurrió algo aparte del gol de Marcelino y un dictador que seguía ejecutando...

¿Que se puede ir en 2020 a la manifa del 8M, al mitin de VOX o al fútbol? Ya si eso me voy confinando.

Gracias al artículo de Alfonso Grueso en su blog “Aburrimiento vital” (se puede ver aquí), he descubierto Soy leyenda de Mario Gómez Martín, estudiante de la Escuela Oficial de Cinematografía y que nos regaló esta joya, un mediometraje de 36 minutos que es la obra fílmica más fiel a la novela de Matheson.  Con estas cosas son con las que uno se enamora del cine, pues Gómez nos demuestra no que con pocos medios, sino en la práctica con ninguno, se puede llevar fielmente a imágenes una obra de la complejidad de esta. Incluido su final, algo que no se ha atrevido a hacer ninguna otra de las aquí señaladas. Fuera de los circuitos comerciales, en un país oprimido por una dictadura, hubo alguien que supo hacerlo y lo hizo, aunque hayamos tenido que esperar mucho para reivindicarlo, gracias al proyecto de la Filmoteca Española “Doré en casa” que recupera de su archivo metraje desconocido para el público. Por suerte el gobierno y la censura franquistas estaban preocupados por lo que llegaba a las salas (se fijaban en las tetas mayormente) y no estuvieron encima de este trabajo de final de curso que, por otro lado, seguramente tampoco hubieran entendido. ¿Cuántos tesoros seguirán enterrados? Una verdadera delicia acercarse a esta versión, no pudiendo dejar de admirar los recursos narrativos y visuales que el director se saca de una chistera en la que no había dinero. Y es que el vil metal muchas veces no es garantía de nada, como demuestran los siguientes ejemplos. Pónganse el cinturón, que por ahí viene Charlton Heston a toda pastilla.


Fotograma de la peli española. Se le olvidó mencionar entre los desastres "La isla de las tentaciones".

Es obvio que Charlton Heston no fue el más listo de la clase. No entendió algunas de sus obras, altamente politizadas en una ideología inversa a la suya como El planeta de los simios o su secuela (3). Tampoco le pilló el truco a Soylent Green, y tenía claro que la peli de Vincent Price, con quien había coincidido en Los diez mandamientos, era un coñazo. Ahí faltaban tortazos y él era la solución. En realidad a The Omega Man —El último hombre... vivo en España— hay que amarla por muchas cosas, básicamente por su desmadre. Aún me recuerdo de niño alucinando con el trepidante comienzo, con Heston conduciendo a toda velocidad un descapotable rojo por un Los Ángeles desierto (en realidad es el centro comercial de la ciudad un domingo temprano, los viejos trucos son muchas veces los mejores), con un vestuario inclasificable (la ropa de andar por casa de Charlton es maravillosa, con una especie de chaqueta de terciopelo y ¡chorreras! eso es C-L-A-S-E y lo demás tontás, para vergüenza de un hipster medio) y elementos éticamente positivos, como un beso interracial que para muchos historiadores del cine fue el primero en la gran pantalla, aunque en imagenes se adelantó, la en tantas cosas pionera "Star Trek". Sin embargo aquí ya tenemos un problema serio con el mensaje, que se imbrica claramente con la tradición conservadora del american way of life y por extensión con el puritanismo protestante en política exterior: esos cabrones comunistas que me quieren asimilar (los vampiros) no van a poder conmigo, campeón de la libertad y que ofrezco mi sangre por la liberación del mundo (occidental, que es el libre, se sobreentiende). Y sí, damas y caballeros, las referencias bíblicas se introducen en esta peli con la sutileza de una tuneladora, sobre todo con un final que no voy a describir: véanlo, "alucinen pepinillos" y —posiblemente— carcajéense con ganas como me pasa a mí. Pese a las risas las conclusiones de esta peli —a diferencia del texto de Matheson— no valen ni para limpiarse los mocos con ellas. Pero, ¿podría ser peor? ¡Claaaro! Siempre puede ser peor (Que sí, que yo te maldigo, Will Smith).

Así se acaba con las pandemias (Heston style).


Eso era estilismo. Y comodidad. Con un peinado así se pueden guardar entre otras cosas las llaves de casa, las del trastero, las de la moto, las de la taquilla del curro, las de...

Y más clase para confinamientos. Así voy yo por casa cuando me quito las chorreras: en pelotas y dándole al whisky. Bueno al jengibre, que ya soy una señora y a mucha honra (Imagen por James Vaughan en Flickr).

Efectivamente acabamos con la peor adaptación de Soy leyenda, la protagonizada por el rapero Smith (I am Legend. Francis Lawrence, 2007). Encima siendo reincidente porque ya se había sacado la churra antes y meado sobre otra obra cumbre de la Ciencia fcción en 2004. Fue con la ignominiosa Yo, robot de Alex Proyas (quien en esta ocasión, no en otras, se merece rimas con ese fabuloso apellido). Vamos a ver, déjenme que explique esta ira que me embarga cual banco. Yo entiendo que una adaptación no tiene porqué ser fiel a un libro; de hecho, puede ser hasta contraproducente y algunas de las mejores pelis simplemente están inspiradas por la obra original. ¿Uno de los máximos exponentes en el género que nos ocupa? Blade Runner, por citar uno representativo. Ahora bien, lo que yo no puedo perdonar es que se transmita un mensaje, ya no diferente, sino diametralmente opuesto al autor primigenio. Por ahí no paso, manías que tiene uno. Si Matheson nos avisaba de lo humildes que tenemos que ser para no acabar en el desastre, evitar las crisis previniéndolas y trabajando juntos como sociedad, la cosa esta del Proyas-Smith es lo de siempre: tranquis, que viene el héroe de los chascarrillos y disparito por aquí, miradita al microscopio por allá, salva el día y de paso a la humanidad. En su haber un poquito de buena atmósfera al principio, que enseguida se termina por un abuso poco realista de los efectos especiales generados por ordenador. Tampoco tengo mayor problema con las obras de entretenimiento puro y duro, pues también son necesarias. Pero cuando se usa el trabajo de los maestros para pervertirlo no está de más denunciarlo. El mundo (con esta expresión siempre nos solemos referir a  los humanos, de nuevo el antropocentrismo) solo se salvará si trabajamos en una sociedad más equilibrada en lo ecológico, como ya avisaba Matheson. Peligros reales nos acechan, como nos advierten las buenas obras artísticas, situaciones como la provocada por el Covid o el contexto de crisis climática, así que aprendamos de ellas y no nos dejemos despistar por fuegos de artificio como los del engendro este del 2007. Y encima no hay chorreras.

Hasta el póster es artificial a más no poder. ¡Smiiiiiith!


NOTAS

(1) Me estoy refiriendo al magnífico relato Litte Girl Lost (1953) que sirvió de base (reconocida) para un estupendo episodio de "The Twilight Zone", pero en el que es posible ver parte de la trama principal de Poltergeist. Su influencia podría llegar hasta muy avanzado el siglo XXI con obras como Backrooms (2026).

(2) Infame y un tanto aleatoria lista de películas prohibidas en Gran Bretaña para su exhibición parcial (con censura) o total (prohibidas). La primera clasificación la realizó la oficina del Director of Public Prosecutions (DPP), una especie de fiscal general, en 1883. La violación de la orden se consideró delito criminal.

(3) En documentales como Behind the Planet of Apes (Burns, Contois, 1998) se pueden escuchar testimonios de los guionistas, algunos perseguidos por el macartismo, que le decían a Heston para que no se mosqueara, que la peli iba de que los seres humanos "son mejores que los monos". Y Charlton tan contento.